Domingo, 15 Marzo 2020 00:00

Coronavirus y crisis económica: una pesadilla que invita a un replanteo - Por Eduardo van der Kooy

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Alberto Fernández mencionó la necesidad de la unidad para combatir la pandemia. Es una tarea pendiente del Gobierno en varios frentes.

 

Muchas veces aquellas personas inclinadas a aplicar sólo el sentido común, en circunstancias dramáticas y críticas como las que atraviesa el mundo por la nueva pandemia, aciertan más que otras que irrumpen con conocimientos específicos. O apenas para ganar notoriedad. También colaboran para no desordenar una comunicación que, en esta época, por su diversidad -oficiales y sociales por las redes- parece espolear demasiadas veces el caos y la angustia general.

Valió la pena, a propósito, escuchar al alemán Jurgen Klopp. No es un académico. Él es entrenador del Liverpool inglés que acaba de ser eliminado de la Champions League por Atlético Madrid. Un periodista, en rueda de prensa, lo interrogó sobre qué pensaba del coronavirus. “¿Por qué a mí? Yo solo llevo una gorra de béisbol y estoy mal afeitado. Si te pregunto a ti -replicó- estarías en el mismo rol que yo. No es importante lo que digan las personas famosas. Hay que hablar de las cosas de la manera correcta y no las personas sin conocimiento, como yo”, concluyó.

Sus palabras podrían resultar aleccionadoras en medio de la megacrisis sanitaria internacional. En especial, para la clase dirigente. También para medios de comunicación que a veces, en circunstancias como estas, extravían el foco. Habilitan la voz de cualquier opinador, como si se tratara simplemente de un espectáculo.

Los políticos de los gobiernos occidentales, en general, vienen corriendo detrás de la pandemia. En esa competencia desigual muchos comentarios resultan desafortunados o fatales. Donald Trump minimizó la gravedad del coronavirus sólo tres días antes de cerrar las comunicaciones aéreas con Europa. Y declarar la emergencia. Algo similar sucedió cuando el problema, mutado ahora en tragedia, invadió Italia. Aunque habrá que esperar explicaciones complementarias para emitir un juicio consistente. En el otro extremo, tal vez la mayor crudeza corrió por cuenta de la premier de Alemania, Angela Merkel. Sin pestañear, en conferencia, anotició a sus conciudadanos que el 70% podría sufrir el contagio de la nueva enfermedad. No se sabe de escenas callejeras de pánico.

¿Qué hubiera ocurrido si una confesión similar se hubiera hecho en España, donde augurios más cautos causaron corridas? ¿O en alguna nación de América Latina? Muchas veces la moderación responde a los temores de la clase dirigente según las raíces del colectivo cultural que conducen. De donde provienen. También a la miseria de la especulación política. Cuando quedan rezagados respecto de la realidad, afloran los reproches que se vuelven en su contra.

El gobierno de Alberto Fernández no ha escapado en la Argentina a ninguna de aquellas lógicas. Imposible que ocurriera. También sucedió por motivos parecidos o diferentes (económicos y sociales) en administraciones precedentes. De distinto y del mismo signo político que el actual. Mas allá de la voluntad de los gobernantes, en cada caso emergieron señales similares: improvisación en un contexto de precariedad. Se trata de una cuestión estructural que nuestro país ni siquiera, en 37 años de democracia, ha logrado paliar.

La situación, claro está, resulta especial. La Argentina está social y económicamente quebrada. Carga sobre sus espaldas una deuda que no está en condiciones de afrontar. Intenta renegociarla cuando las finanzas del mundo se derrumban. Todo el futuro asoma condicionado a la evolución de la enfermedad. Nadie sabe hasta donde recrudecerá en nuestro país. Las previsiones oficiales hablan de que lo peor estaría por venir. Tiene lógica.

Pero las previsiones, está probado, también fallan con recurrencia. La crisis previa, por la amenaza del coronavirus, viraría en la Argentina hacia una pesadilla. Tal vez, el Presidente debiera replantear la estrategia que pensó -si hubo tal estrategia- para el inicio de su Gobierno. Ha superado los 100 días y resulta difícil establecer algún balance solvente. En materia económica, todo permanece casi tal cual lo heredó. Salvo la posibilidad de la disminución inflacionaria (2% en febrero) producto de un congelamiento general del cual, en alguna instancia, habrá que salir.

Se puede computar el ajuste jubilatorio para intentar equilibrar las cuentas públicas. Además, la reforma judicial y el proyecto de la despenalización del aborto. Textos supervisados al final por el Presidente y la Secretaria Legal y Técnica, Vilma Ibarra. El trabajo original de Gustavo Béliz sobre el Poder Judicial no termina de conformar a Cristina Fernández​. Quizás, porque no le otorgaría garantías sobre la nulidad de las causas de corrupción que la comprometen junto a sus hijos.

El Gobierno afronta otras dos dificultades. En sus primeros tres largos meses no ha consolidado una identidad política. Navega entre la ductilidad de Alberto, que se esfuerza por compensar a todos los sectores del Frente, y la implacabilidad de Cristina. En el Senado edificó una fortaleza de poder que mete miedo a propios y ajenos. Hizo alarde en la sesión que votó el régimen jubilatorio para jueces y diplomáticos.

El otro asunto tiene vínculo con la ausencia de vertebración en el equipo que gestiona. Tal vez no se trate de una casualidad. Ni producto de los serios desafíos que plantea la realidad. Alberto debió lotear su gabinete para satisfacer la heterogeneidad de la coalición que lo llevó al poder. Eso no sería todo. No se habría hecho un loteo vertical con preeminencia de cada conducción. Recurrió a una horizontalidad donde cada ministro suele tener debajo suyo secretarios con otro barniz político. U otro pensamiento. El resultado sería la falta de eficacia.

Existen tres áreas donde tal problema sobresale más que en otras. Energía, a cargo del ingeniero nuclear Sergio Lanziani. Obras Públicas, que conduce el ex intendente de San Martín, Gabriel Katopodis. Transporte, administrada por el massista ex alcalde de Junín, Mario Meoni. La nómina podría continuar.

Por otro andarivel circula la autoridad de Alberto, aún en estado de maduración. Difícil siempre consolidarla con la sombra de la vicepresidenta. El Presidente imaginó que un cierto orden económico bautismal podía ayudarlo. Se cruzó con muchos obstáculos propios y ahora la eclosión de la pandemia. No logra contraponerle resultados a Cristina, en un campo que la mujer liberó de modo exprofeso.

El déficit tendría otra derivación. Tampoco ha conseguido articular un mecanismo estable con los gobernadores peronistas. Porque la suerte de estos permanece también aferrada al alivio económico. El Presidente siempre pensó en contar con ellos para equilibrar con el kirchnerismo la relación interna de fuerzas. La operación continúa en veremos.

Para colmo, la vicepresidenta se ha presentado con una novedad. No desea dejar la futura conformación del Consejo del PJ librada al arbitrio peronista. Su hijo y diputado, Máximo Kirchner​, está abocado a esa tarea. Los amigos de Alberto le sugirieron que tomara el timón. Con buen criterio dijo que no. El Presidente de una coalición no podría encerrarse en un partido. El sillón estaría entonces liberado para el sanjuanino José Luis Gioja. Mas atrás, el chaqueño Jorge Capitanich. Ambos soldados de la vicepresidenta.

La irrupción de la pandemia y el cuadro político descripto podrían explicar el papel protagónico que Alberto asumió ante la sociedad. Primero lo hizo de forma desmañada –opinando informalmente sobre un tema que no conoce-- para apuntalar al ministro de Salud, Ginés González Garcia. El cuadro parecía desbordar al ministro. Luego optó por una cadena nacional bien aprovechada, de tono pausado y decisiones drásticas.

Dada la peligrosa conjunción entre la crisis y la pesadilla, quizás el Presidente podría esmerarse en cumplir una de las menciones del discurso. La invocación a la unidad para combatir la pandemia. La oposición política pidió colaborar. Con solo media docena de casos de contagio conocidos, el nuevo mandatario de Uruguay, Luis Lacalle Pou, lo primero que hizo fue convocar a los líderes opositores.

Esa posibilidad chocaría aquí con otras iniciativas que, por momentos, parecen antes pertenecientes a los intereses de Cristina que a los de Alberto. El primer paro del campo pasó sin grandes estridencias. Podría sobrevenir un tiempo de recomposición con un sector clave para las exportaciones. El interrogante es saber, después de un primer capítulo con engaños, si el ministro de Agricultura, Luis Basterra, es el hombre indicado para el nuevo hilván.

El otro asunto atañe a la Justicia. Pero sobre todo a la oposición. En Cambiemos empiezan a suponer que la amenaza para la intervención del Poder Judicial en Jujuy –proyecto que circula en el Senado-- no estaría desligada de la pretensión de Alberto de coronar al juez Daniel Rafecas como Procurador General. Nadie garantiza que si los votos opositores estuvieran finalmente disponibles se detenga la maniobra. Porque el objetivo es la liberación de la ex piquetera Milagro Sala. Una obsesión de Cristina.

Las negociaciones con la oposición poseen aristas llamativas. “Daniel es un hombre de Alberto, no de Cristina”, susurran los hacedores del presidente. Como si no fueran la misma cosa. En un sentido parecido, el mandatario le asegura a Gerardo Morales, el gobernador de Jujuy, que no respalda el proyecto pedido por el senador Oscar Parrilli para promover la intervención judicial en aquella provincia. También como si no fueran la misma cosa.

Todo demasiado extraño y sospechoso.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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