Miércoles, 08 Enero 2020 00:00

Sólo falta que vuelva Julio De Vido - Por Eduardo van der Kooy

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Cristina no deja de darse gustos políticos. La designación de Reposo en la AFIP es otro de ellos. ¿Y lo de Alberto con Aníbal Fernández?

 

El Gobierno de Alberto y Cristina Fernández​ puede estar asomándose a un error político similar que, después de cuatro años, terminó por costarle el poder a Mauricio Macri y su alianza de Cambiemos. ¿Cuál sería dicho parecido? Una interpretación quizá sobreestimada de los resultados electorales de octubre.

El ingeniero, acicateado por Marcos Peña y el ecuatoriano Jaime Durán Barba, se entusiasmó demasiado con una teoría de aquellos asesores. Explicaba el triunfo de Cambiemos sobre el kirchnerismo en el 2015 a partir de un supuesto cambio previo en los paradigmas culturales de la sociedad. El ex jefe de Gabinete, en sus tertulias, solía fundamentar frente a cualquier cuestionamiento: “El cambio ya se produjo. De lo contrario nosotros nunca hubiéramos podido triunfar”, pontificaba.

La hipótesis se mantuvo vigente mientras pervivió el gradualismo económico. Fue el encargado de construir un espejismo acerca de dos cosas: el triunfo en las legislativas del 2017 en apariencia ratificatorio de aquel cambio cultural; la creencia de que era posible la “experiencia de cristal” –así bautizada por el economista Pablo Gerchunoff—que consistía en mantener el inestable equilibrio entre un progresivo y lento achicamiento del déficit fiscal mechado con flashes de productividad y consumo. El macrismo los llamó “brotes verdes”.

La crisis del 2018 terminó por hacer añicos el cristal. Pero Macri y su entorno continuaron apegados a la creencia del presunto cambio cultural. En una sociedad que, lo demuestra la historia, le cuesta muchísimo cambiar. En un sentido literal, nunca ideológico. Le seduce antes que nada el atajo gatopardista.

Aquella convicción perduró hasta las PASO de agosto último. Cuando el binomio de los Fernández descargó una avalancha de votos contra el Gobierno. En ese momento se incineraron los papeles macristas. La administración hizo un giro económico sorprendente para “atender a los sectores necesitados”. Así realizó el tránsito entre la primera derrota y octubre. Le adosó, por otra parte, raciones de política clásica –la cadena de caravanas de campaña, por caso- de las cuales había renegado por el imperio del supuesto cambio cultural colectivo. Muy tarde advirtió que el profundo y doloroso daño al bolsillo, como el que ocurrió en 2018-19, no se enmienda con expectativas ni retórica.

Los Fernández supieron capitalizar muy bien el descontento social por la situación económica. Alberto juega un pleno al rápido ordenamiento general. También a una recuperación a mediano plazo. Requiere ambas cosas por dos motivos: retener el apoyo electoral; reforzar su poder interno en el Frente de Todos, muy anclado a su relación con los gobernadores peronistas.

El Presidente estaría interpretando que la obtención de esas metas podría disimular otras opacidades. Que afloran con sigilo en el plano político. Como si se tratara de asuntos excluyentes. No lo son, aunque lo económico tenga siempre preponderancia. Existe una línea invisible que los vincula. De uno u otro modo, vuelcan el fiel de la balanza popular. En 2017 Cambiemos ganó porque la módica situación económica contó con el refuerzo de valores provenientes de la política. En 2019 esos valores no pudieron contra la crisis profunda. ¿Qué podrá suceder en 2021, año de legislativas, si la realidad económica no acompaña a Alberto? ¿Tendría una carta política para jugar en su reemplazo?

El Presidente repitió muchas veces que habían vuelto junto al kirchnerismo para ser mejores. Deben recorrer todavía un camino largo para demostrarlo. Empezaría a instalarse la impresión, en cambio, de que antes de aquella hipotética mejora demandarían una reivindicación. Que la sociedad acepte –y tal vez que pague- aquella votación que los desalojó del poder y empinó a Macri.

De otro modo, resulta difícil comprender ciertas decisiones. No hay dudas acerca de que Cristina entiende de esa manera el regreso. Colocó a la casi totalidad de su tropa en puestos ejecutivos y parlamentarios. Se puede reparar en dos símbolos. Por un lado, los integrantes de La Cámpora. Por otro, la nominación de Carlos Zannini como Procurador General del Tesoro. Todos ayudaron a explicar aquella caída del 2015.

La ex presidenta, en estas horas en Cuba, iría incluso por más. Resulta imposible no observar su sombra detrás de la designación de Daniel Reposo como segundo de la AFIP. Que comanda Mercedes Marcó del Pont. Reposo fue el candidato de Cristina rechazado por la oposición para ocupar en 2012 el cargo de Procurador General. Encargado de los fiscales. Al final quedó en manos de Alejandra Gils Carbó. El nuevo funcionario había adulterado su currículum y no logró superar el examen de idoneidad. A la ex presidenta le importaría poco. Desearía revancha.

Alberto fue en aquel momento crítico de Reposo. Tanto como supo defender los pergaminos profesionales de Gils Carbó. Aceptó ahora otra concesión a la vicepresidenta. O varió de parecer. Cualquiera de las alternativas, visto el cuadro de situación, resultaría válida.

El arribo de Reposo a la AFIP levantó tal polvareda que sirvió para ocultar otras novedades. En la misma institución, sólo para encargarse de los grandes contribuyentes, fue designado Mariano Abbruzzese. Ese apellido, así aislado, no sería indicativo de nada. No sucede lo mismo si se revela que se trata del hijo de Beatriz Paglieri. La economista que, junto a Guillermo Moreno, resolvió en su tiempo la intervención del Indec.

Tampoco Mariano tendría por qué cargar con el historial de su familia. Aunque, pese a su juventud, tiene marcada una huella. Abbruzzese fue en su juventud universitaria, en los albores del alfonsinismo, militante de la agrupación Pueblo Peronista. Fundada precisamente por el propio Moreno. Íntimo amigo del padre del nuevo funcionario de la AFIP, poeta muy elogiado por los K.

¿También la súbita reaparición pública de Aníbal Fernández habría que endosársela a Cristina? Difícil. ¿Entonces, a quién? Tampoco el actual Presidente tuvo nunca una relación fluida con el múltiple ex ministro kirchnerista. Pero no debe extrañar una reconciliación enredada en un paisaje con tantas mutaciones.

El encuentro fue una sorpresa. El escenario también. Ocurrió en el despacho presidencial. Aníbal negó la posibilidad de ocupar algún cargo. Habrá que ver si no cuela también en esta temporada de reivindicados. Pareciera que el ex ministro, en el llano, no estaría atento a la actualidad. Alberto pregona el fin de la grieta. Habló esta semana con dirigentes de Cambiemos para ayudar a Axel Kicillof a destrabar la Ley Impositiva en Buenos Aires. Aníbal, en cambio, se refirió a Macri como un “imbécil”. Así de literal y amable. Había despistado antes con María Eugenia Vidal.

El retorno de “tantos viejos mansos”, como ironizó un dirigente opositor, dejaría moldeada la realidad para cualquier sorpresa. Ese mismo veterano deslizó que sólo faltaría la vuelta de Julio De Vido. Cartón lleno. El ex ministro de Planificación condenado y con arresto domiciliario. Sonaría a exageración, pero hay funcionarios recién designados que mantienen causas con la Justicia. Se estrenaron con procesamientos encima.

Alberto está por cumplir recién un mes en su cargo. Un tiempo idéntico para la vicepresidenta. Demasiado corto para un juicio tajante. También, tal vez, para que se saquen impúdicamente los gustos políticos. Sin un buen porvenir asegurado se les podrían volver en su contra.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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