Jueves, 16 Septiembre 2021 11:25

¿De la crisis política a la crisis institucional? - Por Ricardo Kirschbaum

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Agustín Rossi, que fue derrotado en Santa Fe, sería el reemplazante de Wado de Pedro como ministro del Interior. Cristina Kirchner tocó retirada para preservar su fuerza porque advierte que el tiempo por venir solo le provocará decepciones.

El portazo de Cristina Kirchner retirando sus ministros a su ¿aliado? Alberto Fernández ha agregado dramaticidad a la ya delicada situación en la que quedó el gobierno, después de la inesperada y contundente derrota electoral del domingo.

Hoy es una crisis política que puede convertirse en una crisis institucional. Es que Alberto Fernández decidió rechazar el ultimátum de la vicepresidenta y no ceder a las presiones para que remueva a Santiago Cafiero de la Jefatura de Gabinete y a Martín Guzmán, de Economía. La reunión del martes a la noche en Olivos de Fernández con Cristina no arrojó acuerdos. De allí se desencadenó la sucesión de eventos que determinaron que Alberto, este miércoles a la noche, quedase rodeado de un puñado de leales y de gobernadores, con la determinación de seguir sosteniendo que solo habrá cambios después de noviembre.

Lo que está en discusión hoy en la cúspide del resquebrajado frente oficialista es quién manda en el Gobierno. Esta pulseada se viene demorando desde que Cristina eligió a Alberto en una maniobra táctica que le permitió recuperar la Casa Rosada. Pero el armado de este artefacto político anómalo -la vicepresidenta con mayor poder que el presidente- tiene sus complejidades y peligros si se lo quiere desarmar con torpeza.

Fernández tiene un peso institucional muchísimo mayor que su ahora menguada base política. Ese peso es el que le da poder ante cualquier maniobra que tienda a desconocerlo. Para ponerlo en términos dramáticos: forzar su renuncia implica un trauma institucional que, además, obligaría a Cristina Kirchner a asumir en medio de esta crisis y del pantano económico en el que está enterrada la Argentina. Ante la extorsión del kirchnerismo para intervenirle el gobierno, Fernández tiene siempre esta carta brava para jugar.

Pese a la decadencia del país, no hay una crisis de esa magnitud desde 2001.

La explicación de que esta pulseada se resuelve a golpes de carnicero es porque Cristina -y quizás Alberto- nunca previó un mecanismo para dirimir controversias, acostumbrada como está a mandar sin objeciones.

Fernández ratificó a Guzmán, a quien le dio la palabra en un acto y, a su vez, el Presidente reveló que el Presupuesto que se está presentando en el Congreso está confeccionado descontando un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). El kirchnerismo trinó.

Luego, se precipitó la cascada de renuncias comenzando por la del ministro del Interior, Wado de Pedro, que la anunció con un comunicado formal. Las otras dimisiones, dicen en la Casa Rosada, se anunciaron en los medios, pero aún no se formalizaron. No las tienen todavía en cuenta.

Que haya sido De Pedro el primero es simbólico. Es uno de los jefes de La Cámpora e interlocutor privilegiado de Cristina Kirchner.

Ya tendría un reemplazante. Podría ser Agustín Rossi, derrotado en la interna santafesina, que volvería al Gabinete después de esa frustración política.

¿La retirada del kirchnerismo es solo un apriete para forzar cambios o una decisión más seria de retirarse del Gobierno?

Hay un dato interesante: ni la interventora de la AFI, la agencia de espionaje, Cristina Caamaño, ni el segundo de Justicia, Juan Martín Mena, ambos alineados en el kirchnerismo más duro, han revelado qué actitud adoptarán en esta crisis. Se trata de dos piezas muy importantes en el esquema de poder del kirchnerismo: manejo de información de inteligencia y judicial, dos frentes que para Cristina son fundamentales por su situación personal.

Quienes piensan que solo es una maniobra de presión creen que este vaciamiento del Gabinete es temporario. Más temprano que tarde, especulan, habrá una tregua y de esa tregua saldrá un acuerdo precario hasta que se conozca el resultado de noviembre. Sin embargo, ese acuerdo hipotético debería mostrar que el Gobierno no ha sido intervenido por el kirchnerismo. Esto es, un jefe de Gabinete que garantice eficiencia pero que sea escogido por el Presidente y no le haya sido impuesto. Igual con el ministro de Economía.

Quienes conocen la entretela de la política insisten en que esto hubiera sido posible si los principales actores actuaban con racionalidad luego del palazo electoral. Está visto que esto no ocurrió.

La tremenda apuesta K de vaciar el Gobierno fue anticipada por Kicillof, demandando renuncias a sus ministros. El gobernador bonaerense actuó con anticipación a que lo hicieran los ministros nacionales, que esperaron al que el Presidente presentara la ley energética, mostrando otra vez su sincronía con el Instituto Patria. Esta movida de Kicillof, que habría sido criticada por Máximo Kirchner en una reunión con intendentes, exhibió la fuerza del impacto del urnazo del domingo sobre la administración bonaerense. Si Cristina llamó a la retirada, como también se analiza, es porque la vicepresidenta estaría convencida de que el tiempo amargo por venir solo puede depararle decepciones. La preservación de su fuerza, siempre de acuerdo a esta especulación, sería pensando en un futuro que vaya más allá del 2023.

Se ha apresurado a comparar esta situación con la renuncia de Carlos Chacho Álvarez en 2000. El entonces vicepresidente y líder del Frepaso dimitió como vicepresidente de Fernando de la Rúa porque no quería quedar manchado por un supuesto acto de corrupción en el Senado. El gesto de Álvarez, cualquiera sea su ponderación histórica, golpeó duramente al gobierno de la Alianza, pero Chacho no ordenó entonces a los ministros y funcionarios de su fracción que abandonen el gobierno. Varios de esos funcionarios, que siguieron con De la Rúa, hoy son seguidores de Cristina.

El argumento formal de los renunciantes actuales es que le dejan libres las manos al Presidente para que pueda renovar ministros y, sobre todo, su política.

Su propuesta es que el Gobierno ha incumplido con el objetivo de “mejorar la vida de la gente” porque trató de bascular entre las necesidades sociales y la de los “poderes fácticos”. Proponen, entonces, una radicalización para una mejor distribución de la renta, subiendo más impuestos y dando aumentos por decreto que superen la inflación. Algunos socios del Frente de Todos proponen la emisión de una cuasi moneda para repartir en los sectores más pobres. Así, creen que se podrán revertir los resultados de las elecciones.

La masiva votación contra el Gobierno fue un rechazo a la gestión de Fernández y de Cristina. La sociedad parece más proclive a planteos moderados que le marquen un horizonte en medio de esta incertidumbre.

La oposición, en tanto, continúa en campaña mientras observa el desenlace de esta definitiva puja por el poder en el oficialismo.

Ricardo Kirschbaum

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