Miércoles, 11 Diciembre 2019 00:00

La batalla central: salvar a Cristina - Por Eduardo van der Kooy

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Alberto habló en el Congreso y en la Plaza sobre una persecución judicial a la flamante vicepresidenta.

 

Alberto Fernández asumió como presidente con un discurso que hubiera resultado improbable o imposible escuchar en boca de Cristina Fernández, la vicepresidenta. Líder, todavía, del espacio más importante de la heterogénea coalición que desde ayer comenzó a gobernar la Argentina. El aserto tiene relación con un gran tramo –no todo- de la forma y el fondo del mensaje. Ocupó 61 minutos, distante de las peroratas habituales de la ex presidenta. Colocó el centro de gravedad en la necesidad de recuperar una armonía que la sociedad perdió hace décadas. Y profundizó durante el ciclo kirchnerista. Hubo otras referencias que, con certeza, a Cristina le habrían caído mejor.

Alberto empezó ayer, con aquel primer paso, a diseñar su propio sistema (imagen, autoridad y poder) que le llevará tiempo. Fue notable, por caso, el contraste entre su imagen y la de Cristina. Aunque su temperamento, con recurrencia, lo lleve a perder la cadena. Esa imagen no estuvo sólo apegada al mensaje. El presidente, sobre todo desde que ganó en octubre, bajó notablemente la hostilidad con Mauricio Macri​. Privilegió la salud de la transición. Lo mismo hizo el ahora ex presidente. La misa del domingo en Luján, auspiciada por la Iglesia, pudo haber ayudado a la consolidación del interés general por encima de las enemistades personales. A esa ceremonia Cristina no asistió.

El Presidente tuvo en el Congreso toda la iniciativa. Fue, por lógica, el protagonista excluyente. El papel de reparto a la vicepresidenta, tal vez, no le sentó bien. Porque existe allí un desacople objetivo. Ella ungió a Alberto candidato. Le arrimó la mayor porción de votos. Debió conformarse con espiar sin disimulo el texto que el nuevo presidente leyó. Escrito por él mismo, sólo con informes de algunos de sus ahora principales ministros.

La escena general contó con otros sellos distintivos. Se llenó de contrastes. Alberto saludó con cordialidad a los diputados del oficialismo y la oposición que hicieron un breve pasillo de recepción a los Fernández en la entrada del Congreso. Cristina hizo una inocultable distinción entre propios y ajenos. Alberto tuvo un cordial y llamativo abrazo de despedida con Macri. Cuidó además que no surgiera algún gesto o grito desubicado desde los palcos o las bancas. Cristina saludó con descortesía al presidente saliente. El lunes, se había encargado de poner un broche a su habitual relato. Mediante un tuit aseguró que en 2015 no pudo ceder los atributos a su sucesor por impedimento del Poder Judicial. Basta revisar pocas líneas de su libro de campaña, “Sinceramente”, para comprobar su enredo. En el texto explicó, con lujo de detalle, que se había negado al traspaso porque lo consideraba una rendición.

Alberto dedicó al final varios minutos para agasajar a los gobernadores. Incluso a aquellos que no declararon ninguna incondicionalidad: fue el caso del cordobés Juan Schiaretti. Los mandatarios forman parte del sistema que está forzado a consolidar. Todavía no debidamente recompensados. La amplitud de la coalición lo obligó a ocupar los 21 cargos disponibles con representantes de agrupaciones no peronistas. Existe otra deuda política que el nuevo presidente tiene por delante. Es con el sindicalismo que, por lejos, produjo la movilización estructural más importante que llenó el Congreso, la Plaza de Mayo y sus adyacencias. Compitieron, en ese terreno, con los movimientos sociales.

Cristina pudo haber recibido alguna compensación frente a tanta desventura cuando el presidente incursionó en el terreno judicial. El que verdaderamente le interesa para conseguir su declaración de inocencia en la cantidad de causas por corrupción en que está involucrada. Tres de ellas junto a sus hijos, Máximo Kirchner, el diputado, y Florencia, bajo tratamiento médico en La Habana desde el verano.

Alberto sostuvo, con buen criterio, que sin una Justicia independiente no hay democracia. Omitió, claro está, la actuación parcial durante la década kirchnerista de muchos jueces. Varios de ellos protegidos por el poder, como Norberto Oyarbide. Prometió, además, sanear el Poder Judicial limpiándolo de la toxicidad de los espías que la frecuentan. Anunció, a propósito, la intervención de la Agencia Federal de Inteligencia. Pero las sospechas jamás se disipan con un simple ademán.

Alberto nombró a una mujer de su absoluta confianza, Marcela Losardo, para conducir el Ministerio de Justicia. La dependencia de la cual emergería la nueva reforma. Pero Cristina incidió para que la abogada termine siendo secundada por Juan Martín Mena. Actualmente miembro del Consejo de la Magistratura. Ex empleado del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. También ex subsecretario de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI). Todavía permanece procesado por el Memorándum de Entendimiento con Irán.

Habrá que esperar hasta dónde llega la intervención a la AFI. Por lo pronto, el presidente anunció que derogaba el decreto de Macri (656/2016) que estableció el carácter reservado para los fondos del espionaje. Una práctica que, con decreto o sin él, cumplieron todos los gobiernos democráticos desde 1983. Con una facilidad: la Comisión Bicameral del Congreso creada para tal efecto virtualmente carece de alguna actividad.

En la convergencia del conflicto entre la Justicia y la AFI, fue cuando Alberto más se arrimó al relato de Cristina. No sólo habló de una persecución política, de la cual parece convencido. Subrayó la complacencia de muchos medios de comunicación. Los términos imprescindibles que requiere la teoría del “lawfare” para tomar su forma. Repitió la idea en forma de arenga en la Plaza de Mayo. Promete ser una batalla insoslayable que irrumpirá en el nuevo teatro político.

La necesidad de marcar una frontera sólida entre la Justicia y el espionaje resultó sintetizada por Alberto con una expresión emblemática del tiempo de Raúl Alfonsín. “Nunca más”, repitió un par de veces el presidente electo pretendiendo establecer un parangón que no tiene con la reconstrucción histórica de los desaparecidos y muertos en la Argentina durante la dictadura.

La tendencia de revalorizar la figura de Alfonsín no es nueva en el Presidente. Tal vez, lo sea todavía para algún sector kirchnerista que nunca terminó de reconocerle su valor político por el juicio a las Juntas Militares. En cualquier caso, podría apreciarse como un doble esfuerzo de Alberto. Para atemperar a los díscolos propios e intentar tender un puente con un importante sector de la sociedad que lo interpela aún con desconfianza.

El Presidente no ofreció ninguna definición sorprendente en el campo económico. Se apoyó en la mala herencia recibida –que la es, más allá de la justeza de los números-- para pronosticar épocas que no serán sencillas. Reiteró que la Argentina no estará en condiciones de pagar su deuda si, en primera instancia, no crece. Quizás el anticipo de la cesación de pago que puede llegar. También brindó una pista sobre otra preocupación: el ordenamiento para la macroeconomía. Una sintonía, de las varias, que mantiene con su nuevo ministro, Martín Guzmán. Habrá que ver cómo ese tándem se las arregla para combinar una cosa con la otra.

De esa posibilidad dependería también el vínculo que el Gobierno fortalezca en su política exterior. Las definiciones fueron vagas. Pero introdujeron una novedad. Que asimiló a Alberto con Macri. El Presidente convocó a transformar la diplomacia, que liderará como canciller Felipe Solá, en el motor para acceder a nuevos mercados. En el afán de aumentar las exportaciones y rescatar los dólares que a la Argentina cíclicamente le faltan. Y la empujan a la crisis. Repasando algunos de los viejos mensajes de Macri se pueden hallar conceptos similares.

La futura inserción internacional es una incógnita. Los invitados que sobresalieron en la asunción fueron Luis Lacalle Pou, presidente electo de Uruguay, junto a José Mujica, Tabaré Vázquez (ambos del Frente Amplio recientemente derrotado), Rafael Correa, prófugo de la Justicia de Ecuador, y Fernando Lugo, mandatario depuesto en Paraguay. También estuvieron el vicepresidente de Jair Bolsonaro y el encargado de Asuntos Hemisféricos de Donald Trump, quien se retiró antes de la asunción disgustado por la presencia del enviado de Maduro. Difícil adivinar hacia dónde se inclinará el fiel de la balanza.

Simultáneo a ese recorrido está el asentamiento de Alberto en el poder. La multitud en la Plaza comenzó a corear anoche su nombre incluso por encima del de Cristina. Una buena señal política para él, siempre que pueda cumplir con la misión primaria: alejarla de las acechanzas judiciales.

Eduardo van der Kooy

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