Domingo, 05 Diciembre 2021 11:34

Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich, los radicales, Lilita Carrió, en Juntos ¿se están matando o reproduciendo? - Por Marcos Novaro

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El chiste con que Perón minimizaba las feroces internas peronistas, comparándolas con el apareamiento de los gatos, podría aplicarse a la actual oposición y sus luchas intestinas. Pero, aunque estas sean parte de un aprendizaje y crecimiento, si no se procesan constructivamente les traerán problemas crecientes. 

El fin de año político tiene algo de paradójico: el gobierno parece pacificado tras su derrota; no ha habido renuncias, ni siquiera reclamos al respecto; y todos los integrantes del FdeT marchan de la mano hacia un gran festejo de los dos primeros años de gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, como si hubieran sido maravillosos, como si perder 5 millones de votos hubiera sido parte del plan. Y por si fuera poco, se preparan casi con igual entusiasmo para firmar con el Fondo, como si hacerlo fuera a habilitar otros dos años aún más provechosos. 

Hay mucho de cartón pintado en todo esto, no hace falta aclararlo. Y va a durar no más que los fuegos artificiales con que celebren el 10 de diciembre: en cuanto se empiece a procesar en los hechos el ajuste que se niega obsesivamente en las palabras, las cosas seguramente volverán a la penosa normalidad a que ya nos tiene acostumbrados la pareja presidencial.

Mientras tanto, resulta aún más sorprendente ver que del lado de los ganadores de la última elección todas son pálidas en este fin de año. Como si los lazos que los unen estuvieran flaqueando, en medio de una interna terriblemente complicada, que no pueden refrenar ni controlar. En vez de celebrar un año en que prácticamente todo lo que se propusieron les salió bien, y consolidar el affectio societatis coalicional con la avalancha de votos que recibieron, es como si estuvieran enredándose en sus problemas, para despedir el 2021 con una gran trifulca.

¿Será cierto, como sostienen algunos análisis, que a estos partidos les falta el hambre de poder que distingue a los peronistas, y que por eso y por su pertinaz internismo, tienden a hacer lo contrario que aquellos, puestos delante de una oportunidad de acceder al gobierno se dividen en vez de amalgamarse?

Tal vez las cosas también en este caso sean algo menos simples y lineales de lo que sugieren las apariencias. Igual que sucede en el caso del oficialismo, el proceso que está atravesando la principal oposición es bastante más complejo y matizado.

En verdad, Juntos por el Cambio viene esforzándose por mejorar su funcionamiento como coalición de partidos desde que dejó el poder, en 2019, y ha dado ya pasos importantes en ese sentido: conformó finalmente un órgano de conducción, su Mesa Nacional, algo que no había tenido en los 4 años que estuvo en el poder; usó por primera vez las PASO para resolver sus disputas internas, y lo logró sin mayores conflictos; en el ínterin incorporó nuevos aliados, y las fundaciones de sus respectivos partidos se pusieron de acuerdo en un documento programático que, claro, no es aún un programa de gobierno, pero pocos periodistas leyeron y por eso insisten en que ahí no pasa nada, “no tienen idea de qué quieren hacer”.

El problema, de todos modos, es que la velocidad con que evoluciona la política argentina les exige hacer mucho más, y hacerlo rápido. Si aspiran a ofrecer una alternativa viable en 2023, para lo que necesitan conformar una coalición de gobierno que funcione mejor que la ensayada en 2015, tienen que acelerar su proceso de aprendizaje, darse mejores reglas de juego para consolidar el espíritu cooperativo, y fortalecer al mismo tiempo a sus mismos integrantes como partidos.

Los cambios en sus dos actores principales han sido notables en los últimos años, pero son aún incompletos. En poco tiempo la UCR volvió a ser un partido con proyección nacional y líderes con aspiraciones presidenciales, cuando poco tiempo atrás parecía reducido irreversiblemente a actuar como una confederación de caudillos locales, un PMDB a la argentina. Y el PRO está dejando de ser un club de amigos, al mismo tiempo que intenta procesar una muy compleja disputa por la sucesión del liderazgo. Algo que, cuando les sucedió por primera vez a radicales y peronistas, les llevó décadas. ¿Qué tipo de mecanismos pueden ayudarlos a atravesar sus dolores de parto? ¿Cómo pueden al mismo tiempo resolver sus disputas intestinas, las que los enfrentan entre sí, e integrar al resto de los actores, más a eventuales nuevos aliados?

Conviene que lo hagan, además, pensando no sólo en los problemas inmediatos que enfrentan, sino también y por sobre todo en los que van a tener que resolver si volvieran al poder en 2023. De otro modo, soluciones que parecen las más convenientes ahora más adelante podrían volverse nuevos dolores de cabeza.

Esto cabe advertirlo en los dos terrenos en que están planteadas las disputas del momento. Por un lado, la necesidad de reformular la famosa Mesa Nacional de conducción. Ella se ha ido integrando por agregación y cooptación. No fue la mejor idea, porque al final no se sabe exactamente a quién representa cada uno de sus integrantes, y por tanto les resulta imposible dirimir diferencias a través del voto: o decide por consenso o no decide. Ahora se discute la posibilidad de aplicar un criterio múltiple de representación: territorial, partidario y legislativo a la vez. Con lo cual estarían los jefes de bloque, los jefes de partido y los que gobiernan algún distrito, más Macri.

Pero ¿qué pasa con las fuerzas pequeñas?, ¿qué pasa si en 2023 se ganan más distritos y el gobierno nacional, se siguen agregando miembros?, y lo más importante, ¿habría alguna chance de que un combinado de esa naturaleza resuelva diferencias o conflictos serios a través del voto u otro mecanismo más ponderado? Darle una base partidaria a la representación en la mesa, aunque exija discriminar de alguna manera entre grandes y chicos y que cada fuerza tenga que resolver los problemas de cómo asigna su cuota, podría ser una mejor solución, sobre todo, una más duradera.

Por otro lado, JXC está ya de cara al desafío de procesar una disputa muy intensa, que divide a los principales partidos y atraviesa a toda la coalición, por la futura candidatura presidencial. Una disputa en la que, para empezar, hay demasiados aspirantes anotados: seis o siete por lo menos. Y que se imagina resolver a través de las PASO, aprovechando la buena experiencia de este año. Pero es muy distinta una interna presidencial que una legislativa: las PASO no facilitan, en el primer caso, integrar a los derrotados. Y si compitieran todos los actualmente postulados el resultado podría ser catastrófico: quien gane probablemente contaría con una base de apoyos muy limitada, que conspiraría contra sus chances de triunfo en la elección general. Reducir el número de postulantes, alentar fórmulas cruzadas y ofrecer compensaciones para quienes queden relegados son todas tareas muy necesarias y muy complicadas de llevar adelante, cuando quienes deben hacerlo son al mismo tiempo los directamente involucrados.

Y cuando, para resolver este asunto, es preciso también atender no solo a los problemas inmediatos, sino a los que están por venir: de otro modo podrían ponerse en tensión el objetivo de formar una coalición electoral con la mayor chance de éxito, con los que deberá satisfacer la futura coalición en el gobierno. Imaginar mecanismos para consolidar la cooperación en el territorio, en el Congreso y en un futuro gabinete, para regular la sucesión presidencial y hacer todo eso mientras se gobierna un país en emergencia es una tarea enorme. Más razones para avanzar en ella cuanto antes.

Marcos Novaro

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