Miércoles, 01 Diciembre 2021 11:42

El cuento de que la deuda con el FMI es “el” problema tiene fecha de caducidad - Por Marcos Novaro

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Cada paso que da el ministro para sostenerse hasta el acuerdo con el FMI, lo aleja más de lo que el organismo le exige: endurece el cepo, limita más los mercados. La negociación es difícil, pero lo que viene después va a ser peor.

El gobierno está en un brete. Que en gran medida se generó él mismo. 

Tiene por delante tres o cuatro meses muy difíciles. Compatibilizar lo que sus votantes esperan de él con lo que el Fondo le reclama es un incordio. Más todavía y hacerlo después de una dura derrota electoral, cuando desde Cristina y La Cámpora hasta los gobernadores y sindicalistas, todos en el FdeT le dan golpecitos en el hombro como gesto de apoyo, con un palo bien largo, no vaya a ser que los contagie con su mala onda.

Pero Alberto y su ministro Guzmán no van a tener otra que tragarse el sapo, y dar algunas cuantas malas noticias, que con suerte lograrán concentrar durante el verano, porque ya no pueden seguir estirando las cosas, como han venido haciendo desde que asumieron.

Sin embargo, visto en perspectiva, tal vez el próximo cuatrimestre sea no el más, sino el menos complicado de todos los que le esperan hasta concluir su gestión.

Porque al menos van a tener a quien echarle la culpa: lo peor que le va a pasar al gobierno con el FMI no es la negociación en sí, que va a ser complicada y costosa, no cabe duda, sino que ella algún día va a terminar, y con ella terminará también el cuento de que la deuda con ese organismo es el gran problema que enfrenta el país, que les ata las manos a nuestras autoridades y les impide realizar sus promesas.

Esa cantinela se va a agotar en cuanto se firme el entendimiento, porque desde entonces, y hasta que haya que empezar a pagar los compromisos, tal vez tiempo después de que Alberto Fernández se vuelva a su casa, nos vamos a quedar solitos y con todos nuestros problemas a cuestas, los que realmente nos complican la vida: la inflación, la falta de reglas de juego confiables, la ausencia de inversiones y la incapacidad para generar empleo y sacar a millones y millones de argentinos de la pobreza y la improductividad.

Si Alberto y su ministro tuvieran en cuenta lo que van a extrañar al FMI cuando ya no ocupe todas las portadas de los diarios, podrían disfrutar el momento, y tomarse menos dramáticamente las complicaciones propias de la negociación que tienen delante.

Claro que, para hacerlo, deberían haber sido un poco más previsores y no dejar las cosas para último momento. Evitar que el dead line para firmar los agarrara con el asunto tan mal estudiado y ellos tan debilitados.

Es esta falta de timing lo que termina de complicarles la vida. La mejor evidencia al respecto es que los papeles se han invertido completamente en cuestión de días: hasta hace poco nuestros representantes le daban largas al asunto, se tomaban con soda los pedidos que llegaban de Washington para sentarse a hacer números y hablar en serio; y ahora de pronto son ellos los que están desesperados por apurar las cosas, quieren quemar etapas y firmar en lo posible antes de fin de año.

La razón es sencilla: el gobierno se gastó hasta lo que no tenía para bancar el “plan platita”, retrasar el dólar y sostener la idea de que “la economía está en plena recuperación”; y de todos modos hizo una muy magra cosecha electoral, así que ahora tiene que pagar las cuentas, enfrentar todos los problemas juntos, y hacerlo encima desde una posición de debilidad.

Es así que, mientras se desvela por apurar el acuerdo con el Fondo, necesita rascar el fondo de la lata de los dólares.

Por eso va contra los que viajan al exterior, esos malditos, contra los bancos y sus tenencias en divisas, y contra los importadores. Ya antes había adelantado la liquidación de exportaciones. Es decir que lo que iba a recibir de retenciones, fundamentalmente por la cosecha de trigo, durante los próximos meses, ya se lo embolsó en gran parte antes de las elecciones. No va a tener más ingresos, y está desesperado por ahogar la salida de divisas.

Todo lo cual supone un problema extra: porque para pavimentar el camino hacia el acuerdo con el FMI, toma medidas que lo alejan de las exigencias que el organismo le plantea. Éste reclama menos cepo, no más; menos interferencias en el comercio y los mercados en general, no más intervencionismo.

Y como además los negociadores del Fondo conocen estas urgencias oficiales, se entiende que ahora se den el lujo de mostrarse detallistas y parsimoniosos. Es difícil que Guzmán, en estas condiciones, vaya a obtener de ellos muchas concesiones. O que pueda recuperar el tiempo que estuvo perdiendo hasta acá. Se le ocurrió un poco tarde.

Durante lo peor de la pandemia hubiera logrado seguramente condiciones mucho más benignas. Pero fue entonces que él y el presidente se dejaron llevar por la mala costumbre de dilatar las cosas y apostar al mejor escenario. A fines del año pasado ambos se convencieron de que, sin acuerdo, llegaban mejor parados a las legislativas.

Podrían evitar malas noticias sobre tarifas, el dólar, el gasto público y demás, y usar los dólares del campo, los DEGs y las vacunas que Sigman y Putin prometieron suministrar a tiempo, para hacer de 2021 el gran año de la recuperación. No imaginaron que las vacunas contratadas se iban a demorar, la segunda ola iba a dejar miles de muertos y nuevos daños sobre la economía, y ni los dólares del campo ni los DEGs iban a alcanzar para dar vuelta el malhumor social.

Así fue como jugaron sus cartas el presidente y su ministro, tomando altísimos riesgos, que pago la sociedad con pobreza y muertes evitables, y ellos con unos cuantos millones de votos. Tiene algo de razón Cristina en estar decepcionada por como jugaron con su capital político.

Ahora presidente y ministro ya no pueden postergar los disgustos que quisieron ahorrarles a los votantes, y ahorrarse a sí mismos, un año atrás. Y que en el interín se han agravado, por el paso del tiempo y la mucha menor disposición del Fondo a ser concesivo. Pero al menos en el Ejecutivo parecen dispuestos a ya no seguir perdiendo el tiempo, y hacer lo que haya que hacer, más bien rápido. Para lo cual, además de una mano de la buena fortuna van a necesitar gestionar, tomar decisiones y aplicarlas, en forma mínimamente coordinada. No es algo en lo que hayan demostrado mucho talento.

Si lograran ir contra su naturaleza y hacer un ajuste rápido y mínimamente ordenado, aprovechando el verano, tal vez pasados los primeros meses de 2022 se les abriría una oportunidad para sobrevivir: con un aunque sea tibio proceso de recuperación podrían estar entrando al año electoral con chances de pelearla, y evitar que la distancia que hoy guardan con ellos sus compañeros de ruta del FdeT se convierta en un abismo.

Pero deberían hacer todo bien en los próximos meses. Y junto a eso, gastado ya el argumento del Fondo, buscar alguna otra explicación sobre los problemas que enfrentamos, e idea de cómo superarlos. En eso el presidente y su ministro son aún más menesterosos que como gestores.

Marcos Novaro

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