Miércoles, 21 Agosto 2019 00:00

Los remolinos alrededor de Marcos Peña - Por Eduardo van der Kooy

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El ascenso de Hernán Lacunza permitió algo infrecuente en la política: abrir diálogo con la oposición.

 

Marcos Peña habló con Mauricio Macri durante el fin de semana largo sobre la posibilidad de su renuncia. El jefe de Gabinete se había enterado de la conversación que el Presidente mantuvo el sábado por la mañana con María Eugenia Vidal. Fue un desayuno en la residencia Los Abrojos. La gobernadora de Buenos Aires, a casi una semana de la durísima derrota, subrayó varias veces ante el ingeniero la necesidad de gestos políticos de talla para iniciar la reorientación del Gobierno.

De esa cumbre devino el alejamiento de Nicolás Dujovne. El ahora ex ministro de Hacienda y Finanzas fue el primer blanco de la bronca acumulada en la coalición oficial por el desaire de los votos. Objetó el paquete de medidas para aliviar la situación social. Una inyección de $ 40 mil millones en el consumo que desenfocaron las metas del déficit fiscal. La única carta disponible de Dujovne para continuar siendo un interlocutor autorizado con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Macri recién encontró la llave maestra del recambio en Hacienda y Finanzas cuando Vidal le acercó el nombre de Hernán Lacunza. Hasta entonces, circulaba por un laberinto sin salida. Meneó el supuesto corrimiento de Rogelio Frigerio a la cartera económica. Un reemplazo transitorio a cargo de Dante Sica, el ministro de Producción y Trabajo. La búsqueda vana, además, de algún economista de prestigio que aceptara conducir este tramo ardiente de la realidad argentina hasta el último domingo de octubre. Jesús Rodríguez hubo uno sólo: a los 29 años el economista radical no dudó en acompañar a su líder, Raúl Alfonsín, en medio de la hiperinflación de finales de la década de los 80.

El nombre de Lacunza surgió como tabla salvadora. Por la gestión que tuvo en su papel de ladero de Vidal en Buenos Aires. En tiempos generales de estrechez. Por el respeto que goza en el universo de los economistas, incluso aquellos alineados con la oposición. Por sus lazos también con el circuito financiero internacional. Se sabe que hasta Alberto Fernández, por ahora el verdugo electoral de Macri, posee buena opinión sobre el flamante ministro.

De hecho, sucedió algo verdaderamente novedoso para una época tan crítica de la política argentina. Todos los sectores opositores, con excepción de la izquierda, aceptaron enviar sus delegados en materia económica para conversar con Lacunza. Quizás el gesto ayudó a cierto apaciguamiento de los mercados en la última jornada. También, la nueva conversación entre Macri y Alberto.

Vidal nunca hizo explícito ante el Presidente su pensamiento sobre la utilidad del apartamiento de Peña. En ese aspecto concuerda íntegramente con la mirada de Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de la Ciudad. Ambos creerían que el jefe de Gabinete, junto al ecuatoriano Jaime Durán Barba, serían los responsables del fracaso de la estrategia de campaña. También es cierto algo: Peña fue artífice del empinamiento macrista en el poder. Desde que Macri se convirtió en alcalde. Pero está a la vista que su afinada maquinaria, anclada en un supuesto conocimiento profundo de las conductas colectivas, naufragó. Ocurre que en la política las recetas infalibles también envejecen. Sobre todo, cuando media una crisis económico-social que estalló en las urnas.

Peña vino teniendo este año recurrentes desencuentros con Vidal y su jefe de Gabinete, Federico Salvai. Este dirigente salteño, que en su juventud supo pasar por el peronismo, se cansó de repetir que sin una sustancial mejora de Macri en Buenos Aires resultaría imposible la reelección de la gobernadora. Creyó divisarse tal repunte en los últimos dos meses. Coincidente con la estabilidad cambiaria y el descenso de la inflación. Pero fue un espejismo. El daño social irremediable, en especial en el Conurbano, había sido hecho.

Peña barajó con Macri la posibilidad de quedarse sólo a cargo de la campaña hasta octubre. Dejando la jefatura de Gabinete para otra figura que oxigenara al Gobierno. Un desacople difícil de ser comprendido. Por lo que Peña representa en términos políticos y personales para el Presidente. “Con la derrota, Macri siente que perdió una pierna. La salida del jefe de Gabinete significaría la pérdida de un brazo. Demasiado para él”, graficó uno de los hombres más próximo al ingeniero.

Macri decidió comenzar a transitar, entonces, un camino alternativo. Al que se había resistido siempre junto a Peña y Durán Barba. Ampliar la mesa política con una participación activa de los radicales y de Elisa Carrió. La fórmula que varias veces, aún con mayor generosidad, propusieron Frigerio y Emilio Monzó. El titular de la Cámara de Diputados fue por esa razón condenado a destierro.

El viraje no tuvo aún de parte de los socios una respuesta plena. Hay heridas que siguen doliendo. En las primeras deliberaciones asistieron los radicales Mario Negri, jefe del interbloque de Diputados, y Luis Naidenoff, titular de la bancada en el Senado. Pero faltaron los tres gobernadores de la UCR. Alfredo Cornejo, el mandamás del partido y mandatario de Mendoza, está de viaje. Gerardo Morales, de Jujuy, y Gustavo Valdez, de Corrientes, prometieron sumarse a futuro.

“Primero soy Presidente”, repitió Macri en el encuentro inaugural. Quiso disipar dudas sobre un fantasma que sobrevuela la política doméstica. También es observado en el exterior. Cómo se las podría arreglar para desempeñarse en esta instancia crítica en su doble papel de primer mandatario y candidato. El Presidente entendería que no existen chances de reflotar al candidato si primero no consigue restablecer la previsibilidad que se perdió con la hecatombe electoral. En ese diagnóstico coincidió a pleno con Lacunza. El nuevo ministro de Hacienda y Finanzas fue certero y realista. Aunque no descubrió la pólvora: “Estabilicemos el dólar y los mercados. Después vamos viendo”, aconsejó.

Un problema es la administración de los tiempos. Quedan dos meses para las elecciones de octubre. ¿Cuál sería la frontera entre la gestión y la campaña? ¿En qué momento podría el Gobierno volcarse de nuevo a la caza de votos? Otro problema serían las diferentes visiones que subsisten en la coalición oficial. Los más realistas, entre quienes figura Lacunza, abogarían por el esfuerzo para mejorar la votación. Aunque no se cumpla el milagro de forzar un balotaje. Otros insisten con no abandonar la épica hacia la militancia, convocar a la concurrencia masiva que no sucedió en las PASO y mejorar la fiscalización. Curioso: el macrismo supone que el control fue deficitario el 11 de agosto. Habría fallado su fuerte. Pero la diferencia entre Alberto y Macri trepó a 15 puntos.

Existen, sin dudas, razones mucho más profundas que aquellas para explicar la derrota. Las denotaría el paquete de medidas que fue anunciado. Pocos saben de qué modo podría torcer el mal humor imperante. Allí surgiría otro interrogante todavía sin respuesta: ¿Cuál podría ser la oferta electoral del Gobierno que modifique un escenario tan adverso? ¿Qué más, amén de una supuesta reposición de la estabilidad? Con dicho libreto sufrió el vendaval de las PASO.

Lacunza le advirtió a Macri que la economía no ofrece margen para nuevas concesiones sociales. Porque la caja no da. También, porque más allá de los desajustes tras la caída, la posibilidad de restaurar cierta calma también depende de sostener la relación con el FMI. Visto los fracasos de campaña, ¿de qué galera el Gobierno podría sacar ahora algún conejo? Solo incertidumbre y misterio.


Eduardo van der Kooy
Dibujo de Hermenegildo Sábat

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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