Joaquín Morales Solá

Joaquín Morales Solá

La tragedia desarticuló la campaña electoral y la coreografía final de las elecciones. Santiago Maldonado está muerto y su cuerpo no registra ninguna huella de golpes o heridas.

 

Probablemente sea el cuerpo de Santiago Maldonado el que apareció ayer, muy cerca de donde supuestamente se lo vio por última vez.

 

La expresidenta y actual candidata a senadora por el frente Unidad Ciudadana Cristina Kirchner hizo este martes su acto virtualmente de cierre, porque seguramente va a seguir visitando pueblos y ciudades hasta el jueves, en la cancha de Racing. Fue un acto importante: difícilmente haya otros dirigentes políticos en el país que puedan hacer un acto de esa magnitud.

No es la política la que cambió a la sociedad, sino la sociedad la que cambió a la política, Ése es el nuevo dato que Cristina rechaza, incrustada en conceptos antiguos

 

Antes de fin de año se conocerán dos decisiones espectaculares de la Justicia. Distintas instancias en los tribunales ordenarán la prisión del ex ministro Julio De Vido y del ex presidente Carlos Menem.

 

¿Fue la muerte de Alberto Nisman un crimen de Estado? Se usan palabras menos directas para decir lo mismo, pero lo cierto es que la Justicia busca responder esa pregunta tan crucial como dramática.

 

Cincuenta días después de la desaparición de Santiago Maldonado, todas las hipótesis han muerto. No hay ninguna huella que inculpe a la Gendarmería, como lo señaló enfáticamente el juez federal Guido Otranto a LA NACION. Tampoco se encontró ni siquiera una pista en el río Chubut.

 

Más que su destino político, a Cristina la desespera su peripecia judicial. Los próximos años la encontrarán sentada más tiempo frente a un tribunal que en el Senado

 

Después de dos días de una semitregua con el caso de la desaparición de Santiago Maldonado, las posiciones volvieron a tensarse.

Cada tanto, cuando el ruido del conflicto político lo aturde, Mauricio Macri le pega una mirada a un papel que está en su despacho. Es el ensayo de una encuestadora sobre la intención de voto entre él y Cristina Kirchner.

 

Si sólo fuera el desafío electoral de octubre lo que aguarda a Mauricio Macri, éste podría dormir tranquilo. Cuando encuestas y datos de la economía navegan con viento a favor, el espectro de la violencia en manifestaciones públicas comenzó a hacerse habitual. Es probable que esa nueva marea de violencia no concluya con las urnas del mes próximo.

 

Vieja creadora de realidades virtuales, Cristina Kirchner se exhibirá hoy como la dueña de un monumental triunfo, que en todo caso es muy relativo. Su victoria por escasas décimas en Buenos Aires (por apenas 20.324 votos en un distrito donde votan 12 millones de personas) ignorará el contexto de una aplastante derrota nacional de su fuerza.

 

Un solo golpe le bastó para callar a la dirigencia sindical. La misma noche del martes de la concentración cegetista, Mauricio Macri decapitó a los dos funcionarios más cercanos a los gremios.

 

Una manifestación opositora al Gobierno en el confeso comienzo de un proceso de desestabilización electoral del oficialismo. El 25 de septiembre, menos de un mes antes de las elecciones legislativas del 22 de octubre, el congreso confederal de la central obrera se reunirá para fijarle una fecha a otro paro nacional.

 

Un viejo peronista que vio a Mauricio Macri moverse durante y después del triunfo electoral del domingo advirtió otra derrota: "Ya no tenemos la exclusividad en nada. ¡Esto lo hacíamos sólo nosotros!", se enfureció.

 

Mauricio Macri sabe algo que nunca dice: en las elecciones de este año se juega la posibilidad -o no- de su reelección en 2019.

 

Ayer sucedió una revolución pacífica que se exhibió en una noche de infarto por la tensa paridad en Buenos Aires. Una revolución casi impalpable, que ni la política ni los encuestadores pudieron medir con antelación en su dimensión real. El viejo statu quo peronista fue arrasado en casi todo el país.

 

La discordia sobre el estado de la economía está marcando los días finales antes de las primarias del próximo domingo. La oposición describe un desastre. El Gobierno muestra los índices del ahora creíble Indec para señalar que el país está saliendo de cinco años de recesión o estancamiento.

 

Hubo un momento, durante gran parte de 2016, en el que pareció que el gobierno de Macri y el peronismo habían encontrado una fórmula para pacificar el país. Varios acuerdos importantes se suscribieron en el Congreso, y fueron aprobadas leyes decisivas para la nueva administración. Gobernadores, senadores y diputados peronistas permitieron mediante la negociación y el pacto la gobernabilidad de Macri.

 

María Eugenia Vidal dijo ayer que Cristina Kirchner podría ganar las primarias dentro de diez días. La aseveración en sí misma no es una noticia (mucha gente sabe eso desde hace varias semanas), pero sí lo es que esa posibilidad sea aceptada por una de las figuras más destacadas de la jerarquía gobernante.

 

Puertas afuera, la administración de Mauricio Macri tratará de sacar rédito electoral por la impunidad política y penal de Julio De Vido. Fue mayormente el peronismo el que impidió su expulsión de la Cámara de Diputados.

 

El kirchnerismo podría llevarse en los próximos días dos enormes triunfos que asegurarían su impunidad frente a la oceánica cantidad de denuncias de corrupción que lo acorralan.

 

Julio De Vido tiene 156 causas abiertas en los tribunales en las que está procesado, imputado, investigado o nombrado. Todas son denuncias por corrupción o por administración fraudulenta de los recursos del Estado.

 

El destino tiene a veces nombre y apellido. Cristina Kirchner parece haberse encontrado en esas encrucijadas de la vida en las que otra persona puede decidir la suerte propia.

 

El jueves último, la Justicia ordenó que las fuerzas de seguridad desocuparan una planta de la multinacional Pepsico, tomada por un grupo minoritario de ex trabajadores conducidos por dirigentes de la izquierda dura.

 

El papa Francisco no descarta visitar la Argentina durante el próximo año. O, dicho de otra manera, es posible que en 2018 el Pontífice regrese a su país por primera vez desde que fue elegido jefe universal de la Iglesia Católica. Esa información fue confirmada por fuentes eclesiásticas argentinas y por funcionarios vaticanos.

 

Por fin se enfrentarán cara a cara. Los dos políticos más influyentes de la Argentina de los últimos años, Mauricio Macri y Cristina Kirchner, combatieron siempre a la distancia.

 

En el estadio Julio Grondona (todo vuelve, al fin y al cabo), Cristina Kirchner formalizó ayer su ruptura definitiva con el peronismo. Después de todo, nada le impedía proclamar desde el partido de Perón la estrategia electoral que explicó ante un estadio colmado de militantes.

 

Una vez, en los años 90, a Antonio Cafiero se le ocurrió que el bloque de senadores nacionales peronistas, que él integraba, debía promover un proyecto para que el Estado le construyera un monumento a Perón. Vio a senador por senador hasta que cayó en el despacho de la entonces senadora Cristina Kirchner. "No me importa ese viejo traidor", lo despachó Cristina.

 

Se confirmó ayer que los líderes políticos nunca tienen más alternativas que las que existen para el común de los mortales. El cristinismo aceptó, en efecto, que Florencio Randazzo tiene derecho a competir en las primarias abiertas y obligatorias del Partido Justicialista.

 

Cuando la historia se aleje suficientemente, se sabrá que Cristina Kirchner fue el mejor instrumento que hubo para dinamitar el peronismo.

 

Sólo 824.000 argentinos votaron anteayer en Corrientes, Chaco y La Rioja de un padrón nacional de más de 32 millones de personas. Depositó su boleta en las urnas de esas tres provincias un 2,5% del total de personas habilitadas para votar en el país.

 

Si se apartan del trajín electoral de estos días sus partículas insignificantes, sobresalen dos constataciones.

 

El caso del juez Eduardo Freiler mostró el grado de descaro del kirchnerismo frente a hechos claros de corrupción y, sobre todo, cuando se trata de defender a uno de los suyos.

 

Es difícil encontrar en la historia una relación política parecida a la que tejieron Mauricio Macri y Elisa Carrió. Sin aparcar las diferencias, que existen, los dos han hecho algo o mucho para que la coalición gobernante siga funcionando.

 

El acuerdo en el que el Gobierno trabaja contra reloj con la empresa Odebrecht para que entregue la información sobre los sobornos pagados en la Argentina podría provocar un escándalo político de dimensiones imprevisibles.

 

El mundo político que habita Mauricio Macri es desparejo, heterogéneo y contradictorio. Un mes antes de que venza el plazo para el cierre de listas, y comience el proceso electoral de las decisivas elecciones que concluirán en octubre, la gestión del Presidente conserva más del 50 por ciento de imagen positiva (52, según la última encuesta de Poliarquía, y 60, según Isonomía).

 

Ocurrió en estos días un combate soterrado entre el derecho y la oportunidad. En la superficie de ese combate, asiduo e incómodo, reapareció el conflicto por los derechos humanos violados en la década del 70.

 

La estridencia política no es una buena aliada del sentido común. Por lo general, le abre las puertas al uso político de cuestiones muy sensibles o a la desesperación por hacerse de alguna bandera. Son las situaciones que provocó la decisión de la Corte Suprema de beneficiar con la ley del "dos por uno" a un condenado por delitos de lesa humanidad.

 

El Gobierno sabe que encarará las próximas elecciones con la insatisfacción económica de la sociedad. Le queda el contraste con el pasado y la confrontación con éste como recursos electorales.

El peronismo enfrentará elecciones, por primera vez en muchos años, acéfalo, sin conducción nacional y sin un liderazgo claro en el más importante de todos los distritos: Buenos Aires. La única certeza del peronismo es que machacará al oficialismo con el malestar económico de la gente común. Ninguno tiene garantías de nada.

Tales constataciones suceden cuando faltan apenas 45 días para el cierre de listas de candidatos. El plazo vencerá el 24 de junio. Diez días antes, el 14, deberán inscribirse las alianzas. Candidatos y alianzas de junio serán los que competirán en las primarias de agosto. Los que triunfen en ellas irán a las elecciones generales de octubre. Es decir, lo que suceda en junio marcará definitivamente los cruciales comicios de mitad de mandato. La esencia del año electoral se reduce, así, a un puñado de decisivas semanas muy próximas.

El mejor proyecto oficial del oficialismo está en manos de una persona que no es macrista: Cristina Kirchner, quien se excluyó de las elecciones y luego mandó a que la incluyan. ¿Entonces? El misterio es su vieja marca. La eventual candidatura de la ex presidenta polarizaría a la sociedad de tal manera con el macrismo que desaparecería todo el resto. Si bien Cristina tiene en la provincia de Buenos Aires el mejor nivel de simpatías, la unanimidad de los encuestadores sostiene que el oficialismo ganaría ese duelo entre la novedad y el pasado. El Presidente se recompuso en las últimas encuestas, pero carece de candidatos relumbrantes en la provincia de Buenos Aires. El oficialismo confía en una campaña que harán el propio presidente y María Eugenia Vidal, la figura más popular de la política argentina. Los candidatos del macrismo serán los que aparecen: Esteban Bullrich, Facundo Manes y Gladys González. El orden de las candidaturas lo decidirán el 24 de junio, después de que se haga explícita la propuesta de los otros partidos.

El peronismo, en efecto, no tiene conducción respetada ni liderazgos significativos en el país, salvo el que expresa Cristina Kirchner. Pero ésta personifica el pasado que gran parte del peronismo quiere relegar definitivamente a la historia. El presidente formal del PJ, José Luis Gioja, volátil e imprevisible, perdió el respeto de casi todos los referentes partidarios. Cualquiera que habla con dirigentes justicialistas se lleva la impresión de que el único liderazgo político e institucional del peronismo lo encarna el senador Miguel Ángel Pichetto, jefe del poderoso bloque de senadores de ese partido. Ningún peronista toma ninguna decisión importante sin antes hacerle una visita o llamarlo por teléfono al influyente senador.

El peronismo bonaerense viene de perder una elección de gobernador y deberá enfrentar comicios, por primera vez desde 1987, sin la protección del Estado, sea éste provincial o nacional. El peronismo, que nació de un gobierno, nunca se acostumbró a la intemperie electoral. ¿Quién pagará la campaña electoral, que antes contaba con la contribución de generosos empresarios y con el más generoso aporte del Estado? Los intendentes figuran mucho más que lo que influyen en el electorado. Venden una autoridad electoral que no tienen. El domingo de elecciones terminan repartiendo boletas de todos los partidos con la lista propia de candidatos a concejales municipales, porque los Concejos Deliberantes tienen la facultad de destituirlos. No es el destino del peronismo lo que les importa, sino su propia sobrevivencia política.

Una mayoría significativa del peronismo tiene la sensación (sólo la sensación) de que Cristina se quedará en su casa, flameando la bandera de un vago ascendiente político. Nunca se le cae de la boca el antecedente de que fue la presidenta con más votos de la historia y con mayor diferencia con el segundo más votado, casi 30 puntos. ¿Para qué borrar esos pergaminos con una eventual derrota bonaerense? Los últimos episodios de Santa Cruz, cuando su seguridad estuvo en riesgo, deben haberla prevenido sobre lo que podría suceder en una campaña bonaerense. Ella también fue siempre una parlanchina candidata protegida por el Estado, provincial o nacional. En Buenos Aires la aman o la odian. Nunca pasa inadvertida. Sólo podrían empujarla a la candidatura la necesidad de fueros o el convencimiento absoluto de una victoria. Esta certeza no existe nunca, pero ya sabemos que el arte de Cristina es la construcción de una realidad tan distinta como propia.

Daniel Scioli y Florencio Randazzo no son candidatos aún, pero están dispuestos a enfrentarse en una interna. Los dos creen que ganarían. Cada uno pone condiciones. Difícilmente Scioli sería candidato si debiera enfrentarse a Cristina Kirchner; no lo ha hecho nunca, no lo hará ahora. Randazzo los enfrentaría a los dos; él viene proponiendo desde hace mucho tiempo una interna abierta y amplia del pejotismo bonaerense. Su condición es que esa elección interna sea supervisada por la Cámara Electoral nacional, porque las primarias son elecciones nacionales bajo control de la justicia electoral. No confía en los que dirigen el PJ provincial y, mucho menos, en su presidente, Fernando Espinoza. Esas condiciones no están, todavía al menos. Cristina no competiría jamás con nadie en una interna.

Sectores importantes del peronismo le piden a Randazzo que haga lo que hizo Antonio Cafiero en 1985. Esto es: romper con el PJ oficial, perder con dignidad frente al entonces reinante alfonsinismo y borrar luego a la vieja dirigencia peronista. Esto tiene un nombre: renovación peronista, que es el proyecto de la mayoría del PJ. Dejar a los Kirchner y al kirchnerismo en el arcano sin luz del pasado. Para Randazzo los momentos no son comparables. Él anda construyendo un amplio espacio peronista.

Scioli tiene un proyecto que nunca lo dice. Ganarle la interna a Randazzo y luego ganarle la provincia a Macri. No le importa ser senador, que es lo que se disputará en octubre, sino colocarse como el candidato imprescindible del PJ para las presidenciales de 2019. La presidencia es un lujo que se quiere dar. El otro presidenciable es Sergio Massa, a quien muchos quisieran ver disputando su candidatura en una interna dentro del peronismo. Imposible. Margarita Stolbizer le abre otros espacios sociales, pero le cierra las puertas del peronismo. No puede acercarse al PJ, ni a Randazzo ni a Scioli de la mano de ella. Se quedará con Stolbizer.

Hay quienes le aconsejan a Massa que espere hasta 2019 sin arriesgar en 2017. El peronismo no tiene tanta paciencia. A muchos diputados que ingresaron con él en 2013 se les vence el mandato este año. Quieren renovarlo. Intendentes y concejales bonaerenses que están cerca de él no lo esperarán dos años mientras el poder se construye en otro lado. "Tendré que ser candidato", suele decir, aunque su opinión cambia con cada encuesta que le llega. Las últimas no fueron buenas para él.

El peronismo renovará 16 senadores nacionales, mientras que Cambiemos renovará sólo 3. El mandato de los senadores dura seis años. Están renovando los que fueron elegidos en 2011, cuando Cristina hizo su mejor elección. Dirigentes importantes del peronismo consideran perdidas las elecciones en Jujuy, La Rioja y Santa Cruz, donde se elegirán senadores y podría ganar Cambiemos. El peronismo no está bien, pero eso no significa el final de su historia. Parafraseando a un ex presidente latinoamericano, la política ha asistido a muchos velorios del peronismo, pero a ningún entierro.

Joaquín Morales Solá

Una cierta inquietud se había apoderado de Mauricio Macri desde que Donald Trump ganó la presidencia. ¿Cuánto le llevaría al empresario norteamericano acomodarse a los esquemas y, sobre todo, a los límites de un jefe de Estado?

 

Cristina Kirchner, la mujer que más poder tuvo en la historia argentina, vive ahora de hecho un régimen de prisión domiciliaria. No por decisión de la Justicia, que todavía no se ha expedido sobre su libertad en ninguna de las causas que investigan la corrupción de su gobierno. Es una condena social la que le impide caminar tranquila por las calles de Río Gallegos, de El Calafate o de Buenos Aires.

 

Hace unos meses, las imágenes de televisión mostraron a un grupo de manteros que corrían agresivamente a un patrullero policial. Parecía una sátira. Fue risible si no hubiera sido también lamentable y dramático.

 

El presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, le dio ayer un ritmo mayor a la escalada de su enfrentamiento con Elisa Carrió. La dura disputa entre esas dos figuras importantes del esquema institucional es un dato político significativo.

 

¿Fue el destituyente helicóptero que el kirchnerismo blandió el 24 de marzo? ¿O fueron, acaso, las multitudinarias marchas en apoyo a la democracia del 1º de abril? Las dos cosas influyeron para que el gobierno de Mauricio Macri pusiera en práctica una política fáctica y dialéctica de réplica a su dura oposición.

 

Una forma de hacer política se está agotando. O se está agotando la paciencia de la sociedad. Es lo mismo. Una ciudad caótica, frecuentemente tomada por la intensa protesta de movimientos sociales. Ese estado de sublevación constante se mezcla con huelgas que han sucedido y sucederán. Como siempre, los argentinos nunca saben de qué estará hecho el mañana.

 

Elisa Carrió se convirtió ayer en la defensora más importante del Gobierno frente al conflicto docente. La crisis con los gremios de los maestros (que es, de alguna manera, una confrontación directa con el kirchnerismo) tenía una notable ausencia de voces oficiales para pelear contra la sinrazón en el terreno mediático.

 

Fidel Castro murió en La Habana cuando el castrismo latinoamericano ya había desaparecido, salvo en la nostalgia de personas mayores que habían vivido, medio siglo antes, la ilusión fracasada de una revolución que se convirtió en involución.

 

El Papa niega que haya problemas con el gobierno argentino y rescata la figura del Presidente; relativiza la polémica por la donación de la Casa Rosada a Scholas y dice que no tiene voceros oficiales por fuera del Vaticano

 

Dicen que María Eugenia Vidal encontró por fin el símil de Aníbal Fernández que le estaba haciendo falta. Es Roberto Baradel, líder de los docentes bonaerenses, un cristinista de malas formas y peores compañías.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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