Domingo, 19 Septiembre 2021 10:49

El Gobierno está roto, pero buscarán que no se note hasta la elección - Por Ricardo Roa

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Cristina ganadora y Fernández perdedor no firmaron la paz sino una tregua para poder hacer la campaña juntos.

Si algo queda claro de la semana es que a Alberto Fernández se le podrá sacar todo por las buenas, como él mismo dice. Pero más se le puede sacar por las malas, como ha vuelto a demostrar Cristina. El lunes anunció que no echaría a ningún ministro, como ella le reclamaba. Y apenas cuatro días después, entre renunciados por voluntad ajena y enroques para disimular, la vice le impuso una media docena de cambios. El Fernández de siempre.

¿Qué pasó en el medio? De todo, menos lo que esperaba el Presidente. Es como una serie de Netflix en cuatro episodios. Arranca con la vuelta de Fabiola a la Rosada, que irrita al cristinismo y más y peor la guapeada de Fernández de que no haría cambios. El martes almuerza con catarsis incluida con intendentes, Máximo y de Pedro y esa noche Cristina se le cae en Olivos con reproches, reclamos por la economía y una lista de cabezas que tienen que rodar. No hay sorpresas en los que pone al frente: el jefe de gabinete Cafiero y el vocero Biondi, dos de los de mayor confianza del Presidente. Cristina, que sabe de estas cosas, tiene que mostrar a su tropa que ella estará más al timón en el puente de mando.

Fernández se le para de manos. Enseguida se sabrá que es por un rato y con una sola mano o más bien media mano. A su lado lo disculparán: dicen que está harto de Cristina pero que no quiere prender todo fuego antes de la elección. Ese miércoles lo que hay es fuego kirchnerista en su contra y Fernández opone un par de extravagancias. Una es irse a José C. Paz a recorrer el municipio y comer un asado con el intendente Ishii. En el viaje de vuelta le cuentan que, De Pedro, ministro del Interior, aunque mucho más ministro de Cristina que suyo, renunció sin avisarle. Sólo se preocupó por informar a los medios.

Había empezado otro capítulo: furiosa por la falta de respuestas de Fernández, Cristina disparaba la catarata de abandonos del barco averiado en las Paso por debajo de la flotación. Es el día clave: Fernández debe decidir si acepta las renuncias. Muchos se entusiasman con que va a hacerlo, pero no. Elige hablar con otro Fernández, Aníbal, tal vez para frenar un cambio que venía tapado: Berni por Frederic. Entre curiosidades o no tan curiosidades, no renuncian Mena, Zannini y Ustarroz, hermano de De Pedro que maneja la Magistratura. Se ve la pata de la sota: son los que conducen la ofensiva contra los jueces.

Es jueves y el Presidente recoge avales de sindicalistas y empresarios desilusionados. También de gobernadores que se solidarizan, pero declinan su invitación a subirse al Gobierno, como el sanjuanino Uñac y Manzur, de Tucumán. Otra particularidad K: en el siguiente capítulo, Cristina inventa un nuevo mecanismo de apriete y en una carta la jefa del progresismo peronista propone como jefe de gabinete a Manzur, referente de la conservadora iglesia maronita y a quien ella llama un lobista de los laboratorios medicinales. Manzur políticamente es de todos y no es de ninguno. Fernández lo ha querido traer y Cristina siempre lo ha vetado. Ahora cambió. El gobernador acepta venir, pero pide que no quede en su lugar el vice Jaldo, con quien tienen una interna feroz. A Jaldo le ofrecen un puesto en Interior o en el banco Nación. Hasta ahora no los aceptó. Otro imprevisto frente para Manzur es la resistencia en el gabinete del colectivo de mujeres que cuestiona sus posiciones contra el aborto.

En medio de esta ensalada nac & pop, Vallejos, diputada híper cristinista, le hace punta a su jefa con más rarezas: la “filtración” en cadena de conversaciones telefónicas con un fantasma que no contesta, pero avala sus insultos al Presidente (los livianos: okupa, mequetrefe, enfermo). También pide que se vaya Guzmán, el ministro que negocia con el Fondo. Le sirve a Cristina como prólogo de su carta ultimátum y le sirve para llamar a Guzmán y decirle que con él no es la cosa y que no lo tiene apuntado, aunque resulte evidente que lo tiene apuntado. Si salva la ropa es porque les viene peor echarlo que dejarlo. El ministro les acaba de hacer un regalo: abrió una puerta para gastar más plata hasta las elecciones con los DEG que envió el Fondo para otra cosa. Habrá que ver si puede hacerlo.

Se verá también si sigue después de noviembre. Guzmán tiene inamovible sonrisa de cara de moneda, pero en la carta que Cristina redactó para decirle a la militancia kirchnerista lo que la militancia kirchnerista quiere escuchar, hay una gran hipocresía: el eje del ajuste que le reprochan es el recorte jubilatorio. A marzo de este año, las jubilaciones perdían 20 puntos respecto del mismo mes del 2020. La ley fue aprobada en el Senado de Cristina y defendida por las diputadas cristinistas que ahora la critican, como Vallejos.

Para que no haya duda de cómo piensa el kirchnerismo que son las cosas y qué es la democracia, Vallejos dice que Cristina es la voz del pueblo. Debe entenderse que las urnas que la derrotaron una semana atrás no lo son. Y la vicepresidenta dice que le advirtió a Fernández sobre la derrota que ella vio venir porque lee la realidad y no encuestas. Adivinación con el diario del lunes.

Último capítulo: el recule a todo trapo de Fernández. Metió la marcha atrás con de Pedro: dijo que lo despediría y al rato ordenó desmentirlo. Ganó Cristina. De todos los ministros que la vice mandó a renunciar, sólo uno quedó afuera. En cambio, entraron cuatro por otros tantos del Presidente, que degradó a su jefe de ministros y perdió a su vocero, que renunció antes de que lo entregara. Lo peor: el maltrato al que sometió a quienes lo bancaron. A Solá le dijo que no sabía que estaba de viaje cuando habían previsto hacerlo juntos. Le tomó el pelo. Y a Trotta no le atendió el teléfono después de que Cafiero le pidiera la renuncia por wasap. Seguro que habrá segunda temporada, pero no está seguro si seguirán los mismos protagonistas. 

Ricardo Roa

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