Lunes, 05 Agosto 2019 00:00

Dos temas tabú: el voto vergonzante y la grieta como camino democrático - Por Hugo E. Grimaldi

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La grieta de la política argentina tiene asociados nombres referenciales, pero hay que tomar en cuenta que fundamentalmente están presentes en su conformación otros opuestos que encarnan dos estructuras diferentes de país.

 

El presidente de la Sociedad Rural, Daniel Pelegrina, acaba de exponer el caso del “camino que se bifurca” y lo hizo en relación al doble o triple turno de elecciones que la Argentina tiene por delante y al severo contraste de modelos que pone frente a frente a dos de los candidatos, Mauricio Macri y Alberto Fernández, quienes serán los encargados de señalar el sendero a recorrer. Seguramente, el orador no quiso plantear las complejidades de la dimensión que construyó Jorge Luis Borges, asociada a la incertidumbre interminable de los laberintos, sino que usó de modo bien elegante la metáfora para hablar de la “grieta”, esa concepción de la política bien complicada de resolver que se ha plantado por estos días en el país, circunstancia de la realidad que es alevosamente demonizada como si fuese el fin de los tiempos.

Es que la llamada grieta tiene mala prensa en la Argentina porque se la asocia con dos tipos de fundamentalismos bien negativos: con la incapacidad para sostener un diálogo de entendimiento y con el odio que está latente en muchos ciudadanos contra la trinchera de enfrente. Sin embargo, esta posibilidad que suena repudiable desde lo moral es hoy nada más ni nada menos lo que los ciudadanos desean elegir y a esa verdad democrática no hay con qué darle. Y para corroborar esta situación, las encuestas son coincidentes: la gran ganadora de las seudoprimarias que ya están en las gateras será precisamente la grieta, porque hasta el momento casi ocho de cada diez votantes dicen que van a expresarse únicamente por algunos de los dos proyectos tan dramáticamente en pugna.

Ante un público que clamó "Sí, se puede" en varios tramos de su discurso, el presidente Mauricio Macri desplegó un efusivo mensaje de campaña en la inauguración formal de la Exposición Rural de Palermo, con promesas para un auditorio que parecía ya convencido de votar a Juntos por el Cambio.

Para los estándares argentinos de idolatrar y denostar a las personas y de no pensar demasiado en el trasfondo de lo que cada una podría hacer, está bien claro que los generales de cada trinchera son la senadora Cristina Fernández (y su ocasional alter ego, Alberto F.) y el presidente Mauricio Macri. También se observa como los economistas José Luis Espert y Roberto Lavagna y otros candidatos de menor cuantía que parecen quedarse afuera de la discusión están pidiendo de modo unánime un voto casi testimonial destinado a romper la actual predilección, debido a que en estas irracionales PASO no se elige absolutamente nada. En todo caso, habrá tiempo para cuidar o para remontar.

Quizás la opción binaria no sea la ideal pero este tipo de preferencia no deja de ser parte de las reglas de juego de las elecciones que se vienen, algo que la voluntad popular en esta ocasión parece que no le va a permitir jugar a quienes corren de atrás. Republicanos y demócratas en los EE.UU., conservadores y laboristas en el Reino Unido y, en tiempos pre-populistas, el PSOE y el PP en España o demócratas cristianos y comunistas en Italia, tienen y han tenido sus grietas, aunque nadie se hace cruces al respecto. Es cierto que son ejemplos de manual, pero parece relevante mencionarlos ahora que en la Argentina de la polarización, el Frente de Todos y Unidos por el Cambio parecen haberse puesto las camisetas de la izquierda y de la derecha, aunque con las reservas lógicas de muchas posturas conservadoras y otras populistas que los hacen parecidos.

El caso es que la grieta de la política argentina tiene asociados nombres referenciales, pero hay que tomar en cuenta que fundamentalmente están presentes en su conformación otros opuestos que encarnan dos estructuras diferentes de país: Estado vs sector privado; coyuntura (presente) vs largo plazo (futuro); consumo vs inversión; cierre de la economía vs apertura; la “mesa de los argentinos” (CFK) vs “no sólo exportar los saldos comerciales” (MM); industria vs campo; producción vs sector financiero; emisión vs endeudamiento y varios etcéteras.

Y también están las demandas puntuales sobre el manejo de las variables, temas centrales a la hora de verificar las diferencias que ponen en la picota lo más débil de cada propuesta:

Por un lado, inflación, pobreza, altas tasas, recesión, falta de trabajo e inseguridad como resultados de la inoperancia que se le critica del macrismo (un “tsunami”, según Cristina), crisis cuyo epicentro, para desgracia de María Eugenia Vidal, quien dirime una elección mano a mano y sin segunda vuelta con Axel Kicillof, está en el Conurbano.

Y por el otro autoritarismo, ataques a la prensa, paupérrimo alineamiento internacional, demagogia, cepos y corrupción como lastres que se le atribuyen al kirchnerismo, desvíos que repudian quienes siempre terminan pagando la fiesta, esencialmente los contribuyentes.

En cuanto a las presuntas fortalezas, las campañas se encargan de acentuar también los contrastes: plata en el bolsillo de la gente, reconocimiento de eventuales derechos y un país sin FMI por el lado K y promoción del superávit fiscal, lucha contra el narcotráfico, obra pública “que se puede tocar” y desarrollo de Vaca Muerta para terminar con la crisis energética y salir del pantano económico, de parte del Gobierno.

Y en relación al futuro, las perspectivas son que si de ganar no media un manejo muy fino de la realidad ninguna de las dos partes va a transar en mirar hacia el otro lado, aunque las cosas se le compliquen, sobre todo porque no habrá mayorías en el Congreso que puedan convalidar de modo fehaciente uno u otro camino. Más allá de la visión tan diferente en el caso Venezuela, que el macrismo expone y el kirchnerismo disimula, hay algo que iguala a los candidatos: tanto Macri como Fernández, con o sin ayuda de los mercados, probablemente necesiten devaluar al comienzo de sus mandatos y también renegociar el programa con el FMI, con un Acuerdo de Facilidades Extendidas a 10 años, que implica hacer las reformas laboral, tributaria y previsional.

Es posible que, si el kirchnerismo gana la Presidencia tienda a dar vuelta todo lo actuado como una media, que se vuelva a una economía mucho más cerrada que la actual y que se avance hacia reformas de fondo en materia institucional, con cambio de la Constitución y del Poder Judicial incluidos. En cambio, si Macri logra revalidar sus pergaminos es casi seguro que se va a profundizar el ajuste y que se intentará avanzar con las reformas estructurales (que los empresarios también reclaman) para que la Argentina se pueda alinear competitivamente con el mundo, aunque seguramente tendrá resistencia de los gremios y de medio Congreso.

Ambos candidatos han utilizado estos días finales de esta primera elección en hacer discursos para convencer y han mostrado y sugerido muchas cosas. Más allá de los bloopers de Cristina con las marcas de segunda y de Aníbal Fernández con Ricardo Barreda, de Alberto F. se puede decir que en estos días se ha deshilachado varias veces, sobre todo cuando se refirió, con una metodología repudiable por su tono, a una científica cuyo mayor pecado fue haber firmado una carta de apoyo a Macri. Tampoco le fue muy bien con su promesa a los jubilados (aumentos y remedios) asociada a la crítica a los altos intereses de las LELIQ, ya que no retribuir a los bancos estas Letras para usar los fondos en otros menesteres es lo mismo que no pagarle los intereses (hoy positivos) a millones de depositantes. Desde ya que agitar la soga del dólar atrasado para desestabilizar hoy le va a jugar en contra si es elegido. Pese a estos derrape, el candidato opositor ha ganado claramente cuando logró reinstalar el tema económico en la discusión.

En tanto, el Presidente ha cambiado de tono en sus discursos ya que dejó de lado lo plañidero que lo mostraba siempre a la defensiva y ahora abordó una retórica más firme, con apelaciones al futuro y al tiempo de comenzar a “subir el ascensor que venía del subsuelo y hoy está en la planta baja”. Su alocución dedicada al campo tuvo eso y mucho más, aunque jugaba de local frente a un sector en está pasando por un momento muy dulce. Casi como cierre de campaña, Macri hizo un listado de las obras de fondo de su gestión y omitió los cómo para tratar de dar respuesta a las críticas económicas que acosan al oficialismo. En el Gobierno señalan que antes de la primera vuelta estará el Presupuesto en vidriera y que allí habrá pistas.

Más allá de los trazos gruesos de muchos argumentos, para aventurar un primer resultado hay un elemento más al que se la ha prestado por ahora poca atención: de Macri y los Fernández se sabe muy bien quiénes son los que los elegirían (el campo y los mercados al primero y el Conurbano profundo al segundo) y quiénes no, pero aún no se ha explorado lo suficiente el bochorno que podrían sentir muchos votantes a la hora de admitir por quien van a optar, si por el flaco bolsillo que se le endilga a uno o por la deshonestidad que representa el otro. Aunque el número de indecisos está en promedio en 15 por ciento, lo que no permite suponer que en esta ocasión haya escondido mucho “voto vergonzante”, puede ocurrir que quienes se jugaron por uno u otro lado hayan mentido por vergüenza de admitir su preferencia. Vista tanta paridad, como se supone que hay en las encuestas, esa porción de electorado podría ser entonces definitoria y todos, incluidos Lavagna y Espert, apuntan sobre ella.

Otra de las preguntas a responder es si quién pierda ahora las PASO tendrá luego chances de dar vuelta la cuestión a la hora de la verdad, habida cuenta de la propensión que tienen muchos ciudadanos de votar a ganador. Ya pasó en la última presidencial entre Macri y Daniel Scioli y en la Casa Rosada estiman que puede volver a ocurrir y piden, como última apelación de campaña, que nadie se relaje y que todos vayan a votar para mostrar el poderío “en la cancha”.

Con todas estas cosas que le van a pasar a los argentinos en apenas tres meses, el mayor interrogante pasa por saber si la sociedad está preparada para superar los odios que genera la grieta y sobre todo para tratar de encauzar, triunfe el modelo que triunfe, un futuro común. Lo ideal es que luego de la zaranda electoral haya acompañamiento, pero si no se da, eso sí hablaría mal una vez más de toda la clase política. Dejando de lado los más que criticables excesos de quienes buscan votos diciendo barbaridades y meten púa o los militantes desbordados por esas mismas barbaridades y también los trolls pagados para cavar más profundo, no parece que haya que gastar hoy muchas más energías en hacerse cruces para criticar livianamente la cuestión de la grieta, ya que todo indica que es lo que la gente quiere.

Hugo E. Grimaldi

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