Domingo, 24 Abril 2022 13:04

El tractorazo, ¿es egoísmo empresario o propone otra forma de distribuir? - Por Marcos Novaro

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En la cabeza del Gobierno anida la misma idea que llevó a Cristina a chocar con el campo 14 años atrás: lo que no le saque el Estado al agro, este lo va a convertir en 4x4s, casas en Miami y otros lujos. No es lo que dicen los números. 

El tractorazo a Plaza de Mayo actualizó las tensiones que vienen enfrentando a los productores agropecuarios con el kirchnerismo desde hace ya dos décadas. Es un conflicto que nace de una idea fija de ese sector político: que el agro es esencialmente rentista, extrae beneficios sin riesgo ni esfuerzo de la propiedad de la tierra, que tampoco hizo ningún esfuerzo por obtener, y los usa para su exclusivo beneficio, consumo suntuario, fuga de capitales, etc. 

Es una idea con larga historia, y con muy poco fundamento: en verdad, la producción agropecuaria tiene varias características que la vuelven una de las porciones más sanas, competitivas y socialmente útiles del complicado capitalismo argentino.

Ante todo, allí las rentas aseguradas cumplen una función más bien acotada, la que resulta del alquiler de los campos, mientras que la enorme mayoría de la actividad supone riesgos bien concretos, requiere de inversiones y esfuerzos que muchas veces no son compensados. Algo muy distinto a lo que sucede en sectores protegidos por barreras comerciales y que disfrutan de mercados cautivos, son subsidiados por créditos y tarifas que se cargan a la cuenta del Tesoro, o disfrutan de otros beneficios seguros.

Es, además, uno de los pocos sectores que produce cerca o incluso más allá de la frontera tecnológica mundial, porque innova y desarrolla constantemente nuevas técnicas. Es por ello, y no solo porque la pampa húmeda le da ventajas, que puede competir en los mercados internacionales, pese a todas las trabas que le impone el Estado argentino desde hace décadas, a través de impuestos, precios máximos, desventajas comerciales, exclusión del crédito, etc.

Lo anterior se debe a otra característica importante del sector, que el oficialismo actual siempre ha ignorado: es uno de los que funciona con una mayor tasa de reinversión en toda la economía nacional. Es decir, los productores primarios del agro destinan regularmente una alta porción de lo que ganan a aumentar su producción en el siguiente ciclo, mayor que otros sectores donde efectivamente, sobre todo por los riesgos que introduce la inestabilidad política, esa reinversión ha tendido a ser históricamente un problema.

Contra la idea que difunden los voceros oficiales, de que los chacareros a lo único aspiran es a comprarse departamentos en Miami (lo afirmó hace unas semanas Roberto Feletti, y es lo que piensan en general en los despachos oficiales, tal vez porque allí creen que todos son de su misma condición), la verdad es que, como se suele decir en el campo, “lo único que saben hacer es sembrar, así que cualquiera sea el contexto, lo siguen haciendo”. Si los dejan, siembran más, con mejores prácticas, y, por tanto, mejores rendimientos.

Por último, hay algo muy importante que destacar: contra lo que se suele creer, es el sector productivo menos concentrado, en una economía que, en muchas áreas, está efectivamente demasiado concentrada. Es cierto que en las últimas décadas se ha reducido el número de unidades productivas (porque la modernización tecnológica incrementó el tamaño mínimo de las explotaciones), pero ellas siguen siendo cientos de miles, frente a algunas pocas decenas que operan en la producción de insumos, o en la compra y procesamiento de su producción primaria. En suma, “el campo”, esto es, los productores directos de cereales, oleaginosas y carne, son lo más parecido a un capitalismo descentralizado y dinámico que se puede encontrar en nuestro país.

¿Por qué entonces el kirchnerismo lo detesta, y hace todo lo posible por complicarle la vida? Tal vez porque prefiere secretamente tratar con quienes realmente son rentistas, muy concentrados y se comportan como auténticos oligarcas, el modelo Putin de capitalismo, digamos: eso es lo que entienden y con lo que les gusta convivir.

¿Por qué insiste en cobrar las mayores tasas de derechos de exportación, retenciones, que se recuerden? Ante todo, porque es un impuesto que se cobra muy fácil, no hay que esforzarse mucho para poner un funcionario en cada puerto y contar los barcos que llenan sus bodegas. Pero además, fundamentalmente, porque las retenciones no se coparticipan, el gobierno kirchnerista no tiene que compartir esa recaudación con sus incómodos socios de provincias.

Y, por último, porque esos derechos se cargan en las espaldas del productor, al reducirle artificialmente los precios de venta: ni los productores de insumos, ni las grandes empresas que comercializan o procesan esa producción primaria cargan mayormente con el costo de las retenciones, incluso en algunos casos ellas los benefician, porque pueden comprar más barato su materia prima y aumentar entonces su tasa de ganancia. Lo que para el Gobierno es una gran ventaja, porque le evita confrontar con actores poderosos con gran poder de lobby, y que en muchos casos son además capitales externos.

Los chacareros, en cambio, están dispersos, son muy heterogéneos, y les cuesta hacer pesar sus intereses.

Solo tras años de atropellos, cambios abruptos en las reglas de juego, perjuicios sistemáticos a favor de otros sectores y discriminación en particular contra los más débiles, los productores de menor escala y áreas marginales, es que lograron coordinarse y movilizarse. Eso fue lo que sucedió en 2008, después de que les subieran varias veces las retenciones, les cerraran la exportación de maíz, carne y trigo, etc. Y es lo que está volviendo a suceder en estos momentos, en que se repite la suba de impuestos y las limitaciones para exportar.

El Gobierno agita, de todos modos, un argumento a su favor: hace falta más plata para pagar subsidios y planes, destinados a sectores sociales que tienen peor pasar que los chacareros.

Pasemos por alto, para no complicar aún más la discusión, que la mayor parte del gasto público termina en manos de sectores que no se cuentan precisamente entre los más necesitados: es el caso de los subsidios a las tarifas, salvo parcialmente los del transporte público, del crédito a tasas negativas, de la obra pública otorgada a grandes empresas amigas, del absurdo programa “previaje”, que el oficialismo tanto celebra porque le alegra la vida sobre todo a la clase media acomodada, de los déficits de empresas públicas como Aerolíneas y Yacimiento Río Turbio, y de cuanta cosa se financia opaca e inconsultamente desde el Tesoro nacional. Y es también el caso de buena parte de los salarios públicos nacionales, en particular de los de la capa de altos funcionarios, que no deja de crecer porque todos los días se inventan nuevos cargos.

El argumento oficial ignora, además, que cada peso que se les saca a los productores es un peso menos para producir más al año siguiente. Y un peso menos para generar empleo en actividades productivas. En la infinidad de pueblos y ciudades en donde viven y asientan sus actividades los productores primarios.

No es que lo que el Estado recauda se redistribuya, y los productores no lo hagan con sus ganancias. Es incluso discutible quién de los dos lo haga en forma más justa, para no hablar de la respectiva eficiencia. Solo que la redistribución que realizan estos últimos, a través de inversiones y gastos, el Gobierno no puede capitalizarla. Porque no pasa por sus manos, no es algo que pueda “dar y cobrarse” políticamente. Esa es, en el fondo, la diferencia que importa.

Prefiere por eso que haya menos empleo productivo en las provincias y regiones en las que el capitalismo agropecuario funciona integrando las sociedades locales sin su intervención, espontáneamente, y más y más millones de argentinos dependan de los cheques y subsidios que él otorga.

Los rentistas oligarcas no son los productores del campo, en conclusión. Son los representantes y accionistas de ese poder político que necesita volver a más y más gente dependiente del gasto público. Para que el Movimiento Evita pueda agradecerle al Presidente en las calles, con carteles y manifestaciones, por cada cuota que él les asigne. ¿Hay algo más lindo que un pueblo agradecido con su benefactor?

Hace días, los funcionarios de Alberto vienen protestando contra la protesta, rechazando el tractorazo porque supuestamente “no tiene razón de ser”. Lo que está en juego parece ser algo bastante fácil de ver y entender. Solo que al oficialismo reconocerlo lo obligaría a ver su verdadero rostro.

Marcos Novaro

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