Domingo, 18 Julio 2021 10:49

Cristina se distingue de Alberto, pero sus destinos están unidos - Por Ricardo Kirschbaum

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La apuesta a la vacunación de urgencia es difícil que tape la cifra atroz de muertos.

Dijo Maquiavelo, el primer teórico de la política moderna, que poca gente ve lo que somos y mucha lo que aparentamos. El florentino se refería a personas, pero su observación es aplicable por extensión a los gobiernos: el de Alberto Fernández une las dos percepciones y entonces se puede aventurar que su gestión, como viene, no pasará a la historia, y si lo hace no será por las buenas razones.

La administración de la pandemia y de la economía son concluyentes por sus resultados. Las culpas de lo que ocurre para el gobierno son siempre ajenas, como las vaquitas del gran Atahualpa. También las culpas de esa mala gestión son ajenas para Cristina Kirchner, pertenece a los funcionarios que no funcionan. Pero allí están señalándolos a ambos.

La vicepresidenta ha dicho que la última felicidad de la gente fue durante su gobierno. Si se reparara en esa frase con atención, se siente su frío y su filo. No se encuentra ninguna palabra rotunda de aprobación actual. Así el gobierno va al examen de medio término sin vacuna para su propia divergencia. Lo que ha sido una solución se ha transformado en un problema.

Cristina lo entronizó en la fórmula, pero el voto entronizó a Alberto. Fernández debe discurrir con la almohada esa ambivalencia porque, para colmo, las encuestas pese a su Annus Horribilis suelen concederle mejor imagen que la de Cristina, su prohijado Kicillof o el socio Massa, ya privado por esfuerzo propio de intentar ir por las suyas. De ahí, la sociedad de éste, también necesaria en defensa propia, con Máximo Kirchner. Esto hace que Fernández hasta piense en ser de nuevo la única fórmula posible, aunque parezca hoy desatino.

La apuesta a la vacunación de urgencia es difícil que tape la cifra atroz de muertos y promesas sin cumplir. La apuesta a un rebote de la economía es difícil de presentarla como crecimiento y no como lo que es, mera recuperación de lo que ya era malo entonces. Así y todo, en estas elecciones el Gobierno podrá perder número en el Senado y mantener la primera minoría en Diputados, y presentar las cosas como un empate heroico.

Sin embargo, temen por el futuro más allá de noviembre. Los destinos de ambos están unidos.

Cristina no cree en milagros, aunque los necesita. Si los hubiera, ya no serían de ella. Si no los hay, buscará distinguirse y proteger a Kicillof, su heredero in pectore, lo que provoca celos en Máximo.

Ahora la vicepresidenta está concentrada en su afán de zafar de la Justicia porque no quiere ser beneficiada por un indulto o amnistía, en la que necesariamente su nombre deberá figurar con otros para que pueda superar el bloqueo en el Congreso.

Su discurso político y el cacheteo constante a la Justicia y a los jueces ¿no tendrá un efecto contraproducente? Esa soberbia en la que todo gira alrededor de ella tiene efectos sobre la sociedad, más allá de la facción que festeja aún los dislates como los de Zannini acusando a los familiares del atentado en la AMIA que "no quieren conocer la verdad".

Al exceso de exculpaciones hacia afuera (Macri culpable, para seguir con el latín, in totum) y crecientes y mutuas hacia adentro, que no convencen porque en la balanza no hay otra cosa, Fernández sigue intentando ser lo que evidentemente no es para le acepten la admisión en un club donde tiene bolilla negra.

Es que este giro a la izquierda de Fernández es mucho menos creíble que el de Vicente Solano Lima, en 1973.

Ricardo Kirschbaum

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