Jueves, 16 Enero 2020 00:00

La seguridad en su laberinto - Por Carlos Fara

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Más allá de las diferencias conceptuales y de estilo entre Berni y la ministra Frederic, de debates puntuales sobre el uso de las pistolas Taser, de pelea de egos (¿Berni pensó que sería el ministro nacional?), de sospechas sobre negocios truncos, la pregunta que se hace el mundo politizado es ¿por qué Berni subió tanto la apuesta? ¿por qué se animó a contestarle al presidente hasta quedarse con la última palabra?

Teniendo en cuenta que ambos ministros fueron sustentados por CFK, ¿Berni se endurece solo para mostrar que tiene la banca de Cristina? ¿Por qué Kicillof no hizo declaraciones públicas para bajarle el tono a la disputa? Demasiados interrogantes para descular en un experimento de laboratorio que se podría denominar “Kicillof gobernador”.

Pongamos esta disputa en contexto. Primer acto: Kicillof tiene dificultades para hacer aprobar su reforma tributaria. Segundo acto: por pedido de Cristina va a pedirle ayuda a Alberto. Tercer acto: se desata la polémica entre Berni y Alberto. Cuarto acto: el presidente y su ministro de economía confirman que no habrá salvataje a la provincia de Buenos Aires por el bono que vence a fin de mes. Quinto acto: Kicillof anuncia que no podrá honrar el pago de dicho bono. Sexto acto: Kicillof no interviene públicamente en la disputa de Berni. ¿Cómo se llama la obra? “El Frente es de Todos, pero con algunos no nos llevamos bien”.

 

Como ya describimos en la nota “Correr a través de la selva” (2 de enero), se detectó una temprana impericia del gobernador para manejar su primera crisis. Con un estilo cerrado, en cortocircuitos con los intendentes, Massa y el propio Máximo Kirchner, se mueve en un aislamiento poco recomendable para una realidad compleja, y sin que ningún actor le reconozca méritos por su triunfo: la gran mayoría cree que le debe el cargo a Cristina y –en consecuencia- a la unidad peronista. No importa si eso es verdad o no. Lo importante es que los protagonistas lo creen así, y el mandatario provincial no hizo hasta acá ningún gran gesto que ayude a enmendar ese “error de percepción”.

En función de eso, quizá la pelea entre Berni y Alberto deba ser vista como una “devolución de gentilezas” entre el presidente y el gobernador del mayor territorio provincial. Aquí es donde se ven las grietas internas. Algunas son conceptuales y previas, y otras se iban a desnudar tarde o temprano cuando se formulase la clásica pregunta de “cómo se reparte la torta” (en términos institucionales, desde ya).

 

Lo cierto es que de movida el problema mayor siempre lo iba a tener Kicillof, sencillamente porque la provincia de Buenos Aires es ingobernable sin el apoyo del Estado Nacional. Quizá por eso la sociedad –sabia- casi siempre prefirió elegir a presidente y gobernador del mismo palo, para atenuar los conflictos que naturalmente suceden. En el único momento de la historia que no fuese así (1999), el experimento salió mal: Ruckauf emitió una cuasi moneda para financiarse y todo ayudó a desembocar en la caída de De la Rúa. Y aun perteneciendo al mismo equipo, las relaciones siempre tuvieron tensión (Mercante, Duhalde, Solá, Scioli, Vidal). Kicillof no podía ser la excepción, y con crisis económica ni hablar.

 

Kicillof podrá tener razón en algunos de sus planteos. Sin embargo, la realpolitik marca los límites de maniobra que obligan a comerse sapos. A la corta o a la larga, los presidentes peronistas se terminan interponiendo en el camino de sus respectivos gobernadores con aspiraciones. Y si no preguntarle a Mercante, Duhalde y Scioli.

Carlos Fara

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