Domingo, 29 Septiembre 2019 00:00

Cambiemos deja a los radicales que se la jueguen solos en Mendoza - Por Ignacio Zuleta

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Oportunidad. Si todo sale como espera el radicalismo mendocino, hoy a la noche habrá nuevas referencias políticas, tanto en el oficialismo como en la oposición. Particularidades de una provincia austera como su clima.

 

Clarea el domingo con señales auspiciosas para el oficialismo. Con los motores en marcha, los dirigentes del ala radical del Gobierno se preparan para viajar a Mendoza, seguros de que su partido retendrá la gobernación que deja Alfredo Cornejo, presidente del partido y encendido crítico de la alianza con el Pro y la Coalición, dentro de Juntos por el Cambio. La necesidad de un éxito electoral, que corte la racha de derrotas previas a las nacionales del 27 de octubre, impuso un alto el fuego condicionado al resultado de esta noche. Por de pronto, no está previsto que, en caso de ganar Rodolfo Suárez, viaje ningún funcionario nacional. “Si ganan, que sea un festejo de los radicales”, dicen desde allá.

Tienen previsto estar, entre otros, Gerardo Morales, Martín Lousteau, Emiliano Yacobitti y algún dirigente más, pero el retablo está reservado a los radicales mendocinos. Es inimaginable la miríada de antecedentes y de consecuencias de esta elección. El Gobierno siempre temió que la unificación de las elecciones en la Nación, Buenos Aires y CABA los perjudicase con una cascada de derrotas, que podía crearles un clima en contra. En ese contexto se decidió la unificación - en realidad las de Capital, porque Nación y Buenos Aires siempre votaron juntas -. Lo que no esperaba es el deterioro del prestigio por la situación de la economía de 2019, que la sociedad facturó en las PASO del 11 de agosto.

La revancha del licenciado Cornejo

Para el Gobierno un triunfo puede recrear la esperanza de que el voto del 27 de octubre repita la saga de 2015, derrota en primarias y primera vuelta, triunfo macrista en segunda. El clima no lo favorece, aunque si fuera por el clima previo a las primarias Macri hubiera debido ganar - lo apapachaba una ola de favoritismo en los medios, que naufragó con los primeros resultados-. En esas elecciones, Juntos por el Cambio retuvo el tercio de votos que había tenido en las PASO de 2015 - aún más, aumentó, 1,3 millones de votos - y el peronismo sumó los votos que habían tenido separados Sciolli y Massa en aquel año. Esa aritmética es esperanzadora pero capciosa, porque lo que tiene que recuperar el oficialismo es el caudal de votos que perdió desde 2017.

La oportunidad de Mendoza les permite recrear el envión para recuperar aire. El oficialismo le dejó la plaza a Cornejo, que encarna hoy el sector más crítico del radicalismo a la alianza con Macri. Mocionó en la última convención por un divorcio antes de las elecciones. Fue quien propuso, en vano, que María Eugenia Vidal fuera la candidata del oficialismo y que Macri abandonase la carrera. Se enojó más cuando acercó encuestas que señalan augurios negativos como los que mostraron las PASO, y no le creyeron. Cornejo es un cientista político y presume de encargar e interpretar bien los sondeos de opinión. Por eso le creen ahora cuando dice que su candidato Suárez puede ganar. Este domingo, además, el radicalismo pone en juego la intendencia de Mendoza. Bajo la presidencia de Cornejo en la UCR, el partido ha perdido cinco ciudades importantes (Córdoba, Santa Fe, Paraná, Santa Rosa, Neuquén). Una señal de la caída de prestigio del oficialismo en grandes ciudades, que era uno de sus activos principales. Puede tener revancha.

El peronismo también fuerza gestos de unidad

El peronismo llega también desmadejado a esta elección, que ha buscado nacionalizar, en el sentido contrario a la provincialización que ha intentado Cornejo para desentender esta elección de la suerte de Macri, que cree le pesa en la disputa local. Esa nacionalización que buscó el peronismo expone más las diferencias en la alianza opositora. Anabel Fernández Sagasti representa a Cristina de Kirchner como pocos dirigentes de todo el país. Pero el candidato Alberto Fernández representa al peronismo de los gobernadores, que no quiere saber mucho con la expresidente.

La reticencia de todos los mandatarios a asumir la candidatura presidencial puso en evidencia la voluntad de no apoyar a Cristina al frente de la fórmula. A ella la bajaron los gobernadores, que amenazaron, con éxito, con la lista corta en muchas provincias. Era entendible, porque sin ella a la cabeza del ticket habría unidad. Esa unidad le da al peronismo la mejor chance para competir después de una década de derrotas, ante el arco del voto no peronista. Ha sido a costa de sacrificios descomunales. Como que el candidato nacional sea el profesor Fernández y el candidato bonaerense sea el profesor Kicillof. Nunca la academia criolla picó tan alto en política en la Argentina. Libros sí, alpargatas no. Harvard, no La Matanza.

La ausencia de Schiaretti y Perotti junto a Alberto

​ Esto se nota en las entretelas de la alianza oficial. Como quien no quiere la cosa, los dos peronistas más poderosos de la Argentina, por el tamaño de sus distritos en cantidad de votos, no fueron a Mendoza el martes a la algarada albertista. Juan Schiaretti y Omar Perotti tenían, seguramente, algo más importante que hacer. No aparecieron en la foto de la viña de Ruca Malén. Busco y lo busco a Gildo Insfrán en esa foto y tampoco aparece. Debo creerles a las crónicas locales que dicen que estuvo, pero en la imagen del candidato y sus gobernadores no se lo ve. Es humano. Gildo es un librepensador del peronismo, que tiene historia de rispideces con Alberto. En este punto se percibe un peronismo tan cismático y desorganizado como el Gobierno. El Gobierno tiene una profunda división que no se nota y está resguardada por la emergencia.

Mientras, Alberto que se abraza a los gobernadores, y Cristina pasó al banco como vice. Los gobernadores son en su mayoría una generación de la nueva política, fueron reelegidos atados a la bonanza de la economía de sus provincias que les significó el gobierno de Macri. Las provincias lograron un equilibrio financiero que no tenían desde hacía décadas. Los gobernadores transmitieron la misma idea de Schiaretti, (vuelvo a decir, el peronista más poderoso de la Argentina), que el destino de ellos no está ligado al Instituto Patria, a Cristina ni a Parrilli.

Pero si gana Sagasti, Cristina tendrá una gran reivindicación y es posible que aparezca en los festejos. Junto a Jorge Capitanich, candidato en el Chaco en las elecciones para la gobernación del 13 de octubre, y Axel Kicillof en Buenos Aires, son el tridente más cercano a la expresidente. Alberto representa un peronismo que quiere desentenderse del pasado de ese partido, en los últimos ocho años de Cristina. Eso que dice Alberto Fernández de que va a gobernar con los gobernadores tiene una enorme densidad, porque el peronismo son los gobernadores, son los que bajaron al peronismo metropolitano, a Cristina y a la provincia de Buenos Aires de la fórmula, en búsqueda de una unidad que les permita salir de perdedores. Para la inquilina del Instituto Patria ganar sería bingo, y hacer una buena elección, un reconocimiento a su fidelidad hacia la candidata Sagasti, que venció en internas al peronismo tradicional de Mendoza, que había construido el legendario “Chueco” Mazzón.

Rarezas mendocinas

Las urnas producen rarezas, como Mendoza, una provincia que presume de distinta y que tiene singularidades que la apartan de otras. El gobernador no tiene reelección. Tampoco tiene avión ni residencia oficial —el empresario Pescarmona donó la casa regia de sus padres en La Puntilla para esa finalidad, pero Cornejo no la usa—. Esas marcas de identidad van de la mano de un estilo propio de hacer política, en el que la negociación y la convivencia son superiores al conflicto. Existe una mesa de consulta de exgobernadores a la que concurren todos al llamado del mandatario de turno, como si no existiesen diferencias.

Mendoza es un oasis que saca agua de las piedras, y se muestra como un esfuerzo diario de sobrevivencia en el desierto. El atributo más grande que puede recibir una persona es que se diga de él que es “sencillo”. Sostiene la leyenda de ser un distrito conservador, pero el último mandatario de ese signo fue elegido en 1963. Es sede de la reencarnación de esa fuerza, el renacido Partido Demócrata Nacional, que tendrá como presidente al mendocino Carlos Balter.

Será elegido el 15 de diciembre próximo. Hay desprecio a la ostentación, de ahí el daño que hizo a Sagasti el desfile de aviones privados de gobernadores peronistas del martes, algo que esa fuerza mostró con descaro en 2015 antes de la segunda vuelta, que ganó Macri en otra cumbre en Tucumán. Lo que más pesa en los políticos de esta provincia es que el cargo de gobernador imprime carácter: San Martín fue gobernador de Mendoza.

Macri arbitra en favor de los duros

Pichetto debía viajar el martes pasado a San Pablo a participar de un seminario al que lo había comprometido otro ilustre de ese país, Fernando Henrique Cardoso. Prefirió organizar la visita de este fin de semana a Brasilia, como una señal disruptiva frente a los actos de campaña del oficialismo, que ponen el acento en “los valores”, como reza el primer spot de esta serie. Pichetto criticó esos pergeños del equipo de comunicación que maneja Marcos Peña, porque cree que van dirigidos, de manera redundante, al propio público que los votó y volverá a votarlos.

El lunes, antes de que Macri viajase a Nueva York, participó de la mesa política de Juntos por el Cambio, y alzó un arrugado recorte del diario que advertía sobre el spot en el que no aparecían ni él ni el presidente. “El candidato es Mauricio, hay que hacerlo aparecer como centro de la campaña”, sancionó. Ese día se comunicó el itinerario de los 30 actos, que comenzó este sábado en Barrancas de Belgrano, con un round de exposición mayor del presidente como candidato.

En esas peñas de la Comisión de Acción Política, que transcurren los lunes en la sala de reuniones que está junto al despacho presidencial, Macri escucha a todos en una larga ronda de café. Admite todos los criterios, pero cuando debe arbitrar con gestos, se vuelca en favor del ala más combativa de la campaña. A Pichetto lo llama “compañero” delante de todos, y lo pondera como el mejor candidato a vice que pudo tener. Anima a otros fighters de la campaña como Mario Negri a que responda a las pullas de Alberto Fernández, como la que los enredó en torno a la figura de Alfonsín. “No te me vas a bajar de la de Alberto”, rio el día cuando estalló ese round de esgrima.

Al Gobierno le gusta que Alberto les tire dardos por debajo de Macri, algo que preocupa también en los cuarteles del fernandismo: “Alberto debería discutir solo con Macri, pero se enreda con las segundas líneas, debería recordar que es candidato a presidente”. Ignoran que, a Alberto, que es un librepensador que además se ganó la lotería como candidato inesperado del peronismo, nadie le va a poner una mordaza bozal, ni ahora ni después de cualquier cosa que pase.

Ignacio Zuleta

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