Joaquín Morales Solá

Joaquín Morales Solá

La pregunta no era si la Argentina se quedaría sin crédito externo, sino cuándo sucedería esa crisis terminal de financiamiento. Cuando Mauricio Macri advirtió que era eso lo que estaba escuchando de sus funcionarios, aceptó de inmediato el consejo del ministro de Finanzas, Luis Caputo, que le venía proponiendo recurrir preventivamente al Fondo Monetario.

 

¿Pasó ya la peor parte de la tempestad? Un día sin furia en los mercados no es necesariamente el fin de nada, pero podría significar el principio del fin de la peor crisis que debió enfrentar Mauricio Macri desde que es presidente.

 

La sociedad apunta contra el organismo, pero se olvida de la responsabilidad de los dirigentes. La crisis de desconfianza que se repite en el país.

Pocas veces el sistema financiero internacional y la sociedad argentina coinciden en algo. Pero hay una excepción en los inquietos días que corren. Ambos extremos desconfían del sistema político argentino. El cristal de confianza que se rompió en Wall Street no es con Mauricio Macri, sino con el sistema que administra la política argentina y que, desde ya, comprende algunas decisiones de su gobierno.

 

El dólar había cruzado de nuevo los 23 pesos. Las acciones y los bonos argentinos se derrumbaban en el mundo. Cuando ayer amenazaba con convertirse en un martes negro (después de un reciente jueves negro), el Gobierno jugó la carta más importante que tenía: el regreso del país a los créditos del FMI.

 

El miércoles último, un día antes del jueves negro, convivieron dos universos muy distintos separados por apenas 10 cuadras en el centro de la Capital.

 

Sucedió la peor semana que haya vivido el programa económico y el gobierno de Mauricio Macri. ¿Solo el programa económico? ¿Nadie más que el Gobierno?

 

Cuando Mauricio Macri se metió en el avión para viajar a Vaca Muerta y grabar allá un spot sobre el conflicto de las tarifas, estaba haciendo varios anuncios implícitos.

 

Mauricio Macri suele decir que le tocó cambiar la cultura social de los argentinos. Y que debe hacerlo con casi la mitad de la sociedad votando por otras opciones y con la nostalgia de su propio electorado por las viejas mañas.

 

Es probable que a fin de año ya no sean jueces Jorge Ballestero y Eduardo Farah. Por primera vez en la historia, la Corte Suprema pidió que se investigue a esos dos jueces porque habrían conspirado, dice sin decirlo, para conformar un tribunal decidido a beneficiar a Cristóbal López.

 

Ni Cristóbal López ni Ignacio Rosner (¿su comprador?, ¿su CEO, como López lo llamó?, ¿su testaferro, como sospechan algunos funcionarios?) manejarán en adelante la principal compañía del empresario kirchnerista, Oil Combustibles.

 

La nación política es dual y paradójica. El viernes se alarmó porque el presidiario Cristóbal López, un exponente destacado de los tiempos de corrupción kirchnerista, recobró la libertad.

 

Dicen que el estado de la economía no enamora a nadie y que carece de sensualidad. El crecimiento es moderado para un país largamente estancado. La inflación es todavía alta. Las inversiones se demoran. Ni siquiera el Gobierno lo niega.

 

La Justicia atraviesa, como lo dijo ayer Ricardo Lorenzetti con otras palabras, un desierto político. La opinión pública no tiene buen concepto (es malo, más bien) de los jueces de ninguna instancia.

 

De Mauricio Macri se pueden decir muchas cosas, menos que carece de audacia. En días en que se manifestaba preocupado por las versiones que indican un clima de tensión entre él y el papa Francisco, decidió habilitar el debate sobre el aborto en el Congreso.

 

Optimista sin fisuras. Seguro sin paréntesis. Mauricio Macri declaró el inicio del período nacional de crecimiento de la economía contra muchas críticas en el sentido contrario y también contra la sensación opuesta de gran parte de la sociedad. El Presidente se respalda siempre en el mismo eje para hacer semejante aseveración.

 

Si alguien creyera en los discursos del miércoles pasado en el acto camionero, podría pensar que Mauricio Macri es un ajustador serial, un político capaz de quemar hasta su carrera política en el altar de la ortodoxia económica.

 

El miedo fue la única emoción compartida ayer por el Gobierno y por la extraña alianza que rodeó a Hugo Moyano. La administración nacional temía incidentes que repitieran las escenas del 18 de diciembre pasado, cuando 14 toneladas de piedras fueron lanzadas sobre las fuerzas de seguridad. Moyano tenía el mismo temor, porque la violencia, cualquier violencia, hubiera sido la peor compañía de su variopinta marcha.

 

En la semana del combate crucial con Hugo Moyano, el dirigente sindical más importante del país, el Gobierno gastó tiempo y energía en un tema que no valía la pena. Valentín Díaz Gilligan, exsubsecretario general de la Presidencia, debió abandonar el cargo pocas horas después de que el diario español El País reveló que había tenido una cuenta offshore en Andorra cuando era funcionario del gobierno de la Capital, en 2013.

 

Desde el liberal The Wall Street Journal hasta el bolivariano Eugenio Raúl Zaffaroni señalaron en estos días el supuesto proceso de debilidad política en el que habría entrado Mauricio Macri. ¿Es cierto?

 

El líder de Camioneros se está quedando solo frente a la movilización que convocó para el 21 de febrero.

La CGT se ha roto. La difícil unidad que logró la central obrera, tras la división que provocó en su momento el cristinismo, ya no existe más. Esa constatación replantea el mapa del sindicalismo y de la política.

 

Las cosas serían mucho más fáciles si la pelea de Mauricio Macri con el moyanismo fuera solo por la marcha sindical del 22 de febrero o para resaltar el contraste con un líder sindical desprestigiado.

 

Podrá decirse que las recientes medidas sobre los funcionarios del gobierno nacional y sus familiares tienen más sentido político que económico. Es cierto.

 

Mauricio Macri sabe que su destino político se jugará en el territorio de la economía. Esa certeza explica que casi todas las reuniones de la gira europea tuvieron un fuerte sesgo económico.

 

¿Por qué lo que había sido excluido del debate público durante 34 años está permitido en el gobierno de Mauricio Macri? ¿Por qué ahora conocidos referentes políticos y sociales pueden pedir en declaraciones públicas el pronto final del gobierno de Cambiemos, es decir, su destitución?

 

Peronismo y sindicatos se retroalimentan desde que Perón los concibió como hermanos mellizos. Los sindicatos influyen en los políticos peronistas, no importa si estos son kirchneristas, massistas o promotores de una nueva renovación.

 

Algunos amigos de Mauricio Macri (y otros críticos del Papa) dicen en estos días que Francisco no viene a la Argentina porque no lo quiere al presidente argentino. No le hacen un favor a Macri.

 

Mañana será la cuarta vez que el papa Francisco estará cerca de la frontera argentina, sin cruzarla. El inminente viaje a Chile sucederá después de las visitas que ya hizo a Brasil, Bolivia y Paraguay. ¿Vendrá a su país alguna vez?

 

Tal vez Federico Sturzenegger, presidente del Banco Central, haya hecho ayer más de lo que cree por el gobierno de Mauricio Macri.

 

Pareció una contradicción, pero fue una justificación. El martes pasado, Mauricio Macri dijo en la Patagonia que la generación actual de argentinos con poder debe cuidarse de no endeudar a las generaciones futuras. Dos días después, su gobierno contrajo deuda en el exterior por 9000 millones de dólares más, que significan solo una tercera parte del total de deuda que deberá contraer durante todo el año.

 

Durante el año que se iniciará en las próximas horas, Cristina Kirchner estará más tiempo sentada frente a los jueces que en el Senado. La importancia de su protagonismo es ya más mediática que política.

 

En la temprana mañana del jueves, día en que se realizó la reunión frustrada de la Cámara de Diputados, hubo escraches. Pintadas, carteles y pasacalles con insultos y amenazas adornaban el entorno de las casas de los diputados peronistas que iban a votar las reformas económicas.

 

Nunca, como ayer, Leopoldo Moreau fue tan parecido a Luis D'Elía. En lugar de ocupar una comisaría, le quitó el micrófono y amenazó con pegarle al presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó. Cruzó una línea roja del sistema democrático.

 

Durante 34 años, la Argentina tuvo una política de derechos humanos. Su problema es que era una sola: la revisión de las violaciones cometidas durante la última dictadura. Mauricio Macri, que hasta ayer no había definido una política propia en la materia, lanzó el programa más ambicioso de los últimos años sobre esa cuestión crucial para cualquier nación moderna.

 

El viejo cazador apretó el gatillo. Una frase corre desde hace mucho tiempo por los tribunales federales: "Nunca olviden que Bonadio es un cazador. Sólo dispara cuando tiene la presa en la mira". El juez escribió casi 500 páginas para ajustar la mira. Los procesamientos y las prisiones que decidió fueron los actos más importantes que ocurrieron por la denuncia de Alberto Nisman desde el asesinato del fiscal.

 

La economía podría entrar en un ciclo de menor crecimiento si el Gobierno no hace rápidamente algunos cambios en su política.

 

Marcos Peña, jefe de Gabinete, dijo en estos días que la reciente votación en el Senado, que sancionó tres reformas cruciales para el Gobierno, fue un hecho político tan importante como las elecciones del 22 de octubre.

 

Tal vez no se sabrá nunca qué pasó en Villa Mascardi. Un joven, Rafael Nahuel, identificado con la causa de la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) murió de un tiro en la espalda.

 

El San Juan estaba cerca del talud porque ahí está uno de los grandes reservorios de peces, que muchas veces son depredados por pesqueros clandestinos

 

Una tragedia imprevista y súbita cayó ayer sobre los argentinos. La única hipótesis que en estas horas quedó en pie entre civiles y uniformados con poder es que 44 argentinos perdieron la vida.

La reforma laboral se debería tratar en el Congreso antes del 10 de diciembre, cuando Cristina Kirchner asumirá en el Senado.

Mauricio Macri suele reírse a carcajadas cuando le preguntan por qué fortaleció financiera y políticamente a María Eugenia Vidal. ¿No pensó, acaso, que podría desafiarlo luego por el liderazgo de Cambiemos? ¿No cree que podría ser una competidora en las presidenciales de 2019?

 

El peronismo no lo dirá nunca, pero llegó a dos conclusiones. La primera es que necesitará de un largo tiempo para construir un liderazgo, del que carece, y un programa nuevo si no quiere atarse a los perdidosos paradigmas de Cristina Kirchner.

 

Más allá de su enfrentamiento con Cristina Kirchner y con el idioma, las cartas desde la prisión de Julio de De Vido tienen la virtud de probar que mucho de lo que se dice sobre los años kirchneristas es cierto.

 

¿Hasta dónde la Justicia puede avanzar con las prisiones preventivas? ¿La filtración de una filmación en el momento de la detención, dentro de una casa particular, viola el Estado de Derecho y las garantías constitucionales?

 

Las cosas que no están previstas pueden de pronto estar previstas. Esa diferencia entre lo que no está dentro de una agenda pero podría estarlo es clave para entender la última declaración del Vaticano sobre una eventual visita del papa Francisco a la Argentina en 2018.

El vocero del Vaticano dijo exactamente que "no está prevista" una visita del Pontífice a su país el año próximo. El Papa no dijo, como sí ocurrió para este año, que no vendría. Funcionarios vaticanos y de la Iglesia argentina señalaron ahora que el viaje de Francisco a su tierra natal no está descartado para el próximo año. Pero no es sólo un problema de agenda. Las condiciones siguen siendo las mismas que fijaron altos dignatarios del Vaticano en julio pasado y que LA NACION publicó. El país debe encontrar una fórmula para la definitiva pacificación interna, y la Iglesia argentina debe demostrar que su adhesión a los postulados pastorales del jefe de la Iglesia no es sólo circunstancial y retórica.

Entre el Papa y el gobierno de Macri no existen problemas ideológicos ni personales, como insisten algunos sectores sociales.

Hay en esas franjas de la sociedad una mirada excesivamente sesgada sobre los actos de Bergoglio. Ponen especial énfasis, por ejemplo, en un seminario convocado para diciembre en el Vaticano con procuradores de todo el mundo al que asistirá la renunciante Alejandra Gils Carbó. La invitación fue del canciller de la Academia de Ciencias Sociales del Vaticano, Marcelo Sánchez Sorondo, no del Papa. La primera que entendió que esa invitación no significaba ningún apoyo papal fue la propia Gils Carbó: renunció antes de viajar a Roma porque sabía que aquí su situación ya no tenía remedio. Pasó inadvertida, sin embargo, la reunión que el Papa tuvo con Esteban Bullrich cuatro días después de que éste le ganara a Cristina Kirchner en Buenos Aires. Dentro de poco, el jefe del gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, también lo visitará en Roma. Tampoco esas reuniones deben leerse como una adhesión del Papa al gobierno de Macri, porque se trata en casi todos los casos de antiguas relaciones personales. Pero son síntomas inconfundibles de que no existen prejuicios por parte del Papa y de que cuida su neutralidad en el debate político argentino. En síntesis, hay un sector de la sociedad empecinado en ver al Papa haciendo lo que ese sector quiera que haga. Obstinado también en interpretar al Pontífice con los acertijos de la política local y no como el líder religioso y moral más importante del mundo. El Papa se convierte en el acto en un enemigo político cuando no cumple con la voluntad de esos fanáticos locales.

Inmerso en innumerables conflictos mundiales (y en otros tantos dentro de la Iglesia), el Papa les deslizó, no obstante, a varios funcionarios vaticanos que quiere visitar su país. De hecho, había agendado una fecha posible para su viaje a la Argentina en este mes de noviembre, pero la gira debía incluir a Uruguay y Chile. El calendario electoral chileno, que elegirá presidente en este mes, lo obligó a aplazar el viaje a Chile para fines de enero. La agenda se le complicó. No estaban tampoco dadas las condiciones argentinas para una visita papal. Desde sus tiempos de sacerdote raso, Bergoglio estableció dos prioridades para su prédica y su acción: la inclusión social y la paz. Cuando Macri habla de la eliminación de la pobreza como el principal objetivo de su gobierno, está tocando una melodía parecida a la del Papa. Pero queda pendiente la pacificación de los espíritus.

Tanto prelados vaticanos como obispos bergoglianos argentinos señalan que el gobierno de Macri no podrá aspirar a la pacificación si insistiera con la polarización entre el macrismo y el cristinismo. La polarización fue una herramienta electoral eficaz, pero debería terminar, dijeron. Las elecciones ya pasaron. El propio peronismo, al que el Presidente necesita para concretar sus reformas, tampoco aceptará que el Gobierno siga eligiendo a Cristina como referencia de su oposición. O se pelea con ella (y la sigue conservando como protagonistas principal de la política) o habla con el peronismo democrático. Ni el Gobierno ni el peronismo ni los bergoglianos imaginan a Cristina dentro de los acuerdos. La conocen. En ese contexto, la convocatoria del Presidente a la oposición para alcanzar "consensos básicos" fue bien recibida por la Iglesia, aunque un pronunciamiento más firme y definitivo deberá esperar la mecánica de la negociación y sus resultados.

El propio Macri necesita que el Papa visite la Argentina durante su mandato. No habría muchas explicaciones para el mundo si el Pontífice se viera obligado a seguir postergando ese viaje. Al mandato del Presidente le quedan dos años (la reelección estará siempre en el terreno de lo posible, pero no de lo seguro), de los cuales hay que eliminar uno, 2019, porque será un año electoral. El Papa nunca viaja a ningún país en medio de un proceso electoral. En definitiva, o la visita de Bergoglio a la Argentina se concreta en 2018 o no se concretará durante el actual mandato de Macri.

El Papa siempre ha sostenido que la paz no es producto de una imposición, sino el resultado de renuncias mutuas. La visita del Papa debería enmarcarse en un clima de esa naturaleza, sostienen en el Vaticano y en Buenos Aires. El Gobierno debería, además, hacer algo concreto para que cese la hostilidad hacia el Papa. ¿Defenderlo públicamente para fijar un discurso ante sus seguidores? ¿Reclamar más respeto por el mundialmente popular jefe de la Iglesia Católica? Ni en el Vaticano ni en Buenos Aires respondieron esas preguntas, pero tampoco las descalificaron. Funcionarios religiosos de Roma señalaron que el único riesgo que el Pontífice no puede correr es que se produzcan incidentes durante una visita a su país. Sería una noticia mundial que utilizarían los sectores católicos ultraconservadores internacionales para criticar al Papa.

El capítulo de la Iglesia argentina comenzará a escribirse mañana cuando se reúna la Asamblea del Episcopado local para elegir nuevas autoridades. Las reuniones concluirán el sábado próximo. Dos conclusiones sobresalen cuando se observa a la Iglesia argentina. La primera: la Iglesia local, la del Papa, en la que él hizo toda su carrera sacerdotal, es indiferente a las reformas pastorales promovidas por Bergoglio desde el Vaticano. La otra conclusión es el silencio perceptible de los obispos argentinos. Ni defienden al Papa de las habituales diatribas en su contra, ni son una voz frecuente en el escenario público argentino, ni se pronuncian sobre temas humanos de fondo que preocupan a Bergoglio. "¿Cuándo dijeron algo, por ejemplo, sobre la trata de personas, que es un problema prioritario para el Papa?", se pregunta otro obispo bergogliano.

El candidato más nombrado para presidir el Episcopado en los próximos tres años es el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Mario Poli. Es el único cardenal argentino con funciones en el país y es primado de la Argentina. Pero las cosas no son tan sencillas. El propio Poli ha deslizado que no quiere ese cargo, pero no lo dice públicamente por exceso de modestia. Una declaración suya en tal sentido supone, podría entenderse, como que él cuenta con votos que nadie sabe si están. Poli fue el autor de la frase de que "la visita del Papa está próxima", que fue rotundamente desmentida por el propio vocero del Vaticano. El cardenal no había hecho mención de las necesarias condiciones políticas y sociales que requiere un viaje papal a la Argentina.

El otro candidato a presidir la Iglesia es el obispo de San Isidro, monseñor Oscar Ojea, un prelado que cuenta con la confianza del Papa y que cultiva las mismas convicciones que Bergoglio. El Papa no ha pedido el voto para nadie, pero hace poco lo consultaron sobre la candidatura de Ojea. "Es un excelente candidato", respondió el Pontífice. Un apoyo enorme. Otro prelado muy cercano al Papa (el más cercano, tal vez), el rector de la Universidad Católica Argentina, el teólogo Víctor Fernández, les habría aclarado a los obispos que no aspira a ningún cargo ejecutivo en el Episcopado. Quiere dedicarse a administrar una diócesis cuando termine su mandato al frente de la UCA.

La nueva conducción de la Iglesia será decisiva para la visita del Papa. En ella descansará gran parte de la organización de un eventual viaje del Pontífice. La parte más crucial de ese proyecto, sin embargo, está en manos del Gobierno, en su capacidad y en sus ganas para suturar viejas heridas aún abiertas entre los argentinos.

Joaquín Morales Solá

Era el momento. No quería convocar al diálogo desde la debilidad. Ganó la presidencia por poco más de dos puntos y, encima, el segundo semestre de crecimiento económico demoró poco menos de un año en llegar.

 

Siempre se sabe cuándo comienza una derrota, pero nunca cuándo ni cómo termina.

 

Quienes lo han visto aseguran que Mauricio Macri es un presidente consciente de su victoria y también de los desafíos que lo aguardan. No se imagina, ahora menos que antes, como el jefe de un período político que dejará las cosas sólo un poco mejor de lo que estaban.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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