Viernes, 09 Agosto 2019 00:00

El futuro de Mauricio Macri, más allá de las PASO - Por Fernando González

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Afronta una elección dramática el domingo, que abrirá la puerta a una derrota o a un triunfo con el desafío de cambiar.

 

Eran días festivos para Mauricio Macri. Ese vapor de euforia entre la victoria en el ballotage del 25 de noviembre y la asunción presidencial del 10 de diciembre de 2015. Diego Guelar, el experimentado diplomático que terminaría siendo embajador en China, fue uno de los tantos que le acercó ideas para consolidar su gobierno en pañales.

- Tenés que armar algo firme con el peronismo, Mauricio. -, fue el consejo del hombre que ahora vive con su esposa en Beijing.

No fue el único que le hizo esa recomendación. Ramón Puerta, quien también terminó siendo embajador, pero en Madrid, siempre insistió con la idea de peronizar la gestión de Macri. Pero Guelar fue tal vez el que le hizo la propuesta más concreta. Que acordara con el ahora kirchnerista Sergio Massa la presidencia de la Cámara de Diputados. Que le ofreciera la Cancillería al fallecido José Manuel de la Sota y que ubicara en el ministerio del Interior al rionegrino Miguel Angel Pichetto. Nada de aquello fue aceptado entonces y la apertura del macrismo se limitó a invitar a Massa al Foro Económico de Davos, un destello que se apagó rápidamente cuando Macri estrenó en público el apodo que dinamitaría el vínculo: “Ventajita”, le dijo. Y ya no hubo retorno.

La posibilidad de nutrir a Cambiemos con un poco de más de savia peronista que la que aportaban Cristián Ritondo y Diego Santilli fue una nube que sobrevoló a Macri a lo largo de sus años de gestión presidencial. Pero el remedo de coalición se limitó a las gestiones de Emilio Monzó, el presidente de la Cámara de Diputados, cuyos nexos con el peronismo sirvieron para apuntalar la sanción de un centenar de leyes hasta que terminó vencido por su enfrentamiento histórico con Marcos Peña y su desencuentro de origen con María Eugenia Vidal. Monzó, junto con Rogelio Frigerio, también creyeron en la aventura política de acordar lazos más sólidos con Massa, pero la fotografía final de esta elección muestra con claridad donde estaban las preferencias y las convicciones del ex intendente de Tigre.

La pregunta que recorre las entrañas del poder en la Argentina, además del resultado de las PASO, es qué dirección adoptará un segundo gobierno de Macri en el caso impredecible de que logre su reelección. Hay una alternativa conservadora que esgrimen algunos funcionarios y que estremece a las almas sensibles del Círculo Rojo. Es que todo siga igual. Que un triunfo en ballotage, y mucho más si se diera la sorpresa de una victoria en primera vuelta, envuelva al Presidente en la idea peregrina de que todo se hizo bien. Esa hipótesis, que varios macristas enarbolan sin sonrojarse en la Casa Rosada, ubica a Marcos Peña, a Nicolás Dujovne y a Guido Sandleris manteniendo sus cargos de jefe de gabinete, de ministro de Economía y presidente del Banco Central.

Es cierto que las victorias tiñen la realidad de colores impensados. Como también es cierto que, si la gestión del Gobierno hubiera resuelto con pericia las herencias de la inflación, el desempleo o la recesión, habría sido imposible que Cristina y muchos de los dirigentes que la acompañaron en sus tropelías volvieran a ser electoralmente competitivos. La vigencia de la ex presidenta es hija de los errores en la gestión de Macri y de la asombrosa incapacidad del peronismo para alumbrar liderazgos renovadores.

La otra construcción política que atormenta al macrismo es aquella que sugirió Guelar hace cuatro años. Avanzar, esta vez sí, en el armado de una coalición de gobierno que incluya al peronismo como un cuarto actor de lo que fue Cambiemos junto a la UCR y la Coalición Cívica de Elisa Carrió. Y el gerente de ese nuevo espacio sería el eventual vicepresidente Pichetto. Viejo lobo del Senado, el rionegrino debería estructurar antes que nada una coalición parlamentaria que asegure las leyes que tanto le cuestan al oficialismo. Tendría como socio en la Cámara de Diputados justamente a Ritondo, un dirigente que transitó las arenas movedizas del peronismo desde que era joven y recorría las discotecas en busca de patovicas que se excedieran y pasaran del ejercicio atento de la custodia a la discriminación. La primera misión sería convencer a una buena cantidad de legisladores del PJ para que sumen sus votos en las dos cámaras a la causa del neomacrismo. Ya se sabe. Mantenerse cuatro años más en el poder otorga el combustible necesario para fortalecer los argumentos del convencimiento.

Pero la experiencia de Pichetto no se reduce al Senado. El hombre que acompaña a Macri en la boleta presidencial mantiene una relación amistosa con la mayoría de los gobernadores del PJ y conserva vínculos aceitados con jueces, camaristas y hasta con varios miembros de la Corte Suprema. Y, además, desde que forma parte del equipo electoral del macrismo ha comenzado a trabajar con un grupo nutrido de dirigentes y técnicos de origen peronista. Se imagina a sí mismo como un protagonista activo de un segundo mandato presidencial y destila un optimismo epidérmico que parece faltarles a muchos de sus flamantes compañeros de ruta.

En términos comunicacionales, Pichetto cuenta con la ventaja de moverse con la misma libertad que lo hacía cuando integraba el menemismo, el duhaldismo o el kirchnerismo. Los voceros habituales del Gobierno, acostumbrados a coordinar hasta el último detalle de sus declaraciones con la Casa Rosada, observan con envidia la elasticidad que exhibe el recién llegado. “Miguel dice lo que se le canta y no le rinde cuentas a nadie”, se quejan algunos tomándoselo casi en broma. Ni tanto ni tan poco. Pichetto conoce cuáles son los límites en el tramo más sensible de la campaña y hasta ahora se ha mostrado bastante en sintonía con el discurso que nace en las entrañas del laboratorio de Jaime Durán Barba.

Quizás la única propuesta de Pichetto que ha generado suspicacias es la de subir el piso del impuesto a las Ganancias de los actuales 38 mil pesos a “60 o 70 mil pesos”, como lo planteó el miércoles en la radio cordobesa Cadena 3. Desde el equipo económico que lidera Dujovne ya han avisado que semejante decisión podría alterar el esquema de equilibrio fiscal comprometido con el Fondo Monetario Internacional. La medida quedó en suspenso para después de las PASO y dependerá de las necesidades políticas de Macri en las diez semanas siguientes hasta la elección decisiva del 27 de octubre.

Claro que todo esto puede ser un castillo de arena si a Macri le va mal este domingo. “Antes que nada, hay que pasar las PASO” es la frase de cabecera en todos los despachos. La elección está dominada por la incertidumbre y, aunque el macrismo ya vivió en 2015 y en 2017 la experiencia de correr la carrera electoral desde atrás, la devaluación del año pasado lo dejó demasiado lejos de los adversarios de siempre.

En estas horas, todos tienen la cabeza únicamente en la elección. El Presidente, los ministros, los legisladores y hasta el último fiscal de mesa. Pero Macri sabe que, si logra sortear una vez más la trampa del kirchnerismo, tendrá que arriesgarse a armar de una vez por todas una coalición de gobierno que soporte con más eficacia las inclemencias de la Argentina. Ese salto institucional de consenso que lo deslumbró al escuchar la descripción de sus bondades hace tres meses en boca del español Felipe González.

Convertirse en el primer presidente que termine su gestión con el peronismo en la oposición y, además, volverlo a derrotar para conseguir su reelección lo acercaría a la estatura impensada de un líder histórico. Confundir el milagro de un triunfo con un cheque en blanco de la sociedad para repetir los errores que lo llevaron a estas elecciones dramáticas lo pondría anticipadamente en la piel del “pato rengo”. La figura de los presidentes estadounidenses del segundo mandato que comienzan a quedarse prematuramente sin poder. En todas estas opciones podrá pensar Macri durante el largo y sinuoso domingo de las PASO, mientras los argentinos empiezan a forjar en las urnas cuánto espacio de futuro hay en su destino.


Fernando González

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