Miércoles, 13 Noviembre 2019 00:00

Alberto F., frente a la sombra de Maduro - Por Eduardo van der Kooy

Escrito por 
Valora este artículo
(1 Voto)

El temor del presidente electo es que se instale la idea de un eje entre Buenos Aires y Caracas.

 

Alberto Fernández sabía, antes de consagrarse ganador en las elecciones del 27 de octubre, que la herencia que recibiría de Mauricio Macri sería muy compleja. Nunca imaginó, sin embargo, que el tablero regional y global se encresparía tanto. El estallido de la crisis terminal en Bolivia lo tomó por sorpresa. La renuncia de Evo Morales, mucho más aún.

La salida del líder boliviano, desde este martes refugiado en México, podría significar tres cosas. El debilitamiento del progresismo regional en ejercicio del poder. La entronización, casi en soledad, de Alberto F. como figura relevante de ese espacio. Al mismo tiempo, la incomodidad que se comience a fijar como eje exclusivo de referencia en el Cono Sur una línea imaginaria entre Buenos Aires y Caracas. La Paz permanece desde el domingo a la deriva.

Por esa razón, para el presidente electo de nuestro país asomaría una tabla salvadora en el horizonte. El balotaje del último domingo de este mes en Uruguay. El Frente Amplio va a la búsqueda de su cuarto mandato consecutivo de la mano del intendente de Montevideo, Daniel Martínez. Las encuestas recientes –divulgadas el domingo pasado- le están dando una ventaja de 5 puntos a Luis Lacalle Pou, el hijo del ex presidente del Partido Nacional. La elección no está cerrada. Pero la caída del Frente Amplio sumaría otra ingrata novedad para Alberto F.

La sombra de Nicolás Maduro como única referencia de poder en el mapa de la región podría convertirse en un cortejo incómodo. Venezuela es la razón central –con el apéndice de Bolivia- que divide aguas entre el Grupo de Lima y el Grupo de Puebla. En el primero están Brasil, la Argentina, Paraguay, Perú, Colombia y Canadá, entre muchos. En el segundo, Alberto F. pasó a ser una figura rutilante. Sus laderos principales son Lula da Silva, envalentonado tras su liberación, y José Mujica. También emergen Dilma Rousseff o el ex premier español José Luis Rodríguez Zapatero. Deshilachados ya en la escena pública. El prófugo ex mandatario ecuatoriano Rafael Correa, radicado en Bélgica, o el colombiano Ernesto Samper, con causas por el sospechoso financiamiento de su antigua campaña electoral, a mediados de los 90.

A esos dos bloques, en esencia, los tiene en veredas enfrentadas la situación en Venezuela. Se acaba de agregar la crisis de Bolivia. En ambos casos, las limitaciones políticas y de relato resultan indisimulables. Hasta dan un poco de vergüenza. Actualizarían un axioma del ex senador peronista, Miguel Angel Pichetto, que alude a la inexistencia de un plano moral en la política.

El presidente Mauricio Macri, por ejemplo, explicó que Evo no fue víctima de un golpe de Estado porque las Fuerzas Armadas no se hicieron cargo del poder. Sólo le surgieron al ex mandatario que dimitiera. También se lo pidió la Iglesia y hasta grupos indígenas. Evo se tuvo que ir sin completar el mandato. El epílogo parece explicarlo todo. Alberto F. y los integrantes del Grupo Puebla se aferran a esa fotografía difícil de impugnar. Pero esconden la totalidad de la película. Porque no les conviene. Morales venía forzando la institucionalidad, al menos, desde el 2016. Se podría hurgar más lejos, incluso. Se prestó hace más de tres semanas a un proceso electoral fraudulento.

La fundamentación de la teoría del golpe pierde sustento, aunque no validez, por dicha omisión. Se pudieron escuchar algunas argumentaciones tan creativas como frágiles. Marco Enríquez Ominami fue un dirigente socialista chileno. Tres veces candidato a presidente. También uno de los impulsores del Grupo de Puebla. Acaba de renunciar a la política por el cine. Tal vez, un acierto. Por aquella virtud que no todo humano tiene en su imaginación. Ominami fundamentó su teoría del golpe a raíz que la oposición y los militares habían desconocido el nuevo llamado a elecciones de Evo. Ese llamado representó la aceptación del fraude. Denunciado por la oposición y certificado por la delegación de la OEA.

¿Podía Morales garantizar otra elección? ¿Con qué idoneidad? ¿No debió apartarse de la competencia –no del cargo- para darle credibilidad a su gesto? Tampoco pareció haberlo hecho por propia voluntad. A esa altura se sentía acorralado. Ensayó un escape.

Ominami, en las horas ardorosas del Grupo Puebla y la crisis en Bolivia desgranó, apremiado, otras explicaciones que varias veces sonaron también en boca de Alberto F. Son buenos amigos desde hace años, cultores, en áreas distintas, de la política y el arte. Una combinación no demasiado frecuente. El chileno, interrogado sobre la realidad en Venezuela, trató de huir. Dejó como epitafio una frase memorable: “Es una democracia con problemas”, tiró. Literalidad que alguna vez expresó el presidente electo.

El golpe de Estado en Bolivia, difícil de discutir, y Venezuela como “una democracia con problemas”, exhibirían una de las facetas más hipócritas y desagradables de la política. ¿Se puede ser tan banal después del informe de la delegada de la ONU para los Derechos Humanos? La ex presidente de Chile, Michelle Bachelet, socialista, a quien en una época respondió Ominami, informó que solamente en 2018 se produjeron 5.287 ejecuciones de parte de las Fuerzas de Acción Especial (FAES). Núcleos paraestatales. Y mencionó la crisis humanitaria en la nación caribeña con 4 millones de ciudadanos que debieron emigrar.

Tal vez, el progresismo en la región debiera apartarse de las explicaciones extravagantes para justificar sus fracasos. La teoría del law-fare, el supuesto juego de pinzas entre el Poder Judicial y los medios de comunicación para atacar a los líderes populares, estampado en el documento del Grupo de Puebla, podría resultar atendible si se midieran todas las realidades con la misma vara. Pero no ocurre.

Las víctimas para la línea progresista han sido solo Lula y Correa. ¿Por qué motivo el Grupo de Puebla jamás reparó en los cuatro presidentes detenidos en Perú –Alan García se suicidó- por corrupción? ¿Por qué motivo el lawfare nunca golpeó a Mujica o Tabaré Vázquez en Uruguay? ¿Por qué la propia Bachelet reaccionó como lo hizo –separando a su hijo de un cargo oficial-- cuando un episodio oscuro merodeó a su familia? Antes que, en las presuntas conspiraciones, el progresismo debería reparar en las conductas.

También, en cómo esa vaga corriente de pensamiento solo encuentra posibilidad de desarrollo en el personalismo. La región ofrece apenas dos excepciones: Chile fue gobernado mayoritariamente por la Concertación que supo alternar cuatro mandatarios distintos. Sebastián Piñera lleva cumplido un mandato y medio. Afronta el reclamo social estructural por un modelo que requiere cambios. El otro caso es Uruguay. Gane o pierda, el Frente Amplio ha sabido institucionalizar a sus candidatos. No hubo delfinazgos fracasados, como en Ecuador. Solo democracia interna. Así de sencillo.

La salida anticipada de Evo debería inducir aquella reflexión. El ex presidente de Bolivia produjo una gran transformación del país. Económica y social. Logró una mancomunión difícil en una geografía surcada históricamente por odios y racismo. En 2014 hasta llegó a ganar en la llamada medialuna secesionista, donde Santa Cruz de la Sierra constituye el centro de gravedad.

El peligro sería ahora que todas esas conquistas se pierdan por la fractura social que su tozudez por permanecer en el poder restauró en Bolivia. La ambición desmedida siempre termina matando.

Eduardo van der Kooy

Visto 273 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…