Miércoles, 30 Octubre 2019 00:00

La inevitable construcción del albertismo - Por Fernando González

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En el entorno de Alberto Fernández esperan que se pueda reeditar la etapa del primer Néstor Kirchner.

 

El primer Néstor. Esa es la imagen que exhibe Alberto Fernández cada vez que habla de cómo imagina su gobierno que empezará en cuarenta días. Así se refiere a los primeros años del kirchnerismo, con Néstor como presidente, él como jefe de gabinete y Cristina ​en un plano secundario. Dólar alto, el mejor precio de la soja argentina en la historia, una Corte Suprema de Justicia oxigenada y los acuerdos políticos con dirigentes radicales y socialistas a los que denominaban transversalidad. El primer Néstor tenía como ministros a pares como Lavagna, Bielsa, Beliz, Rosatti y a Ginés González García. La inflación todavía era de un dígito y aún no habían decidido tomar las oficinas del Indec para manipular las estadísticas.

Alberto no es el único que caracteriza su gestión futura con la estampita del primer Néstor. Muchos de los dirigentes que acompañan a Cristina, kirchneristas de tránsito diario por el Instituto Patria, también comparan lo que viene con aquel período iniciático. Esa es la frontera de la autocrítica K. Rescatan la etapa del primer Néstor como la etapa más virtuosa de aquella década ganada y esperan que Fernández pueda reeditarla.

Hasta allí las coincidencias. El armado del equipo de transición de Alberto Fernández y los nombres que suenan para integrar el gobierno ilustran un proceso de consolidación que todavía nadie se anima a llamar con su verdadero nombre: albertismo. Una palabra que hubiera llamado a risa hace apenas seis meses pero que, en los últimos días, comenzó a escucharse cada vez más en la jabonería de Vieytes en que se ha convertido el peronismo durante la transición.

Albertistas son los dos principales negociadores económicos del presidente electo: Matías Kulfas y Cecilia Todesca. Es altamente probable que uno de ellos sea ministro de Hacienda y el otro de Producción, aunque ninguno de los dos sabe exactamente adonde irá. En albertista se convirtió el financista Guillermo Nielsen cuando Fernández lo introdujo en una oficina del Patria para que le revelara a Cristina datos que los economistas del palo no se animaban a compartir. Y si Roberto Lavagna o Martín Redrado terminan aceptando una oferta para colaborar en algún segmento de la gestión también jugarán a su modo con la camiseta albertista.

Más pronunciado es el perfil albertista de los negociadores de la transición política. Santiago Cafiero ha crecido políticamente al lado del nuevo presidente y Fernández lo quiere en una posición de relevancia en el gabinete. Eduardo “Wado” De Pedro es el dirigente kirchnerista que, por su visión de la política y sus contactos en el peronismo, mejor representa el papel de nexo entre Alberto y Cristina. Pero las novedades que más han impactado en el sensible entorno de la ex presidenta fueron las presencias de Gustavo Beliz y de Vilma Ibarra en el equipo que debe negociar con el macrismo.

El primero se había ido castigado del gobierno del primer Néstor por haber intentado la desinfección de Comodoro Py y la desactivación de la SIDE. En el lejano 2004, Beliz mostró una foto del espía Jaime Stiusso y esa fue razón suficiente para que Kirchner lo echara del gabinete y lo obligara a conseguir trabajo muy lejos de la Argentina. Estuvo procesado durante una década y volvió como funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo. Hay quienes juran que hubo algo parecido a un acercamiento con Cristina cuando ella se distanció del espía favorito de Néstor casi al final de su mandato. Cosas del peronismo.

Pero lo único comprobable es que el vínculo con Alberto jamás se interrumpió. Por eso, a Beliz se lo puede anotar sin temor a equivocarse en las filas albertistas. “El regreso de Gustavo es la gran señal de estos días”, apunta entusiasmado uno de los numerosos candidatos a ministro. A Fernández le sirve también su presencia para alejar los fantasmas de la corrupción que persiguen al kirchnerismo.

La reaparición de Vilma Ibarra fue otra de las sorpresas para el universo político, pero no para los amigos de Alberto Fernández. Abogada, ex procuradora, una de las más firmes impulsoras del matrimonio igualitario, siempre mantuvo un vínculo amistoso y de respeto con el presidente electo que sobrevivió incluso a la relación de pareja que los unió durante algunos años en la década pasada. La mayor curiosidad hasta ahora de la coalición de gobierno que se avecina es que Vilma escribió y publicó un libro en 2015 titulado “Cristina versus Cristina”. Allí recuerda, hasta el último detalle, las contradicciones discursivas que ha tenido en el pasado la ahora vicepresidenta electa. Esa convivencia promete ser un examen de tolerancia peronista difícil de superar.

Si el albertismo se consolida en el futuro como tendencia, habrá que anotar al 29 de octubre como fecha de nacimiento. Los gobernadores peronistas que no pudieron subir al escenario del triunfo el último domingo en Villa Crespo por pedido de Cristina, tuvieron su revancha dos días después en San Miguel de Tucumán. La asunción de Juan Manzur en la gobernación sirvió para que allí se dieran cita junto a Fernández varios de los mandatarios más importantes del peronismo. Sergio Uñac, Gildo Insfrán, Sergio Casas o Ricardo Quintela. Intendentes bonaerenses como Fernando Gray, Fernando Espinoza, Alejandro Granados o Gustavo Menéndez. Gremialistas como Héctor Daer, Antonio Caló, Omar Viviani o Andrés Rodríguez. Presencias inesperadas como la de Daniel Scioli. Y dos privilegiados que pudieron estar en los dos escenarios: Sergio Massa y Verónica Magario. En esa fotografía tucumana y en los integrantes de los equipos de transición hay que rastrear el primer desafío del genoma albertista.

No será sencillo para Fernández despegarse de un kirchnerismo del que ha sido parte. El presidente electo ha trazado una línea divisoria para alejarse de los símbolos de la corrupción que hoy están presos como Julio De Vido, José López o Amado Boudou. “Nunca tuve una denuncia judicial”, se defendió en el debate del domingo 20 de octubre en la Facultad de Derecho. Pero allí está Cristina, quien el martes tuvo tres novedades judiciales: dos buenas y una bastante mala. La Cámara Federal porteña la liberó de dos procesamientos por fraudes con la obra pública, pero le confirmó el restante en una causa relacionada con los cuadernos de las coimas. Son rémoras de las que no podrán desprenderse tan fácilmente.

El otro aspecto que preocupó a Alberto en las últimas horas fue el de los discursos recientes del gobernador bonaerense electo, Axel Kicillof. Su verbo encendido, con tono de asamblea universitaria y ataques muy virulentos a María Eugenia Vidal, remitió mucho más al “vamos por todo” del 2011 que al perfil integrador que intenta Fernández desde la noche del domingo. El equipo de campaña del presidente electo cree que parte de los puntos perdidos en la elección se deben a la agresividad exhibida en los debates presidenciales y a la frase de barricada “Cristina y yo somos lo mismo”. Pocos tesoros son tan difíciles de hallar en la Argentina como el camino del equilibrio.

Aquel primer Néstor del 2003 comenzó mucho más débil que Alberto porque apenas obtuvo el 22% de los votos y Carlos Menem le negó la chance del balotaje que lo hubiera fortalecido. Había sido ungido por Eduardo Duhalde y necesitó dos años para convertir al kirchnerismo en una corriente que hoy sigue pesando en la política del país adolescente. Tuvo que recurrir al mecanismo de una elección para liquidar esa batalla. Dos años después, Cristina venció a Chiche Duhalde en las legislativas de la estratégica provincia de Buenos Aires y se acabó la discusión.

Hay dirigentes, de los que estuvieron el martes en el palco tucumano, que creen que la confrontación inevitable entre Alberto y Cristina deberá pasar por el mismo tamiz. “Salvo un milagro, esto se define en 2021 y por elecciones internas”, se resigna un intendente del conurbano de buena relación con la ex presidenta pero que hoy no dudaría en acompañar al presidente electo que asumirá el 10 de diciembre.

Parece un destino distópico. Pero no lo es tanto si se lo compara con la tragedia política que acompañó a Héctor J. Cámpora en aquel romántico y violento 1973. Duró sólo 49 días hasta que Juan Domingo Perón, el líder fundador del movimiento, decidió correrlo de la escena. Por eso, no hubo camporismo en la historia argentina. Fernández ya intuye el laberinto que le espera si aspira a que algún día haya algo que los libros recuerden como albertismo.

Fernando González

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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