Domingo, 06 Diciembre 2020 08:18

Solá se tragó el sapo, pero no fue el único: hay sapo para todos y todas - Por Ricardo Kirschbaum

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La carta ya famosa de Cristina - la de los funcionarios que no funcionan- ahora es superada por el ruido ensordecedor entre los Fernández.

Rodríguez Larreta genera algo difícil de lograr: la unanimidad oficialista en su contra. Se acabó la gestualidad cordial con el jefe de Gobierno porque es el enemigo a vencer. Fernández, después de llamarlo amigo, lo trata de arrinconar, recortándole los recursos con la ayuda de un aliado no calculado.

Ese aliado fue el cordobés Schiaretti, que puso a disposición de Olivos y del Instituto Patria los votos de sus diputados para concretar la maniobra. El peronismo cordobés hace trascender que ese gesto fue por su billetera flaca, que hace depender a las provincias del favor político. Por eso, Schiaretti se tragó el sapo. La excusa fue que Macri se había excedido dándole fondos a la Ciudad. Si esta sociedad política continúa será un éxito muy importante para el oficialismo, muy justo de votos en Diputados y con problemas en Córdoba, la provincia en la que triunfó Macri por amplio margen. Pero hay quienes no creen que esa alianza sea estable. Ya dicen que no se repetirá cuando se quiera votar los cambios en la Procuración o la reforma judicial. El peronismo cordobés hace cuentas: Fernández se embaló con la reelección del alcalde peronista en Río Cuarto, algo inédito. Pero el gobernador no se dejó ver ni por Zoom. Una explicación es que la unidad del PJ con los K puede servir coyunturalmente, pero los afectará en una elección general.

Máximo Kirchner cerró el recorte de fondos porteños con la remake de Mauricio es Macri, que reinventó el ministro Wado de Pedro por los desmanes en el velorio de Maradona: Larreta es De la Rúa. La imagen de la casa tomada acusa a Frederic, al jefe de la Casa Militar, y a otros que se mantienen en sus cargos, sin que siquiera declaren que se tragaron el sapo para seguir donde están.

La carta ya famosa de Cristina - la de “los funcionarios que no funcionan”- ahora es superada por el ruido ensordecedor entre los Fernández. En un solo acto, Cristina Kirchner le volteó a Alberto sus esfuerzos para seducir al FMI, con quien había acordado esa fórmula de ajuste a jubilados y le mandó al diablo la absorción en marzo del ajuste del 5%. De paso, se cargó el Presupuesto, que Guzmán decía que era su plan económico.

Que quede claro: el kirchnerismo no ajusta, aunque el Gobierno quiera. Y que también quede en claro: no fue Cristina la que cambia la fórmula de Fernández, sino Fernández el que le da a ella la idea de cambiarla. Un juego de ilusionista de circo pobre. El sapo se lo tragó el Presidente, y no fue chico. También Guzmán cobró porque ignoró todas las señales contrarias a esa fórmula.

Se supone que esto en Washington ya no alarma. Pero siempre hay lugar para más sorpresas, que podrían haber asombrado hasta al propio Biden, acostumbrado a esos dislates por Trump. El canciller Solá, por error propio o picardía ajena, estuvo ausente en la charla de Fernández con Biden, pero habló como si hubiera estado.

Solá reveló que Fernández se había quejado del representante de EE.UU. en el FMI, de lo que el argentino quería hablar y no le dieron pie. El canciller lo puso por escrito en un comunicado y lo repitió luego. En la Casa Rosada salieron a demolerlo, pero trataron de desviar la atención hacia el Congreso. Fernández, por ahora, sostuvo a su ministro y en su entorno, donde anidan quienes podrían reemplazarlo, creen, con hipocresía, que fue injusta la ofensiva contra Solá. Tanto encarnizamiento con un aliado muestra la calidad de las relaciones en el oficialismo, pero además expuso la sustracción política a la que se sometió a la Cancillería desde el inicio, reducida a rescatar a los argentinos varados y ahora a ser una eficiente secretaría de Comercio Exterior.

Solá se tragó el sapo, lo admitió. No es de los que pone la otra mejilla: sapos hay para todos y todas. 

Ricardo Kirschbaum

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