Domingo, 08 Septiembre 2019 00:00

El nuevo testamento de Alberto y Cristina – Por Fernando González

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El candidato prepara la convivencia con la ex presidenta y con La Cámpora. Porqué suenan Redrado, Lavagna y Melconian.

 

La Argentina es un país de oportunidades. Todo puede cambiar en cuestión de meses, de semanas o de días. Eso es lo que podría pensar cualquiera que haya visto los diálogos que hasta hace un tiempo tenían Alberto Fernández y Carlos Melconian en las veredas de Puerto Madero. El dirigente le contaba sus planes para ser jefe de la campaña presidencial de Sergio Massa. Y el economista, un buen amigo de Mauricio Macri, le hablaba sobre sus ideas poco escuchadas por el Presidente para recomponer la economía del país adolescente. A veces los acompañaba esa suerte de celebridad tuitera que es ahora el perro Dylan. Ni uno ni otro se imaginaban este presente. Pero las cosas han cambiado. Vaya si han cambiado.

Alberto Fernández es ahora el candidato presidencial con enormes chances de llegar a la Casa Rosada el 27 de octubre. El que quieren escuchar los empresarios, los presidentes de otros países y, sobre todo, los acreedores institucionales y privados de la Argentina. La mayoría de ellos quiere saber también hacia donde apuntaría su gestión como presidente y quienes podrían integrar un eventual gabinete. Pero Fernández no suelta prenda. Habla con todos aquellos que pueden albergar expectativas de acompañarlo sin adelantar ningún ofrecimiento ni dar garantías de nada. Ni a los amigos de toda la vida ni a los extraños que podrían ser parte de una sorpresa política.

Ese es, por ejemplo, el caso de Melconian. El candidato y el economista canyengue han vuelto a conversar tres veces después de las PASO que encumbraron a Fernández. Pero el diálogo sigue en el universo del intercambio de ideas sobre cómo enderezar el país que acaba de retornar al control de cambios y arrimarse peligrosamente al default. ¿Es capaz el peronismo de ofrecerle el manejo de la economía a alguien con el perfil de Melconian? ¿Podrían Cristina y el kirchnerismo aceptar una figura seguramente revulsiva para ese sector político? La respuesta, diría el otro Dylan ahora que Alberto está poniendo de moda a algunos músicos y roqueros retro, está flotando en el viento.

El economista Carlos Melconian en la puerta del Malba.

El economista Carlos Melconian en la puerta del Malba.

Antes que los nombres para el gabinete, Fernández asegura tener en su cabeza la idea de una coalición política. El modelo es el Frente Amplio uruguayo sobre el que conversó en sus charlas con el ex presidente José “Pepe” Mujica. No es casualidad entonces que, en estos días de gira por Madrid y Lisboa, Alberto haya pernoctado en la residencia del embajador uruguayo en España, Francisco Bustillo. Ambos se conocen desde los días de tensión entre la Argentina y Uruguay por el conflicto insólito de la pastera Botnia allá por 2005. El entonces jefe de gabinete de Néstor Kirchner y quien era el embajador uruguayo en Buenos Aires mantuvieron la amistad después de las escaramuzas diplomáticas.

En ese esquema de coalición que gobierna el pensamiento de Fernández, la figura del ministro de Economía debería ser la de alguien que no pertenezca al círculo más cercano del candidato. Es sabido que economistas de su confianza como Cecilia Todesca Bocco, Matías Kulfas, Emmanuel Alvarez Agis, Guillermo Nielsen o Agustín D’Attelis podrían ocupar lugares importantes si Alberto llega a la presidencia. Pero la hipótesis principal pasa por convocar a alguien que tenga experiencia de batalla en una economía en crisis. “Los primeros dos años de gestión van a ser muy duros y necesitamos un gabinete probado en combate”, explica un dirigente que conoce y acompaña al hombre que no pensaba en ser presidente hasta que Cristina se lo propuso.

Por eso es que, además del apellido Melconian, figuran en la carpeta de Fernández otros dos que sorprenderían mucho menos al antiguo testamento kirchnerista. El primero es el de Martín Redrado, candidato a ministro de economía de cualquier proyecto de emergencia en la Argentina. El economista, al que The Washington Post bautizó como el “Golden Boy” en los lejanos noventa, fue vicecanciller y presidente del Banco Central con los Kirchner. Es recordada su pelea con Néstor y Cristina cuando en el verano de 2010 se opuso a que el matrimonio metiera mano en las reservas monetarias para consolidar un fondo anticrisis. Lo echaron por decreto.

Martín Redrado, ex titular del BCRA.

Martín Redrado, ex titular del BCRA.

Pero el nuevo testamento de Alberto y Cristina promete en sus tablas aún misteriosas que las rabias con Redrado podrían haber pasado al olvido. El candidato lo mencionó explícitamente en el seminario Democracia y Desarrollo de Clarín como un posible integrante de su gabinete si la elección general confirma el resultado de las PASO. La definición, lanzada desde el mismo escenario del Malba, sorprendió al economista allí presente y atragantó a varios dirigentes del peronismo que tienen expectativas muy diferentes y rencores añejos a prueba de cualquier coalición.

El otro nombre que ronda los sueños y las pesadillas del peronismo es el de Roberto Lavagna. Fue el ministro de economía de Eduardo Duhalde y el del “primer Néstor”, como los albertistas llaman al primer período de gobierno kirchnerista que incluye la renovación de la Corte Suprema menemista, superávits gemelos y transversalidad partidaria. Fernández cree que Lavagna podría volver a tener un papel decisivo en la recuperación de una economía en crisis atada a los compromisos con el FMI (algo parecido a lo que sucedió en el 2003) y no descarta tampoco el gambito de ofrecerle la Cancillería.

El viaje de Fernández a Madrid y a Lisboa dejó en claro que el candidato abandonó las críticas iniciales y que ahora empieza a avizorar al eje Unión Europea-Mercosur como la alternativa a un despegue discreto del alineamiento con los Estados Unidos de Donald Trump por el que acusa a Macri. Lavagna fue embajador ante la Unión Europea a comienzos de siglo y conoce como pocos ese partido que se juega fundamentalmente en Bruselas. De todos modos, nada de esto se habló todavía con el economista que, al menos hasta el 27 de octubre, es el tercer candidato presidencial en discordia y un adversario en la elección pendiente.

Y aunque la ansiedad ocupa un lugar preponderante en el gen argentino, habrá que esperar para conocer cómo se define el tablero de un eventual gobierno de Fernández. Primero está la elección y después el comienzo de la convivencia con Cristina y el kirchnerismo. Ese es el gran desafío que tendrá el candidato opositor de convertirse en presidente. Su promesa de estos días es resucitar ese primer kirchnerismo al que le adjudica moderación económica, cierta reputación institucional y una relación poco traumática con el establishment empresario y con la prensa. Alberto prefiere rescatar esas características y eludir el recuerdo de que los síntomas de confrontación e intolerancia comenzaron cuando Kirchner todavía era presidente y él jefe de gabinete. La memoria completa suele ser molesta.

El dato más novedoso es el intento de algunos de los dirigentes más duros del kirchnerismo, los enrolados en La Cámpora, para esgrimir una teoría parecida a la de Fernández. “Cristina se dio cuenta que en 2015 y en 2017 perdió porque se había cerrado. Por eso, decidió abrirse y convocó a Alberto y a Sergio (Massa), a los que ella misma había echado”, aseguran los voceros del evangelio “volvimos mejores”. Es el concepto que se escucha en boca de Máximo Kirchner y de Wado De Pedro, los articuladores de esa colmena que amontona a gobernadores, intendentes y legisladores peronistas de diverso origen bajo la marca Frente de Todos. Antes de volver a la Argentina, Fernández hizo la primera defensa pública del nuevo testamento. “Dejensé de embromar con los demonios de La Cámpora”, reclamó el sábado por Radio 10.

Lo cierto es que la convocatoria de Cristina a los irredentos como Alberto y Massa, y a algunos dirigentes sueltos como Pino Solanas, Victoria Donda o el debutante Matías Lammens logró un éxito aplastante en las PASO. Y sobre todo contrastó con un Macri encerrado sobre sus aliados históricos, encapsulamiento que intentó cambiar recién al final cuando le ofreció la candidatura a vicepresidente al peronista Miguel Angel Pichetto. Las encuestas no lo decían en público pero quizás ya era tarde.

Quienes más lo conocen, juran que Alberto Fernández no le ofrecerá lugares en el gabinete a nadie hasta que pueda confirmar el triunfo el 27 de octubre. Y que estirará esa incógnita todo lo que pueda. Cree que sólo así podrá evitar el desgaste de someter los nombres al escrutinio cruel de la opinión pública y al examen más inquietante todavía de Cristina y el kirchnerismo.

“Cristina es mi amiga”, es la frase que más pronuncia Alberto cuando lo entrevistan. Y son muchos los argentinos que desean conocer cuáles serán los límites de esa amistad si el barco de los Fernández se lanza a navegar otra vez en el océano del poder.


Fernando González

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