Eduardo van der Kooy

Eduardo van der Kooy

El Gobierno sospecha que Alejandra Gils Carbó ayudó a embarrar la investigación sobre el paradero de Santiago Maldonado.

 

Cambiemos otorga a Bullrich 6 puntos de ventaja. El cristinismo acepta que está abajo, pero por menos.

 

Está dispuesta a arroparse con el sistema peronista que ha permanecido leal.

 

El Gobierno calcula que Cristina Fernández quedará entre 0.5% y 1% por encima de Esteban Bullrich cuando concluya el escrutinio definitivo en Buenos Aires. Esa desventaja podría convertirse en ventaja, según el análisis paradojal que se realiza en Cambiemos.

 

La Confederación General del Trabajo (CGT) volvió a dar otro paso político en falso.

 

Cristina Fernández aguarda el escrutinio definitivo en Buenos Aires como posible tabla salvadora.

 

La foto de la votación de ayer en la Argentina resultó, al final, tan nítida como inesperada. El gobierno de Mauricio Macri recibió un espaldarazo. De una magnitud muy extendida.

 

La Argentina se enfrenta a otro de sus absurdos políticos. La sociedad es convocada a votar no se sabe muy bien para qué. Las PASO de hoy casi no definirán cosas importantes. Salvo en las internas que se celebrarán en Santa Fe. O en la disputa dentro del peronismo y kirchnerismo porteño. O en la simbólica Santa Cruz.

 

 “Al final, hubo que jugarla con todo a la nena”. El comentario lo hizo un funcionario macrista muy activo en la campaña electoral. Apuntó al protagonismo casi omnipresente que alcanzó en los últimos días la figura de María Eugenia Vidal en Buenos Aires. En este caso, la nena. Hasta ahora Mariú y a veces Heidi, según fuera oficialista u opositor el portavoz de turno.

 

La campaña electoral remite en este tramo a una escena frecuente en el boxeo. Uno de los protagonistas –en este caso más de uno-- pierde muchos de sus golpes en el aire. No impactan en el blanco.

 

Será cuestión de horas o de días pero la dirigente piquetera de Jujuy, Milagro Sala, terminará cambiando las condiciones de su prisión. De la cárcel del Alto Comedero, salvo un imprevisto, pasará a su domicilio particular. El gobierno de Gerardo Morales habrá cumplido de esa manera con la cautelar que, en dicha dirección, emitió días pasados la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA.

 

El kirchnerismo mostró que en situaciones límites se abroquela. Y posee aún capacidad de resistencia y daño.

 

El debate sobre la corrupción le va ganado por ahora el centro de la campaña electoral a las penurias económicas. Tal corroboración podría significar un alivio para el gobierno de Mauricio Macri.

 

La sociedad viene perdiendo confianza en el Gobierno. Un estudio de la consultora Isonomía establece los tiempos y proporciones: en mayo y junio aquella percepción declinó 10%. Es difícil establecer una razón exacta del descenso. Se combinan cantidad de factores. Se trata de un rompecabezas difícil de compaginar para Cambiemos. Se trata, además, de una dificultad en el momento en que despega la campaña electoral.

 

Las elecciones legislativas posibilitarán varias lecturas. Aunque la elección en Buenos Aires, por supuesto, inclinará aquella interpretación hacia un lado o hacia el otro. Las diferentes lecturas podrán provocar una fuerte revulsión en la oposición mayoritaria. Cambiemos, la coalición oficialista, también tendrá, en mucha menor escala, lo suyo. El PRO versus la UCR y la Coalición.

 

La centralidad de Julio De Vido en la campaña es un incordio para Cristina. Un alivio para Macri y un bocado para Massa.

 

El pedido de desafuero de Julio De Vido repone la corrupción como eje en el teatro de campaña.

 

Quizás Cambiemos, la coalición oficialista, esté arriesgando de nuevo pronósticos demasiado optimistas. No se curó con los errores cometidos sobre la economía.

 

Nada de lo que sucede resulta ya imposible observarlo soslayando el cristal de la campaña electoral.

 

Cristina y Macri apuestan a un cara a cara. Massa y Randazzo, a romper esa lógica. Recién en octubre estaría claro el panorama.

 

La ex presidenta puede ayudar al Gobierno a aglutinar el voto anti K.  Pero liderará una oposición más dividida y convulsionada.

Hace poco menos de dos años el Frente Para la Victoria (FPV) compitió con sus siglas en los 24 distritos para las elecciones presidenciales. En agosto y octubre lo hará apenas en cuatro: Santa Cruz, Chubut, Rio Negro y Formosa. El peronismo, con su nomenclatura PJ, peleó por gobernaciones en el mismo tiempo en casi la mitad del país. Ahora asoma en estado puro también sólo en cuatro territorios: Tucumán, Entre Rios, La Rioja y San Luis. En la mayoría de los casos se presentará camuflado: en Somos Mendoza, el Frente Cívico de Santiago del Estero o en Junto Somos Catamarca, por citar ejemplos.

Esa declinación en ambos casos tiene sus explicaciones. El PJ fue subsumido por el FPV durante el apogeo kirchnerista. En especial, a partir que en el 2005 Néstor Kirchner rompió con Eduardo Duhalde. La desaparición del FPV pudo haber obedecido a tres motivos: la derrota en las presidenciales; su descrédito público por la gestión corrupta; la radicalización en que lo sumió Cristina Fernández en su condición de líder principal de la oposición. Tal tendencia terminó provocando el divorcio de la ex presidenta con el PJ.

Esta realidad estaría indicando que al peronismo, tal vez, le cueste mucho mayor esfuerzo y tiempo que en otras oportunidades el proceso de reconstrucción. Lo solucionó en un par de años, entre 1987-89, cuando empezó la declinación alfonsinista. Surgió del contrapunto entre Carlos Menem y Antonio Cafiero. Afloró de la crisis del 2001 gracias al aparato bonaerense y el empinamiento de un gobernador desconocido (Kirchner), pensado únicamente como un obstáculo para impedir el posible retorno de Menem. Todavía no se avizora a nadie en condiciones de hacerle sombra a Cristina. Está la voluntad de Florencio Randazzo, que con el sello del PJ pretende discutirle la autoridad en Buenos Aires. Figura Juan Schiaretti en Córdoba como un gobernador con densidad política. Más atrás, Juan Manuel Urtubey en Salta. Luego existe una camada de mandatarios provinciales peronistas con obligación de madurar para entreverarse en la disputa de poder con la ex presidenta.

Cristina ha sabido incluso diezmar al peronismo bonaerense. Aunque no ha sido sólo un mérito de ella. El proceso lo comandó Kirchner cuando estableció un nexo económico y político directo entre la administración central y los intendentes (sobre todo del conurbano) por encima de los gobernadores de turno. Los alcaldes fueron quedando limitados en sus ambiciones políticas.

De hecho, tuvieron casi nula intervención en la confección de las listas para senadores y diputados de las PASO. Ni siquiera estuvieron cerca de la información que, increíblemente, llegaron a buscar en comarcas ajenas. Randazzo atendió a tres de aquellos que lo llamaron para preguntarle si sabía algo. El ex ministro de Interior y Transporte apenas conocía sus cosas. La historia misma refleja aquella decadencia. El último intendente que se convirtió en gobernador fue Duhalde. En 1983 existió el ensayo fracasado de Herminio Iglesias. Alberto Balestrini llegó a vicegobernador por el gusto de Daniel Scioli. Y nada más. Los alcaldes han sido condenados a preocuparse sólo por su territorio y por la caja. De tanto en tanto filtran en alguna oficina ministerial.

Salvando la dimensión de la calidad política y humana, Cristina podría convertirse en un factor de fuerte condicionamiento –un tapón-- para cualquier intento de remozamiento peronista. Similar, a lo mejor, al que le tocó vivir al radicalismo con el liderazgo absorbente de Raúl Alfonsín. El ex presidente fue el indiscutido padre de la recuperación democrática y sus valores esenciales. Pero cuando regresó al llano nunca supo potenciar a su partido. Por el contrario, lo perjudicó al pactar con Menem la reforma de la Constitución que le posibilitó la reelección. Tampoco resultó una viga inquebrantable durante el par de años aciagos de Fernando de la Rúa. El radicalismo de ciento veinte años es ahora sólo un socio de la coalición oficialista, Cambiemos, que encabeza el PRO, una fuerza que redondea apenas trece años de existencia.

Cristina apunta también en una dirección reduccionista. No sólo porque resolvió prescindir del PJ. Ha decidido además cambiar aquel 54% de votos del 2011 en el orden nacional por una módica trinchera en Buenos Aires. En el conurbano. El interior de la provincia la observa con mucho recelo. La Provincia le permitiría un regreso al Congreso donde conducirá una tropa propia ultra K incluso aumentada (al menos en Diputados) si los vaticinios de las encuestas tienen corroboración en la realidad.

Otro capítulo es la adquisición de los fueros. Cristina no los tuvo desde que dejó la Casa Rosada. Posee seis causas abiertas, cinco por corrupción, y tres procesamientos. Amén de la denuncia por encubrimiento terrorista y muerte misteriosa del fiscal Alberto Nisman. Pero supo defenderse con el sistema urdido antes de irse. La Procuración General, a cargo de Alejandra Gils Carbó, un lote de sus fiscales militantes y jueces ubicados en estamentos clave.

Mauricio Macri posee un plan que el kirchnerismo conoce si las urnas le otorgan en octubre el espaldarazo que busca. Avanzar en el juicio a Gils Carbó, desplazar del Consejo de la Magistratura al representante K, Ruperto Godoy, e insistir con el apartamiento del juez Eduardo Freiler, acusado por enriquecimiento ilícito, de la Cámara Federal. Claro que ni aun así los caminos serán sencillos. La Cámara de Casación Penal confirmó la semana pasada la condena de 7 años de prisión para Menem por el contrabando de armas a Croacia y Ecuador. Se trata de una causa iniciada en 1995. Es decir hace 22 años. El ex presidente intenta ahora renovar su banca por La Rioja. La ex presidenta podría estar tranquila.

La permanencia de Cristina constituye un dilema para el Gobierno. Podría ayudarlo en la contienda electoral con el aglutinamiento del voto anti K. Pero corre riesgo de transformarse en un incordio cuando deba ocuparse de nuevo de la gestión y abordar el par de años que le quedan. Aquel incordio se alimenta con estos fundamentos: el macrismo se topará con una oposición mayoritaria más fragmentada y, en una porción, también más enconada. En estado de constante revulsión. ¿Con que herramientas repetirá los consensos del 2016? Ese paisaje tampoco ayudaría a transmitir certezas en el campo económico, donde el Gobierno no sale de su grisura. De hecho disputará la elección con un puñado de monedas.

El macrismo le ha errado sistemáticamente a sus pronósticos. Creyó desde el comienzo en un flujo de inversiones para la reactivación que no se produjo. Mensuró mal el origen débil del Gobierno, la historia de falta de fiabilidad de la Argentina, la persistencia kirchnerista en la escena y la existencia de un sistema electoral que obliga a exámenes año por medio y frena la posibilidad de adopción de medidas a largo plazo. En esa misma realidad el Gobierno podría explicar su gradualismo económico.

El macrismo volvió a equivocarse cuando supuso que nuestro país recuperaría la categoría de mercado emergente que facilitaría el flujo de capitales. El MSCI (Morgan Stanley Capital Investment) mantuvo la calificación de mercado de frontera, al que lo había degradado en el 2009, amparado en el enigma electoral de octubre y en los desajustes macroeconómicos que el Gobierno no atina a corregir.

La derrota se disimuló otra vez por el escándalo. En cualquier escándalo aflora siempre la sombra del kirchnerismo. El allanamiento al popular mercado de La Salada y la detención de uno de sus dueños, Jorge Castillo, remitió de nuevo a la política al peor de los submundos.

El detenido, que resistió a los balazos, siempre se confesó radical y declaró que estaba dispuesto a participar en una interna inexistente de Cambiemos en Buenos Aires. Pero las huellas de sus tropelías quedaron marcadas durante el ciclo kirchnerista. Su participación en la comitiva que encabezó Cristina en Angola no fue la única constatación.

Guillermo Moreno jamás ocultó su relación con Castillo. Ni siquiera ahora. El ex secretario de Comercio lo ayudó con los negocios ilegales. Hubo uno pequeño que sirve como símbolo. El propietario de un restaurante armenio en la Ciudad importaba ajo para sazonar las comidas. Un monto de U$S2500 mensuales. Moreno frenó esa importación cuando empezaron a escasear los dólares.

Aquel propietario logró la mediación de la entonces ministra de Industria, Débora Giorgi. Moreno propuso entonces una transa: habilitaba la importación de ajo siempre y cuando el dueño del restaurante comprara igual valor en ropa deportiva a Castillo en La Salada. El hombre le preguntó que podría hacer con esa indumentaria. El ex secretario de Comercio le garantizó que se la comprarían en Uruguay. Así se manejaban los resortes públicos en la década ganada.

Moreno aspira a competir en las elecciones de agosto. Está en una lista del espacio pero-kirchnerista de la Ciudad junto a Gustavo Vera. El legislador es un hombre cercano a Francisco, el Papa. Es también representante de la organización La Alameda que denunció con recurrencia las mafias de La Salada y al propio Castillo. Lo mismo hizo Elisa Carrió. Un rompecabezas muy difícil de ser compaginado.

El escándalo de La Salada fue seguido de los allanamientos en el Hipódromo de Palermo y el Casino de Puerto Madero. Evasión impositiva atribuida al empresario Cristóbal López. Todos sinónimos de corrupción de la época pasada. El mejor activo que puede exhibir el macrismo ante la ostensible carencia de otros. 

Eduardo van der Kooy

Cristina Fernández ha llegado en su carrera de principal líder de la oposición a un punto sin retorno. En pocas semanas resolvió apartarse del peronismo. Lo ha reemplazado con un grupo de agrupaciones conocidas, pequeñas y radicalizadas.

 

La centralidad política de Cristina Fernández se transformó los últimos días en la constatación más auspiciosa que tuvo el gobierno de Mauricio Macri. La mujer se devoró el espectáculo del cierre de alianzas y tiene una semana por delante para permanecer en aquel foco público.

 

Cristina Fernández se debate en estas horas en un problema que no tiene ya para ella una buena solución. ¿Por qué razón? Por varias.

 

 “No soporto más su soberbia”. La frase pudo haber sido pronunciada, con lógica, por Florencio Randazzo. Cristina Fernández está decidida a impedirle competir contra ella en las próximas primarias del Frente Para la Victoria (FPV).

 

Las tensiones constituyen un dato permanente de Cambiemos, la coalición oficialista.

 

En el trayecto hacia las elecciones de octubre Mauricio Macri y Cristina Fernández están librando ahora un duelo de bastante paridad. El Gobierno ha dado en estos diecisiete meses casi todo lo que pudo dar. La sociedad dictaminará si ha sido suficiente, escaso o nulo.

 

La salida de la Cancillería de Susana Malcorra y su reemplazo por el diplomático Jorge Faurie posee un significado más denso que el simple movimiento de piezas en un lugar importante del gabinete.

 

Carrió hace temblar a Cambiemos. Cristina promueve una unidad mañera

 

“Debo agradecerle a la mano de Dios”. Elisa Carrió nunca quiso con ese comentario emparentar su situación con aquel gol de Diego Maradona a Inglaterra en el Mundial 86, en México.

 

La campaña electoral del peronismo continúa ceñida a una lógica todavía inmutable. Nada allí puede definirse hasta que no salga del enigma el destino que para sí misma imagina ahora Cristina Fernández.

 

Mauricio Macri recorre China para intentar concretar un plan de obra pública que derrame incluso en las provincias peronistas.

 

 “¿De qué se trata esto?”. La pregunta fue formulada por Mauricio Macri a Ricardo Lorenzetti el mismo día (miércoles 3) que la Corte Suprema, en fallo dividido, dispuso el beneficio del dos por uno para el ex represor Luis Muiña.

 

Detrás del fallo dividido de la Corte Suprema que la semana pasada benefició con la reducción de la pena a un ex represor asoma en desarrollo una batalla política ardua. Mauricio Macri ha visto alterado el sosiego que había logrado reponer luego del marzo convulsionado y de la huelga nacional de la CGT el 6 de abril.

 

Cristina insinuó que se excluiría de ser candidata. Pero coloca a La Cámpora como eje de sus planes.

 

El macrismo madruga a la oposición. Tiene candidatos en Capital y Provincia y hace campaña.

 

El Gobierno tiene una postura sobre Venezuela que agrada a Trump y martiriza a los K

 

El diseño de campaña de Mauricio Macri empieza a insinuar sus primeros trazos principales. Apuntan más que nada a un refresco de la memoria colectiva: el pasado, la herencia y la corrupción. Veneno para el kirchnerismo.

 

Las últimas encuestas que administra el macrismo provocaron un respingo. También una satisfacción. Datan de la semana anterior y fueron interrumpidas dos días antes de las Pascuas. Se trata de relevamientos diarios realizados en Buenos Aires.

 

En el prolongado derrotero del conflicto, el gobierno de Mauricio Macri y los gremios docentes han obtenido un resultado parecido con motivo de la última escaramuza: más pérdidas, sin dudas, que ganancias.

 

Macri recibió una buena noticia en el día de la huelga. La caída de su imagen se detuvo en Buenos Aires. Incluso repuntó un poquito.

 

Desde hace más de un mes el eje de la política argentina parece estacionado en las movilizaciones callejeras.

 

Cristina Fernández, que cobija su activismo en las redes sociales, sigue representando la potencial pieza ordenadora del tablero electoral para octubre.

 

El macrismo se siente acosado por las marchas callejeras de todo tipo. Ninguna, claro, con simpatías hacia el Gobierno.

 

El Presidente volvió a quejarse de la parsimonia de gestión en su Gobierno.

 

Sólo hizo falta que Elisa Carrió hablara para que el Gobierno de Mauricio Macri quedara sumido en una confusión mayor de la que ya tiene. El problema: el desafío de los movimientos piqueteros que cortan calles –sobre todo en la Ciudad-- de manera incesante. “Hay que dejarlos porque están buscando muertos”, disparó la líder de la Coalición Cívica e integrante de talla en Cambiemos, la alianza oficialista.

 

Entre tantas aguas encrespadas, Mauricio Macri parece haber encontrado anclaje para --al menos-- una de sus estrategias políticas. No son novedad los zarandeos que existen para afrontar el conflicto con los movimientos piqueteros.

 

El recuento de los episodios quizás exima de cualquier otra consideración. Los gremios docentes de Buenos Aires, que encabeza SUTEBA de Roberto Baradel, están desarrollando su segunda semana de huelga. Hoy y mañana la protesta se extenderá al plano nacional. También durante la jornada de hoy las organizaciones sociales, lideradas por Emilio Pérsico, harán cortes parciales y ollas populares en varios lugares de la Ciudad y sus accesos.

 

Es difícil calibrar hoy la entidad de los problemas políticos que afrontó el Congreso de 1816. No sólo se discutía si monarquía constitucional o república, sino también si la nueva comunidad debía darse una forma de gobierno centralizada o si adoptaba un formato de tipo confederal, donde cada “pueblo” o provincia mantuviera su autonomía.

La economía difícilmente alcance. Es la conclusión que decanta en el gobierno de Mauricio Macri cuando se analiza la ruta electoral que resta por transitar. Las internas abiertas serán en agosto. Las legislativas generales en octubre.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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