Miércoles, 02 Marzo 2022 07:31

¿Cómo? La pregunta sencilla que no puede responder Alberto Fernández - Por Diego Cabot

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No hubo anuncios significativos en la apertura de sesiones ordinarias, aunque se descartó avanzar con las reformas previsional y laboral; el presidente no habló de impuestos, no dio precisiones del acuerdo con el FMI ni tampoco sobre la lucha contra la inflación 

Durante una hora y media de discurso, Alberto Fernández mantuvo una línea argumental. En materia económica, nada de lo que sucede es culpa de este Gobierno. Si el diagnóstico no es del todo correcto, acertar en el remedio adecuado es prácticamente una obra de la casualidad. Así las cosas, cuando la vicepresidenta Cristina Kirchner dio por terminada la Asamblea quedó la sensación de que se reafirmó el paradigma preferido del jefe de Estado: “Lo que hay es lo que habrá”. 

La Argentina deberá acostumbrarse a vivir con lo que tiene; la caja de herramientas no incorporó ninguna pieza nueva. Que la inflación prevista haya sido más de 20 puntos por encima de las previsiones del ministro de Economía, Martín Guzmán, fue un problema de Mauricio Macri, de la pandemia o del periodismo. El lector podría cambiar “inflación” y poner la palabra que quiera, total los culpables serán los mismos.

Los datos económicos que repasó el Presidente fueron parciales. Puso en mojón en 2018 como si la Argentina no hubiese tenido pasado. Sin embargo, la flaqueza del discurso estuvo en la enumeración de los proyectos. Por caso, habló de “crear 200.000 puestos de trabajo con sólo ampliar la matriz productiva”. Inmediatamente, habló de que van a nacer 10.000 empresas por año. Semejante intencionalidad podría sucumbir frente a una pregunta casi insignificante: ¿Cómo, Presidente; cómo lo haría?

Cómo podría la Argentina revolucionar el mercado de trabajo con la creación de centenares de miles de empleos cuando poco antes había dicho que no habrá reforma laboral ni previsional. Cómo se podría incentivar a tomar miles de empleados si el mercado tiene puerta de ingreso, pero no de salida. O cuando un trabajador alcanzado por el impuesto a las ganancias gana 50 pesos de cada 100 que se estampa en el recibo de sueldo, pero tiene un costo final para el empleador de, al menos, 150.

La conversión de los planes sociales en puestos de trabajo formal se topa, también, con la misma pregunta: ¿Cómo? No está claro que el mercado laboral pueda asimilar miles de trabajadores con poca calificación y que hace años se mantienen alejados de las rutinas laborales. Este punto sí necesita un camino concreto.

Siguió después con el anhelo de 100.000 millones de dólares de exportaciones. Claro que es necesario que esa fábrica de dólares no deje de crecer. Pero hay que decirlo, la brecha cambiaria no es más que un incentivo inverso. Dijo que sólo incorporando bienes y servicios se llegaría a esa cifra. Ahora bien, a los servicios, por caso, les cuesta demasiado caro el mercado cambiario que les reconoce la mitad de los pesos por dólar de lo que necesitan para comprarlo en el mercado oficial.

Sin embargo, desde hace meses, la gestión económica está centrada en el acuerdo con el Fondo Monetaria Internacional (FMI). Guzmán está inmerso en esa negociación y el Presidente parece condicionar todo lo que vendrá a ese documento. Esa será la hoja de ruta de lo que viene. Quizá por eso, por las expectativas que el propio Gobierno ha creado, que los dichos sobre el acuerdo parecieron pocos. Dijo que se empezará a pagar en 2026 y terminará en 2034. “No habrá ajuste y habrá incremento del gasto real en los años del programa”, especificó. Nuevamente falta el cómo. Pocos minutos después de la Asamblea, desde el Ministerio de Economía dejaron traslucir que, finalmente, el acuerdo técnico está cerrado, y que solo restan detalles. Quizá, las precisiones lleguen en estos días.

Los actores económicos esperan definiciones. Mientras tanto, se quedan quietos o se mudan de país. La sensación que tienen es que ya no hay tiempo para vaguedades. Es verdad, como dijo el Presidente, que la Argentina se ha levantado de verdaderas tragedias. Pero parece que aquellas articulaciones que ayudaron al despegue hoy ya no tienen la movilidad de entonces. Como pocas veces, se necesita conocer una hoja de ruta y un capitán de navegación como para tomar decisiones. Nada de eso sucedió hoy.

No habrá reforma laboral ni previsional. Tampoco habrá tarifazo y sí segmentación de usuarios para que paguen más los de mayores ingresos. Hace tiempo que se quiere implementar esta manera de facturar y nadie le encuentra la vuelta, otra vez, al cómo. El Presidente sabe perfectamente, y en su caso bien podría preguntarle a sus funcionarios, que este remedio de cobrar al 10% de los argentinos más pudientes la electricidad y el gas sin subsidios no mueve el amperímetro de los subsidios. En 2021 se fueron más de US$11.000 millones para cubrir ese bache, una cifra insostenible en el tiempo.

El problema es que la brecha entre el precio de producir una unidad de electricidad o gas y el dinero que se cobra por consumirlo es cada vez más grande. Lo único que sirve es que esas curvas traten de cruzarse alguna vez. Esto no se logrará con esa solitaria medida necesaria, pero por demás, insuficiente. Eso sí: dijo que las tarifas subirán más que de lo que se preveía. Las señales fueron confusas. Por un lado, que el país se convierta en capital latinoamericana de los autos eléctricos; por el otro, la apuesta a la industria petrolera.

A todo este panorama se suma otro. Durante el discurso, el Presidente habló de decenas de proyectos de ley para incentivar la producción que serán enviados al Congreso. Pidió que lo acompañen. Lo hizo unos pocos minutos después de haber dinamitado varios de los escasos puentes con parte de la oposición.

Diego Cabot

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