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Domingo, 10 Abril 2022 08:48

El movimiento hacia lo “feo” no es inevitable, pero el oficialismo sigue empujando - Por Enrique Szewach

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“Esto se va a poner feo”, dijo recientemente el secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti. Mientras, la feroz interna del Frente de Todos conspira contra las posibilidades de estabilizar la tasa de inflación 

La aceleración de la tasa de inflación de los últimos meses ha puesto a la suba de precios, nuevamente, en el centro de la vida económica, política y social de la Argentina. 

En rigor de verdad, la inflación ya era el tema económico principal de nuestro país desde la crisis cambiaria del 2018, que llevó la tasa de inflación anual al escalón del 50%, sólo interrumpido por el efecto de la cuarentena eterna del 2020.

Pero la inflación es un problema aún más grave, cuando la variación de precios se acelera y “sorprende”, como ha pasado en el primer trimestre de este año, en dónde a la fuerte expansión monetaria de los últimos meses del 2021 se le sumaron, simultáneamente, el efecto del shock internacional sobre los precios de los alimentos y la energía producto de la invasión de Rusia a Ucrania, y el programa explícito del acuerdo con el FMI.

Entro en detalles.

Desde el plano estrictamente económico, si bien el aumento de la tasa de inflación era esperable y “deseable” en el marco del acuerdo con el FMI, porque se convierte en un inflador de los ingresos fiscales y en un licuador de los gastos públicos, paradójicamente, la brusca aceleración de estos meses termina siendo un obstáculo, porque dificulta el ajuste de precios relativos requeridos por la realidad y por el acuerdo con el Fondo.

En efecto, la realidad necesita que el precio del dólar oficial recupere, o al menos deje de caer respecto de la tasa de inflación. Y la reducción del déficit fiscal requiere menor gasto en subsidios económicos, es decir que suban los precios de los servicios públicos que pagan los consumidores. En otras palabras, hace falta que cambien los precios relativos a favor del dólar y las tarifas.

Pero no es lo mismo intentar que suba el precio del dólar y de los servicios públicos cuando la inflación es digamos 2-3% mensual, que cuando la tasa en cuestión está en el rango de 5-6% mensual.

Y no es lo mismo, porque tanto el precio del dólar como los de los servicios públicos retroalimentan la tasa de inflación. De manera que, sin fuerte apretón monetario, recesivo, o alguna otra ancla potente, intentar poner en práctica este esquema, puede terminar acelerando aún más la tasa de inflación y no lograr el cometido, “corriendo de atrás” sin llegar.

En términos de “secuencia”, lo óptimo sería primero estabilizar la tasa de inflación en algún número que empiece con 2 o 3 y sólo después intentar el cambio de precios relativos. Pero eso obliga a otro programa económico, en otro marco político.

Y esto me lleva a las consecuencias políticas de la aceleración inflacionaria.

La coalición oficialista está, por el momento al menos, rota, porque una parte de ella ya consideraba que el acuerdo con el FMI llevará a la derrota electoral en el 2023, y ahora, con la aceleración inflacionaria que reduce los ingresos reales de los votantes, este sector está todavía más convencido de esa posible derrota.

Pero, a diferencia de lo que sucede en las coaliciones parlamentarias europeas, el kirchnerismo duro no se “retira” del gobierno y pasa explícitamente a la oposición, por el contrario, intenta que el kirchnerismo blando cambie y se endurezca.

Obviamente, este contexto político conspira contra la probabilidad de anclar expectativas y estabilizar la tasa de inflación en ese número sustancialmente más bajo.

Lo dicho no impide que la inflación de abril o mayo desacelere algo, fundamentalmente porque rige una especie de “ajuste automático”, derivado de la caída de la demanda de bienes y servicios, por la licuación de los ingresos de la población. Pero la estanflación no es tampoco una solución políticamente “tolerable”.

Con este panorama, reitero, el oficialismo blando no quiere forzar la ruptura de la coalición, por temor a una crisis aún más profunda, y el oficialismo duro, se siente más cómodo en la oposición implícita y conservando cargos, manteniendo la ilusión de poder influir, todavía, en algún cambio y postergando la ruptura para un momento más cercano a la elección del próximo año.

Este marco político hace aún más complejo el panorama económico, porque el oficialismo blando intenta “compensar” las consecuencias de la aceleración inflacionaria, con medidas que pueden resultar negativas para el objetivo buscado.

En particular, acortar los plazos de la negociación salarial es, o al menos lo ha sido en el pasado argentino, un acelerador de la tasa de inflación, más que un “tranquilizador”. Y más aún en un escenario que incluye el racionamiento del acceso a dólares oficiales para las importaciones y la incertidumbre sobre el abastecimiento y los precios de gas y del gas oil, para los próximos meses.

Finalmente, un párrafo por la situación social.

El aumento de los precios de algunos productos básicos de la canasta de consumo de los sectores de menores ingresos obliga a considerar algún paliativo.

Lo mejor, en estos casos, en lugar de tratar de intervenir en los precios de dichos productos, que da lugar a discrecionalidad, corrupción, racionamiento, etc., es el subsidio directo a los ingresos de la población objetivo.

Inexplicablemente, en lugar de aplicar la tecnología disponible para transferir fondos a una tarjeta de compra individualizada y condicionada, el Gobierno insiste en un ineficiente control de precios y en el uso de punteros políticos y dirigentes sociales, como “distribuidores” de fondos. Un mecanismo ineficiente y mucho más costoso.

En síntesis, como advirtió el “oficialista” secretario de comercio, las cosas “se pueden poner feas”. Pero este movimiento hacia una mayor fealdad no es inevitable.

La coalición gobernante tiene la chance, todavía, de reordenarse internamente y rearmar económicamente una “secuencia” inflacionaria que salte un escalón pero que no acelere más.

Pero siempre hay que recordar aquél viejo proverbio chino: “No hay nada que el no hacer, no haga”.

Enrique Szewach

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