Luis Majul

Luis Majul

¿Qué hacer con Cristina Fernández después de consumada su primera derrota electoral? El proyecto político que encabeza atrasa y espanta.

 

Aunque jamás lo dirá en público, al presidente Mauricio Macri le convendría Cristina Fernández como jefa de la oposición hasta el fin de los días. Porque le volvería a ganar una y otra vez, y eso le permitiría conservar el poder durante, por lo menos, seis años más. Para corroborar semejante razonamiento, basta con analizar las últimas noticias.

 

El reclamo ciudadano fortalece la decisión del Gobierno de empujar, como nunca antes, las causas contra la corrupción de Estado

 

El equipo de campaña de Cambiemos entró en estado de alerta. Sus responsables no quieren que la ola de optimismo que se percibe sobre el resultado de las próximas elecciones de octubre termine funcionando como un bumerán y les haga perder votos y poder.

 

El Presidente Mauricio Macri cree estar en uno de sus mejores momentos desde que asumió. Excepto por su rodilla derecha, que lo tiene a mal traer y le impide jugar al fútbol y al paddle, parece más cómodo que nunca.

 

Desde que la ex presidenta entró en pánico ante la posibilidad cierta de perder las elecciones de octubre, la militancia está desconcertada. También abrumada. Como si sus integrantes más honestos quisieran tirar la toalla antes de tiempo.

 

Cristina Fernández le mintió una y mil veces a Luis Novaresio. Pero hubo una mentira flagrante: la que afirma que ella siempre declaró en tiempo y forma todos los detalles de su patrimonio y la fortuna familiar.

 

Dos pequeñas grandes ideas sintetizan lo lejos que Cristina Kirchner y sus seguidores están de la verdad y los datos reales. Están resumidas en dos consignas políticas. Una reza: Macri/basura/vos sos la dictadura. La otra dice: "Oh/ Vamos a volver/ a volver/ a volver/ vamos a volver.

 

Ahora que volvió a arrancar la campaña y que otras noticias empiezan a competir para quitarle espacio, es un buen momento para pedir que no se olviden de Santiago Maldonado.

 

La ex presidenta Cristina Kirchner y uno de sus principales operadores, Horacio Verbitsky, parecen estar trabajando a destajo para generar un creciente enrarecimiento del clima político. La razón es evidente: ella todavía no terminó de aceptar la derrota de 2015.

 

Santiago Maldonado era bueno, pacífico, defendía la causa de los mapuches y luchaba contra otras injusticias. No le hacía mal a nadie, no mataba ni siquiera una mosca.

 

La Argentina pendular ha regresado con más fuerza que nunca. Los mismos analistas que le pedían a Mauricio Macri más determinación ahora se asustan cuando el Presidente desplaza a dos funcionarios vinculados a los sindicalistas que le habían prometido paz social el mismo día en que apoyaron una movilización contra su política económica.

 

El Presidente Mauricio Macri tuvo una de las mejores semanas de su vida. Centenares de personas lo llamaron para decirle, básicamente, que era el más lindo, el más alto y el más inteligente. En suma: el mejor dirigente político de todos los tiempos.

 

Pese al clima eufórico que transmiten desde el equipo de la ex presidenta, el Gobierno confía en que los indecisos le darán finalmente su apoyo a Cambiemos

 

Si las elecciones fueran hoy, Cristina Fernández ganaría las PASO por uno, dos o tres puntos. Pero como falta una semana, los jefes de campaña de Cambiemos creen que, a la hora de contar los votos, se podría arribar a un empate técnico. O incluso a una victoria por una cabeza de Esteban Bullrich sobre la expresidenta.

 

Solo en un país tan extravagante como la Argentina una ex presidenta que dejó de gobernar hace un año y medio, procesada por delitos graves, y que entregó un país en llamas, puede protagonizar una campaña electoral en la que no aparece y, acusar a su sucesor de todos los males y encima dar recetas de cómo salir de la crisis, a través de spot y actores de reparto.

 

"Cristina Fernández ganó en la provincia de Buenos Aires y Cambiemos se impuso a nivel nacional".

 

Hay cierta inquietud en el ala más política de Cambiemos. No les gustó escuchar, en los últimos días, al jefe de gabinete, Marcos Peña, repetir la idea de que se ganará a nivel nacional.

 

Aunque los analistas clásicos no lo terminen de reconocer, Cambiemos es, antes que nada, una máquina de ganar elecciones. Los sucesivos triunfos de Mauricio Macri en la ciudad de Buenos Aires podrían ser considerados como los antecedentes básicos.

 

Si el Gobierno no se decide a llevar a cabo el cambio estructural que el país necesita, se corre el riesgo de volver al populismo

 

El comando electoral de Cambiemos permanece en estado de alerta por el resultado incierto de las elecciones que vienen.

 

Si los estrategas electorales del Gobierno siguen jugando con fuego, tarde o temprano, se pueden quemar.

 

De todas las prácticas de la política argentina, el cierre de listas de candidatos es una de las que acumula más actitudes miserables y perversas.

 

Aun obteniendo el segundo lugar en las elecciones, el protagonismo de la ex presidenta podría crecer

 

A Héctor Recalde el Presidente lo considera "el Zaffaroni de la justicia laboral". Pero no por su influencia ideológica, sino práctica: dice Macri que ya tiene probado que el diputado de Cristina Fernández maneja los concursos para nombrar jueces en el fuero del trabajo.

 

Si a alguien le quedaba alguna duda, esta semana se terminó de confirmar: la ex presidenta Cristina Fernández trabaja para su sucesor, Mauricio Macri.

 

Si Cristina Fernández no es tonta, no será candidata ni a diputada nacional ni a senadora nacional en las próximas elecciones de medio término. Porque corre un triple riesgo.

 

Macri empezó la semana con el pie izquierdo. Lo que había imaginado como su primera gran victoria en la batalla para mejorar la calidad del sistema judicial argentino, terminó con un empate sobre la hora.

 

El jueves pasado, en el medio del monólogo disfrazado de reportaje que concedió a la señal de noticias que maneja, Cristina Fernández argumentó que para analizar al Presidente no se necesita un político sino un psicoanalista.

 

Hay una falsa grieta en la prensa argentina. Consiste en dar por sentado que a una denuncia contra Cristina Fernández tiene que corresponderle una igual, del mismo "tamaño" e impacto, contra el gobierno de Mauricio Macri.

 

La Unidad de Información Financiera (UIF) hizo llegar el viernes al fiscal Eduardo Taiano una evidencia muy relevante y que podría terminar con el procesamiento y la renuncia al cargo de la Procuradora General y jefa de los fiscales, Alejandra Gils Carbó.

 

El escándalo de Sueños Compartidos, la ruta del dinero K, Los Sauces, Hotesur, los bolsos de José López y hasta las casitas de Perugorría que entregaron sin puertas, ni ventanas, ni agua, ni electricidad tienen la misma lógica: muchos ministros, gobernadores, secretarios y otros funcionarios del Frente para la Victoria robaron, dejaron las promesas de campaña a medio terminar y, como si eso fuera poco, ahora dictan cátedra de política económica, derechos humanos, ética y moral.

 

El anuncio oportunista de la paternidad no deseada de Daniel Scioli puso sobre el tapete una vez más la inutilidad del esfuerzo de algunos analistas clásicos que todavía pretenden diferenciar la vida pública y privada de los presidentes, o los candidatos a serlo.

 

Tiene razón Jaime Durán Barba: en el escenario de la política argentina, lo simbólico tiene más peso que cualquier declaración pública, y "el círculo rojo" es una máquina de repetir frases hechas sin evidencia científica.

 

Después de escuchar, ver y leer la última aparición de Cristina Fernández antes de su gira europea, hay que apurarse para definir de qué tipo de personalidad estamos hablando. La ex presidenta no está loca, ni delira. Más allá de los rumores, jamás ningún profesional de la medicina la ha diagnosticado como “bipolar”, o como una mujer que estuviera fuera del tiempo y del espacio.

 

Mauricio Macri tardó casi un año y medio en entenderlo, pero lo comprendió. Será la política y no la economía lo que le permitirá, eventualmente, ganar las elecciones de medio término del 22 de octubre.

 

Cristina Fernández está recibiendo su propia medicina. Parecida a la que usaron ella y Néstor Kirchner cuando tuvieron, durante muchos años, casi, la suma del poder público. Un tratamiento que incluye ingredientes tóxicos, como escraches, insultos, acusaciones y denuncias.

 

Si el Presidente Mauricio Macri pudiera, contrataría una nave espacial y mandaría a la luna a los cerca de 600 argentinos que, según él, son los verdaderos responsables de la eterna decadencia del país. Los conoce a casi todos por sus nombres y sus apellidos. Son los empresarios, sindicalistas, dueños de medios, fiscales y jueces que forman parte del "poder permanente".

 

El presidente Mauricio Macri y la líder de la Coalición Cívica Elisa Carrió tienen una relación especial. Las últimas veces que se vieron, lo hicieron a solas. Y se dijeron todo lo que piensan el uno sobre el otro sin demasiadas vueltas.

 

La imagen positiva del Presidente Mauricio Macri y el gobierno subieron en la misma proporción en que cayeron la imagen positiva y la intención de voto de la ex presidenta Cristina Fernández. No fue porque la economía, al final, empezó a crecer, ni el poder adquisitivo del salario aumentó de manera considerable.

 

El Presidente; el jefe de Gabinete, Marcos Peña; la gobernadora María Eugenia Vidal, y el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, tomaron una decisión política audaz que no tiene retorno: confrontar con "lo peor" del cristinismo, el sindicalismo y el peronismo.

 

¿Por qué Cristina Fernández todavía no está presa?

 

Algunos colegas, con un alto grado de desinformación, preguntan por qué se insiste en publicar denuncias que involucran a la ex presidenta Cristina Fernández. Una parte de ellos supone que es para tapar los graves problemas económicos y sociales que padece la Argentina.

 

Nadie esperaba semejante concurrencia al acto "espontáneo" en "defensa de la democracia". Ni los propios organizadores ni el Gobierno. Y mucho menos la oposición. Muchos, después de lo que pasó, deberán "abrir la cabeza", más allá de sus propias certezas.

 

Todavía no se puede aventurar cuánto daño hará a María Eugenia Vidal la desgastante prolongación de la huelga docente.

Sí se podría afirmar que la gobernadora no está preocupada por el impacto que el conflicto pueda provocar en su imagen. Su foco está puesto en terminar, de una vez, con lo que considera una mezcla de extorsión política con un creciente deterioro del sistema educativo de la provincia.

En las últimas horas dio un paso más en esa dirección al ofrecer a Roberto Baradel un aumento salarial atado al presentismo, un proyecto parecido al que impuso el Ministerio de Educación en Mendoza, con el llamado "ítem aula".

Lograron, por un lado, aumentar el presentismo de los maestros y, por el otro, producir un incremento del salario entre quienes decidieron faltar menos para completar un salario mejor. Fue una idea sencilla, potente y efectiva, porque al mismo tiempo produjo un ahorro importante en el presupuesto de Educación, ya que se gastó menos en contratar suplentes para reemplazar a quienes no concurrieron. El director de Escuelas de Mendoza, Jaime Correas, impulsor del "ítem aulas", me contó la semana pasada que uno de los aspectos más notables que tuvo la cruzada de los sindicatos contra la medida fue la visita estelar, a la provincia, del mismísimo Baradel. "Fue inusitado el nivel de agresión que recibimos para impedir la puesta en funcionamiento de la medida", explicó.

Pero ¿cuáles serían las razones lógicas para que los sindicatos repudien la nueva oferta de Vidal? La respuesta tiene varios componentes. Sin embargo, es muy fácil de entender. Para empezar, si el gobierno provincial consiguiera premiar el presentismo y decenas de miles de maestros comenzaran a faltar menos, quedaría en evidencia el desbarajuste del sistema de licencias que tanto mal le hace a la educación pública del distrito más grande del país.

Pero además quitaría a los gremios una enorme herramienta de poder: la posibilidad de decidir, a través de distintos mecanismos normativos, quiénes pueden reemplazar a los compañeros que faltan, tal como lo hacen ahora. Y, como si eso fuera poco, les restaría influencia a los sindicalistas en las discusiones paritarias, al mismo tiempo que acrecentaría la libertad individual de cada docente. Para decirlo sin rodeos: la libertad de poder elegir tener más plata en su bolsillo con el sencillo recurso de dejar de faltar a clases. O para ser más crudos todavía: con el sencillo recurso de faltar menos.

En Mendoza, por ejemplo, el "ítem aula" les permite a los docentes no concurrir a clases hasta tres jornadas por mes. Si faltan cuatro, pierden el equivalente a un 10% de su sueldo, que, en un ingreso promedio de 20.000 pesos, significan 2000 pesos cada 30 días. En cualquier puesto de trabajo más o menos normal, no asistir durante tres días al mes sería una desmesura. Pero en el sistema de educación público argentino parece ser un mérito. Los dirigentes que hoy hacen de la negociación paritaria la madre de todas las batallas no quieren abrir la discusión a temas de gestión o productividad. Porque si con la simple acción de faltar menos cada maestro obtuviera un incremento considerable de su masa salarial, los Baradel del mundo serían menos imprescindibles. O mejor: los trabajadores docentes serían menos dependientes de la decisión del jefe gremial. No es difícil comprender por qué los sindicalistas docentes más retrógrados niegan, a sus afiliados, la invalorable posibilidad de ser evaluados para mejorar no sólo su propio desempeño. También, y por añadidura, el desempeño de sus alumnos primarios y secundarios, cuyo nivel es paupérrimo, como demostraron los últimos resultados del programa Aprender.

Vidal, cuando habla con su gabinete, parece tener en claro cuál es la pelea de fondo. Pone como ejemplo la negociación con los sindicatos docentes en la ciudad durante la gestión de Mauricio Macri. Ella repite que allí se revirtió la tendencia que caracteriza al sistema educativo de la provincia. Que no hubo una fuga masiva y sostenida de la escuela pública a la privada. No sería tampoco descabellado comparar la calidad de conducción de algunos sindicatos de maestros con el clientelismo imperante en los últimos años. El gobierno anterior, que se llenó la boca hablando de los pobres, los multiplicó. Al mismo tiempo, diseñó mecanismos adecuados para conseguir sus votos. No es muy diferente a los evidentes resultados que lograron Baradel y sus aliados: afiliados de pensamiento único; cada vez menos formados a informados; cada vez más cautivos de consignas que atrasan, por lo menos, medio siglo. 

Luis Majul

Pregunta: ¿por qué razón el cristinismo y los partidos de izquierda troskistas sumados a otros dirigentes tenidos como loquitos sueltos, se empeñan en comparar al gobierno de Mauricio Macri con una dictadura, le desean lo peor y agitan el fantasma del helicóptero?

 

No hay una sola manera de hacer una entrevista a un presidente. Y mucho menos si es el presidente de la Argentina, un país donde la grieta y los especialistas en hablar sin saber dominan cualquier discusión, sin importar los argumentos.

 

El Presidente y su mesa chica ya no tienen dudas: Cristina Fernández, su ex monje negro Carlos Zannini, y un grupo de dirigentes que no se muestran en público para no espantar a los votantes, están trabajando para "voltear" a Mauricio Macri.

 

El gobierno de Mauricio Macri tiene por lo menos tres variables políticas descontroladas. Una especie de Triángulo de las Bermudas del ejercicio del poder. Uno es lo que el peronismo denomina "la calle" y los dirigentes de Pro definen como "espacio público". Otro es el indispensable vínculo real con las corporaciones o "círculo rojo". Y el tercero es el organigrama de la administración nacional, un galimatías que nadie parece terminar de entender.

 

Incluso desde antes de asumir, el presidente Mauricio Macri viene corriendo detrás de los acontecimientos. Y ahora esa falta de timming político y carencia de sensibilidad social lo están poniendo contra las cuerdas.

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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