Lunes, 17 Febrero 2020 21:00

En la pelea con el FMI hay que mirar las cartas que pasan rápido - Por Ignacio Miri

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A pesar de los cruces verbales del Gobierno con el Fondo, la Casa Rosada hizo el recorte de gastos que más pedían los técnicos: el reemplazo de la Movilidad.

 

Como hacía René Lavand, que aseguraba que no era posible hacer el truco más lento mientras dejaba caer perezosamente cartas sobre el paño con su solitaria mano izquierda, el Gobierno volvió a dejar a la vista las herramientas de su batalla discursiva contra el Fondo Monetario Internacional. Alberto Fernández respaldó una vez más la posición de Cristina Kirchner frente a Kristalina Georgieva. Cualquier persona puede ver con nitidez esa escalada de acusaciones y contraacusaciones, igual que los televidentes contaban con facilidad las cartas que salían del mazo del ilusionista que hipnotizaba con sus relatos de tahúres y tramposos. Pero lo importante no está en esos floreos.

La magia de Lavand no vivía en las cartas que se amontonaban a la vista de todos, si no en las tres o cuatro que el hombre movía con una velocidad indetectable para el ojo humano. Del mismo modo, el movimiento de prestidigitación del Gobierno que sirve para entender mejor los chisporroteos con el FMI se produjo el viernes, cuando se anunció el aumento del 2,3% más $1.500 para los jubilados. Ese es el mensaje más importante que tiene para enviarles el presidente Alberto Fernández al Fondo y a los acreedores privados. No son los combates verbales, son las cuentas lo que tiene para mostrar.

Según los números del Centro de Economía Política Argentina, con el aumento de los haberes de jubilados, pensionados y beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo anunciado el viernes, el Estado gastará cada mes $5.100 millones de pesos menos que los que habría pagado en vigencia de la suspendida Ley de Movilidad. Ese monto podría llegar a los 100.000 millones de pesos en el año si es que se mantiene en junio ese esquema de aumentos, tal como publicó Ismael Bermúdez en este diario en el fin de semana.

Todavía no es posible saber qué parte del truco mirarán los técnicos del FMI, los presidentes de los países que pesan en ese organismo y los analistas de la decena de fondos de inversión que cuentan con la cantidad de títulos de la deuda necesarios para bloquear o dar vía libre a un acuerdo de reestructuración de la deuda. ¿Quedarán impactados por el ajuste mágico o por el relato de caballeros, hadas y dragones que propuso Cristina y aceptó Georgieva?

El Gobierno ya tuvo tiempo de testear el ánimo con que recibirá el mundo la propuesta argentina. Primero probó con el intento de reestructuración del bono bonaerense, que el Presidente, Martín Guzmán y Axel Kicillof ​consideraron un ensayo para la batalla mayor. En ese caso, la negociación se derrumbó cuando el fondo Fidelity, que, según había informado, poseía el 16% de los títulos, le dijo a la autoridad regulatoria en Estados Unidos que había conseguido la capacidad para bloquear la reestructuración. Eso se logra cuando algún actor obtiene, en el caso de ese título, el 25% de los bonos, o, en el caso de otros papeles de la maraña de la deuda argentina, porcentajes menores de series pequeñas de una emisión determinada.

Esa decisión de Kicillof de pagar el vencimiento fue concertada con el Presidente y también con Guzmán, a quien el gobernador conoce desde hace más tiempo que cualquier otro funcionario del Gobierno. De hecho, según quienes están al tanto de los entretelones de la decisión, fue Kicillof quien propuso el nombre de Guzmán cuando Fernández preguntó en una reunión con una mesa muy chica quién podría encargarse de acomodar la deuda.

Es comprensible que, cada vez que puede, Guzmán diga que no tiene plata, que la deuda es impagable y que no hay voluntad que alcance para afrontar los pagos en las condiciones en que se encuentra la economía hoy. Ningún deudor se pone su mejor ropa para pedir que le perdonen sus obligaciones. Es entendible también que el Gobierno no quiera mostrar todas las cartas a la vez. Esa era la estrategia de René Lavand.

Ignacio Miri

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