Joaquín Morales Solá

Joaquín Morales Solá

El acuerdo en el que el Gobierno trabaja contra reloj con la empresa Odebrecht para que entregue la información sobre los sobornos pagados en la Argentina podría provocar un escándalo político de dimensiones imprevisibles.

 

El mundo político que habita Mauricio Macri es desparejo, heterogéneo y contradictorio. Un mes antes de que venza el plazo para el cierre de listas, y comience el proceso electoral de las decisivas elecciones que concluirán en octubre, la gestión del Presidente conserva más del 50 por ciento de imagen positiva (52, según la última encuesta de Poliarquía, y 60, según Isonomía).

 

Ocurrió en estos días un combate soterrado entre el derecho y la oportunidad. En la superficie de ese combate, asiduo e incómodo, reapareció el conflicto por los derechos humanos violados en la década del 70.

 

La estridencia política no es una buena aliada del sentido común. Por lo general, le abre las puertas al uso político de cuestiones muy sensibles o a la desesperación por hacerse de alguna bandera. Son las situaciones que provocó la decisión de la Corte Suprema de beneficiar con la ley del "dos por uno" a un condenado por delitos de lesa humanidad.

 

El Gobierno sabe que encarará las próximas elecciones con la insatisfacción económica de la sociedad. Le queda el contraste con el pasado y la confrontación con éste como recursos electorales.

El peronismo enfrentará elecciones, por primera vez en muchos años, acéfalo, sin conducción nacional y sin un liderazgo claro en el más importante de todos los distritos: Buenos Aires. La única certeza del peronismo es que machacará al oficialismo con el malestar económico de la gente común. Ninguno tiene garantías de nada.

Tales constataciones suceden cuando faltan apenas 45 días para el cierre de listas de candidatos. El plazo vencerá el 24 de junio. Diez días antes, el 14, deberán inscribirse las alianzas. Candidatos y alianzas de junio serán los que competirán en las primarias de agosto. Los que triunfen en ellas irán a las elecciones generales de octubre. Es decir, lo que suceda en junio marcará definitivamente los cruciales comicios de mitad de mandato. La esencia del año electoral se reduce, así, a un puñado de decisivas semanas muy próximas.

El mejor proyecto oficial del oficialismo está en manos de una persona que no es macrista: Cristina Kirchner, quien se excluyó de las elecciones y luego mandó a que la incluyan. ¿Entonces? El misterio es su vieja marca. La eventual candidatura de la ex presidenta polarizaría a la sociedad de tal manera con el macrismo que desaparecería todo el resto. Si bien Cristina tiene en la provincia de Buenos Aires el mejor nivel de simpatías, la unanimidad de los encuestadores sostiene que el oficialismo ganaría ese duelo entre la novedad y el pasado. El Presidente se recompuso en las últimas encuestas, pero carece de candidatos relumbrantes en la provincia de Buenos Aires. El oficialismo confía en una campaña que harán el propio presidente y María Eugenia Vidal, la figura más popular de la política argentina. Los candidatos del macrismo serán los que aparecen: Esteban Bullrich, Facundo Manes y Gladys González. El orden de las candidaturas lo decidirán el 24 de junio, después de que se haga explícita la propuesta de los otros partidos.

El peronismo, en efecto, no tiene conducción respetada ni liderazgos significativos en el país, salvo el que expresa Cristina Kirchner. Pero ésta personifica el pasado que gran parte del peronismo quiere relegar definitivamente a la historia. El presidente formal del PJ, José Luis Gioja, volátil e imprevisible, perdió el respeto de casi todos los referentes partidarios. Cualquiera que habla con dirigentes justicialistas se lleva la impresión de que el único liderazgo político e institucional del peronismo lo encarna el senador Miguel Ángel Pichetto, jefe del poderoso bloque de senadores de ese partido. Ningún peronista toma ninguna decisión importante sin antes hacerle una visita o llamarlo por teléfono al influyente senador.

El peronismo bonaerense viene de perder una elección de gobernador y deberá enfrentar comicios, por primera vez desde 1987, sin la protección del Estado, sea éste provincial o nacional. El peronismo, que nació de un gobierno, nunca se acostumbró a la intemperie electoral. ¿Quién pagará la campaña electoral, que antes contaba con la contribución de generosos empresarios y con el más generoso aporte del Estado? Los intendentes figuran mucho más que lo que influyen en el electorado. Venden una autoridad electoral que no tienen. El domingo de elecciones terminan repartiendo boletas de todos los partidos con la lista propia de candidatos a concejales municipales, porque los Concejos Deliberantes tienen la facultad de destituirlos. No es el destino del peronismo lo que les importa, sino su propia sobrevivencia política.

Una mayoría significativa del peronismo tiene la sensación (sólo la sensación) de que Cristina se quedará en su casa, flameando la bandera de un vago ascendiente político. Nunca se le cae de la boca el antecedente de que fue la presidenta con más votos de la historia y con mayor diferencia con el segundo más votado, casi 30 puntos. ¿Para qué borrar esos pergaminos con una eventual derrota bonaerense? Los últimos episodios de Santa Cruz, cuando su seguridad estuvo en riesgo, deben haberla prevenido sobre lo que podría suceder en una campaña bonaerense. Ella también fue siempre una parlanchina candidata protegida por el Estado, provincial o nacional. En Buenos Aires la aman o la odian. Nunca pasa inadvertida. Sólo podrían empujarla a la candidatura la necesidad de fueros o el convencimiento absoluto de una victoria. Esta certeza no existe nunca, pero ya sabemos que el arte de Cristina es la construcción de una realidad tan distinta como propia.

Daniel Scioli y Florencio Randazzo no son candidatos aún, pero están dispuestos a enfrentarse en una interna. Los dos creen que ganarían. Cada uno pone condiciones. Difícilmente Scioli sería candidato si debiera enfrentarse a Cristina Kirchner; no lo ha hecho nunca, no lo hará ahora. Randazzo los enfrentaría a los dos; él viene proponiendo desde hace mucho tiempo una interna abierta y amplia del pejotismo bonaerense. Su condición es que esa elección interna sea supervisada por la Cámara Electoral nacional, porque las primarias son elecciones nacionales bajo control de la justicia electoral. No confía en los que dirigen el PJ provincial y, mucho menos, en su presidente, Fernando Espinoza. Esas condiciones no están, todavía al menos. Cristina no competiría jamás con nadie en una interna.

Sectores importantes del peronismo le piden a Randazzo que haga lo que hizo Antonio Cafiero en 1985. Esto es: romper con el PJ oficial, perder con dignidad frente al entonces reinante alfonsinismo y borrar luego a la vieja dirigencia peronista. Esto tiene un nombre: renovación peronista, que es el proyecto de la mayoría del PJ. Dejar a los Kirchner y al kirchnerismo en el arcano sin luz del pasado. Para Randazzo los momentos no son comparables. Él anda construyendo un amplio espacio peronista.

Scioli tiene un proyecto que nunca lo dice. Ganarle la interna a Randazzo y luego ganarle la provincia a Macri. No le importa ser senador, que es lo que se disputará en octubre, sino colocarse como el candidato imprescindible del PJ para las presidenciales de 2019. La presidencia es un lujo que se quiere dar. El otro presidenciable es Sergio Massa, a quien muchos quisieran ver disputando su candidatura en una interna dentro del peronismo. Imposible. Margarita Stolbizer le abre otros espacios sociales, pero le cierra las puertas del peronismo. No puede acercarse al PJ, ni a Randazzo ni a Scioli de la mano de ella. Se quedará con Stolbizer.

Hay quienes le aconsejan a Massa que espere hasta 2019 sin arriesgar en 2017. El peronismo no tiene tanta paciencia. A muchos diputados que ingresaron con él en 2013 se les vence el mandato este año. Quieren renovarlo. Intendentes y concejales bonaerenses que están cerca de él no lo esperarán dos años mientras el poder se construye en otro lado. "Tendré que ser candidato", suele decir, aunque su opinión cambia con cada encuesta que le llega. Las últimas no fueron buenas para él.

El peronismo renovará 16 senadores nacionales, mientras que Cambiemos renovará sólo 3. El mandato de los senadores dura seis años. Están renovando los que fueron elegidos en 2011, cuando Cristina hizo su mejor elección. Dirigentes importantes del peronismo consideran perdidas las elecciones en Jujuy, La Rioja y Santa Cruz, donde se elegirán senadores y podría ganar Cambiemos. El peronismo no está bien, pero eso no significa el final de su historia. Parafraseando a un ex presidente latinoamericano, la política ha asistido a muchos velorios del peronismo, pero a ningún entierro.

Joaquín Morales Solá

Una cierta inquietud se había apoderado de Mauricio Macri desde que Donald Trump ganó la presidencia. ¿Cuánto le llevaría al empresario norteamericano acomodarse a los esquemas y, sobre todo, a los límites de un jefe de Estado?

 

Cristina Kirchner, la mujer que más poder tuvo en la historia argentina, vive ahora de hecho un régimen de prisión domiciliaria. No por decisión de la Justicia, que todavía no se ha expedido sobre su libertad en ninguna de las causas que investigan la corrupción de su gobierno. Es una condena social la que le impide caminar tranquila por las calles de Río Gallegos, de El Calafate o de Buenos Aires.

 

Hace unos meses, las imágenes de televisión mostraron a un grupo de manteros que corrían agresivamente a un patrullero policial. Parecía una sátira. Fue risible si no hubiera sido también lamentable y dramático.

 

El presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, le dio ayer un ritmo mayor a la escalada de su enfrentamiento con Elisa Carrió. La dura disputa entre esas dos figuras importantes del esquema institucional es un dato político significativo.

 

¿Fue el destituyente helicóptero que el kirchnerismo blandió el 24 de marzo? ¿O fueron, acaso, las multitudinarias marchas en apoyo a la democracia del 1º de abril? Las dos cosas influyeron para que el gobierno de Mauricio Macri pusiera en práctica una política fáctica y dialéctica de réplica a su dura oposición.

 

Una forma de hacer política se está agotando. O se está agotando la paciencia de la sociedad. Es lo mismo. Una ciudad caótica, frecuentemente tomada por la intensa protesta de movimientos sociales. Ese estado de sublevación constante se mezcla con huelgas que han sucedido y sucederán. Como siempre, los argentinos nunca saben de qué estará hecho el mañana.

 

Elisa Carrió se convirtió ayer en la defensora más importante del Gobierno frente al conflicto docente. La crisis con los gremios de los maestros (que es, de alguna manera, una confrontación directa con el kirchnerismo) tenía una notable ausencia de voces oficiales para pelear contra la sinrazón en el terreno mediático.

 

Fidel Castro murió en La Habana cuando el castrismo latinoamericano ya había desaparecido, salvo en la nostalgia de personas mayores que habían vivido, medio siglo antes, la ilusión fracasada de una revolución que se convirtió en involución.

 

El Papa niega que haya problemas con el gobierno argentino y rescata la figura del Presidente; relativiza la polémica por la donación de la Casa Rosada a Scholas y dice que no tiene voceros oficiales por fuera del Vaticano

 

Dicen que María Eugenia Vidal encontró por fin el símil de Aníbal Fernández que le estaba haciendo falta. Es Roberto Baradel, líder de los docentes bonaerenses, un cristinista de malas formas y peores compañías.

 

El escenario parlamentario, solemne por naturaleza, no dejó lugar para tibios ni moderados. Fue Mauricio Macri contra el kirchnerismo o el kirchnerismo contra Macri. Los dos eligieron dar esa batalla.

 

A Mauricio Macri siempre le queda el peronismo cristinista para sortear contratiempos y errores. El Presidente promueve el contraste con Cristina Kirchner; ella lo hace visible. Ese duelo eterno, del que Macri sale siempre con algún trofeo, le sirve al mandatario para mostrarse en el exterior y, sobre todo, ante los argentinos.

 

La decisión del juez Enrique Lavié Pico, quien dictó una cautelar para que la jueza de la Corte Suprema Elena Highton de Nolasco pueda continuar en el cargo después de los 75 años, debe leerse con más profundidad que la que atañe a la magistrada.

 

De poco vale ya la opinión de los expertos o la investigación técnica sobre el proyecto de acuerdo entre el Estado y la familia Macri por la deuda del Correo que arrastran desde 2001. Ese acuerdo se convirtió en un problema político espoleado por el duro dictamen de la fiscal general Gabriela Boquin.

 

Si el Gobierno insiste en conducir el Estado como lo hizo en las últimas semanas, corre el riesgo de perder las elecciones legislativas de octubre. No hay un sermón de Durán Barba capaz de neutralizar el efecto fulminante que tienen las decisiones equivocadas.

 

Mauricio Macri convocó a cientos de empresarios nacionales y extranjeros en el Foro de Inversión y Negocios de Buenos Aires, justo cuando acaba de cumplir nueve meses al frente del gobierno argentino. Es una clara apuesta a la inversión como solución.

 

El jueves se terminaron los aplausos de empresarios, la mayoría de ellos procedente del exterior. El viernes, los pilotos de Aerolíneas Argentinas dejaron sorpresivamente en tierra todos los aviones de la empresa, justo un día antes de que el Presidente viajara a Nueva York en un vuelo de esa compañía.

 

Si hay algo que el gobierno de Mauricio Macri olvida con facilidad son las pasiones argentinas. Raro en un equipo que surgió en su mayor parte por sus aficiones futboleras.

 

Fue una lástima. Una palabra clave, pero mal colocada, desdibujó una política nueva después de 12 años de ineficaz retórica nacionalista. La cuestión es ya muy sensible desde cualquier lado que se la mire y refiere a las islas Malvinas.

 

Nada es peor que la convergencia entre las conspiraciones ajenas y los errores propios. La conspiración existe. Los errores también. Esa confluencia le deparó a Macri el peor momento desde que es presidente.

No ser como Cristina Kirchner. Ése es el propósito que más réditos (y algunas desventajas) le dio al gobierno de Mauricio Macri. Vuelve y profundiza esa estrategia cada vez que la política se torna ingrata y esquiva.

 

El destino de Cristina Kirchner parece oscilar entre el regreso a la política electoral o el ingreso en la prisión. La política (y la vida) suele tener un camino más enmarañado que una línea directa entre los días que corren y esos futuros posibles.

 

Mauricio Macri había quedado con un regusto a desagrado, tuviera o no razón, después de la decisión de la Corte Suprema sobre el aumento de las tarifas de gas. Aunque valoraba que el tribunal no le hubiera arruinado aún más el déficit fiscal, leyó con resquemor los considerandos que aludían a cómo debían aumentarse las tarifas y hasta dónde deberían incluirse las audiencias públicas.

 

Sergio Massa le ha hecho un favor a la política argentina. Su promesa inicial de "prohibir las importaciones", atenuada luego en la redacción de un proyecto de ley, permite abrir un debate crucial que el país se debía.

 

Cierto fresco se siente en el despacho de los presidentes. Colaboradores y secretarios de Mauricio Macri van vestidos con algún abrigo. La calefacción está puesta en su nivel mínimo, cuenta uno de esos ayudantes. El despacho ya es otro, aunque es el mismo.

 

Enrique Peña Nieto y el emir de Qatar merecían un contexto argentino mejor que el que les tocó. El acercamiento con México de Mauricio Macri significa dos importantes giros en la política exterior.

 

Ayer, segundo día hábil después de la feria judicial, la política se volvió a instalar en los tribunales.

 

Con los gobernadores contentos, es difícil que el Senado lo boicotee al Presidente. Si los sindicatos históricos tienen dinero en sus manos, es casi imposible que la protesta supere las palabras.

 

Ayer, envuelta por más sombras que luces, Cristina Kirchner se fue de la Capital. Había sido protagonista directa o indirecta de una semana en la que la política se disputó en los tribunales federales de Comodoro Py.

Un problema objetivo fue resuelto con más errores que aciertos. El problema es la ruina del sistema energético que dejó el kirchnerismo. Un país sin gas y sin electricidad, y sin posibilidades ya de seguir importando monumentales cantidades de energía. El déficit fiscal es intolerable, tal como está, para cualquier Estado serio.

O Mauricio Macri sigue de luna de miel con la sociedad o está cubierto por un misterioso manto que lo preserva del fuego de herencias ajenas y errores propios.

 

Tienen razón los kirchneristas: es probable que Cristina Kirchner termine presa.

 

Un rumor precedió a la decisión de Ibar Pérez Corradi de negarse a la extradición inmediata a la Argentina. Decían aquí, en medios políticos de distinta extracción, que la vida del viejo prófugo corría peligro en su país. Seguramente se trató de un dramatismo propio de la visión conspirativa de los argentinos, pero lo cierto es que Pérez Corradi creyó en esos presagios.

 

La Justicia confirmó por primera vez que una campaña electoral para elegir presidente de la Nación fue financiada por el narcotráfico. Tres ex jefes de Gabinete de Cristina Kirchner fueron procesados por delitos de corrupción en complicidad con otro sistema mafioso, el de la AFA. Una epidemia de pánico se abatió sobre presos por corrupción o narcotráfico. Temen ser asesinados en cárceles argentinas antes de que puedan hablar delante de los jueces.

 

Si todo lo que vemos y percibimos sobre el pasado reciente fuera cierto, estaríamos ante el latrocinio de fondos públicos más grande del que se tenga memoria.

Tal vez Guillermo Moreno no sea sólo un provocador (que también lo es) o Hebe de Bonafini no sea sólo una anciana rencorosa y desinformada. El núcleo duro del kirchnerismo está propalando la idea de que un sector importante de la sociedad sufre el hambre de manera insoportable.

Cristina Kirchner no puede caminar por las calles de Río Gallegos. Tampoco por las de la Capital. Corre el riesgo de chocar con la protesta de la gente común. Sólo por algunos barrios (no pocos) del Gran Buenos Aires podría pasear sin inconvenientes.

José López no pudo enterrar los dólares, pero enterró al kirchnerismo. En la ingrata madrugada de ayer, protagonizó el espectáculo más escandaloso y patético que se recuerde de funcionarios corruptos.

En la cárcel de Ezeiza ya están presos el que pagaba y el que cobraba. José López y Lázaro Báez. Son las puntas visibles de la amplia y multimillonaria red de corrupción de la obra pública en tiempos del kirchnerismo.

El dinero insignificante, innecesario, terminará condenando la corrupción. Los hoteles de Cristina Kirchner en El Calafate compraban una docena de medialunas por día cuando declaraban tener todas las habitaciones ocupadas.

 

Miguel Pichetto y Ernesto Sanz, peronista uno y radical el otro, son amigos personales a pesar de que pocas veces están de acuerdo. Los dos fueron senadores y presidentes de sus bloques en los mismos años.

Hay una rumorología sobre disidencias presuntas entre el Gobierno y la Iglesia. Y hay una cuestión que ha sobrevolado esa relación en días y meses recientes: la existencia de un núcleo enorme de pobreza entre los argentinos.

Mauricio Macri esquivó en el momento agónico lo que hubiera sido la primera gran crisis de la coalición gobernante.

La mancha del escándalo está mojando muy cerca, demasiado cerca, de Cristina Kirchner. La ex presidenta y su hijo Máximo fueron imputados en una nueva causa por supuestos hechos de corrupción en la compraventa y el alquiler de inmuebles de la empresa Los Sauces.

Nadie la vio venir. Nadie oyó los preparativos. Nadie, en fin, imaginó en el Gobierno la colisión con legisladores y sindicatos peronistas en estado de sublevación.

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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