Jorge Raventos

 

El diario español El País, que no milita en la grieta local, publicó el lunes 15 un título que revela tanto ciertas expectativas opositoras que las urnas frustraron, como la alegría oficialista por haber evitado un desastre mayor: "Una remontada electoral inesperada mantiene con vida al peronismo", puso. Evidentemente, hubo "remontada", aunque no fue suficiente para evitar la derrota.

 

En el epílogo de una campaña electoral anémica, donde los candidatos nunca llegaron a ilusionar al electorado, el oficialismo sufrió dos golpes que algo incidirán sobre el resultado final.

 

A poco más de una semana de la elección de medio término, la mayoría de los encuestadores descuenta que las cifras de las primarias de septiembre serán básicamente ratificadas el 14 de este mes. Hay quien prevé que el oficialismo recuperará un poco de terreno en términos porcentuales, pero no lo suficiente como para primerear.

 

 

A partir del 15 de noviembre, ya atravesada la encrucijada cruel del cuarto oscuro (se verá con qué saldo), el Gobierno deberá afrontar un desafío más exigente, que por el momento se ve postergado por la necesidad de contener (o al menos disimular) las diferencias internas hasta el comicio. A partir de aquel día tendrá que zanjar de manera inequívoca el rumbo inmediato de la administración, lo que no necesariamente equivale a disipar todas las ambigüedades, pero sí a comenzar a definir un liderazgo y una política, tras la crisis con la que las primarias de septiembre castigaron al sistema de poder hasta allí vigente.

 

 

Las elecciones primarias ocurridas hace menos de un mes consumaron el desmantelamiento del sistema de poder establecido a fines de 2019. El sistema de poder vigente desde diciembre de 2018 se había ido deteriorando (en buena medida por su propia naturaleza) y las urnas provocaron su colapso. Desde aquella elección de dos años atrás, el oficialismo ha sufrido un retroceso monumental: en 2019 triunfó en 19 provincias, el 12 de septiembre apenas lo hizo en seis.

 

 

Para ciertas facciones de la prensa porteña, contaminadas por el simplismo analítico de la grieta, la última reorganización del gabinete de Alberto Fernández sólo puede interpretarse como una nueva confirmación de que "la que siempre gana", "la que comanda", "la que consigue lo que quiere" es la vicepresidenta, la señora de Kirchner. Es probable que haya que revisar ese enfoque.

 

 

El anuncio público de una seguidilla de dimisiones de ministros y altos funcionarios de su gobierno sorprendió a Alberto Fernández el miércoles 15 en los pagos de José C. Paz que gobierna hace años Mario Ishii.

 

 

Es probable que, durante el último trimestre de este año, a partir de los datos que dejen las primarias del próximo domingo y de los presagios sobre la elección de noviembre, empiecen a tomar forma las combinaciones acuerdistas que se tejen y destejen desde hace algunas semanas.

 

A unos días de que tengan lugar las elecciones primarias (abiertas, simultáneas y obligatorias), si bien los oráculos demoscópicos se muestran dispares en materia de resultados, convergen en un punto: lo que ha crecido es el desinterés y la apatía de los ciudadanos en relación con estos comicios, por lo que es muy plausible que decaiga significativamente la participación electoral en las generales de noviembre y, con más razón, en las PASO de septiembre.

 

 

Mientras las consultoras de opinión pública apelan a todos sus instrumentos analíticos para adivinar los resultados de las elecciones primarias del 12 de septiembre y las generales del 14 de noviembre, la ciudadanía no se muestra mayormente conmovida por las campañas políticas.

 

Aunque a Alberto Fernández lo deleita sentirse "un hombre común" (que toma exámenes en la facultad, compone canciones o suelta citas literarias impropias), las decisiones que adopta (como las que demora u olvida) están cargadas de otro contenido porque él es Presidente de la Nación y en la figura presidencial se encarnan la máxima autoridad nacional y la legitimidad democrática, por la condición insustituible e indelegable que le otorga su carácter de único funcionario público electo por la totalidad del pueblo argentino.

 

En una semana en que el gobierno de Alberto Fernández ofreció muestras de autonomía al procurarse un acercamiento más estrecho con el de los Estados Unidos, la designación de Jorge Taiana como nuevo ministro de Defensa quiso ser interpretada, desde usinas opositoras, como un paso atrás en esa actitud y un nuevo gesto de diciplinamiento ante Cristina de Kirchner.

 

 

Parece difícil que el proceso electoral de renovación parlamentaria que ya está en marcha pueda determinar un desempate en la pulseada que libran las dos grandes coaliciones políticas.

 

 

La campaña electoral ya está en marcha y la temperatura política empieza a elevarse, con el paisaje de fondo de la inquietud del dólar y de la inflación indómita.

 

 

La oficialización de nominaciones para las primarias obligatorias de septiembre ha concluido sin grandes sorpresas.

 

 

Como consecuencia de las restricciones del gobierno argentino a los vuelos del exterior, Mauricio Macri quedó varado en Zúrich. Afortunadamente la FIFA le garantizó un techo durante la obligada demora. Presentar su libro -Primer Tiempo- en Madrid, codearse con la plana mayor de la derecha light española (el Partido Popular) y marcar tarjeta en Suiza, en la entidad futbolística mundial de la que es funcionario, no lo consolaron de las amarguras que le deparaban las noticias de Buenos Aires.

 

La clasificación de Argentina como mercado "standalone" por parte de Morgan Stanley Capital Investments es un irónico homenaje al excepcionalismo que a menudo se reivindica como rasgo distintivo de la singularidad nacional. Para MSCI, Argentina no tiene parangón, por eso degradó al país del status de "mercado emergente" a esta categoría, que no representa un escalón inferior (eso hubiera sido el retorno a la condición de "mercado de frontera"), sino un mundo aparte, incomparable, aislado. ¿"Argentina paria internacional"?, como definió Carlos Escudé cuatro décadas atrás.

 

No habría que escandalizarse ante el hecho de que por estos días se vea a los políticos ocupando buena parte de sus jornadas en la disputa de posiciones y espacios de poder, tanto enfrentando a divisas adversarias como a cofrades, compañeros o correligionarios.

 

 

Las encuestas de las últimas semanas muestran casi unánimemente que la principal preocupación pública ha dejado de ser la pandemia. Ahora la inquietud prioritaria es la situación económica, antes que nada, la inflación.

 

A medida que el año avanza hacia los comicios de medio término -apenas postergados hasta el mes de noviembre- se intensifica la conurbanización del oficialismo. En los 24 partidos que flanquean a la Capital Federal en tres cinturones y agrupan el 65 por ciento de la población de la provincia de Buenos Aires -y el 25 por ciento de la del país- se encuentra el eje del poder electoral del Frente de Todos y de su corriente principal, la que responde a la vicepresidenta Cristina de Kirchner.

 

Las cifras de contagios y de fallecimientos causados por el Covid 19 baten en estos días los récords locales. La velocidad de transmisión del virus se incrementa y la edad promedio de las víctimas desciende. Los especialistas -infectólogos, epidemiólogos- recomiendan aumentar los controles y adoptar medidas más estrictas para limitar la circulación de personas por unas semanas y así contener la ola de contagios mientras se avanza en el proceso de vacunación.

 

 

La gira europea de Alberto Fernández dejó por una semana a la vicepresidenta a cargo del Poder Ejecutivo. La señora de Kirchner ha cumplido hasta aquí ese vicariato con una notable discreción (sin robar cámara, dirían en el ambiente televisivo), muy consciente tanto del poder real que ejerce (y de sus efectos) como de las resistencias que produce la eventualidad de formalizarlo.

 

Aunque no faltan comentaristas que, con lenguaje de vísperas, imaginan constantemente alguna gran ruptura o alguna inminente catástrofe decisiva, pese a atravesar una fase dramática de la pandemia (con alta detección diaria de contagios, gran número de bajas y recursos sanitarios próximos al agotamiento) la Argentina coquetea con una crisis política, pero en el borde termina eludiéndola.

 

Es posible que la batalla de las clases presenciales a la que se han empujado los gobiernos de Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta constituya para ambos un juego de masacre, en el que uno y otro se desgastan en beneficio de terceros. También es posible que las partes interesadas estén tomando nota de esa situación.

 

A Alberto Fernández se le venía reclamando que ejerciera sin timidez la autoridad presidencial. Esta semana decidió satisfacer ese pedido. Tarde piaste, dirán algunos.

 

No sólo el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, considera que la segunda ola de la pandemia adopta en el país los rasgos de un tsunami. Con imágenes menos hiperbólicas que se corresponden con su estilo más mesurado, el doctor Fernán Quirós, ministro de Salud porteño, coincide en la notable envergadura de esta etapa de continuidad y reencarnación de la peste, sobre la que él venía alertando hace semanas.

Una semana atrás, el presidente Alberto Fernández apeló a una cadena nacional para sincerar lo obvio: el país no recibe las vacunas que él mismo anunció con pronunciado optimismo el 10 de diciembre (aseguró entonces que a fines de febrero habría 10 millones de argentinos inoculados: a fines de marzo sólo se ha vacunado a la quinta parte de esa cifra).

 

El inquietante episodio de la desaparición de una niña consiguió varios milagros simultáneos. Uno, que la niña y su madre, y su contexto se volvieran repentinamente visible para una sociedad que, en buena medida, fuera de situaciones excepcionales, suele mirar para otro lado cuando se tropieza con el cuadro de la pobreza extrema y sus consecuencias potenciales o reales. “La paradoja es que esta chiquita apareció el día que desapareció”, reflexionó amargamente un cuadro político.

Las tensiones y torpezas de la política conspiran frecuentemente contra las oportunidades que pueden abrirse al país para afrontar mejor las situaciones críticas. La circunstancia de que 2021 sea un año electoral incrementa esa proclividad.

 

Promediando el primer trimestre de 2021, la Argentina empieza a divisar una situación económica más prometedora que la que experimentó el año anterior. Para decirlo con palabras de Domingo Cavallo, una opinión autorizada en la materia, "la aparición del viento de cola para las exportaciones argentinas en los mercados del exterior, algún ajuste fiscal y una mayor dosis de profesionalismo en el manejo monetario y cambiario, han hecho que el escenario de fuerte devaluación y descontrol hiperinflacionario se aleje en el horizonte".

 

Para dimensionar mejor el repicado escándalo de las vacunas ventilado a partir de las declaraciones de Horacio Verbitsky, que determinó el pedido de renuncia al ministro Ginés González García y una situación de turbulencia en el Gobierno, conviene evocar un hecho parecido ocurrido dos décadas atrás.

Los sectores más intensos del kirchnerismo exteriorizaron en los últimos días su creciente irritación con la Casa Rosada. Lo hicieron, por un lado, con la excusa de la respetuosa y cálida actitud que Alberto Fernández adoptó ante la muerte de Carlos Menem -probablemente el político al que ellos más han aborrecido-, pero sobre todo en virtud de que no sienten que el Poder Ejecutivo acompañe con energía y eficacia la batalla que ellos libran para disciplinar a la Justicia.

 

El Gobierno que preside Alberto Fernández dedicó buena parte de esta semana a sentar las bases de un diálogo intersectorial que permita "coordinar expectativas" de los distintos sectores, contener la inflación y las presiones sobre el dólar y dar las primeras puntadas de un acuerdo que se remataría con la hasta ahora postergada instalación de un Consejo Económico Social.

 

El martes último la eminente revista científica The Lancet dio a conocer los resultados de los exámenes de la fase 3 de la vacuna Sputnik V. El arbitraje de la afamada publicación fue rotundo.

 

El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, explicó el último domingo que la ciudad se está quedando sin dosis de vacunas contra el coronavirus. "No podemos continuar con la vacunación porque no tenemos suficientes vacunas", argumentó el funcionario, tras anunciar que por ese motivo suspendía la apertura de nuevos puntos de vacunación, como los grandes estadios neoyorquinos.

 

Una mirada rápida a los diarios permite comprender sin esfuerzo que la grieta que afecta la política argentina y obstruye la construcción de soluciones comunes a los problemas que afligen al país es, en rigor, apenas la versión local de una pandemia que golpea a muchas sociedades del planeta.

 

La diputada Fernanda Vallejos (una pupila dilecta de Cristina Kirchner), consideró que Argentina sufre "la maldición de exportar alimentos".

 

 

El miércoles 9, en vísperas del primer aniversario del gobierno del que forma parte destacada, la señora de Kirchner emitió un nuevo manifiesto a través de las redes sociales.

 

 

El gobierno de Alberto Fernández está en vísperas de cumplir su primer año. En diciembre de 2019, después de un capítulo final del período de Mauricio Macri durante el cual el país bordeó el precipicio de la ingobernabilidad, la perspectiva que abría un nuevo gobierno asentado sobre el peronismo, más allá de otros sentimientos, hacía conjeturar un período de autoridad firme.

 

 

¿Hizo mal el gobierno de Alberto Fernández al organizar el último adiós a Diego Maradona en la Casa de Gobierno? ¿Fue un intento de manipular el sentimiento colectivo?

 

 

Si la carta que los senadores peronistas dirigieron el último domingo a la conducción del Fondo Monetario Internacional (reclamando a la entidad que "se abstenga de exigir o condicionar las políticas económicas para los próximos años" y enrostrándole "irresponsabilidad" por el préstamo que en su momento le concedió al gobierno de Mauricio Macri) tuvo el objetivo, como postulan algunos comentaristas, de poner un palo en la rueda de las negociaciones que encabeza el ministro Martín Guzmán, habría que concluir que el frente oficialista se encuentra en la antesala de una ruptura catastrófica.

 

 

Con el cambio de titular de un ministerio Habitat, Vivienda, Alberto Fernández ha iniciado quizás una segunda etapa de su gobierno.

 

 

Guste o no, se desconfíe o no, la carta que la señora de Kirchner publicó diez días atrás sigue ejerciendo su influencia en la atmósfera política.

 

 

"La Argentina es ese extraño lugar en donde mueren todas las teorías", postuló Cristina Kirchner unas horas antes del décimo aniversario de la muerte de su esposo, en una extensa carta que publicó en su blog personal y con la que, en más de un sentido, confirmó esa hipótesis.

 

 

Aunque se haya frustrado en gran medida la dimensión virtual que se le quiso dar, la última conmemoración del 17 de octubre tuvo un significado político que permite entrever un horizonte de cambios en el oficialismo. Habrá que ver si los cambios se materializan.

 

 

La entrevista que el presidente Alberto Fernández concedió al portal El Cohete a la Luna, que conduce Horacio Verbitsky, puede ser leída como una señal contradictoria con otras que el Gobierno emitió en la última semana o, por el contrario, como una confirmación paradójica de estas.


Con el cepo “para aguantar” (Martín Guzmán dixit) la escasez de dólares como símbolo de la etapa, el gobierno nacional se ha transformado en una estructura a la defensiva. Eduardo Duhalde ve groggy a Alberto Fernández (lo compara con Fernando De la Rúa y con él mismo cuando preparaba su retirada) y el Presidente procura desmentirlo exhibiendo algunos gestos de combatividad que -al revés-, confirman su endeblez.

 

Después de atravesar angustiosamente una crisis en el terreno de la seguridad que incluyó el hostigamiento a la residencia presidencial y a la del gobernador bonaerense -una revuelta de la policía de esa provincia, fuerza que integran 90.000 efectivos-, el gobierno de Alberto Fernández tuvo que afrontar otro asedio: el de la demanda de dólares, que ha ido consumiendo las magras reservas del Banco Central.

 

Durante este fin de semana el oficialismo y Juntos por el Cambio empezaron a negociar los pasos que culminarían el lunes 7, con los que se pudo rebobinar la tensión institucional que se había creado en el Congreso.

El presidente Alberto Fernández está decepcionado: su gobierno acaba de renegociar una deuda monumental y ha sacado al país de la situación de default que arrastraba desde más de un año atrás, y siente que, sin embargo, tanto la prensa más extendida como un sector apreciable y activo de la sociedad lo maltratan.

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