Miércoles, 23 Octubre 2019 00:00

La amenaza a Mauricio Macri con las causas que le esperan - Por Pablo Mendelevich

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"Menos mal que la charlatana de al lado me imita en todo: yo hago puchero, ella hace puchero; yo hago ravioles, ella hace ravioles; ¿viste la casualidad?". Solía contar la adorable China Zorrilla que esas líneas de la película "Esperando la carroza" en boca de su personaje -con la particular cadencia que tenía la actriz- llegaron a convertirse en un verdadero ícono: había gente que se las recitaba a modo de saludo cuando la reconocía por la calle.

 

Podría pensarse que también una "casualidad" determina el vicio del kirchnerismo y el macrismo de espejarse. Pero en realidad es un fenómeno de varios tipos para nada relacionados entre sí. Salta a la vista la imitación de medidas que ayer mismo trató de explicar Dante Sica, ministro de Producción y Trabajo en LN+. "Nos obligan a ser kirchneristas", dijo Sica en alusión a medidas como el cepo cambiario o el control de precios.

Pero del otro lado de la medianera hay un uso del espejo que no es precisamente virtuoso ni por un rato. La manifestación más fresca es del domingo, cuando Alberto Fernández desenfundó el contraataque que había llevado preparado al debate en la Facultad de Derecho para cuando le enrostraran la corrupción kirchnerista y la supuesta ignorancia de lo que ocurría alrededor de él cuando era jefe de Gabinete. El mandoble en modo sintético se lo estampó José Luis Espert ("¿usted no vio nada o fue cómplice?"), pero a Fernández el descontracturado candidato del Frente Despertar lo tiene sin cuidado tanto como la pregunta específica sobre lo que vio o dejó de ver cuando ocupaba el despacho de al lado del presidente.

Fernández simplemente giró los cañones hacia Mauricio Macri y descargó idéntica munición a la que usa desde hace años el oficialismo contra Cristina Kirchner: las causas que le pesan. "El día que (Macri) deje el gobierno lo esperan más de cien causas donde está siendo investigado", dijo para contestar sobre la corrupción kirchnerista. A la salida otros dirigentes de la coalición opositora, con Sergio Massa a la cabeza, replicaron la frase como para que no quedasen dudas de que se trató de una estrategia cuidadosamente diseñada en el Frente de Todos. Además, mediante la escala de la persecución penal, Fernández se autoevaluó: "desde que me fui nunca un juez me citó para que dé explicaciones". En consecuencia, se puso una nota alta, acaso un diez, sin abandonar el claustro docente: "puedo dar clases de decencia", dijo, aunque se sobreentiende que el ofrecimiento no estaba dirigido a la persona aludida en la pregunta, su compañera de fórmula.

Como el debate obligatorio argentino, subproducto de una dirigencia más cómoda en el monólogo que en el razonamiento y en la posibilidad ser interpelado, veda el diálogo entre debatientes, nadie pudo discutir con Fernández la paradoja del planteo. Sostiene ahora Fernández (adverbio necesario) que las causas que pesan sobre Cristina Kirchner se deben a una persecución política. Invoca jerarquía doctoral para informarnos que ella es inocente (curiosamente una expresión que la expresidenta nunca se aplica a sí misma en la tribuna). A otros kirchneristas encausados Fernández también los absuelve bajo la extrapolación dictatorial de considerarlos perseguidos políticos, pero a la vez sentencia que Macri es corrupto, tal como surge de la gran cantidad de causas "que lo esperan". ¿Entonces el número de causas que un funcionario público acumula es un índice de indecencia?

Si así fuera, la honradez de Macri debe haber mejorado en los últimos años porque en 2015 el kirchnerismo decía que el flamante presidente llevaba acumuladas 215 causas judiciales. La realidad es otra. Hace ya varios años que a la tendencia a judicializar la política le siguió la de politización de la Justicia, lo que dio la oportunidad de verificar esa Ley de Murphy que dice que los antivirus causan más problemas que los virus.

Cuando el kirchnerismo estaba en el (¿primer?) gobierno se empalagaba con la cruzada de "profundizar el modelo". Hay que reconocerle que a la politización de la Justicia la profundizó. Hasta reclutó jueces y fiscales para constituir una organización partidista consagratoria de la Justicia sin venda, Justicia Legítima.

Pero el hábito de llenar de denuncias judiciales a los rivales precede al kirchnerismo y no le es exclusivo. El problema es que ahora está todo mezclado, los jueces y fiscales probos y los partidizados, las denuncias judiciales sin futuro presentadas para ser mediatizadas y las denuncias genuinas basadas en ostensibles delitos, los denunciantes políticos que acceden a actos de corrupción real, los denunciantes particulares que tercerizan denuncias de corte político para desprestigiar y los que efectivamente reaccionan por hechos que los afectan o que privatizan dineros públicos. Los subgéneros dinámicos que hay de los dos lados del mostrador tribunalicio convierten la taxonomía judicial en un jeroglífico para el ciudadano de a pie. Un mismo actor -un juez, por ejemplo- puede ajustarse a distintos parámetros según la causa de la que se trate. Y la hora. No la hora nacional sino la personal en términos de juegos de presiones vinculados con la propia estabilidad. Y después está, sobre todo en la Justicia Federal, lo que hoy tanto se menta, el momento del país, el cambio del viento político, lo que podría considerarse el marco referencial de la toma de decisiones judiciales. Ni siquiera es correcto decir que la justicia argentina no es independiente, porque a veces lo es. ¿Cómo saber cuándo? ¿Cómo sacralizar el imperio del estado de derecho si todo se vuelve opinable y relativo?

No extraña en este maremágnum que las denuncias judiciales contra Macri se cuenten por centenares. Desde luego, el hecho de que una buena cantidad de causas en su contra sean inventadas tampoco significa que se trate de un presidente impoluto o que no deba ser investigado y eventualmente condenado en caso de comprobarse delitos. Aun así, su situación no se parece ni de lejos a la de Cristina Kirchner, procesada en trece expedientes distintos, cinco de los cuales ya llegaron a juicio oral, con uno actualmente en desarrollo.

Desde hace años el kirchnerismo sugiere una equivalencia destinada en apariencia a lapidar a Macri, pero cuya primera intención es diluir la astronómica corrupción propia. En el terreno público, en el campo político, la estrategia del contraataque defensivo, que la autora de "Sinceramente" bien podría enunciar como "Macri también es corrupto", no es novedosa ni se le ocurrió al actual candidato presidencial del peronismo/kirchnerismo. Cristina Kirchner ya la había instrumentado en varias ocasiones. Alcanzó incluso dos picos, uno con el caso del espionaje en la ciudad de Buenos Aires (cuando Macri era jefe de Gobierno) y otro con los Panamá papers. En ninguno de los dos las feroces afirmaciones públicas de aspecto jurídico pudieron ser probadas luego en los tribunales.

Sin duda, Macri tras ser denunciado tiene que ser investigado. Pero una cosa es exigir que avance la investigación del juez Ariel Lijo en el caso del Correo Argentino, de la familia Macri, en detrimento del Estado, o la causa que lleva Rodolfo Canicoba Corral sobre los peajes, la de Marcelo Martínez de Giorgi sobre los parques eólicos, la venta de Avianca o el supuesto beneficio con el blanqueo a miembros de la familia presidencial. Y otra cosa es equiparar la existencia de estas causas en trámite con el astronómico sistema de corrupción que se les atribuye a los Kirchner y que involucra a presuntos testaferros, socios, secretarios privados, una descomunal lista de funcionarios inmediatos (entre los cuales, es cierto, no está Alberto Fernández) y que produjeron un enriquecimiento directo o indirecto que jamás fue explicado sin victimizaciones forzadas. Sobre las cuestiones más escandalosas, como las suculentas coimas en bolsos que según los arrepentidos de la causa de los cuadernos se recolectaban en remise oficial y se llevaban a la mismísima casa de la expresidenta y a la residencia de Olivos, nadie aclaró nada. En sede judicial sobran los testimonios y abundan las pruebas. Para la dimensión moral de la corrupción sólo quedaría decir sin decirlo que como todos son pecadores ninguno lo es.

Muchos creen que los Fernández tienen pensado adormecer las causas judiciales contra Cristina Kirchner mediante variados recursos leguleyos. Encabezados, eso sí, por un diluyente automático, el impacto en Comodoro Py del cambio de viento político. ¿Acaso Alberto Fernández, al hacerse cargo de la estrategia del espejo nada menos que en el debate presidencial, amenazó a Macri con las causas que lo esperan, pero en verdad podría tener en mente lo opuesto? ¿Insinúa alguna clase de perdón compartido? Es sólo una especulación. Especular, ya se sabe, viene de specularis, que quiere decir relativo a un espejo.

Pablo Mendelevich

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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