Sábado, 12 Agosto 2017 21:00

I have a dream

Escrito por

Borges decía que si los argentinos hubiésemos tenido como libro de cabecera el Facundo y no el Martín Fierro, otro hubiese sido nuestro destino.

 

Si de fantasear se trata, podríamos también sostener que de haber existido un Henry David Thoreau en Argentina escribiendo su “Desobediencia civil”, otra sería la actitud de los ciudadanos argentinos y, consecuentemente, de los políticos (aunque sospecho que los mazorqueros lo hubiesen degollado... de eso se trata “El Matadero” de Esteban Echeverría... pero esto ya es contrafáctico).

Thoreau después de estudiar en Harvard y trabajar como docente y editor junto a Ralph Waldo Emerson, decidió retirarse a una cabaña sobre el lago Walden porque para él, esta vuelta a la naturaleza expresaba “la correspondencia radical entre las cosas visibles y los pensamientos humanos”.

Habitando ese espacio salvaje, recibió la visita de un recaudador que pretendía cobrarle seis años de impuestos atrasados (vale aclarar, que la propiedad era de su amigo Emerson). Thoreau rechazó abonar dicha cifra, porque sostenía que con ese dinero estaba costeando la guerra con México que para él era injusta e innecesaria. Por resistirse a pagar una cifra insignificante fue llevado preso y pasó una noche en la cárcel. Al día siguiente una tía, sin que Thoreau se lo solicitara, pagó el impuesto atrasado y éste fue liberado.

Durante los meses siguientes dio una serie de conferencias, donde explicaba su teoría sobre la resistencia tributaria.

Esta obra, inspirada en unos versos de Percy Shelley (“La máscara de la anarquía”), sostiene que el gobierno no debe tener más poder del que los ciudadanos estén dispuestos a concederle.

Tolstoi y Gandhi adhirieron a sus ideas, pero también fue fuente de argumentos de anarquistas, ecologistas y de activistas de los Derechos Humanos, como Martin Luther King y el movimiento de resistencia a la guerra de Vietnam (frecuentemente citado por los jóvenes universitarios que se oponían al alistamiento). Los conceptos de Thoreau tuvieron amplia aceptación y múltiples perspectivas que llegan hasta nuestros días con el anarcocapitalismo de Murray Rothbard.

Si bien cada época hizo su interpretación de los textos de Thoreau, la base esencial de su enseñanza es que ningún hombre moral puede adaptarse a una injusticia y es menester expresar esa disidencia y combatirla por medios pacíficos (en este caso, no abonando los impuestos que eran usados para fines siniestros, en la opinión de Thoreau). Su pensamiento se puede sintetizar en una frase (que lo separa del anarquismo): “Yo no pido que no haya gobierno, sino un gobierno mejor”. Mientras nuestro José Hernández (que en muchas cosas fue un disruptor de las políticas de Mitre y Sarmiento) termina aconsejando socarronamente el famoso “hacéte amigo del juez”, una síntesis de la concepción tan propia de la viveza criolla.

Las peripecias legales que hemos presenciado las semanas pasadas  y que prometen agravarse a pesar de las marchas de docenas de miles de ciudadanos responsables, pagadores de impuestos que se someten a las sanciones gubernamentales sin cortes ni piquetes, fue respondida socarronamente por los jueces, liberando de condena a Boudou por su maniobra fraudulenta. ¿Qué debemos hacer los ciudadanos ante este insulto? ¿No pagar las patentes de nuestros vehículos, los impuestos de nuestras casas o las multas por las infracciones? Eso hubiese sido lo correcto en caso de continuar el kirchnerismo, pero todos estamos de acuerdo en que este gobierno no creó el descalabro (aunque hay días que parece tener demasiada paciencia y cierta inocencia).

Debemos buscar la forma de mejorar el gobierno, de mejorar el poder legislativo y hacer viable la justicia a través de la expresión de nuestra disidencia cívica. No basta el voto de la mayoría, que incluye analfabetos y jóvenes semianalfabetos de 16 años y millones de personas que fueron víctimas de prebendas políticas, cautivos de la pobreza en la que el gobierno de los Kirchner los hundió para someterlos. Esta es una república y aquellos que sobrevivimos a la hecatombe K y tenemos los medios intelectuales para comprender los burdos manejos del cristinismo (que ahora se escuda en el silencio para evitar hablar de su apoyo al denigrante gobierno de Maduro) debemos forzar con civismo la enmienda de las injusticias flagrantes de las que somos testigos y víctimas.

Las marchas no deben hacerse a instituciones  cerrados, no hay que ir a Comodoro Py o al Palacio de Justicia de noche, las direcciones de Freiler, Gils Carbó, De Vido, Boudou y demás funcionarios o ex funcionarios acusados de corrupción son bien conocidas, a ellas debemos enviar cartas, miles de cartas que expresen nuestro repudio. Podrán no leerlas, pero sabrán que es la primera de las exposiciones a las que serán sometidos. Y si no bastan las cartas, las marchas irán a sus puertas, y si no bastan las presencias se arbitrarán las formas para que no puedan disponer de sus fondos por recursos de amparo, y así sucesivamente. Nuestro deber es quejarnos ante la injusticia y hoy está rebeldía pasa por no dejar impune la corrupción. El castigo moral y judicial debe llegar y si las instituciones no funcionan, seremos los ciudadanos los encargados de hacerlas  funcionar.

Como la marcha de la sal de Ghandi y el sueño de Martin Luther King, iremos horadando con nuestra resistencia cívica cualquier flagrante acto que nos ate al pasado corrupto que ahora busca desesperadamente su impunidad para  entorpecer el accionar de este gobierno y así catapultarse a una nueva hecatombe populista que promete no dejar nada en pie.

 

Omar López Mato 
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad  
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