Domingo, 03 Noviembre 2019 00:00

Tribulaciones de dos presidentes - Por Joaquín Morales Solá

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La catástrofe temida no sucedió. El dólar no llegó a 100 pesos después de las elecciones. El riesgo país no siguió su derrotero ascendente. La gente común no vació los bancos.

 

Era necesario solo un gesto mutuo de las dos personas más importantes del país, el presidente en funciones y el presidente electo. Parecía improbable porque justo ellos, Mauricio Macri y Alberto Fernández, tenían una historia en la que solo habitaba el rencor. Esa historia se terminó (¿se terminó?) el lunes, cuando los dos decidieron dejar atrás el pasado. Uno, Fernández, venía con la alegría de la victoria.

El otro, Macri, había sufrido una derrota dulce, sobre todo si se la compara con la de las primarias del 11 de agosto. Uno es el líder de más del 47 por ciento del electorado; el otro es el jefe político del 40 por ciento. Los dos expresaban a una Argentina dividida no solo socialmente, sino también geográficamente. El norte pobre, el sur (también pobre, aunque no parezca) y el multitudinario y caótico conurbano bonaerense son del ganador. El rico y poderoso corredor central del país es del perdedor. Pero ¿se puede gobernar caminando entre tales abismos? ¿Se puede, cuando un sector social influyente en la opinión pública tiene más miedo que otra cosa?

Macri descartó cualquier alternativa para su vida fuera del poder que no sea el liderazgo de ese sector social, que prefirió subrayar valores morales e institucionales aun en medio de la crisis económica. ¿Vivir en Madrid, como le propusieron algunos? Suele responder: "Yo les prometí a los argentinos que los defendería de cualquier atropello y que siempre contarían conmigo. Si me fuera a vivir al extranjero sería una deserción imperdonable". Alberto Fernández es un peronista y, por lo tanto, no se resignará nunca a la hostilidad de casi la mitad del país. Antonio Cafiero solía decir en los años 80, en medio de la euforia democrática que despertó Raúl Alfonsín, que Perón hubiera sido en ese momento más democrático que el expresidente radical. "Los peronistas percibimos los movimientos de la sociedad y los seguimos disciplinadamente", concluía. La excepción fue Cristina Kirchner, que prefirió encerrarse entre los suyos, tal vez porque ella siempre detestó al fundador de su partido.

Pero Alberto Fernández no es ella. En la tarde del jueves pasado, estuvo una hora y media en la casa de Roberto Lavagna. El exministro tiene una representación simbólica mucho más grande que el porcentaje de votos que logró, atrapado como quedó en una polarización extrema. Es un peronista que fue secretario de Estado de Alfonsín y embajador de De la Rúa. Alfonsín lo propuso ante Duhalde como ministro de Economía en medio de las turbulencias de la gran crisis. Es uno de esos peronistas que expresan muy bien a un peronismo republicano, democrático y pluralista. Lavagna no se llevó siempre bien con Alberto Fernández cuando este era jefe de Gabinete. Y fueron contrincantes electorales hasta hace apenas una semana. La candidatura de Lavagna no les gustó ni a Macri ni a Fernández; ninguno supo nunca a cuál de los dos le sacaría más votos. Alberto Fernández fue ahora hasta su casa en el tranquilo barrio de Saavedra y le pidió su opinión sobre muchas cosas. "Quiero saber qué pensás de la economía, del mundo y de mi proyecto de acuerdo social. Hablame con sinceridad", le sugirió. Hablaron durante 90 minutos largos. La reunión se organizó con tal secreto que sacó al presidente electo de todos los radares periodísticos y políticos. Entonces comenzaron a circular las versiones estrafalarias de una internación de Alberto Fernández en el Sanatorio Otamendi. No estaba internado. Estaba conversando con Lavagna.

La primera coincidencia de Macri y Fernández consistió en calificar de muy buena la reunión del lunes. El presidente electo le pidió a Macri dejar atrás el pasado: "La sociedad ya sabe qué pensamos nosotros sobre el pasado. No insistamos", le señaló. Macri ya había hecho lo que a Fernández más le preocupaba: frenar la hemorragia de dólares del Banco Central, provocada por la ansiedad de los argentinos que solo confían en la moneda norteamericana cuando todo está en duda. En la noche del domingo de elecciones, el directorio de la autoridad monetaria decidió aplicar un cepo casi total a la compra de dólares. El margen de compra posible que se estipuló es simbólico. Fernández asegura que fue solo una decisión de Macri. Pero en el Banco Central cuentan que hablaron el viernes pasado con Guillermo Nielsen, un asesor de Fernández con posibilidad de ocupar funciones importantes en su gobierno. Nielsen suplicó que terminaran con la política de salida de dólares del Banco Central. Puede ser que lo haya hecho a título personal.

Sea como fuere, se trata solo de paliativos para llegar al 10 de diciembre de la mejor manera posible. A Alberto Fernández lo aguarda luego la frágil economía argentina. Al revés de Cristina Kirchner, a él no le estará permitida una emisión descontrolada de dinero. La inflación es peligrosamente alta y coloca la hiperinflación a la vuelta de la esquina. El crédito externo (el único posible en un país sin mercado financiero local) está agotado. Solo queda el resto, unos 13.000 millones de dólares, del crédito del Fondo Monetario, pero la buena voluntad de este no depende solo del discurso económico del gobierno argentino. También, de su política exterior. La influencia del gobierno de Trump en el Fondo es enorme. ¿Cuál será la política de Alberto Fernández sobre Venezuela? Él dice que es crítico del gobierno de Maduro, aunque se coloca en la posición de México y Uruguay. Esos países vienen señalando que la única solución posible para Venezuela es una negociación entre las partes con el monitoreo constante de la comunidad internacional. Alberto Fernández no sacará a la Argentina del Grupo de Lima por pedido expreso de Washington, pero llevará ahí su posición en coincidencia con México y Uruguay. Trump reconoció implícitamente el gesto cuando lo llamó por teléfono y le prometió ayuda en el Fondo.

El martes pasado tuvo una revelación. Habló por teléfono con Sebastián Piñera y este lo sorprendió con su desbordante simpatía. Quedaron en hablar cuando Fernández regrese de México para fijar la fecha de su visita a Chile. Luego, Alberto lo llamó a su amigo chileno Marco Enríquez-Ominami, un socialista disidente, y lo chicaneó: "Piñera es más simpático que vos", le dijo. Alberto Fernández suele analizar la ola de protestas en Chile como una consecuencia de la desigualdad social, pero no culpa solo a Piñera. "Sería injusto culparlo solo a él. Es una larga historia", sintetiza. Piñera es la contracara de Bolsonaro. Fernández le contestó una sola vez a Bolsonaro, al principio de todo, y después calló. Brasil es un socio demasiado importante de la Argentina. El problema es que Bolsonaro no le perdona su cercanía con Lula, convertido en su demonio particular por el mandatario brasileño.

Cansado, después de recorrer el país durante 30 días con una hernia de disco en la columna que le provocaba un dolor infinito (fue infiltrado varias veces), Macri armará una mesa política con sus aliados para conducir a la oposición. "Apoyaremos las medidas racionales y sensatas y nos opondremos al populismo y al autoritarismo, si es que aparecen", les dijo a los suyos.

Sabe que lo espera otro trabajo como jefe de la oposición. Conversar, contener, persuadir. Viajar permanentemente por el interior del país. No espera deserciones del radicalismo ni de la Coalición Cívica ni, menos aún, del propio Pro. Solo podría surgir cierta rebeldía o competencia del exgobernador mendocino Alfredo Cornejo, que siempre quiere más de lo que tiene. Suele desconocer la dimensión de las cosas. Macri es popular en el país desde que era presidente de Boca. Cornejo es popular en Mendoza. Punto. Alberto Fernández no lo dice, pero no le gustó el discurso de Axel Kicillof el día de la victoria. Abandonó el eje de la moderación, que el presidente electo prefiere para seducir a los que no lo votaron. Ellos, Macri y Fernández, son también los jefes de coaliciones distintas, que expresan a esa Argentina quebradiza, partida en dos, rota entre las convicciones y los fanatismos.

Joaquín Morales Solá

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