Miércoles, 28 Agosto 2019 00:00

El intenso fuego que rodea a la tregua - Por Eduardo van der Kooy

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La reunión del FMI con la oposición introdujo incertidumbre en un escenario ya muy frágil.

 

La semana amaneció con señales bien distintas a las que cerraron los siete días anteriores. Entre lunes y martes, sobre todo, pareció extraviarse algo de la armonía política que, con esfuerzo, habían logrado amalgamar Mauricio Macri y Alberto Fernández​. Tal modificación tuvo ayer un pésimo registro en los mercados. Con suba del dólar, disparada del riesgo país y caída de las acciones.

Esta inestabilidad no se condice con todo lo declarado por el Presidente derrotado en las PASO y el aún candidato kirchnerista triunfante. Estaría sucediendo una cosa: ninguno de los dos habría calibrado adecuadamente la debilidad estructural de la Argentina. Quizás, en este escenario de tránsito electoral ridículo que diseñó la clase dirigente, se requeriría algo más sólido que las palabras y los gestos amistosos. Una audacia que la política nacional por ahora no contempla.

Parecieron existir en las últimas horas dos detonadores de la inestabilidad. En primer término, la visita de la delegación del Fondo Monetario Internacional (FMI). En particular, la reunión que mantuvo con Alberto F. También pudieron haber incidido, en menor escala, las movilizaciones espontáneas del sábado en respaldo al gobierno de Cambiemos. Mas allá del volumen importó el sentido: miles de personas salieron a la calle dos semanas después de haber sufrido una paliza en las urnas. Se trataría de una conducta infrecuente en cualquier democracia normal.

El encuentro entre los delegados del FMI (Alejandro Werner, Roberto Cardarelli y Trevor Alleyne) con Alberto y sus economistas (Guillermo Nielsen, Cecilia Todesca y Santiago Cafiero) produjo episodios inquietantes. Uno certificado: el severo comunicado que el candidato kirchnerista emitió tras las conversaciones. Otro que solo fue espoleado por sectores del peronismo y el kirchnerismo. Causante de un clima de zozobra: según la especie, los delegados del FMI habrían hablado de un “vacío de poder” y la conveniencia del adelantamiento electoral.

La sugerencia no figuró en ninguno de los intercambios. A punto tal que en la agonía del lunes el FMI debió aclarar los tantos con un texto específico. Cardarelli y Alleyne sospecharon de alguna maniobra opositora. Dieron además sus explicaciones a Hernán Lacunza, el nuevo ministro de Hacienda y Finanzas, y Marcos Peña, el jefe de Gabinete.

Aquella sospecha habría tenido otro anclaje. Los delegados del FMI marcaron cierta disonancia entre el diálogo respetuoso con Alberto y los términos ardientes del comunicado. Allí quedó estampado que el candidato K habría hecho responsables de la “catástrofe social” y la fuga de capitales al Gobierno y al FMI. Los delegados aseguran que tal acusación no estuvo en la ronda. También la oposición habría subrayado que la situación empeoró desde la celebración del acuerdo. Sucedió a comienzos del 2018 cuando el Gobierno comenzó a tambalear por la crisis financiera.

El Gobierno quedó alarmado por otra situación. Alberto habría señalado la necesidad de repensar, tal vez, el desembolso futuro de US$ 5.400 millones. Porque sólo alentaría el aumento de la salida de capitales. Ocurre que esos fondos son indispensables para el poder. Sobre todo, en momentos en que la incertidumbre política se ha repuesto. El Banco Central debió ayer liquidar US$ 302 millones para frenar la trepada del dólar. Lacunza dijo que las reservas están para que el dólar no vuele como un barrilete.

Alberto se mueve dentro de márgenes estrechos. Internos y externos. Los sectores duros del kirchnerismo auscultan su propensión a la apertura en materia de diagnóstico económico. De modo simultáneo, parece obligado a transmitir señales de certeza sin despertar la mínima sospecha de compartir alguna de las determinaciones del Gobierno.

Las estrecheces del candidato se descubren en otros terrenos. Zigzaguea, por ejemplo, en relación a Venezuela para no incomodar a Cristina Fernández. No hace mucho se mostró impresionado por el informe de la representante ante la ONU, la chilena Michelle Bachelet. En ese relevamiento denunciaron desapariciones, torturas y más de 5 mil muertos de parte del régimen de Nicolás Maduro. En las últimas horas sostuvo que Caracas es una democracia autoritaria. Porque las instituciones, según su visión, siguen funcionando.

El kirchnerismo y su candidato estarían convencidos de otra cosa. Detrás del pregonado cuidado de la estabilidad, Macri ocultaría el afán por continuar en campaña. Las marchas populares del sábado pasado fueron interpretadas de ese modo. Aunque la realidad indica que el Gobierno no las programó. De hecho, Peña y Fernando De Andreis, secretario de la Presidencia, aconsejaron al Gabinete no plegarse a la convocatoria realizada desde España por el actor Luis Brandoni.

Aquellas manifestaciones, a lo mejor, reavivaron problemas para Alberto. Uno de ellos fue la reacción desaforada de portavoces kirchneristas que el candidato no logra controlar. Juan Grabois, con línea directa a Francisco, el Papa, definió a los manifestantes como parte de “un selecto club de garcas, hipócritas y fanfarrones”. Oxidados y “con poco cerebro”.

La intervención del titular de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) no hizo más que regarle una escena impensada al Gobierno. Le abrió un atajo para salir, por un momento, de la crisis económico-social. Incluso de mostrar en el ruedo a figuras que habían exhibido un perfil bajo en la campaña. La réplica oficial corrió por cuenta de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich y el ministro de Educación, Alejandro Finocchiaro.

El subtexto que encerraron aquellas manifestaciones también serían razón de inquietud para Alberto. Sucedieron casi al mismo tiempo que el candidato K reiteró críticas contra el Poder Judicial. Con el argumento de que convirtió a Cristina en una víctima política. Nadie supone que alguno de los manifestantes haya salido en apoyo de la economía implementada por Macri. El mensaje pudo haber estado circunscripto a la demanda de transparencia y lucha contra la corrupción que le reconocerían al Gobierno.

Alberto tiene una agenda sensible, en ese terreno, en caso de ganar en octubre y llegar al poder. Debería desarmar la madeja de causas que embretan, sobre todo, a Cristina y su familia. Un total de 13 procesamientos y 7 pedidos de prisión preventiva. Las primeras señales que recibió el candidato después de las PASO resultaron alentadoras. Con un par de fallos en favor de ex funcionarios K.

Pero las marchas del sábado, habría interrumpido la continuidad. El Tribunal Oral Federal 2 no hizo lugar el lunes al planteo de la ex presidenta que apuntó a suspender las audiencias en la causa por la obra pública en Santa Cruz. Tampoco admitió otros 50 recursos de los demás acusados por direccionar 51 contratos en beneficio del empresario K, Lázaro Báez. Los jueces entendieron que todos los recursos hubieran provocado un “retardo de justicia injustificado”.

Las marchas inyectaron una dosis de estimulante a un gobierno abatido desde las PASO. Han comenzado los replanteos de la estrategia electoral. Como si ese factor, por sí solo, pudiera explicar los 15 puntos de diferencia que arrancó el kirchnerismo. El Gobierno no repara en algo. Los datos económicos que sobrevendrán en agosto y septiembre, antes de la elección final, resultarán otra vez muy negativos.

Macri tuvo una frase al pasar, durante un acto con el campo, que debiera servir para reconquistar la compostura. Para aislar el fuego que rodea a la tregua. Por primera vez aludió a que Cambiemos pueda ser desde diciembre la nueva oposición.


Eduardo van der Kooy

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