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Domingo, 08 Enero 2017 05:12

La ciencia en los tiempos de cólera

Escrito por

Cuando von Braun ingresó a los EEUU como investigador en el marco de la operación   Paperclip después de la Segunda Guerra Mundial, lo primero que vio fue un enorme cartel del Uncle Sam con el consabido aviso de “I want you” (te quiero a ti).

 

 

El científico, que había desarrollado los  V1 y los V2 sembrando el terror en Londres, se detuvo un momento frente al afiche y exclamó: “Esto es lo que quería, un tío rico que banque mis experimentos”. Von Braun tuvo suerte, encontró en el gobierno yanqui un “Tío Rico” que bancó sus inquietudes científicas, a pesar de constarle miles de muertes entre los trabajadores que demandó el proyecto (víctimas de las bombas murieron tantos ingleses, como obreros en la construcción de los cohetes). De no haber sido por su talento, y por el temor a una nueva contienda contra los soviéticos, que apreciaban sus conocimientos, Von Braun hubiese terminado preso, o al menos hubiese sido juzgado por lo que sabía y vio mientras trabajó para el ejército alemán. Eso no sucedió, en cambio asistió a los EE.UU. a realizar la que fue quizás la mayor proeza científica de la humanidad, depositar al primer hombre en la luna.

 

Dejando de lado la parte ética del asunto, la gente comúnmente asocia la idea del mecenazgo al apoyo de la actividad artística, y si bien es así, muchos de los artistas renacentistas también eran arquitectos y fueron ellos los que fortificaron las ciudades Estado en Italia.

 

La actividad que más requiere de inversión, es la científica. Investigar es caro. Carísimo.

 

Estamos en el siglo de los conocimientos. El conocimiento es el bien más valioso de una persona, de un país, y del mundo.

 

Toda nación invierte en tecnología porque allí está el futuro… y esto es verdad si se logran resultados. El CONICET fue fundado por el premio Nobel Bernardo Houssay para desarrollo de la ciencia de este país después de haber sufrido los avatares de la política que proclamaba la superioridad de las alpargatas sobre los libros, y que cuando el Dr. Houssay fue coronado con dicho premio (el primero fue de Saavedra Lamas, el de Houssay fue el primer Premio Nobel en Ciencias otorgado a un latinoamericano) el general Perón no recibió al científico galardonado, pero si lo hizo con el Campeón Mundial de Boxeo, Pascualito Pérez. Después de todo, los integrantes de la UBA (en aquel momento) eran todos gorilas. El peronismo filtró algunos exabruptos del general y en su versión kirchnerista decidió que en el siglo XXI era menester hacer que se destinaran fondos para investigar, que le venía como anillo al dedo al relato progre y además le permitía ubicar a los muchachos de la Cámpora. En pocos años el Conicet pasó de tener 3.600 integrantes (como tenía en el 2002) a 7.600 investigadores, con 2.200 técnicos de apoyo, 1.100 administrativos y 9.100 becarios, todos pagos.

 

No son ellos los únicos que se dedican a la investigación dentro del ámbito estatal, en total se estima que el país banca 28.000 investigadores (solo para que tengan un punto de comparación, en la Alemania de la Segunda Guerra había como mucho 20.000 investigadores que hicieron los V1 y los V2, la Zuse -una de la primeras computadoras- el primer avión a reacción y otros muchos adelantos en aviación, diseñaron un centro atómico que amenazó con fabricar la primera bomba atómica y contó con una docena  premios Nobeles trabajando para el Führer).

 

A propósito de las  V1 y V2, sesenta años más tarde, nuestros científicos pretendieron lanzar el cohete VEX 1A que apenas se levantó del piso unos metros (marzo 2014). La noticia pasó desapercibida y después difundida como otro éxito K.

 

También sabemos que el presupuesto del CONICET, paso de $ 6.338 millones en 2015, a $ 6.883 millones en 2016 (presupuesto K) y para el 2017 llegó a $ 10.163 millones es decir aumentó en un 44 % (vale aclarar que es el doble del déficit de AA). Pero este aumento parece no ser suficiente para las ansias científicas de los progres (que no se quejaron del magro aumento otorgado por los K en el 2015).

 

Ahora manifiestan ansias científicas (aunque gran parte del presupuesto va para estudios sociológicos, históricos y literarios) ¿Cómo medimos la eficiencia de esta inversión?

 

En este momento el CONICET tiene, como aclara en su página web, 200 patentes en curso. ¿Es mucho o es poco? De acuerdo a la Intellectual Property Organization en el 2010, EEUU inscribió 1.872.000 patentes, seguida por China con 828.054, Corea del Sur (del tamaño de La Rioja) 624.419, Inglaterra 599.062 y Alemania 509.879. Vale recordar que para Cristina y Aníbal, Argentina tenía menos pobres que Alemania, y también podemos decir que tenía menos patentes, porque Argentina tenía entonces solo 111 patentes (a modo de comparación odiosa Uruguay tiene 30).

 

Está muy bien invertir en educación, está muy bien invertir en investigación y en cultura, pero debe haber una reciprocidad entre la inversión y los resultados. Este es un problema nacional porque muy pocos sindicatos a la fecha han firmado reconocimiento a la productividad. Lo mismo cabe a los investigadores, debe exigirse un  rendimiento  mínimo, el mismo mundo científico lo exige y así lo expresa en el apotegma Publish or Perish (publica o muere).

 

Si no se publican artículos ni se inscriben patentes ¿vamos a seguir pagando ñoquis?

 

Podrán ser “científicos”,  “investigadores” o “becarios”  pero si sólo van a tomar mate, son ñoquis. Entre la ineficiencia consentida y la corrupción hay una tenue diferencia. Hasta ahora se manejaron con estos códigos. Bien, que entren los becarios que quieran entrar, pero que se ajusten al criterio que impera en el mundo. Vayamos hacia una meritocracia y terminemos de una vez con esta cultura del acomodo, el desmanejo administrativo y del despilfarro. Llegamos a esta crisis por todo el dinero que se tiró a la calle o directamente se robó por encima de las posibilidades del país.

 

Y este ñoquismo (valga la expresión), éste sometimiento burocrático de muchos de nuestros investigadores, ésta falta de imaginación  para concretar patentes y desarrollos, no es un mal menor; en cosas cómo éstas radican las causas de nuestra pobreza, que no es sólo material sino de espíritu, porque al no agregarle conocimientos, imaginación y sabiduría a nuestros cuantiosos bienes naturales, al no mejorar el valor agregado de la inteligencia argentina, nos condenamos a la mediocridad.

 

Doscientas patentes es una miseria y lo peor es que lo publiquen como un logro...

 

Es tiempo de cambiar.

 

Omar López Mato 

Médico y escritor    

Su último libro es Ciencias y mitos en la Alemania de Hitler

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Omar López Mato

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