Sábado, 09 Septiembre 2017 21:00

Dad a Dios lo que es de Dios…

Escrito por

Estas palabras fueron la condena de Cristo, cuando le quitó a su prédica connotaciones políticas. Hasta entonces muchos judíos creían que era el Mesías, un guerrero que iba a liderar la rebelión contra los romanos para liberar al pueblo de Israel.

 

Sin embargo esta afirmación que separa el orden religioso del poder temporal creó malestar entre los grupos más radicalizados, los zelotes, que no comprendían ni compartían el mensaje pacifista de Jesús.

Si a esto debemos agregar que días más tarde expulsó a los mercaderes del Templo, complicando los negocios del Sanhedrín, entenderemos por qué fue la dirigencia israelita la que insistió en la eliminación de Cristo.

Poncio Pilatos se lavó las manos, porque no veía en la prédica del Nazareno una amenaza a Roma sino un problema para la conducción de la comunidad judía. Era este un conflicto interno en el que Pilatos no se quería ni debía entrometerse.

Las parábolas de Cristo pueden prestarse a interpretaciones, pero esta afirmación es taxativa y sin embargo los que se llaman representantes de Cristo en la Tierra han insistido a lo largo de 2.000 años en aunar el poder religioso con el poder terrenal.

Mientras que en el mundo imperaba una teocracia, se podía mantener un orden social donde comulgaban ambos poderes, pero a medida que la sociedad se fue secularizando, la Iglesia debió recurrir a otras formas de adoctrinamiento, y siempre ha resultado el método más eficiente predicar a las permeables mentes de los niños y jóvenes.

En el siglo XIX surgió un debate en el seno de la sociedad cuando se planteó quien debía llevar adelante la educación de nuestros hijos, si el Estado o la Iglesia.

En la Argentina, esta discusión llevó a arduas controversias que en cierto momento condujeron a desordenes como la quema del Colegio del Salvador en 1875.

El debate final sobre la educación laica no lo llevó adelante Sarmiento, consagrado como el paladín de la educación, sino el Dr. Eduardo Wilde, sobresaliente profesional, héroe en la lucha contra las pestes que azotaron a Buenos Aires, el cólera y la fiebre amarilla, espléndido escritor y atractivo orador que tuvo la habilidad de llevar adelante una discusión contra los vehementes creyentes en la educación religiosa, como lo eran Pedro Goyena, José Manuel Estrada y Tristán Achaval, personas de enormes recursos dialécticos.

Sarmiento para 1884 estaba viejo y sordo, y había acentuado su tendencia a imponer sus convicciones con intemperancia. Como les respondió a sus colegas Senadores cuando expresaron su inquietud por la sordera del ex presidente: “Yo no vine a escuchar, vine a que me escuchen”. Una actitud como esta hubiese complicado las discusiones en el Congreso. Solo la verba filosa del ministro Wilde logró su cometido político.

Entre las razones que esgrimió para fomentar la educación laica estaba el hecho que la inmigración traería a “esos hombres de buena voluntad” con diferentes confesiones y que la educación pública no podía imponer a los niños creencias ajenas a las de sus padres.

La ley 1420 de educación laica, gratuita y obligatoria fue una de las bases de la prosperidad argentina y una de las razones por las que el Dr. Wilde (quien también fue responsable de consagrar la ley de matrimonio civil durante el gobierno de Roca, que terminó con la expulsión del nuncio monseñor Matera) fuese olvidado de la historia y hoy en ninguna escuela hay un retrato que lo recuerde.

Sin proponérselo, el Dr. Wilde hacía cumplir el dictamen cristiano de dar a Dios lo que es de Dios y a César, lo del César. Al secularizar la educación y el matrimonio le quitaba un enorme poder a la Iglesia.

La instrucción religiosa quedó en calidad optativa, requiriendo autorización de los padres y que se dictara fuera del horario escolar.

Hoy resurge el debate porque en Salta se ha vuelto a dar clases de religión en horario escolar, dejando a los alumnos que no quieren asistir a la misma, sin actividad. Esta división entre asistente y no a las clases de religión, creó una división en la sociedad a punto tal de negar a un alumno portar la enseña patria por su inasistencia a dichas clases de religión, violentando los derechos del niño, los de libertad de culto y el derecho republicano de respetar a las minorías.

Lamentablemente las generaciones posteriores a la de 1880 fueron entregando las banderas de las laicidad. La profusión de escuelas religiosas –principalmente católicas con sustento estatal- fueron dejando en el olvido la perspectiva educativa de Sarmiento, Wilde y Onésimo Leguizamón, entre muchos otros.

Se acepta la libertad de elección de los padres para instruir o no en la fe a sus hijos, pero cuando esta imposición penetra en los colegios estatales –donde no todos tienen esa capacidad de elección- y trasunta un espíritu de imposición que lleva, como todo fundamentalismo, a discriminación y exclusión de grupos minoritarios.

El artículo 19 de nuestra Constitución exige el máximo respeto por las convicciones personales y le reserva el derecho al individuo de preservar sus opiniones. Cuando se fuerza al niño y a su familia a elegir o no la enseñanza religiosa, estamos vulnerando este derecho.

Sabemos además que estas imposiciones educativas desde temprana edad dejan improntas difíciles de erradicar que terminan condicionando la vida de las personas (sobre todo cuando les hablan de culpas, de premios y castigos).

Algunos grupos proponen enseñar religiones o historia de las religiones, y no una religión. Eso sería ideal, pero utópico, el que suscribe debió rendir 4 teologías en la Universidad y resultó difícil encontrar un profesor de teología que no haya caído en la intención (voluntaria o no) de catequizar.

Me imagino que a nivel primario el tema será más difícil, además de caer en algunas “exageraciones”, de interpretaciones personales de la enseñanza de Cristo o directamente distorsiones de la doctrina como fue “la teología de la liberación” que tantas y tan nefastas consecuencias trajo a nuestra sociedad.

Separar la Iglesia de la educación y del Estado fue una tarea colosal encarada por personas que lucharon por liberar a la humanidad de las cadenas del fundamentalismo que se esconde tras las sombras de las tradiciones y los atavismos.

Recordemos la discriminación que sufrieron las maestras norteamericanas traídas por Sarmiento, llegando a negarles sepultura por ser ellas protestantes, cuando ya existía la ley de secularización de los cementerios dictada por Eduardo Costa, justamente porque se impedía el entierro de masones y personas que no adherían a la religión católica.

Recordemos, así mismo, los Pogrom que acaecieron durante la “Semana trágica”, el gobierno de Irigoyen, y las múltiples muestras de antisemitismo que persisten hasta la fecha.

Por eso, y para terminar, evoco los últimos días de Sarmiento (cuya laicidad siguió un camino más zigzagueante que el de Wilde, ya que el sanjuanino, entre sus muchos escritos, también confeccionó un catecismo). Cuando estaba muriendo en Asunción, pidió a su familia que no hubiese un sacerdote presente porque no quería “que por un instante de debilidad pueda comprometer la dignidad de mi vida”.

Sin embargo, un sacerdote fue convocado esa madrugada en que Sarmiento sintió que “el frío del bronce lo invadía”.

¿Fue convocado por un allegado, anticipándose a esa debilidad que no llegó o acaso en el sanjuanino triunfaron los miedos primigenios inculcados en su infancia? Murió sin ver el amanecer y se llevó este último secreto a la tumba.

Omar López Mato  
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad  
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 
www.facebook.com/olmoediciones 
Gentileza de www.olmoediciones.com para 

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…