Viernes, 17 Enero 2020 00:00

El reciclaje del caso Nisman: ¬entre Netflix y Clint Eastwood - Por Jorge Raventos

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Cinco años atrás, el 18 de enero de 2015, la Argentina se enteró, anonadada, de que Alberto Nisman, el fiscal de la causa AMIA, había sido encontrado muerto en su departamento de Puerto Madero. El país ingresaba dramáticamente en un año electoral que culminaría con el ascenso a la presidencia de Mauricio Macri.

 

Cuatro días antes de que su cadáver apareciera en el baño de su domicilio, Nisman había formulado una resonante denuncia contra la entonces Presidente de la Nación, Cristina de Kirchner: la acusaba a ella -y a su canciller, Héctor Timerman- de procurar, a través de un pacto firmado con la República Islámica de Irán, encubrir a los funcionarios iraníes responsables del atentado que en julio de 1994 voló el edificio de la AMIA.

En el agrietado clima de la época, la denuncia de Nisman quedó inevitablemente transformada en un artefacto más del envenenado combate político en marcha: la muerte del fiscal, en ese contexto, tuvo el mismo destino y fue interpretada como un luctuoso corolario confirmatorio.

La parsimonia judicial mantiene abierta todas las conjeturas: todavía se discute si Nisman se suicidó, fue inducido a matarse o fue asesinado. En esta última hipótesis, no se señala hasta ahora quién o quiénes habrían sido los autores. Sólo hay un imputado: Diego Lagomarsino, el colaborador de Nisman que le entregó al fiscal el arma de la que salió la bala mortal (quienquiera la haya disparado).

EL PODER DE LA IMAGEN

La serie televisiva centrada en el caso Nisman que Netflix presentó este mes sintetiza con eficacia los zigzagueos de la investigación, las explicaciones, razonamientos y rodeos de protagonistas y testigos del caso y la ausencia de respuestas claras a los interrogantes que suscitan aún la denuncia formulada por el fiscal, su muerte, la conducta de quienes debían custodiarlo, la de quienes deben esclarecer los hechos e inclusive las dudas generadas por los vínculos y movimientos financieros de la víctima.

La serie ha tenido por otra parte el efecto de devolver al primer plano polarizaciones que parecían haber sido suficientemente explotadas durante la larga campaña de 2015 pero que, evidentemente, guardan aún un rico potencial reciclable.

En principio, el caso Nisman interviene lateralmente en la exigente conversación política que el gobierno de Fernández desarrolla con Washington (de la que hay un capítulo dedicada a Hizbollah y otro a la tensión de Donald Trump con el régimen de Teherán); además, Alberto Fernández es afectado por suspicacias en un tema sensible: su vicepresidente -la dama que lo hizo candidato- quedó mediáticamente enchastrada con la denuncia de Nisman y, mucho más, después de la misteriosa muerte del fiscal; ahora esa atmósfera se reactiva y Fernández es intensamente maliciado de tener con ella el compromiso de operar en su favor ante la Justicia. Hasta tanto el caso quede debidamente esclarecido y haya sido zanjado por los jueces, el gobierno de Fernández está condenado a conceder ese handicap.

LA SOSPECHA Y LA INFAMIA

Es difícil y doloroso convivir con la sospecha. En mayor medida si ésta es temeraria o inconsistente. En los cines se proyecta estos días una excelente obra de Clint Eastwood, `El caso de Richard Jewell', que es una lúcida reflexión sobre ese tema basada en un hecho real. Jewell, el personaje del filme, era un empleado de seguridad, contratado en 1996 para el resguardo de los Juegos Olímpicos realizados ese año en Atlanta, Georgia. Jewell, un tipo de familia, apegado a su trabajo y admirador de la actividad policial, descubre una mochila sospechosa en un parque público afectado a la actividad de las Olimpíadas, da la alarma y, pese a que la bomba escondida en la mochila explota, muchas vidas llegan a salvarse gracias a su conducta. Jewell se convierte en un héroe, pero su gloria apenas dura tres días, porque el sistema de inteligencia (el FBI) no consigue encontrar al responsable del atentado y, sobre la base de conjeturas y teorías, los responsables del caso deciden culparlo a él. Y filtran esa información a los medios. En horas Jewell se convierte en un monstruo. La verdad sólo saldrá a la luz seis años más tarde, cuando el verdadero autor del atentado, Eric Rudolph (un exsoldado), detenido en Carolina del Norte confiese su culpabilidad.

La conmovedora historia que Eastwood cuenta es no sólo un relato apasionante, sino también una advertencia sobre las consecuencias de los trabajos mal hechos, y -peor aún- sobre los relatos que pretenden justificar esas fallas. En este caso se trata de la colusión entre malos investigadores y malos periodistas.

El caso Nisman, que es también el caso AMIA, hasta ahora muestra mucha ineficiencia, mucha distracción, mucho relato destinado a justificar conclusiones alcanzadas de antemano. Un ex representante en Buenos Aires de la CIA resume en la serie de Netflix, refiriéndose al caso AMIA, el centro de la investigación de Nisman: "No quiero pensar en teorías conspirativas pero no podrían haber arruinado mejor esta investigación (y eso) me hace pensar que a nadie le interesaba resolver este caso".

Jorge Raventos

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