Domingo, 16 Enero 2022 07:59

Las varias formas en que Javier Milei alimenta al kirchnerismo - Por Marcos Novaro

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La noticia de que el ganador del sorteo del primer sueldo del novel diputado fue un devoto de Cristina no hizo más que graficar una sospecha previa: la de que Milei hace mucho por favorecer a quienes dice detestar. 

Antes que nada, y para no ser injustos, conviene mencionar algunas de las evidentes ventajas que se han desprendido de la emergencia de Javier Milei como figura pública. 

Primero y ante todo, que el debate sobre los problemas de la economía del país, sobre el rol del Estado en esos inconvenientes y sobre cómo resolverlos se ha vuelto más intenso y entretenido. Milei aporta desparpajo, aunque también una buena dosis de simplificación y maniqueísmo. Pero en la ecuación final probablemente gane lo primero, y la posibilidad de hablar más abiertamente de problemas estructurales que arrastra nuestro sistema económico y, en particular, el componente público de ese sistema, desde hace añares.

En segundo lugar, ha obligado a los demás opositores, y en particular a Juntos por el Cambio, a decir al menos algo cada tanto sobre estos asuntos, y animarse a participar, aunque más no sea un poco, en el debate de ideas, para no perder centralidad y votos. Rompiendo una dinámica de silencio y aversión al riesgo que, como cálculo de conveniencia política circunstancial tal vez haya tenido alguna lógica, en algún momento en particular y para algunos asuntos, pero como estrategia general ha sido nefasta para ese sector.

Y no solo lo fue en estos últimos años, para su rol como oposición, que muchas veces quedó por este motivo diluido en la nebulosa de las ambigüedades ideológicas y los silencios programáticos. Resultó así aún en mayor medida cuando Cambiemos tuvo que gobernar, y se dedicó sistemáticamente a esconderle el cuerpo al debate ideológico y a la tarea elemental de explicar el rumbo y la razón de las propias decisiones.

Si JxC pretende volver al poder en 2023 y hacerlo mejor que en 2015 es imprescindible que aprenda esa lección, que abandone su “minimalismo discursivo”, por llamarlo de alguna manera. Y la amenaza electoral que representa para sus ambiciones la competencia “por derecha” que le plantea Milei está actuando, sin duda, como un buen incentivo para que se mueva en esa dirección.

Dicho esto, pasemos a considerar lo que Javier Milei hace en concreto con la posición absolutamente envidiable que se ha ganado como referente del debate público en el país, como “nuevo fenómeno” de la política argentina, y con su correspondiente rol como diputado. Y la verdad es que en estos terrenos no hay mucho que festejar ni agradecerle. Porque en vez de sacar provecho de esas oportunidades y brindarle algo mejor a la política argentina de lo que ella está habituada a generar, lo que está predominando es una gesticulación hueca, expresiva y reproductiva de la frustración y la bronca.

Trabajo que, convengamos, ya estaban haciendo bastante bien con sus discursos “indignados” unos cuantos periodistas, muchos intelectuales, gente común, y otros políticos, que vienen medrando con la bronca ciudadana desde ambos lados de la grieta desde hace años.

¿Qué novedad trae Milei finalmente, respecto al esfuerzo que hacen desde mucho tiempo antes gente como Aníbal Fernández o Fernando Iglesias, atendiendo a sus respectivos “públicos indignados” a cada lado de la grieta?, ¿Es algo más que una dosis un poco más alta de esa misma medicina, útil tal vez tan solo para promover, sobre un público ya bien trabajado por esos y otros precursores, una suerte de “transversalidad de la bronca”, pero más bien inconveniente para invitar a nadie a pensar mínimamente en serio en los problemas reales del país y hacer algo al respecto?

El otro filo sobre el que el líder de Avanza Libertad viene transitando es el de la antipolítica: su ya obsesiva y para nada novedosa carga contra “la casta”.

Ese ánimo fue el que se quiso alimentar con el sorteo de su primer sueldo como diputado nacional, y conviene por ello prestarle alguna atención a lo sucedido. Primero, el extraordinario éxito de la convocatoria, pues cerca de un millón de personas respondió inscribiéndose en el sorteo.

Segundo, el tenor por completo estéril del discurso que Milei brindó en la ocasión, respecto a su propio rol como diputado y sus compromisos institucionales asociados: habló como si nada hubiera cambiado con su elección y él quisiera seguir siendo visto exclusivamente como una figura ajena al “sistema” y puramente expresiva; para lo cual despotricó contra medio mundo y se abstuvo de explicar, para empezar, qué sucedería con el Congreso si todos los que reciben algún ingreso por trabajar en él lo imitaran, o cómo, por qué vías, él quisiera que su gesto condujera a algún resultado positivo al respecto.

Tercero, y lo más curioso de todo el episodio, su silencio de radio cuando el ganador del sorteo resultó ser un entusiasta adherente al kirchnerismo, quien recibió el premio explicando, muy sensatamente, que no consideraba ni al sorteo ni a su resultado mensajes que pudieran poner en alguna forma en crisis sus convicciones.

Más bien al contrario, podría agregarse: ¿no se cerraba así una fenomenal metáfora sobre las muchas formas en que hasta los rechazos más virulentos al sistema extractivo y pseudo distributivo que nos gobierna desde hace ya dos décadas pueden ser funcionales a su reproducción?

Pero, para empezar, ¿qué esperaba Milei, que se anotara en su ridículo sorteo solo gente que como él desprecia al “Estado interventor”? Montó un show sin pensarlo demasiado, simplemente porque le servía para diferenciarse de “la casta”. Y atrajo a todo tipo de personajes a participar de él, algunos fanáticos de sus posturas, muchos más que simplemente querían disfrutar el entretenimiento, y por sobre todo muchísimos que quisieron no dejar pasar la oportunidad de recibir algo a cambio de nada.

Esto es: la actitud que mejor se corresponde al modo en que desde el antiestatismo más extremo se describe lo que es un plan social, un empleo en el Estado y, por tanto, todos los cheques pagados por el fisco, “desayuno gratis”, “plata a cambio de nada”.

Milei ofreció a la sociedad, en pocas palabras, la oportunidad de ganar unos pesos sin esfuerzo. Alimentó y reprodujo así el tipo de actitudes y disposiciones que el propio Milei dice nos han venido condenado al fracaso y convertido a muchos más argentinos en una “casta” de parásitos, que quiere vivir no de su trabajo, esfuerzo e iniciativa, sino de “papá Estado”.

En suma, lo que hizo, buscando sacar un rédito propio, preservar su imagen de outsider y rechazar su recién adquirida condición de empleado público, fue convertir a otros en la peor versión imaginable del súbdito del Estado argentino. No parece realmente que se haya detenido a pensar con la cabeza fría en el asunto.

Sumado esto al azaroso resultado del sorteo, quedó así bien al desnudo el problema tal vez más complicado que subyace al rol que tiende a cumplir, por su estilo y convicciones, el autoproclamado líder de los libertarios: quienes tienen más para celebrar y para ganar con sus intervenciones terminan siendo los que él más detesta y denuesta.

Lo que también Milei abona es condenar in toto al resto de la dirigencia política, como si ella no fuera de lo más diversa, y no estuviera también integrada, en mayor o menor proporción según las fuerzas políticas de que se trate, las áreas de actividad y hasta las regiones del país, por una cantidad de gente que hace con esfuerzo y honestidad su trabajo, o al menos lo intenta.

La condena generalizada y maniquea a la “casta política” mete a todo el mundo en la misma bolsa, a opositores y oficialistas, trabajadores y vagos, corruptos y honestos, y por tanto le otorga indirectamente una ventaja extra a los peores. Porque ellos tienen más fácil así mimetizarse con los demás en una mancomunada defensa de su común oficio, y diluir sus responsabilidades en haberlo desprestigiado ante la ciudadanía.

Por último, el “ejemplo” que quiso dar Milei sorteando su sueldo fue problemático en otro sentido, más general y preocupante porque afecta el costado económico del asunto, que por profesión él debería conocer bien, y prestarle atención: ¿cuál sería el efecto agregado en términos económicos y específicamente de economía fiscal, de que todos los que reciben un ingreso del Estado lo imitaran, y lo repartieran a través de sorteos como el que él organizó?

Una distribución que agregara asignaciones azarosas no significaría absolutamente nada en principio, sumaría solo una dosis de sinsentido a una asignación ya de por sí bastante caótica.

Pero en términos de incentivos, su efecto sería peor que nulo, resultaría inevitablemente negativo. Porque al menos formalmente, y en un porcentaje de casos difícil de determinar, pero no insignificante, también en la práctica, las asignaciones vigentes responden a justificaciones socialmente aceptadas, y que tienen que argumentarse: un sueldo público se entrega a cambio de algún tipo de servicio socialmente útil, un plan social por alguna necesidad urgente, una jubilación o pensión debido a algún aporte previo y derecho adquirido por motivos mensurables, etc.

Si la dirección en que Milei pretende cambiar estos contratos, que efectivamente funcionan bastante mal, es en la de volverlos por completo azarosos y carentes de sentido, con toda lógica buena parte de la sociedad va a preferir que se mantenga la distribución vigente, porque corre el riesgo de que el cambio lo afecte para peor: son pocos los que se imaginan ganando sorteos, por eso la enorme mayoría no invierte grandes recursos para participar en ellos.

Así, aunque el show montado por Milei fue suficientemente “barato” para que muchos tomaran parte de él, fueron muchos más los que se mantuvieron al margen, y seguramente concluyeron del episodio que no les conviene creerse “leones”, como él gusta incentivar a sus audiencias a pensar, porque las chances de salir perdiendo son altas si todo va a depender de jugarse a suerte o verdad.

En suma, si la alternativa que se ofrece a los distorsionados y devaluados criterios de utilidad social con que el Estado argentino usa sus recursos es el azar se le presta una involuntaria ayuda al conservadurismo más primario y defensivo, pues finalmente tendrá bastante lógica que la gran mayoría prefiera dejar las cosas como están.

El cambio político es otra cosa, completamente distinta a este tipo de apuestas con las que nos quiere convencer, y mientras tanto entretener, Javier Milei. Supone hacer esfuerzos, coordinadamente en distintos terrenos y aspectos, para convencer y dejarse convencer, para generar confianza, trabajar en conjunto con otros que no piensan igual que uno, todo lo cual consume tiempo, mucho tiempo.

Y pareciera que él no está interesado en nada de esto porque se concibe en serio como un león conquistador, un aventurero que arrasa con todo lo existente, y cuando termine su trabajo de demolición verá cómo la providencia lo ayuda a construir algo en su reemplazo. No hay experiencias de este tipo que hayan salido bien, en ningún lado, pero claro, consideraciones pedestres como esta no van a desanimarlo, ni tampoco a sus fanáticos.

Volvamos al comienzo. Milei es, ante todo, la respuesta a un vacío que dejó una política promercado, sin argumentos, ni discurso, ni pedagogía a favor del mercado. Política que influyó negativamente en los rendimientos de la gestión de Cambiemos y costó en parte su reelección a Macri. Se entiende que él le muestre ahora simpatía al nuevo diputado: es otra buena forma que encuentra para hacer autocrítica.

Pero Milei es también un lunático que lleva al extremo la versión polar y simplificadora de la peor política argentina, que la concibe como lucha entre el bien y el mal, que en su caso son encarnados por el liberalismo extremo, de un lado, y todo lo demás, del otro. Y que pasa así por alto, y al hacerlo peor todavía fortalece, el principal escollo que existe para generar un sentido común favorable a los cambios en la sociedad: la sospecha de muchos de que en mercados más abiertos y competitivos no tendrán posibilidades de mejorar, no tendrán la suerte de Milei y sus “leones”, así que les conviene que alguien, desde el Estado, los siga protegiendo de la competencia porque si no su futuro será peor aún que su presente.

En esos extendidos temores reside buena parte del éxito del conservadurismo que nos gobierna. Se entiende que Milei sea un gran alivio para los defensores del statu quo, los ayuda a alimentar esos miedos.

Marcos Novaro

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