Miércoles, 12 Febrero 2020 00:00

Dos peleas y un espejismo - Por Edgardo Moreno

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Hay por lo menos tres disputas a cielo abierto entre Cristina Fernández y el presidente de la Nación.

 

La vicepresidenta asumió en persona el desafío más relevante: deslegitimó la estrategia oblicua de acercamiento a Washington que tejió con paciencia Alberto Fernández en su gira europea. El momento operativo de esa estrategia fue la cena del ministro Martín Guzmán con la jefa del FMI, Kristalina Georgieva.

De allí trascendió una versión todavía no confirmada: el FMI podría admitir una reestructuración de la deuda con bonistas con una quita del 15 por ciento. El poder de veto para esa decisión lo tiene el gobierno de Donald Trump.

Acompañada por las máximas autoridades del régimen cubano, Cristina le reclamó algo muy diferente al FMI: que ceda de su propio bolsillo. Que otorgue una quita de su propio préstamo a la Argentina. Al que por las dudas calificó de “ilegal”, en medio de una mezcolanza a medida para la multiprocesadora del lawfare.

Al segundo desafío, lo delegó en dirigentes de su bastión electoral. Sergio Berni pidió el retiro de las fuerzas federales del territorio bonaerense. El secesionismo operativo de Berni no concluyó con su despido. Apenas una reconvención de estilo en la Rosada. De la que salió jactándose: “El Gobierno no es un club de amigos”.

Desde esa novedosa zanja de Alsina, al tercer desafío lo lanzó el cristinismo en malón. Julio De Vido (apoyado desde Venezuela por el dictador Nicolás Maduro), Milagro Sala (auspiciada en público por una ministra de Alberto Fernández, que sigue siendo ministra), Axel Kicillof y Estela de Carlotto, entre otros, salieron a presionar al Presidente para que dispusiera la inmediata liberación de los “presos políticos”.

¿Cuál de todas estas disputas es verdadera y cuál es ficticia? ¿Dónde se juega el destino estratégico del Gobierno y dónde sus ambiciones de protagonizar la totalidad del debate político, como oficialismo y como oposición?

El desafío de fondo es el de la deuda. Alberto Fernández elude hablar de eso. Implica una diferencia central con Cristina. Diferencia que es pragmática, no ideológica. Ambos están disputando un liderazgo que no admitirá mucho tiempo dos cabezas.

Si el Presidente logra encaminar la deuda y la economía, desequilibrará a su favor esa relación. Cristina será un litigio de segundo orden, y ella lo sabe. Anticipó la clausura de los 100 días de gracia del Gobierno. Lo obliga a jugar con los acreedores sin ningún margen de error.

(Guzmán cometió uno ayer. Se lo señaló Domingo Cavallo, desde su veteranía: de tanto mirar la deuda en dólares, descuidó la deuda en pesos. La única disponible para seguir financiando el déficit fiscal)

El desafío delegado en Kicillof es de segunda magnitud, pero también relevante. La provincia de Buenos Aires es un polvorín combinado de pobreza e inseguridad. Las muecas de Berni acaso puedan subestimarse. Pero no un contexto donde, tras el discurso de Cristina, los piqueteros convocan a movilizarse contra el FMI y Pablo Moyano se pone a las órdenes de Diosdado Cabello.

Lo de los supuestos presos políticos, en cambio, es una trifulca de gatos. De las que Juan Perón ya anticipó en su hora el resultado reproductivo.

Pelea que Alberto Fernández amplifica, más cómodo que enojado. Y sobre la cual se explaya con referencias apenas doctas sobre derecho penal.

Si el ciudadano común se abstrae del ruido del escándalo, observará que el oficialismo ya se anotó un penoso triunfo social en ese tópico. Se discute si hay “presos políticos” o “detenciones arbitrarias”. Una simple cuestión de grado.

Disquisición semántica que apenas oculta lo que ambas fracciones del oficialismo dan por sentado y probado: la inocencia plena de los encartados de marras.

No hay allí ninguna interna. Ya triunfó, como bien ha señalado el constitucionalista Roberto Gargarella, la fiesta de la impunidad.

Edgardo Moreno

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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