Sábado, 10 Junio 2017 21:00

La generación del ‘50

Escrito por

Carta abierta a Martín Caparros

“Todas las generalizaciones son peligrosas,

aún ésta que estoy formulando” – Voltaire

 

A los historiadores y sociólogos les encanta analizar la evolución socioeconómica y cultura por generaciones, para sistematizar su estudio.

En la Argentina se habla de la generación del ’37 como un movimiento intelectual que promovió los valores democráticos y el derecho de los ciudadanos basado en el romanticismo europeo. Echeverría, Sarmiento, Gutiérrez, Mitre y Alberti se incluyen entre sus gestores.

Los miembros de este movimiento tomaron parte por los unitarios en las guerras civiles y su gesta culmina con la constitución del ’53.

Le sigue la generación más célebre, la generación del ’80, porque contribuyó al progreso del país bajo una elite ilustrada que dirigió los destinos de la nación hasta la asunción de Hipólito Yrigoyen.

El término fue acuñado por Ricardo Rojas hacia 1920 y refrendado por 2 artículos de Manuel Mujica Lainez, un hijo dilecto de esta generación.

Las propuestas positivistas y spencerianas caracterizaron este proceso progresista de la  mano de la administración de Julio Argentino Roca bajo el lema “paz y administración”. Era un grupo optimista en cuanto al progreso indefinido del país bajo la conducción ilustrada de personajes formados en la masonería y con la sana intención de separar la Iglesia del Estado (laicos y no precisamente antireligiosos, aunque la radicalización de la lucha llevó a enfrentamientos estériles).

Pellegrini, Wilde, Sáenz Peña, José Ingenieros, Miguel Cané entre muchos otros, fueron los conductores de este movimiento que llevó a la Argentina a un apogeo económico.

Hace pocos días atrás el escritor Martín Caparros, escribió un largo artículo para Clarín intitulado: “La culpa es de nuestra generación”, meditación surgida al celebrar sus 60 años y reconocerse como parte de esa “juventud maravillosa” que alentó el retorno de Perón. El general se entusiasmó con estos jóvenes hasta que percibió tardíamente el juego de avieso de sus antiguos aliados cuando le tiraron el cadáver de Rucci a los pies del león herbívoro, quien de allí en más se esforzó en quitarse de encima a estos “mocosos imberbes”.

Estos “mocosos imberbes y maravillosos” después instalaron el mito de una militancia comprometida que sufrió muertes, torturas y exilio y se dio el lujo (por decreto) de establecer un número icónico para jerarquizar la cantidad de desaparecidos de este movimiento de marginales violentos.

Muchos miembros de la generación de 1950 permanecimos ajenos a la militancia o mejor dicho amenazados por el fervor destructivo de estos jóvenes que, curiosamente, no provenían de las clases bajas sino de una clase media acomodada, universitaria y católica (en muchos casos movilizados por la teología de la liberación). Aún recuerdo las cartas de amenazas que llegaban a casa de mi padre con letras recortadas de las revista Gente.

En un momento Caparros afirma que “Es cierto que la historia no se escribe con los miles que el 25 de mayo de 1810 se quedaron en su casa”.

¿Es así? ¿Qué define a una generación, a los que actuaron o a los muchos que trabajaron y pagaron sus impuestos sin inmiscuirse en violencia política? ¿La mayoría silenciosa no tienen voz en este conflicto generacional? Caparros olvida que fueron los soldados tucumanos de humilde extracción quienes derrotaron a la guerrilla en Tucumán, y los pobres conscriptos formoseños, los que valientemente defendieron su batallón del artero ataque montonero (los subversivos fueron premiados con millonarios resarcimientos, mientras que los conscriptos heridos o muertos en combate nada han recibido el momento, más que el reconocimiento de unos pocos en libros y artículos).

Las víctimas y los victimarios somos de la misma generación.

Lo meritorio del artículo es que 40 años más tarde el Sr. Caparros señala que a pesar de las “infamias” del sistema que estos idealistas consideraban injusto, entonces “solo 1 de cada 10 argentinos estaba bajo la línea de pobreza”, y hasta reconoce la transferencia social que existía en esa Argentina enfrentada, gracias al proceso educativo. Hoy todos sabemos que tres de cada diez argentinos se ven estancados en una pobreza estructural.

Hace 50 años, dice Caparros, 10 % era una inflación peligrosa y hoy sería un logro extraordinario (quizás aquí debería revisar algunos números, porque Frondizi recibió su gobierno con una inflación de 100 % y en los ’70, gracias a los manejos de ciertos gobiernos, estos índices subieron sustancialmente, solo hay que recordar al Rodrigazo, el Plan Austral y la hiperinflación que nos hostigó).

El Sr. Caparros reconoce desde su exilio español, que hace 50 años había 40.000 km. de vías férreas contra 4.000 actuales, que mal funcionan. También nos recuerda que nos autoabastecíamos de gas, petróleo y electricidad, y que fabricábamos aviones y trenes. La educación estatal era equiparadora de oportunidades, y los hospitales no estaban desbordados ni desprovistos.

Y sin embargo, un grupo de esa generación de 1950 (tan solo para darle un nombre), se encargó de imponer después de haber “vencido” en las urnas (un triunfo ajustado de Néstor) lo que no habían podido lograr empuñando un fusil. Y el resultado es este dislate económico, sumado a las coimas de Skanska, de Odebrecht, de los manejos de Lázaro Báez, de los impuestos impagos de Cristobal López…

El Sr. Caparros debería preguntarse qué hicieron los montoneros con los dineros de los secuestros de los Born y tantos otros empresarios (que dejaron de invertir en el país), o los millones que la cúpula de montoneros tranzó con los represores para su propia conveniencia.

El Sr. Caparros recurre a “la excusa heroica…” asesinaron a varios miles (8.000, le guste o no) y “nos hemos consolado pensando que el problema es que nos mataron a los mejores”. Falaz consuelo, porque salvo unos pocos de la conducción guerrillera, los demás están gozando de sus indemnizaciones. Este consuelo de Caparros peca de soberbia. ¿Acaso los muertos que asesinaron eran “peores” que ellos?

Qué puede saber Caparros si la hija del almirante Lambruschini o la hija del capitán Viola y el coronel Landaburre, entre muchos otros, hoy no hubiesen sido físicos, ingenieros o médicos brillantes, o que la cintura política del Dr. Mor Roig no hubiese contribuido a la paz de la patria, o el empuje industrial del Ing. Salustro no hubiese creado más y mejores empleos, o el juez Quiroga no hubiese impuesto esa justicia que tanto nos falta. ¿Solo los muertos con el fusil en la mano eran los mejores, Caparros?

Afirma Caparros “que nos mataron a muchos y fue una tragedia”, pero vale preguntar ¿Cuántos fueron ajusticiados por la misma cúpula de montoneros y cuántos  entregados a cambio de 30 monedas por Firmenich? Dice el Sr. Caparros “caímos en las fauces de bobos…” y “cada gobierno hace tantos desastres que el siguiente asume para deshacerlos…” y ahora a Macri le toca deshacer “el tinglado corrupto clientelar” del kirchnerismo. No es poca cosa Sr. Caparros…

Es verdad que las conductas anormales ya nos parecen normales de tanta repetición...

Pero a diferencia del derrotismo sesentoso con el que termina el artículo el Sr. Caparros desde su exilio, los que aquí resistimos la barbarie kirchnerista conscientes del final anunciado, guardamos un cauto optimismo.

El Sr. Caparros afirma: “Reventamos un país”. Mi primer impulso natural es negar el plural, echar la culpa a otros. ¿Qué tuve que ver con Néstor o Cristina o Scioli? Nada. Yo estudié, di trabajo y pagué impuestos, pero fui discriminado y hostigado por escribir lo que pensaba…

Sin embargo acepto el ejercicio de reconocer que aunque, en parte, uno debe asumir su fracción de culpa. “De palabra, de obra y omisión”, nos enseñaron en el catecismo, o “porque no quise, porque no pude, o porque no supe”, lo sintetizó Alfonsín, una víctima propiciatoria del peronismo opositor, o como lo escribió el “Tata” Yofre hace muchos años, “Fuimos todos” cuando con un destello de genio nos advirtió del dramático final que nos acechaba. Hubo una enorme mayoría que no se expresó con determinación, obnubilados por una bonanza ficticia.

Hoy el Sr. Caparros, a sus 60 años, reconoce el fracaso de una generación, aunque también se equivocó la generación del ’32 cuando apoyó la insurrección armada contra Rosas apelando a la intervención de una nación extranjera, y sin embargo le dio al país una Constitución. También se equivocó la generación del ’80 cuando trató de mantener ad aeternitas las prerrogativas de una oligarquía ilustrada, cuyas obras aún nos enorgullecen.

Yo desde mis 60 años reconozco cierto optimismo que puede pecar de inocente, porque confío en que los hacedores de la hecatombe reconozcan lo que les toca y sufran las sanciones que les corresponden, mientras los supérstites nos debemos esforzar por renacer de las cenizas del caos con la mente abierta y el corazón dispuesto a la reconciliación entre hermanos, dispuestos a trabajar por un futuro mejor.

Después de todo, este fue un país abierto a los hombres de buena voluntad…

Omar López Mato
Médico y escritor   
Su último libro es Ciencias y mitos en la Alemania de Hitler 
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.   
www.facebook.com/olmoediciones 
Gentileza de www.olmoediciones.com para 

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…