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Martes, 21 Enero 2020 21:00

La confianza, el activo intangible que promueve el desarrollo - Por Daniel Montamat

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En las sociedades en las que prima la suspicacia pocos compran o invierten y la economía sufre; es imperioso revertir esta tendencia para ver resultados favorables

 

Por grietas presentes y grietas pasadas la sociedad argentina se ha vuelto suspicaz. Para peor, las fake news en la era de la "posverdad" retroalimentan este círculo de desconfianza que enferma el tejido social.

La pérdida de confianza tiene efectos sistémicos devastadores: debilita las instituciones, canibaliza la política, deteriora la economía y agudiza la puja distributiva. Los indicadores económicos dan cuenta de la capacidad ociosa en muchos sectores y de la descapitalización en otros, de la baja tasa de ahorro doméstico y de la baja tasa de inversión, de la pobreza, de la desigualdad y de la exclusión, pero a los números se les escapa el deterioro crónico del capital social intangible de importancia excluyente en los procesos de desarrollo inclusivo: la confianza.

En su clásico libro La societé de confiance (1995), Alain Peyrefitte cuestiona las teorías tradicionales de la economía del desarrollo, que suponen procesos y etapas sucesivas hacia el destino deseado. Para el pensador francés olvidamos con facilidad que el subdesarrollo -desnutrición, enfermedad, violencia endémica- es el destino común, el régimen ordinario de la humanidad desde que apareció en la Tierra. El desarrollo es siempre la excepción... "Más vale reconocer que subdesarrollo y desarrollo no constituyen pasado y porvenir de toda sociedad como dos etapas sucesivas de una maduración irreversible". Con un enfoque cultural de la evolución social y económica en el mundo, Peyrefitte sostiene que el desarrollo se ha dado en aquellos microclimas donde las relaciones humanas han permitido construir confianza. La suspicacia esteriliza decisiones de inversión; la confianza, por el contrario, es catalizadora de nuevas oportunidades de negocio y potencia las inversiones. Habrá empleo y se multiplicarán las inversiones en aquellas sociedades donde predomine la confianza. La tesis del libro es que "la innovación, la adaptación y la modernidad cultural, social y económica no son objetos de azar o providencia, ni efectos mecánicos de un espíritu o una materia, sino el desarrollo de comportamientos sociales desinhibidores del progreso".

El presente económico argentino está dominado por la preocupación de zafar del proceso recesivo y acotar el proceso inflacionario. Son urgencias de corto plazo que dominan la agenda. El Gobierno apuesta a que la aritmética del paquete de emergencia reactive el consumo doméstico y puede que así sea. Pero para evitar errores pasados y proyectarnos a una agenda futura no hay que subestimar las lecciones que por prueba y error hemos aprendido en tantos intentos fallidos de desarrollar la Argentina.

Por prueba y error, la Argentina ha aprendido que el consumo se reactiva en el corto plazo, pero que para crecer en forma sostenida hace falta inversión, mucho más de la que apenas repone el stock de capital en uso. Por prueba y error, hemos aprendido que el núcleo duro de la inversión tiene como contracara una base sustentable de ahorro nacional; complementada con ahorro extranjero. Por prueba y error, ya hemos comprobado que las inversiones golondrina especulan con nuestras debilidades crónicas haciendo el juego de la "bicicleta", mientras que la aversión al riesgo domina la inversión en capital fijo. "El que invierte en capital fijo entrega rehenes al futuro", escribía John Hicks (nobel de Economía) trazando una clara diferencia entre el inversor financiero, que puede huir a plazas más seguras, y aquellos cuyos activos están debajo de la tierra, enterrados, o adheridos al suelo y no pueden relocalizar su inversión.

Por prueba y error, también hemos comprobado que el consumo orientado al mercado doméstico -en combo con la inversión para sustituir importaciones- está sujeto a ciclos acotados por la restricción externa (escasez de dólares). Los macrodesequilibrios de la cuenta corriente externa tarde o temprano se quedan sin dólares de contrapartida en la cuenta capital, caen las reservas y el tipo de cambio atrasado impone sendas devaluaciones que hacen explotar la economía.

Por prueba y error, hoy tenemos en claro que el consumo reactivador, para sostenerse en el tiempo, debe ser acompañado por el encendido de los motores de la inversión y las exportaciones en una estrategia alternativa de valor agregado exportable. Alternativa que nunca estuvo más cerca de transformarse en realidad como cuando las cuentas públicas y externas arrojaron superávit en la primera década de 2000 (superávits gemelos). Allí existió la oportunidad de comprar dólares del superávit comercial con pesos del superávit fiscal y constituir un fondo contracíclico o soberano que viabilizaría un tipo de cambio competitivo con inflación acotada. Hoy tendríamos un peso consolidado en las transacciones, con sus roles de moneda de cuenta y reserva de valor. Esto es más difícil de lograr en el contexto actual porque los términos de intercambio son otros, y por los nuevos desequilibrios de arrastre, pero los ejes de la estrategia alternativa siguen siendo los mismos.

La lección pendiente que la prueba y error todavía nos debe es la de concientizarnos de la importancia excluyente de la confianza como catalizador de todo proceso exitoso de desarrollo económico y social. Seguimos siendo una sociedad dividida por "fracturas y discontinuidades", donde el diálogo entre diferentes está condicionado por prejuicios y descalificaciones, donde se "mata al mensajero" para ignorar el mensaje, y donde no hay consensos básicos que traduzcan mínimos comunes denominadores en la alternancia republicana del poder. En el reino de la suspicacia los únicos nuevos negocios que pueden prosperar son los de los "amigos del poder". Pero en la economía comparada no hay una sola experiencia exitosa de desarrollo fundada en el "capitalismo de amigos".

En el libro Animal Spirits, George A. Akerlof y Robert J. Shiller analizan el factor confianza con una visión holística rompiendo las anteojeras de la economía como caja conceptual. El verdadero significado de confiar o creer (del latín fido, credo, de donde deriva crédito) va más allá del cálculo racional del axioma económico fundacional. Es cierto que muchas veces tomamos decisiones basados en información que evaluamos y nos da confianza. Pero confiar, nos recuerdan estos premios Nobel, es tomar decisiones descartando o dando por descontada cierta información. Donde prevalece esta confianza sistémica, la gente invierte, compra, y participa sin leer "la letra chica", aunque tenga a disposición esa información. Donde reina la suspicacia la gente no participa, se retira, desconfía, y no cree, aunque lea toda "la letra chica".

Akerlof y Shiller recuerdan el efecto multiplicador del gasto al que aludió Keynes en su Teoría general, y usan el concepto para plantear un "efecto multiplicador de la confianza" en la sociedad. La confianza, sostienen, retroalimenta las transacciones en sucesivas rondas y multiplica los negocios aumentando el bienestar. La desconfianza, por el contrario, opera como un multiplicador negativo; amplifica sus efectos destructivos.

El stock de confianza argentino está en niveles que impiden el desarrollo. Toca a la política empezar a recapitalizar este activo intangible. El Consejo Económico y Social en planes puede ser un instrumento idóneo.

Daniel Gustavo Montamat
Ilustración: Alfredo Sabat

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