Jueves, 22 Agosto 2019 00:00

Marcos Y Jaime - Por Carlos Fara

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No hace falta mencionar sus apellidos porque todos sabemos a quiénes nos referimos. La sociedad político profesional está sumamente cuestionada en estos días por propios y extraños. Como siempre, hay en muchos de estos juzgamientos excesos de rigor. Vamos a dedicarle esta columna porque es interesante para pensar la política de los próximos años en la Argentina (¿y en el mundo?).

 

El primer elemento a señalar es que las campañas las ganan y las pierden los candidatos. Por lo tanto, hay que bajarle el precio a la incidencia de los consultores. Cuando alguien ha dicho “el problema es que Fara lo convenció al candidato de…”, yo respondo: el candidato no es un autómata, es una persona adulta que toma sus propias decisiones, y yo intercambio ideas con él/ella para que comprenda por qué aconsejo determinado camino.

La segunda cuestión es que hay muy poco documentado sobre el tipo de relación que se establece entre un consultor y su cliente a lo largo de los años. Yo he tratado de dar algunas pistas en mi libro digital “¿Cómo ser un consultor político?” (www.politicflix.net), en donde señalo que una relación profesional es de larga duración porque se vuelve productiva para ambas partes, y se produce una transferencia (como sucede en la relación analista – paciente en psicoanálisis).

Cuando se van acumulando los éxitos contra viento y marea, empieza a generarse un aura de intocable en la figura del consultor, y hasta de cábala que desemboca en: si siempre ganamos con él, ¿por qué habríamos de cambiar? En este caso se debería decir: si los hechos siempre le dieron la razón al dúo, no hay razón para desconfiar en este caso.

El tercer punto que profesamos sistemáticamente en nuestras capacitaciones es que las elecciones no se ganan porque se quiere, sino porque se puede. Esto significa que la mejor campaña y el mejor consultor difícilmente logren vencer una ola adversa, o un ciclo político agotado. Esto desmitifica el carácter mágico que muchas veces se les atribuye a los consultores políticos.

Dicho esto, cabe advertir que cuando alguien sale airoso de todo tipo de circunstancias, tiende a enamorarse de su propio sistema de reflexión, de su fórmula de éxito, la cual algún día fallará. Así como los incontables casos de mala praxis en donde el médico insiste una y otra vez con la misma terapia de sanación, simplemente porque siempre funcionó. Y cuando no funciona cree que no se la está aplicando acertadamente, o que solo es cuestión de paciencia: tarde o temprano funcionará.

Al final, todos los consultores –como los médicos, los economistas, los inversores bursátiles o los directores técnicos- una de cada tantas no terminamos de comprender qué es lo está sucediendo realmente, atrapados en una rutina intelectual. Ni hablar cuando además lo escribimos en libros, recibimos premios y fuimos aclamados por nuestro “descubrimiento” conceptual.

Como el cuestionamiento al dúo va de la mano del “fracaso” de las encuestas para predecir semejante diferencia (lo cual daría para un largo artículo entero), puedo dar fe que lo que le aseguraron los profesionales consultores al presidente era lo que tenían en la mano. Más allá de que deberá ese equipo analizar por qué lo que midieron con bastante exactitud en otras oportunidades no lo logró en ésta, la cuestión es: ¿qué hacer si tengo roto el GPS pero no me entero a tiempo?

Sin querer ser autorreferencial, en mi citado libro desarrollé un apartado respecto a si los consultores somos gurúes. La respuesta es absolutamente negativa. Aunque los consultores damos consejos y muchas veces parecería que algún cliente hasta nos toma como “maestro espiritual”, ese no es el rol de un profesional en este ámbito. Lo cual no significa que haya colegas que les guste asumirse en semejante rol, pareciéndose más a un gran influyente renacentista que a un consultor estratégico. A ellos contribuyen muchos medios que buscan cierto sensacionalismo en la presentación de algunos colegas.

De la mano de lo que decíamos recién respecto a rechazar la asociación con un “maestro espiritual”, también tenemos claro que el consultor debe ser de perfil bajo.

El consultor nunca debe ser noticia en una campaña o asesoramiento, ni debe reemplazar el rol de vocero político. Claro: los malos ejemplos cunden. Hay muchos consultores que terminaron siendo tanto o más famosos que sus clientes. Debe advertirse que varios de ellos terminaron mal sus respectivas experiencias por el alto perfil que tomaron, y que los convirtió en exégetas del poder. Ahí están los ejemplos de George Stephanopoulos (Bill Clinton), Peter Mandelson y Alastair Campbell (Tony Blair), Karl Rove (George W. Bush) o Andy Coulson (David Cameron). En todos estos casos debieron abandonar sus respectivos cargos como asesores de presidentes o primeros ministros, lo cual indica que estamos frente a un problema estructural, y no solo frente a algunos desvíos de la norma. En América Latina también tenemos algunos casos bastante notables como el de J.J. Rendón.

Al final de la partida, tal cual sucede con los gobernantes, a uno se lo juzga según los parámetros que haya construido sistemáticamente en la cabeza de los demás. Quizá si se tuviera un perfil bajo y una actitud más humilde no se hubiese armado semejante debate sobre el consultor y su contraparte privilegiada, nada menos que el jefe de gabinete presidencial.

¿Tiene todo esto costo sobre la imagen global de la profesión? Quizá. No digo que no, pero tampoco soy lapidario. Sí creo que es una excelente oportunidad para que cada uno reflexione sobre qué hace cotidianamente para marcar la diferencia en una oferta cada vez más masiva, donde conviven sabios con aprendices de brujo.

Carlos Fara

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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