Sábado, 02 Septiembre 2017 21:00

El general en su laberinto

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A lo largo de 40 años, el general Perón tuvo oportunidad de expresar su pensamiento, que naturalmente osciló, como el de cualquier persona, influenciada por los tiempos que le tocaron vivir. Desde el comienzo de su carrera como militar golpista, de la mano de Uriburu y la llamada “Hora de la espada”, pasó a una fascinación por el fascismo. Su segunda esposa se encargó de otorgarle un aire exaltado a su gestión de gobierno.

 

Muerta esta y acabados los fondos acumulados por los gobiernos anteriores al justicialismo, se olvidó de su admiración a la tercera posición y no le hizo asco a negociar con la Standard Oil. Después vino el golpe militar y comprendió que no eran tantos los que estaban dispuestos a “dar la vida por Perón”, como gritaban en sus actos.

Durante su exilio en España, después de las persecuciones que sufrió en los primeros años, se puso al día con las lecturas sesentistas, que aún veían al socialismo soviético como un paraíso. Su discurso fue virando con el oportunismo político y la estrategia de incomodar al gobierno de turno en Argentina.

Este progresismo que ostentaba atrajo a los grupos de izquierda que vieron en la alianza con el peronismo la oportunidad de ganar una pata popular.

Hasta entonces la izquierda en Argentina había sido un movimiento se intelectuales (casi una elite) que no habían tenido ningún prurito en aliarse a los conservadores o recibir sin asco el apoyo del embajador norteamericano Braden con tal de que Perón no accediese al poder. Pero también los tiempos cambiaron para los zurdos y los opositores de ayer, vieron la oportunidad de beneficiarse uniéndose al que se proclamaba como un “león herbívoro”.

El panquequismo es una constante en la historia de la humanidad.

Y gracias a estas alianzas espurias, el general mantuvo su vigencia desde Puerta de Hierro y a la larga pudo volver al poder con los resultados nefastos que solo algunos necios desmemoriados pueden exaltar.

A diferencia de muchos de sus nuevos socios que sostenían la utopía socialista de mutar la naturaleza humana para el triunfo de la revolución (aunque esto implicase la destrucción de los burgueses que fuesen poco proclives al cambio) el general, viejo zorro, había entendido que el hombre no cambia sino a través de un largo proceso cultural y evolutivo (somos simios con zapatos). Ya lo decía en una de sus frases memorables: “los muchachos son buenos, pero si los controlamos son mejores”, y  por la experiencia de los últimos 30 años de peronismo vemos que para seguir siendo “buenos” se encargaron de pervertir todos los mecanismos de control, comenzando, obviamente, con la Justicia.

En estos últimos años de democracia hemos sido testigos de un proceso de mutaciones bajo la amplia franquicia peronista. Desde los exaltados quemadores de ataúdes hasta el neoconservadores menemista (poco de neoliberal tuvo un gobierno que ataba la economía al 1 : 1, además de recordar que especialmente en el interior el peronismo tenía una amplia pata conservadora y sino ¿qué hacía Solano Lima junto a Cámpora?) pasando a su antípoda dirigista y populista, cuya conductora, la multiprocesada Cristina, despreciaba al general y su germen fascista, pero veía con mejores ojos la verba encendida de la abanderada de los humildes, que se vestía como una oligarca. El peronismo kirchnerista se encargó de sacar del olvido al Tío Cámpora, un Pinocho del general que se creyó que Perón tenía un corazoncito comunista (melange trasnochada de John William Cooke).

La verdad nunca entendí qué le vieron los K al Dr. Cámpora (cuando apareció “La Cámpora” creí que era una broma de Borenstein). Los que fuimos testigos de esa época, lo veíamos como un muñeco de trapo sin voluntad. Dicen que el inspirador de su rehabilitación fue Máximo, lo que explica mejor la ignorancia supina que lo impulsó a resucitar al odontólogo. Probablemente a los K les haya entusiasmado su servilismo (Perón como buen milico, siempre apreció la sumisión –que llamaba lealtad- y Cámpora fue el non plus ultra del chupamedismo con su famosa frase: “La hora que usted diga, mi general”) o su despiste fenomenal al abrir las puertas del poder a los mocosos imberbes que pensaron que podían manejar al “viejo” (así se referían a Perón) tirando a sus pies el cadáver de Rucci.

El hecho concreto es que hoy se está acabando la franquicia, lo que no quiere decir que desaparezcan los concesionarios, proclives a volcarse en distintos emprendimientos, peleándose por la marca.

El sindicalismo se ve acosado por su caos administrativo (que podrá desembocar en juicios por múltiples estafas), la presión de los troskistas (que braman desde su segunda fila) y la natural beligerancia de los barrabrava que mantienen diferencias históricas, (como los Montesqui y los Capuletos) y ahora han encontrado la original forma de pelearse con cruces, cual templarios en la batalla de los Cuernos de Hattin.

La lucha de fondo dentro del peronismo se está dando entre los antiguos adláteres de Cristina, que buscan despegarse de los conflictos legales en los que la ex primera dama se ha sumergido. Este es un amplio espectro que va desde el gattopardismo de Massa (Margarita no sabe qué hacer en ese cantero), hasta el cuasi macrismo de Urtubey, pasando por la nostalgia anfótera de Randazzo y Abal Medina.

Cristina y su banda de forajidos, a falta de un apoyo partidario, se han volcado a la izquierda siguiendo sus tendencias naturales (todos vuelven al primer amor. Perón al fascismo y Cristina a la izquierda revolucionaria). Ahora le resulta funcional todo lo que sirva para crear inestabilidad, aún la discutida situación de Maldonado. Repudio fervientemente el uso de la imagen de Maldonado en las escuelas. No debemos olvidar que la guerra civil de los ’70 se generó en los colegios.

En el Colegio Militar que le enseñó a sus alumnos sobre “la izquierda apátrida” como el enemigo a destruir, como lo consignó un presidente peronista. Las clases en las que se inculcaron estos principios eran dictadas por profesores pagos por el Estado, en un colegio del Estado.

En el Nacional Buenos Aires, de dónde salió parte de la dirigencia Montonera (y también es un colegio del Estado).

Y por último, de los colegios religiosos y su teología de la liberación, con los curas del Tercer Mundo y las consecuencias que generaron (y de las que después se desentendieron al convertir la cruz en espada (parece que los peronistas tienen algo con los crucifijos, como demuestran los secuaces de Moyano).

Esta educación que solo crea grietas, de donde salen los dos demonios, no debe repetirse. Contemplemos nuestra historia y veremos la génesis de nuestras desgracias como nación.

La impresión es que el peronismo que conocimos, el peronismo de la bolsa de gatos, va a escindirse después de los próximos reveses electorales. Es la historia natural de los partidos populistas.

Ya los senadores justicialistas, que hasta ayer se dejaban pisotear como felpudos, alardean de hacer un frente contra quien, hasta hace dos años nomás se inclinaban con temor y reverencia.

Vamos hacia la disgregación del peronismo, pero no a su desaparición. Siempre habrá quien quiera quedarse con la imagen del general y su conyugue, haciendo uso de alguna de esas célebres apotegmas a los que nos tenía acostumbrados, porque como decía al principio, en estos 60 años de historia fueron tantos los discursos, las citas, los libros, las anécdotas y escritos, que cualquier barbaridad se puede justificar apelando a la verba del general, sin que éste convulsione en su transitado ataúd.

Omar López Mato 
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad  
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