Domingo, 15 Mayo 2016 10:15

Mauricio Macri, entre el papa Francisco y los sindicatos - Por Silvia Mercado

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Un diputado que el jueves se sentó en el recinto para la fallida sesión especial pedida por el Frente para la Victoria empezó a analizar lo que había pasado y cayó en la cuenta de que ningún sindicalista se había pronunciado a favor de la ley en la última semana. Ni Hugo Moyano, ni Antonio Caló, ni Andrés Rodríguez dijeron "esta boca (o esta ley) es mía".

Del grupo de diputados sindicalistas del Frente Renovador solo bajó a dar quórum Héctor Daer, pero ni Jorge Taboada (que había firmado el despacho), ni Facundo Moyano, ni Enrique Castro Molina, ni Horacio Alonso lo siguieron.


La ficha le terminó de caer cuando el viernes vio las fotos que Presidencia distribuyó con José Luis Lingieri y Gerardo Martínez paseando por los jardines de Olivos. Apenas fue al otro día de la fracasada sesión. Amargado, el diputado se preguntó: "¿arreglaron o nos usaron?".


Ambas cosas, tal vez. En diálogo con Infobae, un ministro a cargo de las negociaciones con los gremios dijo: "Quisieron hacer de esta ley una épica parecida a la que los sindicatos encararon contra la ley Mucci, pero los líderes sindicales están más gordos que nunca, solo piensan en las cajas de sus gremios y con nosotros se la pasan hablando mal unos de otros, no están unidos ni por el amor, ni por el espanto".


Cuando se refirió a "la ley Mucci", el ministro en cuestión hablaba del intento del gobierno de Raúl Alfonsín por democratizar al sindicalismo, para lo cual envió una ley diseñada por el ministro Antonio Mucci, que provocó un despliegue fenomenal de sindicalistas de todas las tendencias en el Congreso para frenarla. No solo lo lograron exitosamente, sino que hay quienes consideran que ese fracaso selló la suerte del primer gobierno de la democracia argentina reciente.


Pragmático como es, a Mauricio Macri ni se le pasa por la cabeza la idea de democratizar al sindicalismo. Pero algo de la impronta de esos viejos tiempos quiso repetir Sergio Massa, un dirigente con compulsión a actuar, porque quiere ser candidato a presidente en el 2019 y no tiene territorio ni plata, aunque sí el talento de un malabarista de la política. Hace dos meses empezó a hablar con los sindicalistas y los convenció de unirse en la Cámara de Diputados para rechazar las escalas de Ganancias que el Gobierno había anunciado. Puso a Margarita Stolbizer a conducir la impactante reunión que se concretó el 30 de marzo. Ella daba la palabra a cada uno, pero de un lado lo tenía al propio Massa, que ostensiblemente la aconsejaba al oído, y del otro a Facundo Moyano.


Massa tocaba el cielo con las manos. Logró atraer a su iniciativa a todas las centrales sindicales, a toda la oposición, incluido al FpV. Todos y todas al pie. Pero la reunión no despertó el interés de la agenda pública, atenta a las causas de corrupción que se ventilan a diario. Massa sacó de la galera una más mediática "ley antidespidos" y los gremios la llevaron al Senado, para lograr una rápida sanción e infringirle una derrota a Macri. Pero vino el baldón de Roberto Lavagna, un hombre del espacio renovador, que rápidamente salió a oponerse al proyecto. "No sirve para nada", dijo.


Otro pase de magia y Massa terminó reunido con el presidente del bloque del FpV en el Senado, Miguel Ángel Pichetto. Le iba a pedir un cambio en el texto que él mismo había promovido, a saber, que exceptúe a las pequeñas y medianas empresas de la prohibición a despedir. Como si se tratara de una reunión entre Churchill y De Gaulle, la convocatoria de medios fue fenomenal. En las fotos, Massa apareció feliz; Pichetto no tanto. Y cambios al texto no hubo, porque los gremios dijeron que las PyMEs son las que concentran el 70 por ciento del empleo, pero sí se obtuvo la media sanción. Además, a los gremios no les gustó la pirueta de Massa, el que los había llevado hasta ahí.


Ya con la media sanción para ser debatida en Diputados, Massa se reunió con José Luis Gioja para que acepte motorizar un proyecto distinto al aprobado en el Senado. El presidentes del PJ dijo que no ("No entiendo por qué querés complicarla"), y los malabares de Massa se dirigieron a contener a su tropa, para evitar que no vayan a votar con el FpV ese proyecto redactado en su propio despacho y a las apuradas, desechado en público por alguno de los diputados de su bloque como José Ignacio De Mendiguren y Marco Lavagna, que lo juzgan técnicamente insostenible.


Es que el texto no habilita excepciones y extiende la prohibición a todas las modalidades de contratación, desaparece la figura del contrato a prueba (normalmente tomado por jóvenes en sus primeros empleos) y los empleos estacionales de las economías regionales, además de las locaciones de servicio para tareas determinadas. Por seis meses, ni siquiera esos empleos transitorios se ofrecerían en el mercado laboral. Conclusión, si Macri no hubiera sido enfático en anunciar el veto en caso de que se apruebe la ley, se habría frenado automáticamente la generación de empleo.


La semana que está terminando empezó con el propio Macri encabezando la ofensiva contra la aprobación del proyecto y la dirigencia sindical desconcertada por los movimientos de Massa, que pudiendo imprimirle una derrota al Presidente, decidió no bajar al recinto. Furiosos, los sindicalistas decidieron seguir adelante con el proyecto original, ahora encabezado por el kirchnerismo puro y duro. De a uno, y sin avisar al de al lado, algunos sindicatos mantuvieron reuniones con el oficialismo.


Mientras tanto, el FR siguió con las piruetas, y redactó un proyecto propio con chances de alcanzar la media sanción, sí, pero que le facilitó dos o tres semanas al Gobierno, las que utilizará como lo hizo esta última, negociando sindicato por sindicato, senador por senador, gobernador por gobernador, para debilitar el impulso opositor que, en definitiva, todos saben que no resuelve ni el empleo, ni la inversión, ni el crecimiento. Lo dijo ayer Eduardo Duhalde en diálogo con el psicólogo y periodista de La Nación, Diego Sehinkman: "Si (la ley antidespidos) se aprueba o no, es lo mismo".


Otros extraños e inservibles episodios concentraron la atención de Macri estos días, tendientes a enfrentar al Gobierno con el Papa Francisco. Desde la información confirmada de que Hebe Pastor de Bonafini viajará a Roma invitada por el Sumo Pontífice hasta los comentarios en torno a reuniones que monseñor Jorge Lozano tiene con organizaciones sociales en la Argentina (supuestamente para "resistir el modelo" macrista), pasando por la filtración de que Margarita Barrientos, una referente social de buen vínculo con el PRO, no fue recibida cuando viajó al Vaticano, fueron innumerables las malas noticias vinculadas a mostrar una supuesta mala relación.


Es curioso que estas informaciones hayan trascendido casi en paralelo a la reunión que el Presidente tuvo en Olivos con la cúpula de la Conferencia Episcopal Argentina, y una semana después de que Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui (es decir, las máximas autoridades del Gabinete nacional) mantuvieran un encuentro privado, que no trascendió, con el presidente y el secretario del Episcopado, monseñor José María Arancedo y monseñor Carlos Malfa, respectivamente.


En el Gobierno insisten con que las relaciones entre Francisco y Macri pasan por su mejor momento, explican que el Papa invitó especialmente al Presidente a la canonización del Cura Brochero que se realizará el 27 de octubre y aseguran que dos funcionarios (uno de alto rango y otro de rango medio, pero en una secretaría estratégica) y un empresario muy cercano al Gobierno mantuvieron diálogos telefónicos en los últimos días con el Sumo Pontífice, siempre cariñosos y empáticos, con consejos y recomendaciones tendientes a fortalecer la gestión, no a debilitarla.


Eduardo Valdés, ex embajador argentino en el Vaticano en tiempos de Cristina Kirchner, no sería ajeno a la instalación de estas inquietudes en la agenda pública, a lo que se sumaría mano de obra expulsada de la ex SIDE dedicada a aislar a Macri del Papa, con vaya a saber qué objetivo.

"Hay que desarmar este sainete", le pidió el Sumo Pontífice a un amigo que tiene en la Argentina. Lo dijo en relación al equívoco generado, sin querer, por Margarita Barrientos, pero también porque sabe que la grieta puede provocar situaciones violentas que, cree, tiene la obligación de evitar.


La reunión que el Papa mantendrá con Hebe o las que tiene monseñor Lozano con Luis D'Elía, por ejemplo, pueden ser vistas con indignación o, por el contrario, como el esfuerzo por pacificar los ánimos de personalidades con dificultades para aceptar que el kirchnerismo perdió las elecciones y que quien gobierna merece la chance de que se lo deje gobernar.


Parece poco. Pero en una Argentina que recurrentemente entra en episodios de guerra interna, trabajar sobre la cultura del encuentro es lo que hará la diferencia. 


Silvia Mercado
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