Sábado, 28 Diciembre 2019 21:00

Tras un 2019 con alto superávit comercial, persisten las dudas sobre si se mantendrá el repunte de las exportaciones - Por Sergio Serrichio

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El año cerrará con un saldo favorable cercano a los récords de 2002 y 2009, pero la Argentina no ha logrado aún escapar de la maldición de que para conseguir dólares genuinos debe atravesar por una crisis

 

El 23 de diciembre pasado, a 48 horas de la Navidad, el Indec informó que en noviembre la Argentina tuvo un superávit comercial de 2.445 millones de dólares, el saldo mensual más alto en más de una década y el segundo más alto de la serie histórica, después de los 2.543 millones de mayo de 2009.

La enumeración confirma una regularidad de la que la Argentina aún no logró escapar: los años de superávit comercial importante son los de las más profundas recesiones o crisis económicas. De hecho, los tres superávits anuales más altos en lo que va del siglo fueron 2009 (16.885 millones de dólares), 2002 (16.662 millones) y 2019, en que el saldo a favor cerrará en cerca de 15.500 millones de dólares.

En los tres años citados el PBI argentino se retrajo notablemente y el excedente comercial fue más producto del colapso de las compras que de la pujanza de las ventas al exterior.

El fenómeno viene de lejos. Entre 1900 y 1920 la Argentina tuvo un solo año de déficit comercial: 1911, con USD 60 millones de ese entonces. A partir de 1921, los signos se empezaron a intercalar, aunque con mayoría de superávits, que se volvieron voluminosos en los años de la segunda guerra mundial.

Luego de la guerra, el saldo a favor se esfumó rápidamente: de USD 499 millones en 1946 a un déficit de USD 139 millones en 1949, que se estiró hasta USD 492 millones en 1952. Con un ajuste ortodoxo, el presidente Juan Domingo Perón logró virar la balanza comercial a un superávit de USD 330 millones en 1953. Pero ni el saldo ni el gobierno pudieron sostenerse. Desde entonces y hasta nuestros días se alternan déficits voluminosos en los enviones de crecimiento y fuertes superávits (como en la década del 80) en los períodos de vacas flacas.

Todos los gobiernos, invariablemente, enfatizan la importancia del comercio exterior como proveedor de divisas “genuinas”, pero ninguno logró avanzar consistentemente en ese sentido.

El kirchnerismo partió del super saldo superavitario de 2002, que se fue estrechando, en la medida que el aumento de las importaciones por la expansión de la actividad económica superó año a año el aumento del valor de las exportaciones, traccionadas por los altísimos precios de las materias primas agropecuarias, algo que afectó, en mayor o menor medida, a todas las economías latinoamericanas, como muestra un reciente informe del Banco Interamericano de Desarrollo sobre la “Cuesta arriba” que ahora enfrenta la región para colocar sus productos en el exterior.


Los términos de intercambio, la relación entre los precios de lo que se exporta y lo que se importa, llegaron a su cénit para América Latina en 2011. Hoy están por debajo de 2004

Así, en 2011 las exportaciones de bienes alcanzaron su máximo histórico: USD 84.268 millones. Los más optimistas avizoraban ya el hito de los USD 100.000 millones. Pero los precios de las materias primas y los términos del intercambio (la relación de precios entre lo que se vende y lo que se compra) empezaron a ceder y en sólo cuatro años las exportaciones cayeron a USD 56.787 millones, una merma de casi 27.500 millones de dólares, ó 23 por ciento.

Tal fue el punto de partida de la gestión macrista, que tuvo, otra vez en virtud de la recesión, un leve superávit comercial en 2016 y logró recuperar, aunque a un ritmo lento, el sendero alcista de las exportaciones, que este año cerrarán en aproximadamente USD 65.000 millones, poco menos de 15% por sobre los niveles de 2015, cuando asumió.

“Todo lo que fue apertura al mundo, la promoción de China, las exportaciones de carne, el acuerdo del Mercosur con la Unión Europea fue muy bueno, pero se pudo haber hecho más. Había mucho optimismo y buena voluntad, se hablaba de lluvia de inversiones, pero el gobierno de Macri nunca supo lo que es conseguir inversiones”, dice Horacio Busanello, ex CEO del grupo Los Grobo.

Busanello es también autor de un libro sobre China y recuerda el comentario del número uno del Fondo Soberano de China: “nosotros -le dijo- vamos a invertir en la Argentina el día que los argentinos inviertan en la Argentina”. Así, de hecho, ocurrió en el gigante asiático: primero invirtieron los locales, después la diáspora china y finalmente, al cabo de más de una década, empezaron a llegar las inversiones no chinas.

“Si los propios argentinos no invierten en el país -dice Busanello- las inversiones no van a venir y vamos a seguir dependiendo del complejo agroindustrial, que explica el 60% de nuestras exportaciones, y el campo en particular, que da entre 25 y 30.000 millones de dólares de superávit comercial”. El ahora consultor de negocios entre la Argentina y Brasil cree que Macri bajó las retenciones a la agroexportación “demasiado pronto y se desfinanció”. Fue muy ingenuo, dice, de gente muy orientada a lo financiero y poco a la economía real.

En tanto, el economista Lorenzo Sigaut Gravina señaló que la remoción de las restricciones comerciales y cambiarias, sumado al retraso cambiario a partir de la segunda mitad de 2016 hizo que las importaciones se dispararan y el déficit comercial volviera a crecer muy rápido en 2017. La política comercial de Macri reconoce. "abrió muchos mercados, sobre todo para productos primarios (limones, carnes, algunas frutas), pero el balance no es positivo en cuanto al Valor Agregado de las exportaciones.

Para Ricardo Rozemberg, economista del Centro de Investigaciones para el Desarrollo de América del Sur (IDeAS) de la Universidad de San Martín, el comercio exterior simplemente siguió el rumbo del ciclo económico doméstico. No obstante, dice, hay un cambio. “Ya no se exportan saldos y retazos: el negocio exportador pasó a convertirse en una apuesta estratégica, que acompaña el crecimiento de las ventas al mercado doméstico y –especialmente- el incremento de la inversión”.

Así las cosas, los resultados de los últimos cuatro años no podían ser positivos. “Hubo una visión ingenua, que ponderaba la apertura de mercados externos y de negociaciones internacionales como resultados exitosos en sí mismos, sin reparar que no se pueden activar dichos mercados si no hay suficiente inversión, si no crece la oferta productiva-exportadora”, dijo Rozemberg.

¿Cuáles son las expectativas inmediatas, conocidas las primeras medidas del nuevo gobierno? Marcelo Elizondo, ex director de la Fundación Export-Ar y representante en la Argentina de ISPI (International Society for Performance Improvement), una red de asesoría y mejoramiento del desempeño tecnológico y productivo de las empresas criticó recientemente el “sesgo antiexportador” de la ley de Emergencia, algo en lo que coincide Sigaut Gravina.

“Hay mucha presión al sector agroexportador, sobre todo a la agroindustria. y la gran duda es qué va a pasar con el tipo de cambio oficial: si se mantiene y se prolonga la inflación, la situación se puede hacer asfixiante, incluso para la agroindustria”, dice, aunque reconoce como positiva la diferenciación de nivel de retención según Valor Agregado y la idea de Felipe Solá de una cancillería pragmática y enfocada en la apertura de mercados.

Rozemberg es cauteloso en el análisis de los pasos iniciales. Reconoce “impactos no deseados sobre la inversión y el comercio exterior” por el contexto de emergencia en que asumió la gestión Fernández, aunque -agrega- "me hubiese gustado ver alguna mínima señal o sesgo proinversión o proexportación en el paquete de medidas; instrumentos como la amortización acelerada de bienes de capital en el impuesto a las ganancias o la devolución anticipada del IVA a la inversión, señales con costo limitado, gestos que permitieran anticipar cambios positivos en el futuro”.

Aunque reconoce la necesidad de generar caja fiscal para comprar los dólares del superávit comercial sin endeudarse ni emitir, Busanello es más severo. “Inversiones, salvo el caso de un régimen especial para Vaca Muerta, no veo que vayan a venir”, señala. “Macri lo quiso hacer con buenas palabras y esta gente ni eso”.

Las retenciones, explica, son superimpuestos sobre superutilidades, pero se pagan sobre un monto bruto, no una ganancia neta. El problema es que la soja ya no cotiza a 400, 500 ó 600 dólares la tonelada, como en los años de oro del kirchnerismo. Ergo, apunta, "tenés un superimpuesto sobre una utilidad que no existe”.

De este modo, prosigue Busanello, en la próxima campaña los productores van a sembrar menos y con menos tecnología. “Si estás a más de 300 kilómetros de Rosario o en zonas de menor rinde, te tienen que compensar de alguna forma. Si no, inevitablemente, se producirá y exportará menos".

Además, el reciente aumento de retenciones castigó a la “niña bonita” de las exportaciones de los últimos años, la carne. Y la amplia brecha entre el dólar comprador y vendedor y los diferentes tipos de dólar van a incentivar la subfacturación de exportaciones, la sobrefacturación de importaciones, la venta en negro y, en las zonas de frontera, el contrabando.

“Esto solo sirve a corto plazo, no hay forma de compensar tanta tentación. Si la economía se reactiva, el mercado necesitará dólares y no se puede prescindir de los dólares de la balanza comercial”, machaca Busanello. Por esa misma razón, agrega, “la negociación de la deuda tiene que ser dura: pagar lo menos posible y hacer el ajuste lo más liviano posible”.

El factor externo

Claro que no todo depende solamente de lo que hagan el gobierno y las empresas locales. El primer imponderable es el clima. La sequía, dice Sigaut Gravina. ya afectó al trigo y está complicando la siembra de soja y maíz. Las negociaciones China-Estados Unidos, que tanto afectaron el comercio internacional en los últimos años, están en un impasse, y un tercer factor a tener en cuenta es Brasil. “Si finalmente se recupera- dice Sigaut, vamos a poder exportarle Manufacturas de Origen Industrial”, un sector de más empleo y valor agregado.

Del contexto internacional, Rozemberg nota un cambio importante. “Luego de largas décadas en las que el comercio mundial crecía a una tasa que duplicaba o triplicaba a la del crecimiento del producto y las inversiones transnacionales constituían otro de los ejes del fenómeno de la globalización, en el último decenio –luego de la crisis internacional- el comercio crece como máximo, igual que el producto mundial. Y la inversión extranjera directa se encuentra estancada o en retracción”, señala.


Un reciente estudio del Banco Interamericano de Desarrollo marca claramente que el comercio mundial perdió el dinamismo que había tenido hasta mediados de la segunda década del siglo XXI

El comercio exterior ha dejado de ser uno de los motores más importantes, pero para un país pequeño como la Argentina es “una oportunidad y una necesidad”. Por esa misma razón, concluye Rozemberg, “hay que romper el tradicional péndulo desalentador del comercio exterior argentino, que oscila entre los apóstoles naive del libre comercio a los gurkas nostalgiosos del proteccionismo a ultranza. Con ambos nos ha ido mal”.

Para la Argentina, el “clima internacional” puede medirse principalmente a través de la situación que atraviesen tres países y de la buena o mala relación que se establezca con ellos: Brasil, China y Estados Unidos. De hecho, son los tres principales destinos de las exportaciones argentinas: en 2018 nos compraron por un total de 20.000 millones de dólares.

Busanello ve un “equilibrio inestable” en la relación entre China y Estados Unidos, pues ambos saben que se necesitan. Todo dependerá de cómo sea la salida del actual impasse, tras el acuerdo “de fase uno” entre los dos gigantes de la economía mundial. De 2018 a 2019, por caso, las exportaciones de poroto de soja de Estados Unidos a China cayeron de 21.500 a 17.200 millones de dólares. Pero ya en noviembre China importó 2,6 millones de toneladas de soja de Estados Unidos, después de una “dispensa” de la tarifa de 25% que le había impuesto a mediados de 2018. Esta tregua, si se consolida, afectará a Brasil y a la Argentina.

“El mercado de granos tiene precios fijados en Chicago. Cuando China deja de comprarle a Estados Unidos, los precios mejoran en Brasil y Argentina. Pero todavía están negociando. Los chinos no van a comprar graciosamente si los norteamericanos no le hacen concesiones”, dice Busanello, quien cree que la tensión seguirá, pero en modo pausa: Trump se concentrará en su campaña electoral y China esperará el resultado de las elecciones norteamericanas.

La principal cuestión a dilucidar cree, es de qué modo abordará Alberto Fernández las relaciones con Estados Unidos y Brasil. Macri tuvo la ventaja de su buena relación con Obama y Trump y de la que estableció brevemente con Jair Bolsonaro. Para el nuevo presidente argentino será clave establecer una relación productiva con Washington, teniendo en cuenta el peso de Estados Unidos no sólo en el FMI, sino en organismos de crédito como el BID y el Banco Mundial.

En cambio, el ex CEO de Los Grobo es abiertamente optimista sobre la evolución de la economía brasileña y la actitud de Bolsonaro. “Brasil está repuntando, hay pujanza y muchas expectativas; hicieron la reforma previsional, la tasa de interés sigue baja y la economía empezó a crecer”. Además, agrega, "Bolsonaro también tiene ambiciones de reelección y, más allá de algunos exabruptos, la diplomacia y la burocracia brasileña seguirán cuidando la relación con la Argentina.

Hay allí un gran potencial de repunte para las ventas argentinas; baste mencionar que en 2013 Brasil llegó a importar de la Argentina por un valor de USD 17.894 millones. Luego empezó una fuerte caída y el año pasado importó desde nuestro país por “sólo” USD 11.303 millones.

La cereza del postre

Una de las oportunidades que abrió la política comercial del gobierno de Macri fue la apertura del mercado chino a las cerezas argentinas. Así, a principios de 2019 los productores de Mendoza y las zonas cordilleranas de Río Negro, Chubut y Santa Cruz hicieron sus primeros envíos.

Esa ventana se mantiene abierta, dice Federico Guerendiain, gerente comercial de la cooperativa El Oasis, de Los Antiguos, Santa Cruz. Pese a las dudas que creó el decreto 37, de aumento de las retenciones, para la cereza no hubo cambios, quedó en 3 pesos por dólar.

Por eso, contó por teléfono Guerendiain, este año se va a exportar más a China que, además, a mediados de diciembre habilitó el envío aéreo pues reconoció a la Patagonia como territorio libre de la mosca de la fruta. A fines de febrero pasado, El Oasis envió su primer container de cerezas a China, por barco, un trayecto de aproximadamente 40 días, que servía como “cuarentena" por la cuestión de la mosca de la fruta, pero a la vez afectaba la calidad del producto.

Este año las provincias del norte de la Patagonia buscarán llegar al mercado antes del 25 de enero (fecha del “Año Nuevo Chino”, en que los asiáticos consumen esa fruta en abundancia. En cualquier fecha, sin embargo, China es el mercado que mejor paga la cereza, lo que hará reorientar las ventas argentinas, hasta hace un año concentradas en Estados Unidos, Canadá y Europa.

Para la cereza antigüense el “premio” es ser la última del ciclo mundial. Así como Mendoza el próximo noviembre podría explotar la ventaja de los altos precios de la cereza “primicia”, que abre la temporada de consumo y justifica los costos de envío por avión.

La pasión china por la cereza, que a Chile le reditúa ventas por 800 millones de dólares anuales, es un pequeño ejemplo de las ventanas que brinda el mercado mundial. Oportunidades que la producción argentina podrá disfrutar si el gobierno acierta con la política económica y el superávit comercial empieza a ser un indicador consistente de competitividad y prosperidad, y no uno de nuestras recurrentes crisis.

Sergio Serrichio

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