Domingo, 18 Abril 2021 06:06

El dilema de Axel Kicillof: en el conurbano, lo único que se puede cerrar son las escuelas - Por Ignacio Miri

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Desde hace décadas, en buena parte del Conurbano el Estado dejó de tener presencia, salvo en algunas instituciones puntuales que sigue controlando.

 

Hay un fenómeno que, esquivando publicidades y slogans oficialistas, aparece periódicamente en la superficie y se derrama con toda su inmensidad en la cara de los argentinos: el poder del Estado es prácticamente inexistente en enormes porciones del país.

 

En muchas provincias, y particularmente en la hiper poblada zona que rodea a la Capital Federal, los estados nacional, provincial y municipal sólo pueden imponer decisiones sobre su propia estructura administrativa.

En el Conurbano, y especialmente en los partidos más empobrecidos y en los cordones más alejados de la General Paz y el Riachuelo, el Presidente de la Nación, el gobernador e incluso los intendentes, no tienen la capacidad suficiente para imponer decisiones de cumplimiento efectivo sobre la población.

Eso quedó bastante claro el año pasado, cuando, luego de unos primeros días de acatamiento a la cuarentena, la circulación de personas empezó a crecer de manera persistente hasta llegar a los niveles normales.

En aquellos meses había una cuarentena que surgía de la letra de los decretos y otra cuarentena blue, que se verificaba en las calles, con personas moviéndose sin ninguna clase de restricción ni recaudos para mitigar la epidemia. En buena parte del conglomerado bonaerense, la presencia del Estado es nula o casi nula desde hace décadas, con colectivos circulando sin posibilidad de ser fiscalizados, y decenas de miles de comercios y emprendimientos que nacen, se consolidan y mueren sin dejar ni un registro impreso en una oficina pública.

Esa situación contrasta con lo que ocurre en la Ciudad de Buenos Aires, donde la comprobación de que el Estado existe puede llegar a ser incluso abrumadora, con cámaras de video en cada esquina, empleados públicos uniformados con campera y gorrita publicitaria en las plazas y escuelas, carteles con código QR en las vallas de las obras de construcción y el logo que diseñó el Gobierno forjado en hierro hasta en las tapas de las alcantarillas. En la Capital -donde hay más hospitales generales que en Londres- sobran recursos para controlar a cada colectivo que circula por las calles asfaltadas regularmente o para determinar en qué segundo pasó un coche determinado por alguno de los ingresos a la ciudad.

En contraste, la única manera de bajar la circulación de personas que tiene el gobernador Axel Kicillof es operar sobre las instituciones que tiene a tiro de sumario administrativo. La escuela es la más importante de ellas.

El gobernador, o el presidente, no pueden conseguir que una mercería atienda con las ventanas abiertas, pero sí tienen la capacidad de enviar una circular para obligar a una directora de escuela a poner un candado en la puerta. Lo pueden hacer por dos razones: la primera es que el Gobierno sabe que los sindicatos docentes no se opondrán a la medida, y la segunda -al contrario de lo que ocurre en una mercería- el cierre del establecimiento no pone en riesgo el empleo de quienes trabajan allí.

Eso es lo que explica la decisión del Presidente, que fue tomada en contradicción con decenas de estudios internacionales y contra la propia estadística oficial, que demuestra que las escuelas funcionan como detectores tempranos de contagios y a la vez son instituciones en donde los recaudos se toman con muchísima más seriedad que el resto de los espacios por donde circulan las personas.

Eso también lo sabe Kicillof, que el miércoles escuchó cómo algún intendente de su propio partido advertía que los alumnos, especialmente los del colegio secundario, están más protegidos del COVID dentro de un aula que fuera de ellas. "Yo prefiero que los pibes estén en la escuela y no que anden dando vueltas por lugares en donde no van a usar barbijo, ni dejar las ventanas abiertas", le dijo otro jefe comunal del conurbano a este diario este jueves.

En su conferencia de prensa en La Plata de este jueves, el gobernador bonaerense lo dijo sin vueltas, mucho más claramente que el propio Alberto Fernández en su anuncio: "La idea es bajar la circulación". Kicillof admitió también que no existe en la provincia de Buenos Aires "una explosión de contagios en las escuelas".

El gobernador se puso al hombro la defensa de las medidas del Presidente como si hubieran sido diseñadas por él mismo, con un discurso de campaña que funcionó como un espejo del que unas horas antes había pronunciado Horacio Rodríguez Larreta. Fueron dos discursos con tono "presidencial" que pueden servir para adelantar disputas que llegarán más adelante, y que, de hecho, giraron sobre las consecuencias y las respuestas de una norma -el DNU que anunció el Presidente- que todavía no existe.

Ignacio Miri

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