Joaquín Morales Solá

Joaquín Morales Solá

El gobierno de Cuba acaba de reconocer el "papel del mercado" en la economía después de casi 60 años de fracasos económicos. En mayo de 2016, México amplió a 88.000 millones de dólares un crédito flexible que tenía del Fondo Monetario por 66.000 millones. Ese crédito está aún vigente. Ningún mexicano le atribuye al Fondo, que se sepa al menos, la culpa por los muchos y graves problemas que atraviesa su país.

 

A Mauricio Macri no hay que pedirle que sea un remedo de Cristina Kirchner. Nunca hay en sus apariciones un sentido épico de la historia que le tocó. Ni una convocatoria al fanatismo de sus seguidores, que carecen de fanatismo. Esas condiciones construyen un contraste enorme con su antecesora.

 

Una nueva grieta abrió una tregua, tal vez fugaz, en la vieja grieta. El proyecto para legalizar el aborto fue un golpe que dividió a los partidos, a los bloques parlamentarios y a la propia sociedad, sin importar géneros o extracción social.

 

La cuna que meció a Mauricio Macri estaba en el centro del "círculo rojo". Lo que entonces se llamaba "establishment", Durán Barba lo rebautizó y, al mismo tiempo, amplió el número de sus componentes. Ya no eran solo los empresarios más importantes y los banqueros de la City porteña; también pasaron a integrarlo economistas, intelectuales y periodistas.

 

La volatilidad del mundo no cambió, pero la Argentina comenzó a dar los primeros síntomas de que podría estabilizarse a pesar del contexto internacional.

 

La sequía cedió, pero ahora empeoró la economía internacional. Hace rato que a Mauricio Macri lo despierta todas las mañanas una mala noticia.

 

¿Es cierto que la Iglesia apoyó el paro nacional de anteayer? La rumorología indica que sí, pero no hay ninguna declaración ni documento de los obispos que den testimonio de semejante compromiso político.

 

El "círculo rojo" sobrevuela la cabeza del Presidente. Una y otra vez. Esa amalgama de empresarios, intelectuales, economistas y periodistas no le ha dado tregua durante gran parte de la crisis que acaba de vivir. Se sintió solo.

 

¿Una tregua entre dos tempestades? ¿El principio de la normalización del mercado cambiario después de varias semanas de furia? Esas preguntas no tienen respuesta todavía, luego de dos días en los que las variables financieras recuperaron cierta calma.

 

No se puede vivir con un clima político de estas características y tomarlo como lo más natural del mundo.

Mauricio Macri es una excepción (junto con el chileno Sebastián Piñera) en una América Latina amenazada por nuevos populismos (México y Colombia) o por intensos procesos de inestabilidad (Perú y Brasil, claramente). Ese paisaje de la política continental permite comprender por qué la Argentina recibió la ayuda financiera más importante de su historia.

 

Las crisis son siempre consecuencias de un fracaso de la política. La diagonal que funcionó durante más de dos años, entre el gobierno de Macri y un peronismo racional, se atascó esta vez. O nadie pudo trazarla.

 

Salvo un milagro (que no son frecuentes en política), el Senado le dará hoy sanción parlamentaria al proyecto de ley que frena la política de sinceramiento de las tarifas de servicios públicos de Mauricio Macri. El proyecto anula los aumentos de las tarifas desde noviembre del año pasado. A partir de entonces, los incrementos deberán hacerse de acuerdo con las subas salariales. Las pymes tendrán también aumentos mucho menores que los estipulados por el Gobierno.

 

En la lucha por las tarifas, el Gobierno debe buscar una diagonal en el Senado y llegar a un acuerdo con la oposición para que se apruebe la reducción del IVA en las facturas.

Mauricio Macri decidió ayer, en un almuerzo con su aliada Elisa Carrió, que no tocará la política de retenciones al campo. Seguirá tal como se estableció al principio de su mandato. Esa fue siempre la posición del Presidente, presionado en el sentido contrario por otros sectores empresarios. El campo ha sido su aliado. Ya tiene otras batallas en curso. La del peronismo, por ejemplo.

 

Mauricio Macri se puso como objetivo bajar el déficit, pero es difícil porque el presupuesto argentino tiene un 75% de gasto social. Solo se puede tocar el 25% restante, con trabajo de todo el Gabinete.

La pregunta no era si la Argentina se quedaría sin crédito externo, sino cuándo sucedería esa crisis terminal de financiamiento. Cuando Mauricio Macri advirtió que era eso lo que estaba escuchando de sus funcionarios, aceptó de inmediato el consejo del ministro de Finanzas, Luis Caputo, que le venía proponiendo recurrir preventivamente al Fondo Monetario.

 

¿Pasó ya la peor parte de la tempestad? Un día sin furia en los mercados no es necesariamente el fin de nada, pero podría significar el principio del fin de la peor crisis que debió enfrentar Mauricio Macri desde que es presidente.

 

La sociedad apunta contra el organismo, pero se olvida de la responsabilidad de los dirigentes. La crisis de desconfianza que se repite en el país.

Pocas veces el sistema financiero internacional y la sociedad argentina coinciden en algo. Pero hay una excepción en los inquietos días que corren. Ambos extremos desconfían del sistema político argentino. El cristal de confianza que se rompió en Wall Street no es con Mauricio Macri, sino con el sistema que administra la política argentina y que, desde ya, comprende algunas decisiones de su gobierno.

 

El dólar había cruzado de nuevo los 23 pesos. Las acciones y los bonos argentinos se derrumbaban en el mundo. Cuando ayer amenazaba con convertirse en un martes negro (después de un reciente jueves negro), el Gobierno jugó la carta más importante que tenía: el regreso del país a los créditos del FMI.

 

El miércoles último, un día antes del jueves negro, convivieron dos universos muy distintos separados por apenas 10 cuadras en el centro de la Capital.

 

Sucedió la peor semana que haya vivido el programa económico y el gobierno de Mauricio Macri. ¿Solo el programa económico? ¿Nadie más que el Gobierno?

 

Cuando Mauricio Macri se metió en el avión para viajar a Vaca Muerta y grabar allá un spot sobre el conflicto de las tarifas, estaba haciendo varios anuncios implícitos.

 

Mauricio Macri suele decir que le tocó cambiar la cultura social de los argentinos. Y que debe hacerlo con casi la mitad de la sociedad votando por otras opciones y con la nostalgia de su propio electorado por las viejas mañas.

 

Es probable que a fin de año ya no sean jueces Jorge Ballestero y Eduardo Farah. Por primera vez en la historia, la Corte Suprema pidió que se investigue a esos dos jueces porque habrían conspirado, dice sin decirlo, para conformar un tribunal decidido a beneficiar a Cristóbal López.

 

Ni Cristóbal López ni Ignacio Rosner (¿su comprador?, ¿su CEO, como López lo llamó?, ¿su testaferro, como sospechan algunos funcionarios?) manejarán en adelante la principal compañía del empresario kirchnerista, Oil Combustibles.

 

La nación política es dual y paradójica. El viernes se alarmó porque el presidiario Cristóbal López, un exponente destacado de los tiempos de corrupción kirchnerista, recobró la libertad.

 

Dicen que el estado de la economía no enamora a nadie y que carece de sensualidad. El crecimiento es moderado para un país largamente estancado. La inflación es todavía alta. Las inversiones se demoran. Ni siquiera el Gobierno lo niega.

 

La Justicia atraviesa, como lo dijo ayer Ricardo Lorenzetti con otras palabras, un desierto político. La opinión pública no tiene buen concepto (es malo, más bien) de los jueces de ninguna instancia.

 

De Mauricio Macri se pueden decir muchas cosas, menos que carece de audacia. En días en que se manifestaba preocupado por las versiones que indican un clima de tensión entre él y el papa Francisco, decidió habilitar el debate sobre el aborto en el Congreso.

 

Optimista sin fisuras. Seguro sin paréntesis. Mauricio Macri declaró el inicio del período nacional de crecimiento de la economía contra muchas críticas en el sentido contrario y también contra la sensación opuesta de gran parte de la sociedad. El Presidente se respalda siempre en el mismo eje para hacer semejante aseveración.

 

Si alguien creyera en los discursos del miércoles pasado en el acto camionero, podría pensar que Mauricio Macri es un ajustador serial, un político capaz de quemar hasta su carrera política en el altar de la ortodoxia económica.

 

El miedo fue la única emoción compartida ayer por el Gobierno y por la extraña alianza que rodeó a Hugo Moyano. La administración nacional temía incidentes que repitieran las escenas del 18 de diciembre pasado, cuando 14 toneladas de piedras fueron lanzadas sobre las fuerzas de seguridad. Moyano tenía el mismo temor, porque la violencia, cualquier violencia, hubiera sido la peor compañía de su variopinta marcha.

 

En la semana del combate crucial con Hugo Moyano, el dirigente sindical más importante del país, el Gobierno gastó tiempo y energía en un tema que no valía la pena. Valentín Díaz Gilligan, exsubsecretario general de la Presidencia, debió abandonar el cargo pocas horas después de que el diario español El País reveló que había tenido una cuenta offshore en Andorra cuando era funcionario del gobierno de la Capital, en 2013.

 

Desde el liberal The Wall Street Journal hasta el bolivariano Eugenio Raúl Zaffaroni señalaron en estos días el supuesto proceso de debilidad política en el que habría entrado Mauricio Macri. ¿Es cierto?

 

El líder de Camioneros se está quedando solo frente a la movilización que convocó para el 21 de febrero.

La CGT se ha roto. La difícil unidad que logró la central obrera, tras la división que provocó en su momento el cristinismo, ya no existe más. Esa constatación replantea el mapa del sindicalismo y de la política.

 

Las cosas serían mucho más fáciles si la pelea de Mauricio Macri con el moyanismo fuera solo por la marcha sindical del 22 de febrero o para resaltar el contraste con un líder sindical desprestigiado.

 

Podrá decirse que las recientes medidas sobre los funcionarios del gobierno nacional y sus familiares tienen más sentido político que económico. Es cierto.

 

Mauricio Macri sabe que su destino político se jugará en el territorio de la economía. Esa certeza explica que casi todas las reuniones de la gira europea tuvieron un fuerte sesgo económico.

 

¿Por qué lo que había sido excluido del debate público durante 34 años está permitido en el gobierno de Mauricio Macri? ¿Por qué ahora conocidos referentes políticos y sociales pueden pedir en declaraciones públicas el pronto final del gobierno de Cambiemos, es decir, su destitución?

 

Peronismo y sindicatos se retroalimentan desde que Perón los concibió como hermanos mellizos. Los sindicatos influyen en los políticos peronistas, no importa si estos son kirchneristas, massistas o promotores de una nueva renovación.

 

Algunos amigos de Mauricio Macri (y otros críticos del Papa) dicen en estos días que Francisco no viene a la Argentina porque no lo quiere al presidente argentino. No le hacen un favor a Macri.

 

Mañana será la cuarta vez que el papa Francisco estará cerca de la frontera argentina, sin cruzarla. El inminente viaje a Chile sucederá después de las visitas que ya hizo a Brasil, Bolivia y Paraguay. ¿Vendrá a su país alguna vez?

 

Tal vez Federico Sturzenegger, presidente del Banco Central, haya hecho ayer más de lo que cree por el gobierno de Mauricio Macri.

 

Pareció una contradicción, pero fue una justificación. El martes pasado, Mauricio Macri dijo en la Patagonia que la generación actual de argentinos con poder debe cuidarse de no endeudar a las generaciones futuras. Dos días después, su gobierno contrajo deuda en el exterior por 9000 millones de dólares más, que significan solo una tercera parte del total de deuda que deberá contraer durante todo el año.

 

Durante el año que se iniciará en las próximas horas, Cristina Kirchner estará más tiempo sentada frente a los jueces que en el Senado. La importancia de su protagonismo es ya más mediática que política.

 

En la temprana mañana del jueves, día en que se realizó la reunión frustrada de la Cámara de Diputados, hubo escraches. Pintadas, carteles y pasacalles con insultos y amenazas adornaban el entorno de las casas de los diputados peronistas que iban a votar las reformas económicas.

 

Nunca, como ayer, Leopoldo Moreau fue tan parecido a Luis D'Elía. En lugar de ocupar una comisaría, le quitó el micrófono y amenazó con pegarle al presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó. Cruzó una línea roja del sistema democrático.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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