Lunes, 25 Noviembre 2019 00:00

Vidas paralelas: Mauricio y Alberto, hermanados en sus contradicciones - Por Hugo E. Grimaldi

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Aunque son como el agua y el aceite en formación y en personalidad, pero también en gustos y procedimientos de vida, tienen algunas pocas cosas en común. ¿Cuáles?

 

Mauricio Macri y Alberto Fernández, dos hombres, dos políticos y, a esta altura del partido, ambos en medio de dos encrucijadas, una por remordimiento y otra por desconfianza que, si no son administradas correctamente por cada uno de ellos, bien podrían convertirse en dos tragedias políticas. ¿Por qué tragedias? Por el profundo acto de contrición que deberá ejecutar el primero para explicarle a su conciencia los motivos del descalabro de su gobierno y también por la incertidumbre que parece sentir su sucesor por estar jugando a dos puntas, a veces paralizado por sus omisiones y en otros momentos demasiado expuesto, a partir de algunas definiciones tajantes o declaraciones poco oportunas o sapos que se debe tragar ante personajes que buscan entornarlo.

El marplatense Osvaldo Soriano y el uruguayo Eduardo Galeano han contribuido con dos títulos de su cosecha para cuasi definir este particular momento de las vidas de ambos personajes que, por paralelas, bien deberían ser comparadas algún día al completo: “Triste, solitario y final” para Macri y “Úselo y tírelo” para Fernández, respectivamente, aunque éste tiene todavía cierto changüí para cambiar la historia ya que, si se le antoja y desde su investidura, podrá patear el tablero en cualquier momento. Será el Presidente. Como ya se sabe, en política y en finanzas lo que hoy es incomible mañana es dulce de leche.

El contexto político actual es el que sigue: el mandatario en funciones hace balance del pasado y cuenta los días que le quedan para bajarse de un barco que llega a puerto escorado, mientras recapitula su accionar y llora más por lo que no hizo que por lo que hizo. Son lágrimas creíbles de un político al que casi siempre le tembló el pulso para actuar con las convicciones que él tenía y que podían haber cambiado la cabeza de la sociedad. Macri es el principal responsable del retorno del kirchnerismo y es posible que ese punto le esté remordiendo más que ningún otro.

En tanto, quien le seguirá, antes de tomar el timón arranca en situación de jaque porque se debate casi en solitario entre los dos fuegos de una grieta que lo ningunea mayoritariamente, ya que de un lado están quienes no creen que él pueda decidir algo (45/50%) y del otro, quienes responden al kirchnerismo más duro (¿30%?) y aplauden su eventual sumisión. En términos electorales, podría decirse que Fernández arranca con un colchón propio de 18/20%: tercera fuerza.

Aunque son como el agua y el aceite en formación y en personalidad, pero también en gustos y procedimientos de vida, en métodos de acción en lo político e institucional y además en modelos que hacen al funcionamiento de la economía, ambos personajes, que en conjunto cubrirán ocho años de la historia argentina, tienen algunas pocas cosas en común. En primer término, ambos llegaron al Gobierno de la mano de una coalición: Macri con la de Cambiemos, que hoy se está desgajando a la hora de dormir a la intemperie y Fernández apoyado por una media docena de agrupamientos peronistas -los K en primer término- y diferentes corporaciones gremiales, sociales y empresarias que durarán si él tiene a mano el pegamento suficiente (léase recursos) para que se mantengan unidos.

Otra cosa en común es que, a la hora de conseguir el boleto para acceder al sillón de Rivadavia, ambos candidatos disponían de mucha experiencia, generada, en el caso de Macri, en el mundo de las empresas y en el caso de Fernández en su tarea política, sobre todo como ladero de Néstor Kirchner. Pues bien, el actual presidente fracasó estrepitosamente en trasplantar procedimientos empresariales al Gobierno y lo de Fernández está por verse, aunque nunca dos procesos políticos son iguales, sobre todo porque el mundo del cual, guste o no guste, la Argentina depende, cambia minuto a minuto.

Para observar la situación con mayor perspectiva, tal como hace una mosca cuando se aleja del cuadro en el que estaba posada, hay que marcar un hecho que llevará a Macri a la historia porque contribuye a consolidar la democracia representativa, aunque las fuerzas dedicadas al adoctrinamiento de las nuevas generaciones aún desde la escuela primaria no descansan en su trabajo de demolición de lo que llaman la “Constitución liberal”. Lo cierto es que, por primera vez, desde que Marcelo T. de Alvear llegó al fin de su mandato en 1928, un presidente no peronista va a terminar el 9 de diciembre su período en tiempo y forma. Si bien el peronismo se quedó quieto esta vez y no hubo saqueos ni helicópteros, confiados en que Cristina Kirchner iba a volver de la mano de la jugada de elegir al otro Fernández para que unifique al peronismo, finalizar los cuatro años indemne ha sido primero que nada un evidente logro de la fortaleza del actual presidente.

Sin embargo, para hacer un balance más justo, hay que recordar que hubo otras cosas también relevantes que desacomodaron mal a Macri ya desde los primeros días de su gobierno en 2015. Seguramente, lo más grave fue haberse dejado copar la investidura por quienes lo llevaron por caminos que nunca pudo desandar, como no mostrar a tiempo la grave herencia recibida (a un peronista no le hubiera pasado y ya él mismo está probando esa medicina de parte del gobierno electo), armar un gabinete irracional en tamaño de supuestos CEO’s que iban a garantizar una administración eficiente, hacer gradualismo económico para no irritar a la mayoría peronista del Congreso y emitir deuda en vez de pesos sin hacer reformas estructurales ni bajar el gasto público; en fin, ser tibio, hasta el punto de parecerse en muchos temas a los gobiernos que se habían ido después de 12 años. Y si se habla de pecados, uno de los más grandes fue descartar la comunicación tradicional, para centrarse casi exclusivamente en el mundo digital.

Este último punto fue vital, no sólo porque el proceso de comunicación a través de las redes sociales fue mal hecho y sin pensar, poniéndose dentro del caos informativo, pero sin administrarlo, sino porque se abandonó el abecé de la comunicación política que no es darle a la prensa gacetillas para que se entretengan o frases del estilo de los “brotes verdes” o del “mejor equipo de los últimos 50 años” o entregar “pauta” para comprar voluntades, sino explicar, explicar y explicar, jugar a la ofensiva, primerear con las novedades, hacer “off the records” en todas las líneas y sobre todo, salir al cruce de noticias distorsionadas antes de que se instalen.

Este punto fue caótico, ya que con el método de inhibir la comunicación de los ministros y de centralizar todo en la Jefatura de Gabinete, el gobierno de Macri perdió siempre tiempos valiosos para contrarrestar informaciones, porque cuando se salía a explicar ya todo estaba metido en la cabeza de la opinión pública de una sola forma. Para poner las cosas en su justo término, en este tema hay que sumarle sin ninguna duda al haber del actual presidente la reivindicación que su gobierno hizo siempre de la prensa independiente, la posibilidad de hacer preguntas en ruedas plurales y la nula persecución de periodistas. Pese a que hay quienes tratan de cambiar la historia y se victimizan, es justo afirmar que los últimos fueron cuatro años de plena libertad de expresión y, sobre todo, sin autocensura de la prensa, la peor derivación del miedo al poder.

Reconocido este punto central, debe consignarse también que todo lo malo que operativamente mostró el gobierno en materia de comunicación, no tuvo que ver con el oscurantismo que tenía el kirchnerismo cuando era gobierno, sino que se dio porque siempre corrió detrás de los acontecimientos, debido al desprecio que hubo por los medios tradicionales. Esta estrategia que, como muchas de las otras que se consignan en el debe macrista de los últimos cuatro años, seguramente le fue transmitida al Presidente por su asesor Jaime Durán Barba y fue ejecutada hasta la soberbia, por su amigo de la política, Marcos Peña. Ambos fueron los verdaderos culpables del tobogán de Macri, aunque como en todas las organizaciones piramidales (fuerzas armadas, empresas y gobiernos) siempre el responsable es quien está arriba.

El colmo de la estupidez comunicacional se dio con la forma en que manejó el Gobierno la última crisis tras el cortarse solo del secretario de Salud, Adolfo Rubinstein, a la hora de aprobar y hacer publicara en el Boletín Oficial un Protocolo sobre el aborto que oficializaba una serie de situaciones que ya estaban reguladas por el Código Civil, pero que avanzaba sobre la objeción de conciencia de los médicos, inclusive obligándolos en ciertos casos a la intervención bajo coacción de denuncias penales. Sin embargo, para la anulación del Protocolo se usó una fórmula más bien burocrática: que el secretario había pasado por encima de sus superiores, incluido el Presidente. Como hacer esa publicación fuese tan fácil, el manejo de la crisis de un tema tan crítico fue de lesa ingenuidad y sumó un cachivache detrás de otro. Eso sí, nadie explicó nada sobre los médicos, los medios omitieron prolijamente la cuestión y el disruptivo Rubinstein se dio el gusto de quedar como un héroe, probablemente en paz con su conciencia y poniendo a buena parte de la UCR más de punta contra Macri.

Justamente, hablar sobre la interrupción del embarazo ha sido también una piedra en el zapato de Fernández en medio de las tribulaciones del armado de su Gabinete, ya que a sus declaraciones sobre el impulso a una nueva discusión le llegó la réplica por Facebook del arzobispo de La Plata, Víctor Manuel Fernández, que es casi como la voz del papa Francisco en la Argentina y a esa reprimenda le siguió la certeza de que no habría reunión en Santa Marta hasta que el presidente electo no tenga la investidura de Jefe de Estado, la misma que Jorge Bergoglio detenta ya no como Pontífice, sino como autoridad máxima del estado Vaticano. ¿Por qué las hizo? ¿Para agradar a quién? ¿No tomó en cuenta que todo esto puede quedar en abstracto y sus palabras en el tintero porque la composición del Senado por ahora indica una votación de 38 “celestes” y 32 “verdes”?

Otra tribulación para el presente de Fernández fue el momento en que tuvo que discutir el Gabinete con Cristina. Fue hasta su departamento en Barrio Norte a hablar de personas y ese gesto fue interpretado como un pedido de permiso a su mentora, más allá de que de allí salió la nominación (¿imposición?) de Máximo Kirchner como jefe de la media docena de sub bloques en que está dividido el peronismo en Diputados.

A veces hay que mirar los detalles: ¿quién llamó a la prensa allí, para que registrara a Fernández saliendo del departamento que hizo famoso los cuadernos de Centeno? ¿Por qué éste lo blanqueó de inmediato y dijo que “básicamente” ya estaba definido el Gabinete? ¿Fue una celada hacia él o un modo que éste eligió para mostrar alineamiento, aún a costa de deslucirse un poco más? Más allá de todo esto, el kirchnerismo más duro no se queda quieto y no sólo arma las segundas y terceras líneas de los ministerios para recambiar si fuese necesario, sino que ya hay un controller de lujo para Fernández en el Ejecutivo, nada menos que Carlos Zannini, ojos y oídos de Cristina.          

Lo más crítico del futuro Gabinete es el equipo económico y allí hay dos tendencias claras, o la vuelta al viejo modelo K o un equipo más racional y sobre todo lógico, a gusto de Fernández, para que renegocie la deuda y arme un esquema para “meterle plata en el bolsillo de la gente” que no explote a los tres meses. Se saben cosas sueltas, faltan nombres y su armado será no sólo la señal que esperan los mercados sino una prueba de carácter para el nuevo presidente.


Hugo E. Grimaldi

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