Domingo, 03 Abril 2022 07:49

Cristina y Fernández juegan con fuego, y la oposición espera el 2023 - Por Ricardo Kirschbaum

Escrito por

La vicepresidenta quiere que le entreguen la cabeza del ministro Martín Guzmán. 

Casi se podría decir menos mal que hubo acuerdo con el Fondo, porque al menos en economía hay unos algunos lineamientos que no parecen pretender otra cosa que ir tirando para llegar exhaustos, en el mejor de los casos, hasta las elecciones del 2023. Esto es así y amenaza seguir así porque ni el presidente Fernández ni la vicepresidente Cristina no solo no pueden ponerse de acuerdo porque hacerlo significaría la debilidad de uno o del otro, sino porque hay un preocupante vacío de ideas que es llenado con slogans. 

Ya se sabe que el palabrerío, los discursos, las excusas que sobran, el relato, no reemplazan a la política.

Cristina quiere la capitulación de Fernández, con condiciones humillantes. Es decir, quiere que vuelva al momento en el que lo ungió por Twitter: un administrador de decisiones ajenas. Estas condiciones para un acuerdo son tan degradantes que parecen puestas a propósito para que sean rechazadas por el Presidente.

La primera, que entregue la cabeza de Martín Guzmán. No es el único punto, pero es el central. Obligar a Fernández a ceder a su ministro de Economía, que finalmente ha conseguido acordar con el FMI, es debilitar aún más a la Casa Rosada y enviar un mensaje directo a Washington: el acuerdo recién firmado es papel mojado; hay que volver a foja cero y renegociarlo.

Obligado así a retener a su ministro ─y a Kulfas, Cafiero y Pesce, también en la mira de Cristina─ el Presidente se queda con un Gabinete desgastado que no es justamente lo que se necesita para reencauzar una gestión desordenada. El kirchnerismo tampoco ofrece nada distinto porque también se desgastó, y lo sigue haciendo.

Fernández está en una situación objetiva de debilidad en la que considera que tomar una iniciativa es abrir la Caja de Pandora que nadie sabe qué puede contener. Sus asesores insisten que debe hacer un gesto inteligible en medio de este marasmo, pero Alberto está empecinado en no ser el que pegue el portazo. Sabe, en su intimidad, que tampoco tiene fuerza para hacerlo. Entonces ¿sólo se trata de resistir?

La realidad le está tocando a la puerta: la inflación sigue en alza, faltará gas, el gasoil se vende en cupos. Frente a esto hay un gobierno parcelado. Pero por sobre todo, no hay rumbo, sólo desconcierto.

Otro punto de esas hipotéticas condiciones es que Fernández renuncie a su proyecto de reelección. Está lanzado para darle un horizonte al tiempo que todavía le queda por delante y porque advierte que el peronismo tiene pocos candidatos potables, descontando a Cristina que lidera una fracción pero que tiene un alto rechazo en la sociedad, según muestran múltiples encuestas. Sobre esa debilidad, Fernández cree que todavía tiene otra oportunidad.

A las divergencias internas las hizo más notorias la derrota en las legislativas y ahora ni el discurso ni el relato pueden desalojar la frustración de propios y ajenos ya no solamente por la falta de las soluciones prometidas, sino por el aumento de los problemas existentes y la creación diaria de otros nuevos.

No es para extrañar que Fernández promueva casi todos los días la distracción con alguna frase rara de su cuño. Mientras, se aferra a lo evidente: Cristina no puede matar lo que creó, porque esa señal de ineficacia la debilitaría aún más de lo que está. Cristina lo debilita, pero se debilita.

Cristina también la tiene difícil. Estará viendo que ya no puede como antes hacer lo que quiere porque esta misma semana que pasó tuvo un nuevo choque con la realidad de que en el Senado perdió la mayoría, algo con lo que tiene que aprender a remar. Además, en el otro terreno que cree propio, la Provincia, con más precisión, el populoso Conurbano, tiene que mostrar que ahí no perdió del todo la muñeca política, porque su primera preferencia, Axel Kicillof, no remonta y queda por ver si lo haría Martín Insaurralde, impuesto por la familia Kirchner al gobernador bonaerense en El Calafate tras la derrota en las PASO.

Resultado: el Gobierno no tiene más remedio que ir administrando el fracaso y, al revés que Feletti, esperar algún milagro. De ahí que Massa, la tercera pata de Todos, advierta que con dos la mesa no tiene equilibrio y, como Cristina, Máximo y La Cámpora, se disponga también a olfatear si no le ha llegado el momento de buscar su propio viento.

Pero para reflotar la vía del medio parece ya tarde porque está fresca la memoria de su incorporación al Frente de Todos y del arrime a Máximo Kirchner en procura de estar a mano en la presentida elección a dedo que Cristina repetiría para el período después de 2023.

Buscar un acuerdo de la Moncloa vernáculo ─solo por mencionar algo que pasó en la España posfranquista de fines de los 70 habla de la impotencia argentina─ no pareciera tener tampoco demasiado horizonte.

Debilitado el kirchnerismo, el resto del peronismo quiere tener otra opción. Massa intenta ofrecerse como una bisagra, pero para eso tiene que ponerse a remontar, y hay que ver si lo consigue, el deterioro de su imagen fuera del peronismo, que había sido su principal capital para derrotar a los Kirchner. Sus últimos gestos parecieran indicar que intenta emprender la optimista aventura de restaurarla, aunque pareciera una empresa difícil.

La oposición se sentó a esperar el cumplimiento de los plazos institucionales, como si el 2023 fuese sólo un paseo. Puede llevarse una sorpresa si no se prepara para lo que viene. Debe advertir que la sociedad también los observa críticamente porque el deterioro de la situación hace que el escepticismo también los impacte de lleno.

Sobre ese cuerpo lacerado, la estrategia no puede ser simplemente mirar el derrumbe ajeno, que es el principal factor que los aglutina, sino ofrecer una alternativa racional y creíble. En el resto, hay divergencias notorias que ya se están mostrando en la selección de los precandidatos.

¿Es lo mismo Macri que Larreta, Morales que Bullrich, o Manes que López Murphy? Esa selección debería hacerse en las elecciones primarias, con el cuidado de que no se produzcan fugas hacia Javier Milei, quien se dedica a cultivar y cosechar ese peligroso desencanto con la política, que su discurso fomenta, ofreciendo soluciones mágicas que esconden una deriva oportunista hacia cualquier parte.

Ricardo Kirschbaum

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…