Martes, 03 Septiembre 2019 00:00

1989-2019: de Carlos Menem a Alberto Fernández - Por Fernando Laborda

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El silencio que se ha autoimpuesto hasta ahora Alberto Fernández sobre las medidas de control cambiario anunciadas el domingo por el ministro Hernán Lacunza parece dar cuenta de que estas están lejos de incomodarlo. Más bien, debe pensar que puede sacar un doble rédito político.

 

Por un lado, porque podrían ser mostradas por el kirchnerismo como una capitulación del macrismo, en tanto representarían una herejía respecto de los principios que enunció Mauricio Macri desde el comienzo de su gestión, cuando levantó el cepo cambiario instrumentado durante cuatro años por el gobierno de Cristina Kirchner. En segundo lugar, porque cualquier medida de intervención en el mercado que tome Macri formaría parte del "trabajo sucio" que Fernández no tendría que hacer si llega a la presidencia de la Nación.

Si bien estamos ante medidas que no llegan a tener el nivel de intrusión que tuvo el cepo de Cristina Kirchner, es probable que las restricciones cambiarias hayan llegado para quedarse por bastante tiempo. La obligación impuesta a los exportadores para que liquiden divisas en un plazo perentorio era solicitada por economistas cercanos a Fernández, como Emanuel Álvarez Agis. Probablemente, ni los más ultrakirchneristas imaginaron que el plazo que fijaría el gobierno de Mauricio Macri para liquidar esos dólares al país sería de apenas cinco días, dado que durante la gestión cristinista era de treinta.

Es probable que al candidato presidencial del Frente de Todos le encante la idea de recibir un país como el que recibió Néstor Kirchner, luego de la dolorosa transición que protagonizaron el presidente Eduardo Duhalde y sus ministros de Economía Jorge Remes Lenicov y Roberto Lavagna. Sin embargo, es más probable que a Alberto Fernández, si finalmente gana las elecciones, le toque gobernar en una situación muy diferente.

Un riesgo que afrontan Fernández y el Frente de Todos es llegar al poder con la idea de aplicar políticas populistas y no tener recursos económicos para ponerlas en práctica. Se encontraría con escasísimas reservas de libre disponibilidad en el Banco Central, con un elevado nivel de endeudamiento y de inflación combinada con recesión, con miedo inversor por el pasado kirchnerista y sin mayores posibilidades de financiamiento. En medio de esto, debería afrontar expectativas sociales infinitas, entre las que no faltarán las demandas gremiales y las de quienes creen posible volver a tener servicios públicos por dos pesos como en los tiempos del kirchnerismo.

Carlos Menem atemorizaba a los mercados durante la campaña electoral de 1989. Los grandes grupos económicos y otros no tan grandes se sentían mucho más atraídos por la propuesta de Eduardo Angeloz, el recordado gobernador cordobés que pregonaba disciplina fiscal con un lápiz rojo y disputaba la presidencia de la Nación por un radicalismo golpeado por la crisis económica que sacudía al gobierno de Raúl Alfonsín.

El triunfo de Menem en las inéditas internas abiertas del peronismo frente al moderado Antonio Cafiero despertó profundos interrogantes, y su éxito en las elecciones presidenciales de mayo de 1989, que habían sido anticipadas cinco meses por Alfonsín, generaron más pesimismo y temores en los mercados, que contribuyeron a acelerar la crisis y la hiperinflación.

Pocos de los representantes de aquel sector financiero imaginaron que, después de asumir en reemplazo de Alfonsín, se convertiría en ese presidente "rubio y de ojos azules", como lo definió Bernardo Neustadt. Tampoco sospecharon que convocaría al grupo Bunge y Born para que le preparara un plan económico, iniciaría el mayor proceso de privatizaciones y reforma del Estado de toda la era democrática y la mayor reforma previsional, además de convocar a Domingo Cavallo para la formulación y adopción de la ley de convertibilidad.

No puede saberse si Menem ya tenía algunas de esas ideas en la cabeza cuando estaba en plena campaña proselitista. Por cierto, nada de eso anticipó. Su discurso se limitaba a consignas tales como el "salariazo" y la "revolución productiva", o a meter miedo con promesas como la de recuperar las islas Malvinas "a sangre y fuego". Años después, admitió que si anunciaba antes de las elecciones sus verdaderos planes no lo iba a votar nadie.

Podría pensarse también que Menem se sentía cómodo durante la campaña electoral infundiendo temores en los mercados. Las consecuencias de sus declaraciones, omisiones e imprecisiones terminaban desencadenando una incertidumbre que generaba más perjuicios al gobierno alfonsinista y a su candidato Angeloz que al propio menemismo.

¿Puede estar ocurriendo algo parecido con Alberto Fernández? ¿Es consciente el candidato del Frente para Todos de que algunas de sus más recientes afirmaciones, como la de hablar de un "default virtual" o arremeter duramente contra el FMI, único prestamista de última instancia que hasta hoy tiene la Argentina, han sido cuanto menos irresponsables? ¿No imagina que semejantes frases incrementan la incertidumbre en el mercado financiero y cambiario? ¿Cree que las consecuencias de esos gestos y afirmaciones lo perjudican más a Macri que a él? Es probable, aunque no lo reconocerá.

Lo único cierto es que su eventual gestión requerirá de propuestas mucho más disruptivas y novedosas para el peronismo que las que adoptó Néstor Kirchner para continuar un camino trazado por su antecesor inmediato en la Casa Rosada.

Fernando Laborda

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