Lunes, 02 Diciembre 2019 00:00

El gabinete de Alberto que debe desembarcar en Normandía - Por Fernando González

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Cristina Kirchner quiere a algunos de lo suyos en ciertos lugares sensibles del elenco ministerial.

 

Un gabinete para el desembarco en Normandía. Esa es la metáfora que utilizan algunos de los dirigentes que acompañan a Alberto Fernández para describir la imagen del equipo que se hará cargo del Poder Ejecutivo el 10 de diciembre. Es la mejor justificación hallada hasta ahora para explicar por qué no se cumple la supuesta ecuación que equilibraba al Frente de Todos. Aquella que rezaba como un salmo: “El gabinete para Alberto y el Congreso para Cristina”.

Pero, como se ha ido viendo en los últimos días, la ex presidenta quiere a algunos de los suyos en ciertos lugares sensibles del gabinete además de haber armado un esquema que le es absolutamente fiel y funcional. Tanto en la Cámara de Senadores como en la de Diputados, donde ubicó estratégicamente a su hijo Máximo al frente del bloque peronista. La primera víctima visible del blitzkrieg de Cristina es Sergio Massa y le toca a Alberto Fernández reducir al máximo los daños para no emerger a priori como un presidente debilitado.

Por eso es que le pintan al primer gabinete de Alberto los colores de Normandía. Es la región de Francia donde desembarcaron las tropas aliadas el 6 de junio de 1944 para establecer una cabecera de playa en Europa continental y poder iniciar el contrataque militar más gigantesco de la historia contra la Alemania de Adolph Hitler y lanzar la marcha victoriosa a París. El general estadounidense Dwight Eisenhower y el inglés Bernard Montgomery enviaron a unos 156.000 soldados en cinco mil barcos, custodiados por mil doscientos aviones y distribuidos en cinco playas.

Los primeros de aquellos soldados fueron los que peor la pasaron. Bajaron de los barcos y se toparon de frente contra la metralla alemana. Cerca de cinco mil murieron rápidamente en la arena de las playas pero hicieron posible la victoria de los que desembarcaron después. Esa es la razón por la que siempre se utiliza la figura de Normandía para simbolizar el sacrificio inicial de las vanguardias que aseguran el éxito definitivo. “Para qué sacrificarlo a Dieguito Gorgal en el desembarco del 10 de diciembre si lo podemos convocar cuando ya estemos consolidados”, explica un peronista alineado con Alberto, entusiasmado en aplicar al arranque del gobierno electo las categorías bélicas de los sangrientos diez primeros minutos que consagraron a “Buscando al Soldado Ryan”.

Gorgal fue la víctima más sonora de un listado de funcionarios malogrados que también integran el senador cordobés Carlos Caserio, la especialista en la tercera edad Mirtha Tundis, el ex ministro y candidato presidencial Florencio Randazzo y la diputada provincial electa, Malena Galmarini, algunos de ellos sancionados por antiguos enfrentamientos con Cristina y otros, simplemente, por pertenecer al Frente Renovador liderado por Massa. “Es un día triste”, se resignaba la semana pasada un dirigente que aprecia a Gorgal y que acababa de leer el tuit fallido de Alberto en el que lo excluía del ministerio de Seguridad. La oferta para el cargo se la habían hecho en la primera semana de noviembre y el especialista formado en la escuela del peronista histórico Juan José Alvarez ya había escrito un informe con las bases de lo que sería su gestión y había convocado a varios de sus colegas para que lo acompañaran en la patriada.

Pero la crueldad en el ejercicio del poder no se agota en un mensaje fugaz en las redes sociales. La caída en desgracia de Gorgal se difundió rápidamente en las usinas de televisión, radio y de los sitios web que responden al kirchnerismo. Incluyendo el dato de sociedades empresarias que el dirigente tiene con su familia, anticipando que el modus operandis del escrache patrimonial no se reducirá a la batalla entre el peronismo y la oposición. De ser necesario, también será parte de la tensión que genera en el entorno de la ex presidenta la inevitable construcción del albertismo, un movimiento hasta ahora intestino del que ya se ha hablado en esta columna.

Aunque algunos lo ubican entre los caídos cercanos a Massa, es bien diferente el caso de Martín Redrado. El economista, quien fue funcionario con Carlos Menem y también con los Kirchner, arrastra un par de rencores personales con Cristina. La salida tempestuosa del Banco Central en 2009, por negarse a manipular las reservas de la entidad monetaria tal como se lo pedía la entonces presidenta. Y, sobre todo, la declaración testimonial del muchacho al que la City conoció en los ‘90 como el Golden Boy respecto de los desmanejos kirchneristas con el dólar futuro. Allí estaría el núcleo indestructible del veto cristinista. Esta semana, cuando se conozcan los nombres definitivos del gabinete de Alberto, se sabrá si la animadversión de Cristina con Redrado es tan profunda como para impedirle ser parte de la primera línea de combate en las playas de Normandía.

Por la sombra del veto de Cristina sobre Redrado y por los pocos antecedentes internacionales del resto de los economistas cercanos a Alberto, es que sigue vigente la posibilidad de que Roberto Lavagna ocupe un lugar en el equipo inicial de los Fernández. Ya se sabe que al ex candidato presidencial la oferta de liderar un Consejo Económico y Social le parece insuficiente. “El Consejo es una buena herramienta de mediano plazo, pero Roberto cree que la economía necesita una solución integral de cortísimo plazo”, explica uno de los dirigentes que están al tanto de las conversaciones permanentes entre Alberto Fernández y Lavagna. Lejos de interrumpirse, en las últimas horas esos diálogos se intensificaron y alumbraron el nombramiento de Marco Lavagna al frente del Indec. ¿Llegará finalmente la hora del “ministro coordinador” que siempre entusiasmó al presidente electo?

En los próximos días, Alberto dará a conocer ese primer gabinete en el que van a convivir su proyecto para resolver la enésima crisis del país adolescente. Y estarán incluidas las ansias de Cristina por darle a ese equipo algo de su impronta. Ahora se sabe que habrá menos espacio para los deseos de Massa, de los gobernadores, de los intendentes y del resto de la constelación peronista. Pero deberá contemplar el máximo potencial para hacerle frente de inmediato al desafío económico y social. El peligro de especular con dejar a los mejores para una segunda etapa es que los primeros en desembarcar en Normandía no tengan la suficiente pericia para conquistar las playas y asegurar la victoria de los que vienen atrás.

Fernando González

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