Sábado, 24 Junio 2017 21:00

Fierita

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En 1776 a instancias del primer Marques de Halifax se votó en Inglaterra una ley que punía con la muerte cualquier sustracción que excediese el equivalente de 12 peniques (algo así como £ 30 de hoy). Bajo esta ley se llegó a colgar a jóvenes de 14 años por haber robado un pañuelo. Con los años fue conocida como The Bloody Law (Ley sangrienta).

 

En casos de ofensas menores, por esta ley se permitía el traslado del penado a alguna de las muchas colonias inglesas. Así fue como se colonizó Australia y Tasmania.

Los ajusticiamientos, que en 1688 apenas llegaban a 50 ejecuciones al año, ascendieron a 220 cuando la ley se puso en práctica.

Para 1813 la norma se modificó y solo se podía condenar a ser ejecutados a personas que hubiesen cometido traición o asesinato.

De 1.400.000 crímenes juzgados, 900.000 terminaron con sentencias a prisión o exilio y 10.300 fueron ejecutados (incluyendo estos jóvenes, a los que ya hicimos referencia) y una sanción de 7 años de prisión aplicado a un tal John Walker por robar cebollas (desconocemos si es el mismo  que después se dedicó a destilar Whisky).

En Argentina hay más de 70.000 reclusos en penitenciarías que apenas pueden alojar 40.000 presos. La edad media de estos reclusos es de 35 años. El 50 por ciento de ellos no tiene sanción en firme. La población carcelaria se duplicó en estos últimos 15 años.

El 65 % de los presos son reincidentes, y el 60 % tiene en la familia antecedentes delictivos. Para colmo el 40 % de la población carcelaria es HIV +.

El tema de la criminalidad fue tratado desde antaño, Platón y Pinel ya los mencionan en sus obras, pero fue el psiquiatra James Prichard quien habló de locura moral. En el siglo XIX se pretendió simplificar el problema, creando la figura del criminal nato que popularizó Césare Lombroso. Ciertas variaciones anatómicas del cráneo podían predecir las inclinaciones de un individuo al crimen y en caso de presentar tales deformaciones eran agravantes para la pena por considerarlos incurables.

Estos conceptos positivistas fueron tan comunes que artistas como Degas dibujaron a criminales con tales formaciones craneanas, al igual que se exponían los cráneos de célebres malhechores, como Cartouche como ejemplo para que la población tomase conciencia de la existencia de estos individuos.

Las evidencias antropométricas fueron perdiendo fuerza mientras que se consolidaban conceptos psiquiátricos, como la psicopatía o “marcado comportamiento antisocial, una empatía con  remordimiento reducido y un carácter desinhibido”. Algunos casos son egocéntricos, no aprenden de la experiencia, y son incapaces de seguir un plan de vida.

Son claramente distinguidos por los profesionales de la salud mental, aunque muchos casos se presentan dudas, ya que los psicópatas son maestros en ocultar sus intenciones por su capacidad de persuasión o encanto personal. Generalmente se sostiene que alrededor del 5 % de la población tiene conductas psicopáticas, pero son más del 50 % los reclusos y 80 % de los reincidentes en las prisiones (me es imposible decir qué porcentaje de ellos se dedicará a la política).

Los psicópatas suelen tener historias de abusos en la infancia y son hijos de individuos alcohólicos o con conductas antisociales. Si bien no se encontraron hasta ahora pruebas definitivas, las tomografías por emisión de positrones o PET muestran alteraciones en el área de Brodman en la zona prefrontal.

A diferencia de los psicópatas se encuentran los sociópatas, aquellos que delinquen por necesidad o empujados por el medio. No tienen una tendencia natural al comportamiento antisocial, pero caen en él por carencias o falta de contención familiar.

Mientras que los sociópatas son capaces de retomar una vida normal sin caer en la delincuencia si se remueven las causas que lo llevaron a infligir la ley.

La novela Los Miserables, de Víctor Hugo es la historia de un sociópata acusado de robar pan para sus sobrinos en una sociedad que no reconoce la capacidad de rehabilitación. Curiosamente, la figura del policía que lo persigue, Javert, está basada en la vida de Eugène-François Vidocq, un criminal regenerado que se convierte en el primer jefe de la policía de París.

Mientras haya cárceles en las condiciones de hacinamiento que tenemos e institutos correccionales para menores que no puedan rehabilitar a nadie por más edad mínima de imputabilidad que tengamos, el índice de criminalidad irá en aumento de la mano de la pobreza. Mientras que no podamos revertir las condiciones sociales que llevan al sociópata a delinquir, seguiremos levantándonos cada mañana con noticias de robos y asesinatos.

El problema se agrava con el flagelo de la droga que aumenta las necesidades para adquirir los medios que le permitan sostener su dependencia además de hacer perder el sentido de realidad al criminal, quien aumenta su violencia y la tendencia a la trasgresión de las normas.

El tema no es fácil, pero mientras que existan condiciones sociales adversas y la droga reparta dinero entre traficantes, policías y funcionarios, sin garantizar educación y trabajo, las condiciones de inseguridad no van a bajar.

Si a ello agregamos una justicia burocrática y colapsada, que no puede manejar la mitad de los juicios, el panorama parece desolador.

Por tal razón “Fierita”, el nuevo libro que presento es una historia de la marginalidad.

Entiendo perfectamente que impere la indignación ante los crímenes que escuchamos a diario. ¿Cómo un pibe de 16 años mata a sangre fría a uno de 3? ¿Cómo puede ser que adolescentes entren y salgan de las comisarías como si pasaran por un molinete?

Lo que debemos entender es que a veces el altruismo es una forma de egoísmo. Para protegernos debemos asistir a esas bandas de pibes sin trabajo y sin educación (que fueron frutos de políticas de Estado cínicamente creadas para que un grupo de malandras se perpetúe en el poder, gracias a estas bandas de inadaptados; estos políticos necesitan burros, idiotas y locos para perpetuarse en un país anestesiado y con amnesia). Ojo, que no hablo de garantismo, otro mal de la burocracia leguleya que nos rige y que en un paradigma de estupidez, plantea que cómo las cárceles no rehabilitan, que los pibes queden sueltos para seguir delinquiendo. No. Eso tampoco ayuda.

Hay que sancionar y hacer un esfuerzo para rehabilitar a quienes puedan rehabilitarse, y tratar cada caso en miras a un futuro, porque estos jóvenes, que son el 30 % o más de nuestra juventud, es nuestro futuro. Entre esos pibes podrían existir médicos, físicos, genios (¿Habrá algún Newton o un Einstein entre ellos?). La riqueza de un país está en el cerebro de sus habitantes, no en la soja, ni en las vacas, ni en el litio, pero no sabemos cuál es el potencial de sus cerebros y si siguen así no lo sabremos jamás.

Si no tenemos un plan orgánico para rehabilitar a estos jóvenes son solo basura, criminales que a falta de otra opción salen a robar. Y como la vida de ellos vale poco, lo mismo vale la vida de los demás. Salen a matar o morir… y cumplen una de las dos opciones que les ofrece el destino.

Aunque sea por egoísmo aunque por más no sea, por nuestra seguridad y la de nuestros hijos, debemos hacer algo por estos jóvenes y rescatar a muchos de estos jóvenes de este caos, el fracaso más contundente de la sociedad argentina en los últimos años. 

Omar López Mato 
Médico y escritor 
Su último libro es Ciencias y mitos en la Alemania de Hitler 
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Gentileza de www.olmoediciones.com para 

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