Iván Cachanosky

Está claro que la Pandemia alteró la realidad del gobierno. De un déficit primario heredado del 0,4% del PBI en 2019, se pasará a finales de año a uno del orden del 7% del PBI o más. Son magnitudes críticas insostenibles en el tiempo.

 

La nueva oferta fue bien recibida por los mercados y los acreedores comienzan a tomarla en serio. Sin embargo, aunque haya un acuerdo, la Argentina no recuperará la confianza.

 

Para tomar una dimensión del daño económico que nos podría esperar en 2020, vale la pena recordar que una caída en el nivel de actividad del 15%, implicaría volver a los niveles de PBI que teníamos en el 2006; es decir, ¡un retroceso de 14 años!

 

Hay dos problemas coyunturales que han comenzado a preocupar más en el gobierno: la brecha cambiaria y el nivel de reservas internacionales

 

Días cruciales se viven en estas semanas para la renegociación de la deuda. El 8 de mayo fue el deadline que tenían los bonistas para aceptar o rechazar la oferta realizada por la Argentina.

 

Algunos indicadores de marzo comienzan a dar los primeros síntomas. Por ejemplo, el Índice General de Actividad (IGA) elaborado por OJF anticipa una caída del 9,5% interanual para el tercer mes del año.

 

Está claro que Argentina tiene desequilibrios macroeconómicos que son estructurales. Desde 1960, el país siempre convivió con cuentas fiscales deficitarias, con la excepción del período 2003-2008 cuando hubo un superávit fiscal heredado producto de una colosal devaluación, con costos sociales elevados, y de realizar una enorme quita en la deuda.

 

El Frente de Todos ya se encuentra en el poder y las expectativas del plan económico crecen, aunque también prima la urgencia de la deuda con los bonistas

 

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