Lunes, 19 Agosto 2019 00:00

El teorema de Baglini y la Odisea de los “pichis" - Por Hugo E. Grimaldi

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Para contextualizar las lúgubres derivaciones de una compulsa electoral que en circunstancias normales hubiese servido únicamente para darle el pase a la final a seis candidatos presidenciales, pero que por sus resultados terminó siendo casi un Waterloo para Mauricio Macri y horadando la gobernabilidad, conviene ya mismo plantar una afirmación central casi irrebatible que surge de un simple análisis de las circunstancias: si el Gobierno hubiese sido el ganador de las elecciones primarias, ninguna de todas de las graves calamidades económicas que se han desatado hubiesen tenido lugar.

 

Para darle volumen al concepto hay que señalar que, en materia económica, los problemas de fondo iban a seguir siendo los mismos: inflación por arriba de 2 por ciento mensual, bajísimo nivel de actividad, presión impositiva récord, pobreza, desocupación y salario real en crisis, endeudamiento en terapia casi intensiva, déficit primario atado con alambres, stock de LELIQ creciente, etc. Sin embargo, si ganaba el oficialismo el mundo no hubiera encabezado la corrida.

¿Por qué explotó la cosa, entonces? Sencillamente, por una cuestión política, ya que Alberto Fernández no ha logrado convencer a quienes tienen dinero en juego que él no es Cristina F. y que no quiere saber nada con el aislamiento de la Argentina. Falta algún gesto de la ex presidenta al respecto y hay señales desde el exterior que han comenzado a marcar alguna grieta entre ambos, sobre todo por el alineamiento internacional de un eventual nuevo gobierno: extrañas advertencias al candidato del venezolano Diosdado Cabello y fuertes rumores sobre cierto apoyo papal a Fernández y alguna certeza sobre que el presidente Donald Trump no lo invalida del todo. Naturalmente, Jair Bolsonaro juega del otro lado de la cancha.

La crónica del viernes 9 registra necesariamente algunas cuestiones quizás de operación política prohijada por el oficialismo, que contribuyeron a generar un clima que, al estilo del hada madrina de Cenicienta, fue barrido por la realidad cuando sonaron las doce campanadas del final del domingo. Aquel día, la euforia se apoderó en demasía de la apuesta de los mercados, quienes recién con el diario del lunes atinaron a acomodar los tantos a pérdida y ese recule dejó a muchos ciudadanos en manos de la incertidumbre y angustiados por el futuro.

Ese terrible sentimiento de indefensión al que contribuyeron los mismos candidatos a la hora de echarse mutuamente la culpa de la devaluación de la moneda fue aplacado en parte a mitad de semana por el gesto de ambos de allanarse a compartir una línea abierta de diálogo directo tarea que, si se dejaran de lado ambiciones y sectarismos (que los hay de los dos lados), necesariamente debería llevar a poner sobre la mesa acuerdos mínimos de gobernabilidad.

Desde ya que hay prejuicios, ya que a muchos quienes están encolumnados con los ganadores de las PASO les repugnan “los mercados” (o no los entienden) porque, además de criticar la asimetría de información que le llega primero a unos y luego a los demás, creen que detrás de ellos hay una maldita conspiración capitalista que busca prevalecer sobre los más desprotegidos. De allí, la necesidad de las regulaciones estatales que propugnan para equilibrar la cancha. No conciben que los mercados opinen todos los días y aseguran que sólo entienden el voto ciudadano y que ese parecer no es lo mismo porque en el cuarto oscuro son todos iguales, aunque este concepto tenga también sus condicionamientos, sobre todo la manipulación del ciudadano, derivada de la falta de educación o de la necesidad. Tamaña grieta también se hizo presente a la hora de interpretar los resultados.

Es verdad que, por una encuesta anterior a la elección, en la que muchos quisieron creer, los activos argentinos se fortalecieron quizás en demasía, el peso en primer lugar. Ese empujón fue lapidario para provocar la debacle posterior, arrastrada por las diferencias conceptuales de los dos modelos en pugna que, por profundas y porque construyen en el horizonte dos países tan distintos, dejan a la altura de un poroto la grieta de odio hacia los candidatos.

Luego, llegó el domingo del gran sopapo y al día siguiente, aparecieron los miedos. Muy temprano, en el premarket de Nueva York, quienes habían comprado porque creían en un triunfo de Juntos por el Cambio y habían inflado los precios aquel viernes decididamente negro para sus intereses, salieron a vender bonos y acciones en tropel porque había ganado el kirchnerismo. A este primer derrumbe compensatorio de aquel equivocado raid alcista, le siguieron luego las ventas de otros operadores más ideologizados y finalmente salieron a la cancha inversores del común, de aquí y de allá, que se cubrieron comprando dólares.

La verdad de los hechos que sustentaron la corrida es superior a las preferencias y a los prejuicios anti-mercados de muchos políticos y puede ser descripta ahora con algo más de frialdad: los del domingo y el lunes fueron dos votos de características diferentes que reflejaron dos modos de sentir exactamente opuestos. Y como sucede a veces de modo virtuoso cuando ambos van en la misma sintonía, esta vez el voto de los ciudadanos y el de “los mercados” se dieron la espalda, lo que ha dejado al país al borde del desastre económico, traslado a precios mediante, tramo que para algunos podría ser un escalón previo a la híper.

Esta apreciación, que se puede realizar ahora con mayor tranquilidad, ha sido muy criticada en boca del presidente de la Nación, quien tiró por la borda aquella primera bocanada de reconocimiento de la derrota (“hemos perdido por mucho y me hago cargo”) y el día lunes, seguramente para mitigar en algo su responsabilidad ante el desastre, balbuceó una explicación errática que sólo sirvió para empastar la situación.

Y más allá del tradicional apego argentino de hacer siempre leña del árbol caído, periodistas y analistas (y opositores desde ya) arrancaron por interpretar el hecho y dijeron de inmediato que Macri había “subestimado” a los electores, mientras instalaban una crítica de algo que no había sucedido. Si se repasa esa conferencia de prensa se puede corroborar que el Presidente siempre se refirió al “kirchnerismo” y nunca a sus votantes. Pero como hasta él mismo se lo creyó (o quizás se arrepintió por no haber sido tan explícito como el momento lo pedía), al día siguiente salió a pedir disculpas públicas por la situación y retrocedió tres casilleros más.

Hace unos años, cuando el actual gobierno recién comenzaba, este periodista y otros colegas acuñaron una muletilla de redacción derivada de aquellos primeros pininos que dibujaba el nuevo Presidente quien, recién salido de una confortable administración municipal, había llegado a las ligas mayores en las que dominaba una macroeconomía rebelde que había que encauzar. “Son pichis” se graficaba por entonces al estilo del Río de la Plata, en cada oportunidad en la que al nuevo Presidente y a sus equipos se le notaba casi ningún timing para encauzar sin contramarchas alguna situación que probablemente otros políticos con más calle, el peronismo bajo cualquiera de sus formas, hubieran resuelto de inmediato. Falta de experiencia era la justificación.

Dilatar, dar marchas y contramarchas, comunicar mal, no denunciar políticamente algún tema, apegarse al sentimiento populista que combatía y dejar pasar el tiempo de la luna de miel bajo la excusa del gradualismo fue el grave y primer tropezón, el motor nunca rectificado, que trajo al Gobierno hasta las PASO de 2019, mientras que, del otro lado, el peronismo opositor volvía a unificarse detrás de Cristina Fernández quien armó la jugada con el ex Jefe de Gabinete de su marido como contrapeso visible al rol que expresa La Cámpora, a la que le delegó la provincia de Buenos Aires aprovechando la fidelidad de los votantes. Estos le reconocen siempre al peronismo su rol de “dador” porque han sido formados para ejercer sus derechos con mínima obligación de deberes y se alimentan de bienestar de corto plazo (y no de asfalto) y votaron en consecuencia contra un voluntarismo que los cansó y, por extensión, castigaron de modo inmerecido a María Eugenia Vidal.

Ese mismo lunes, mientras los mercados se revolucionaban y sumaban zozobras a los ciudadanos de a pie y el acuerdo con el Fondo Monetario quedaba encerrado en un paréntesis con signos de interrogación, los candidatos buscaron perfilar sus discursos. Por un lado, Macri, casi groggy todavía, quedó entrampado en su doble rol de Presidente y de postulante. Aun con esa limitación extra a su calvario personal y político y tratando de no mostrar más debilidad que la que le colgaron del cuello los votantes, evitó hasta ahora que la realidad y las críticas del vidalismo bonaerense, sobre todo, se lleve puesto -como indican los manuales de la materia Fusible I- a su Jefe de Gabinete, Marcos Peña.

La lectura desde afuera indica que el Presidente se sacrificó por él, cuando debería haber sido a la inversa. Nicolás Dujovne, otro de los también injustamente cuestionados, como si no hubiese actuado en consonancia con Macri (y Peña), mostró al respecto mayor hidalguía. Esta misma semana, el ahora ex ministro tendría que haber puesto la cara ante el Fondo (ya sin Christine Lagarde) mostrando números que han terminado de derrapar durante los últimos días. Es que, desde lo fiscal, el Gobierno tuvo que sacar de la manga paliativos económicos para quienes más podían sufrir los gravísimos estertores de la crisis, aunque algunas de las medidas (congelamiento de naftas) las tuvo que ordenar por Decreto basándose en la muy peronista Ley de Abastecimiento, seguramente para proteger a los directivos de las empresas que cotizan en Bolsa.

Por el otro lado, ante la cercanía del poder, el candidato del Frente de Todos negó algunos de sus postulados de campaña (IVA a los alimentos) y se equivocó feo en otros temas, como con la cuestión de un eventual no pago de la deuda, situación de nafta al fuego que mandó a corregir al economista Matías Kulfas. Fernández también metió la pata en la sensible cuestión cambiaria por ejemplo, ya que lo primero que él le pidió al Gobierno -el FMI no lo hubiese hecho mejor- es que “cuide las reservas” aunque al mismo tiempo dijo que un dólar de 60 pesos le parecía “razonable”, con lo cual terminó solicitando de modo indirecto que haya intervención en ese valor. ¿Quién se hará cargo del costo si se lo llevan puesto al BCRA en ese precio?

En esto también fue muy contradictorio Alberto F., casi como su idea de pagarle un plus a los jubilados con los intereses de las LELIQ sin considerar que la contrapartida de esas letras son los depósitos de muchos de sus votantes. Que se quede tranquilo ahora, ya que en términos de PIB la devaluación del peso ha licuado en mucho esos pasivos. Y algo insólito: apareció también algún sindicalista preocupado por el “costo fiscal” de algunas de las medidas que tomó el Gobierno.

Pese a estos todos estos deslices dialécticos, que probablemente vayan a impactar muy poco en las elecciones verdaderas, las de octubre, Alberto y sobre todo sus promotores del Instituto Patria, se acomodaron inmediatamente al síndrome que tan bien describió el radical Raúl Baglini en el enunciado de su famoso teorema, se amoldaron a la realidad y empezaron a hacer la plancha.

¡No hagan olas, muchachos!


Hugo E. Grimaldi

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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