Jorge Fernández Díaz

Jorge Fernández Díaz

"No hay una interna ideológica en nuestro equipo, hay una batalla íntima en la cabeza del Presidente." La intrigante revelación la susurra un ministro de primera fila y alude a la tensión orgánica, a la espectral encrucijada que secretamente acosa a Mauricio Macri, entre el arriesgado y complejo camino desarrollista y la utópica praxis neoliberal.

 

Aquella bala de goma que disparó la gendarmería kirchnerista contra los obreros de Lear alcanzó el brazo y la pantorrilla de Nicolás del Caño, pero parece que no responde al mismo material insensible que se utilizó durante este desalojo de Pepsico.

 

Contemplando desde la ventana el atardecer de Plaza de Mayo, Néstor soñó alguna vez con diseñar un programa desarrollista. Llegó incluso a encargárselo a su embajador en los Estados Unidos, pero ese deseo juicioso se fue disolviendo en el aire y su estrafalario populismo santacruceño terminó por imponerse y por desplazar definitivamente aquella idea.

 

Perón anunció alguna vez la larga marcha hacia la Argentina Potencia, pero el peronismo postmortem se desvió en una esquina y nos estacionó en La Salada.

 

Los autócratas tienen alma de novelistas: suelen declinar hacia la ficción y les encanta corregir la historia.

 

Tocaba timbre en una localidad de 120 mil habitantes dominada por un oscuro barón del conurbano, en el mismísimo corazón de la inabarcable tercera sección electoral.

 

 “Mauricio, hermano, ¡no hay que dejarse conducir por el círculo rojo! -le decía con vehemencia el ideólogo, recostado sobre aquel ardiente agosto de Olivos-. Te sostiene la popularidad, no un acuerdo político... Nuestras elites son demasiado arcaicas, y no entienden lo que pasa. Y los periodistas, menos".

 

Vengo a proponerles un sueño, decía Néstor aquel 25 de Mayo: quiero una Argentina unida, un país serio y normal. Juraba por una nación abierta al mundo donde no hubiera impunes.

 

Los Adoradores y Adoratrices de la Santa Revolución Bolivariana son una grey multitudinaria y activa en nuestros pagos, y de esa fe ciega y asombrosa que prescinde de cualquier dato de la realidad derivan, aunque no lo parezca, las pulsiones que nos dividen.

 

La Operación Duque de Ahumada entró en la historia veintitrés minutos después de las seis de la tarde. Un teniente coronel de la Guardia Civil, pistola en mano, irrumpió en el hemiciclo del Congreso, desplegó doscientos hombres armados con subfusiles y, tras algunos gritos y forcejeos, efectuó un disparo al aire.

 

Entre los muchos asombros de la semana, tal vez el más grande de todos haya sido ese hito tecnológico: la vieja corporación peronista fue enfrentada por sombras multitudinarias autogobernadas desde la Web y sin referentes políticos, que llenaron plazas y avenidas, le arrebataron el monopolio de la calle, y luego organizaron en las redes sociales exitosas vacunas contra su primera huelga general.

 

El comandante, vestido con su impecable uniforme militar, observaba en Beirut las prácticas de sus subordinados mientras un asistente lo protegía de la llovizna con un paraguas.

 

El jumbo se venía en picada, la cabina permanecía tomada por jihadistas y los pasajeros se disponían al infierno del final. De pronto Macri y sus muchachos derrotaron a los mujahidines, tomaron el control, evitaron que la nave se estrellara y comenzaron a estabilizar el vuelo: en ese instante los viajeros del "círculo rojo" se quejaron porque el pollo de la cena estaba frío.

 

La Pasionaria del Calafate acaba de anotarse un triunfo espectacular. Los potentados de la CGT, esos estadistas resabiados y cancheros, no pensaban lanzar todavía un paro general, pero el carapintadismo kirchnerista les copó el acto, les ganó el palco y los corrió a botellazos.

 

El alcalde recordó en la Gran Sala de Conciertos aquella tormenta voraz: llovía sobre Buenos Aires, el arroyo Maldonado se había desbordado y Rodríguez Larreta avanzaba con el agua hasta la cintura mientras oía los insultos de un vecino a quien la corriente le había arrebatado el auto.

 

Después de haber echado a los Montoneros de la Plaza y antes de encontrarse con su viejo amigo Alfredo Stroessner, Perón se reunió para coordinar acciones con el mismísimo Augusto Pinochet. La presencia del dictador chileno en tierra argentina levantó repudios en las propias filas del peronismo.

 

"Macri hizo veinte años de psicoanálisis; trabajó mucho sobre sí mismo", se jactó ante El País de Madrid el filósofo presidencial, mientras su jefe cobraba para el campeonato en la Argentina, precisamente por arreglarle una deuda millonaria a su propio padre.

 

En la página 72 de la filosa y desmitificadora biografía "Cristina Fernández", su inefable protagonista pronuncia una frase de resonancia asombrosamente actual: "Yo, para ese viejo de mierda, no pongo mi firma". El elegante epíteto aludía a Perón y su interlocutor de entonces era Antonio Cafiero, que buscaba la firma de la gran dama para construir un monumento del General.

 

Este gobierno no es de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario, bromea el politólogo Santiago Leiras.

 

"El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos." La famosa cita de Gramsci ilustra nuestra morosa y traumática mutación de un régimen político a otro, y también las criaturas abominables que empolla actualmente el fanatismo recargado.

El peronismo es una dama indecisa frente a un placar lleno de disfraces. Algunos de esos exóticos vestidos le permitieron, hace tiempo, destacarse en el gran baile de máscaras de la política argentina, pero hoy esos trajes parecen imprudentes o anacrónicos.

 

En algunos templos católicos y evangélicos hay cadenas de oración por su vida, y cientos de mujeres humildes le piden al paso que se cuide, la besan y le estrechan la mano: "Cuando la abro, muchas veces encuentro un rosario", dice ella, reconfortada e inquieta. Durante la campaña electoral, esas mismas mujeres le explicaban que estaban muy agradecidas por los planes sociales del kirchnerismo, pero también que aquel insumo les resultaba insuficiente, sobre todo si luego a sus hijos los asesinaban en las calles, caían en la droga o ingresaban en el narco.

 

En la sobremesa de los megamillonarios, Macri tuvo un leve presentimiento. Para muchos de los integrantes de la exclusiva conferencia de Sun Valley -el más pobre de esos tiernos muchachos tiene diez mil millones de dólares- la Argentina es hoy la única buena noticia en un planeta convulsionado y ominoso.

 

Amargado por su derrota política, libando entre logistas americanos en una casona de Londres, José de San Martín se lamentaba de no haber sido en Perú un gobernante fuerte y cruel: "El palo se me cayó de las manos por no saberlo manejar", confesó allí el padre de la patria, el hombre que tanto admiraba a Napoleón. "Es necesario emplear el tono conveniente para que los pueblos obedezcan, y obedecer, en general, es temer", decía Bonaparte.

 

"Este Macri nos mata de hambre; a veces me dan ganas de que vuelvan los otros", dijo un muchacho robusto con cara roja y curtida, y traza de albañil. Su compañero, que era más flaco y llevaba un bolsito al hombro, se detuvo en lo alto del puente en zigzag que cruza Dorrego a la altura de Guatemala, y le respondió con voz rotunda: "No, chabón, los otros ni a palos, se chorearon todo".

Un cacique justicialista, que acababa de darle un fuerte portazo al kirchnerismo en el Congreso de la Nación, se jactaba hasta hace un mes de poder caminar tranquilo por la calle. Después del escándalo del Monasterio de Planificación dos o tres ciudadanos por día lo insultan y le gritan: "Devuelvan la plata".

En mangas de camisa y con un entusiasmo de barricada, el fantasmal escribano Bitell lo anticipó mejor que nadie: "La cuestión es liberación o dependencia -gritó en 1983-. Y nosotros? ¡Vamos a optar por la dependencia!" Fue ovacionado.

 

La arquitecta egipcia mandó colocar una magnífica placa en la Vicejefatura de Gabinete con una cita del antiperonista más ilustre y ocurrente de todos los tiempos: "El mito es la última verdad de la historia, el resto es efímero periodismo". Está firmada por Borges, y es claro que Cristina pretendía recordarles a los funcionarios su principal obligación diaria, que no consistía en administrar de manera eficiente el Estado, sino en trabajar para la mitificación de su familia.

 

La película de los días pasa en cámara rápida, asombra al más suspicaz y se parece a la serie del mago enmascarado: no era magia, al final sólo se trataba de un ingenioso mecanismo de engaño. Resulta que los nobles "emancipadores", mientras denunciaban a todo crítico como cipayo y entreguista, le regalaban 1500 millones de dólares al peor capital financiero.

 

Comenzó la temporada de tiro al pichón. Hace un mes y chirolas los principales caciques que protagonizaron esta hipócrita semana de rebelión peronista -Pichetto, Gioja, Bossio, Caló y Moyano- comían cordero horneado con papas dominó frente a Barack Obama, lo elogiaban sin rubor, brindaban por "un nuevo comienzo" y felicitaban al Gobierno por ese espaldarazo colosal.

"Cuidate -decía la voz en el teléfono-, sabemos dónde vivís." Los llamados anónimos se producían cada vez que Agustín Salvia daba a conocer las conclusiones del Observatorio de la Deuda Social y contradecía con números el relato paradisíaco de la inclusión kirchnerista.

 

Un veterano detective asevera que las multinacionales de la droga no se instalaron plenamente en la Argentina porque éste es un país impredecible, individualista y poco serio, y que tampoco ha surgido un cartel local de proporciones porque el argentino es incapaz de organizarse. Se trata de una boutade.

 

La inefable alcaldesa de ese vasto e idílico vergel peronista llamado injustamente La Matanza vino estos días a destruir el viejo axioma según el cual una persona no puede estar en dos lugares al mismo tiempo: se desvivió como una colegiala por sacarse una selfie con Mauricio Macri y luego anunció frente a Máximo Kirchner que la patria estaba en peligro.

 

Hasta hace seis meses los analistas se dividían en dos grupos: los que aseveraban que a esta altura estallaba el país y los que aseguraban que estallaba el consumo.

 

Refiere Franco Macri, en un libro extraviado y muy inconveniente, una anécdota sobre el carácter íntimo de Donald Trump.

 

En la Argentina el que paga la fiesta organiza su funeral. Esta maldición luctuosa cruza fatalmente los ciclos de la historia moderna, desde las pesadas hipotecas contraídas por la dictadura militar que Raúl Alfonsín quiso afrontar emitiendo billetes hasta el hiperendeudamiento menemista que terminó hundiendo a la Alianza en la depresión económica.

 

A la mordaz jungla de la política, donde anidan desde hace tiempo los "gusanos" anticastristas y los "gorilas" del antiperonismo, se agrega ahora un ave autóctona de larga tradición: el "carancho".

 

Los griegos concebían la enfermedad como un castigo a la desmesura. La gran enfermedad argentina consiste precisamente en una larga cadena de ciegos y espectaculares excesos a izquierda y a derecha.

 

El hombre está dolido e indignado. Quiere, literalmente, que Macri se muera. Y asegura que debió cerrar su comercio porque se fundía. Trato de contenerlo, pero no hay consuelo para quien ha vivido en carne propia semejante colapso personal. Espero que se tome un respiro y le pregunto cuál fue su principal problema.

 

La prédica cristiana, que aunque algunos no lo crean tiene más años que el peronismo, asevera que la debilidad puede ser una fortaleza.

 

"Desde octubre de 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, nosotros sabíamos que se gestaba un golpe militar para marzo del año siguiente. No tratamos de impedirlo porque al fin y al cabo formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista."

 

"Cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?", interpelaba lord Keynes. El Gobierno pega un audaz giro keynesiano que podría traducirse en más desarrollismo heterodoxo y menos ajuste fiscal, y que sólo puede explicarse en la tardanza de la reactivación (el malestar social vuela en jet y las inversiones van en sulky), y también en la ansiedad por despertar rápidamente al paciente de su hondo letargo.

Unos sostienen que Macri es el Videla de la canasta familiar; otros que es un Kirchner de buenos modales.

Al final los supersticiosos del kirchnerismo tuvieron algo de razón: la Carta Abierta 13 iba a traer muchos problemas; nunca debió ser escrita.

"Empiecen a conversar con ellos", habilitó Mauricio Macri. Con esa simple orden terminó la intensa discusión de petit comité y comenzó una discreta ronda de contactos con el peronismo. El objetivo pueden ser algunas treguas y convenios parciales, como quiere el jefe de Gabinete, o un eventual Acuerdo del Bicentenario, como anhelan otros miembros de la mesa chica.

"La experiencia no tiene ningún valor ético -decía Wilde-, es simplemente el nombre que les damos a nuestros errores." El macrismo, en su breve experiencia nacional, comete algunos errores tácticos no especialmente originales: Néstor Kirchner también dedujo que Bergoglio estaba vertebrando a toda la oposición, sólo que la respuesta a esa conjura fue la hostilidad y no la indiferencia.

Un hombre de la mesa chica, veterano de cien batallas y afecto tanto a la relativización de los éxitos como de los fracasos, utilizó en el primer piso de la Casa Rosada una metáfora bíblica para caracterizar las chances y complicaciones de la hora.

Fundado el 4 de agosto de 2003

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