Néstor Scibona

El manual de marketing político recomienda multiplicar por 10 el impacto potencial de cualquier anuncio y dividir el impacto real de las malas noticias por la misma cifra. Sólo así se explica, por ejemplo, que la portada del diario oficialista Página 12 fuera ayer el meme de un sonriente Julio Iglesias con el 7,4% de inflación del mes pasado, pese a ser la más alta en 20 años y que a nivel interanual ubica a la Argentina disputando con Turquía el segundo escalón del podio mundial detrás de Venezuela. 

Cristina Kirchner dio su tácito aval para que Sergio Massa tomara las riendas de la economía, porque no tenía otras opciones; para el tigrense, en tanto, esta es una riesgosa jugada a todo o nada 

El más relevante es qué margen real tendrá para pilotear una crisis económica de raíz política, con una inflación que ya se encamina a más de 80% anual y una brecha cambiaria superior al 120% 

Hay tantos para los mismos productos o servicios –libres y regulados– que, al final de cuentas, no hay ninguno que sirva como referencia; nadie sabe a ciencia cierta si resultan caros o baratos porque siempre habrán de aumentar

El paquete de medidas anunciado por el Gobierno esta semana no hace más que esconder la realidad de un país con escasez de reservas, inflación que apunta a 75% anual y déficit fiscal creciente, entre otras flaquezas 

Mientras que los empresarios hablan sobre las oportunidades que tiene el país para salir adelante, el Gobierno insiste con prejuicios ideológicos y políticos del pasado 

Mientras las reservas líquidas del Banco Central bajan a niveles alarmantes, empeoran los indicadores fiscales y monetarios y la hipertensión inflacionaria se mantiene muy alta, los políticos del Frente de Todos parecen haberse desentendido de los números

La debilidad de Martín Guzmán surge del explícito rechazo del kirchnerismo a la decepcionante gestión económica de Alberto Fernández, que dejan al Presidente y al jefe del Palacio de Hacienda sin apoyo político dentro del Frente de Todos 

Los enfrentamientos públicos entre funcionarios que responden a Alberto Fernández y a Cristina Kirchner no sólo desploman la imagen de uno y otra, sino que muestran a un Gobierno desorientado y con visiones diferentes para afrontar el incierto trayecto hasta diciembre de 2023 

La incapacidad para dar respuestas en cuestiones claves acentúa la incertidumbre en torno de la gobernabilidad y su impacto en la economía hasta fin de 2023 

La inestabilidad macroeconómica, la politización y judicialización de las medidas oficiales, y la errática política exterior hacen que los inversores consideren que falta sustento político para futuras reformas 

Se optó por aplicar un esquema tarifario con segmentación de subsidios por niveles socioeconómicos, de escasos antecedentes en el mundo y de difícil implementación en la práctica 

Hay una serie de cambios estructurales que deberá hacer quien gane las elecciones de 2023, si se quiere terminar con los problemas socio económicos que afectan a la Argentina desde hace décadas 

El enfrentamiento interno en el oficialismo afecta la gobernabilidad e impide que se tomen decisiones tendientes a solucionar la crisis económica y social que atraviesa el país 

Tres denominadores comunes vinculan el sospechoso blanqueo promovido por Cristina Kirchner en el Senado; los ataques políticos a la Corte Suprema y la intención de regular las redes sociales: ensanchan aún más la grieta política, refuerzan el discurso ideológico del kirchnerismo y difícilmente puedan avanzar en el Congreso 

La crisis política desencadenada en el gobierno del Frente de Todos por el rechazo explícito de La Cámpora –e implícito de Cristina Kirchner– al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, reduce aún más el horizonte económico hasta casi hacerlo desaparecer. El daño ya está hecho. 

La peculiaridad es que ni el propio gobierno del Frente de Todos logró unificar su apoyo político al convenio, lo cual origina una cadena de desconfianza dentro y fuera del país; nadie cree de antemano que vaya a mantenerse en el tiempo tal como fue anunciado 

El mensaje de Alberto Fernández abundó en objetivos voluntaristas y anuncios de decenas de proyectos de ley que requerirían al Congreso sesionar todos los días -y hasta horas extra para tratarlos-, pero dejó un gran interrogante sin respuesta: ¿de dónde sale la plata? Sobre todo, cuando tampoco esbozó nada que se parezca a un programa macroeconómico para enmarcarlos y llevarlos adelante. 

El Gobierno ha ingresado en un callejón cuya salida aparece cada vez más complicada a medida que pasan las semanas y se acerca la fecha límite del 22 de marzo 

Ante la falta de un programa creíble para atacar las causas macroeconómicas de la inflación, el Gobierno sigue empeñado en enfrentar sus efectos más visibles con iniciativas disparatadas 

La tendencia del Gobierno a ocultar los problemas más graves se acentuó tras el anuncio del principio de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional 

Al entendimiento se llegó con reservas en niveles alarmantes, brecha cambiaria por encima del 110% e inflación y riesgo país en alza 

Los relatos oficiales se alejan cada vez más de la realidad; al tiempo que se demora el acuerdo con el FMI, se insinúan acercamientos con China y se evidencia el problema energético 

Como lo interpretaron inmediatamente los mercados, no está para nada claro qué hará el Gobierno en su negociación con el FMI; hay disidencias políticas en el oficialismo y en la oposición; corre una cuenta regresiva en la que cualquier demora o traspié amenaza con desembocar en un ajuste “por las malas” 

Cada año comienza con la genuina esperanza de que sea mejor que el anterior, aunque en la Argentina esta tradición pasó a ser sólo una expresión de deseos desde mucho antes de la pandemia. Como las sucesivas mutaciones del Covid, la corporación política no deja de provocar sorpresas inquietantes que acentúan el deterioro institucional, la desconfianza en el futuro económico y auguran un 2022 imprevisible. 

Señalar al FMI puede ser políticamente redituable, pero no arregla los innumerables inconvenientes propios que se han ido acumulando a través de décadas 

Hay todo un folklore alrededor de los 27 acuerdos de asistencia financiera que desde 1958 la Argentina suscribió con el Fondo Monetario Internacional (FMI), ninguno de los cuales fue cumplido en su totalidad.

La imprevisibilidad y falta de coordinación son el modus operandi del gobierno del Frente de Todos, que se acentuó después de las elecciones legislativas. Así, cualquier proyecto personal, familiar o empresarial puede cambiar de un día para otro a través de medidas aisladas y espasmódicas, que no solo van a contramano del sentido común sino de los objetivos que el propio oficialismo dice perseguir para “tranquilizar” la economía. 

La táctica negacionista del Presidente busca disimular los conflictos internos del Frente de Todos; no sólo implica desconocer el resultado de las urnas, sino también la necesidad de tender puentes entre oficialismo y oposición 

El cierre de las campañas dejó a los argentinos sin respuestas para todas las preguntas que se fueron acumulando a lo largo del año electoral, en medio de la incertidumbre provocada por la ausencia de un plan económico y su correlato en la suba del gasto público, la emisión, la inflación, el dólar blue –frenado simbólicamente ayer–, la brecha cambiaria al 100% y el creciente drenaje de reservas del Banco Central (BCRA) para contenerla. 

Quienes pueden comprar dólares a $200 o más buscan cubrirse de dos pronósticos económicos preocupantes que, en términos meteorológicos, equivaldrían a un huracán o, alternativamente, a tormentas de variada intensidad, cualquiera sea dentro de 8 días el resultado de las elecciones legislativas.

El congelamiento de tarifas durante años, a costa de subsidios crecientes e indiscriminados, desembocó a fines de 2015 en una crisis de las cuentas fiscales y externas; la historia se repite ahora

La aceleración del gasto público y el déficit fiscal financiado con emisión inflacionaria se parecen más a un virus que a una inmunización contra la falta de credibilidad del Gobierno

El esquema que hace 25 meses pintaba como una jugada magistral de Cristina Kirchner para regresar al ejercicio del poder bajo la protección de sus fueros parlamentarios, quedó hecho trizas no sólo por la estrepitosa derrota del Frente de Todos en las PASO sino por la furibunda reacción de la vicepresidenta, al admitir implícitamente por escrito que la declamada unidad era apenas una táctica electoral para enmascarar las inocultables diferencias ideológicas dentro de la heterogénea coalición oficialista.

Las PASO podrían equipararse al chequeo periódico del humor social de los argentinos, cuyo resultado puede ser determinante para la composición del Congreso a partir del 10 de diciembre y, por ende, balizar el rumbo político, institucional y económico del país hasta fin de 2023.

A solo 8 días de las PASO, la campaña electoral se asemeja a un elenco de candidatos y precandidatos en el escenario de un teatro semivacío, frente a espectadores que hablan entre ellos sin prestarles demasiada atención. De ahí que algunos hayan recurrido a ruidosas actitudes circenses, exabruptos o extravagancias para hacerse conocer a través de los medios y las redes sociales ante un electorado mayormente indiferente a sus voluntaristas consignas de manual.

Para diferenciarse de la “lluvia de inversiones”, prometida infructuosamente por Mauricio Macri, el gobierno de Alberto Fernández optó por provocar otra lluvia. Esta vez, de papelitos de colores bajo la forma de billetes de pesos con los cuales busca promover un repunte artificial y transitorio del consumo para mejorar las chances del oficialismo en las elecciones legislativas del 14 de noviembre.

Más allá de las incógnitas –globales y locales– que aún impiden visualizar la etapa pospandemia, la Argentina se encamina hacia un escenario de “nueva anormalidad” en materia económica, donde lo accesorio prevalece sobre lo importante que, a su vez, tiene carácter provisorio hasta las elecciones legislativas de noviembre.

Aunque es el principal problema económico–social, la inflación está llamativamente ausente en los spots de la campaña electoral; especialmente entre los candidatos del oficialismo, que prefieren apelar a la ilusión de una próxima salida de la pandemia de Covid sin considerar el riesgo de una tercera ola por la variante delta.

Los “milagros económicos” suelen ser adjudicados –académicamente- a aquellos países que en 10 años logran duplicar su Producto Bruto Interno, como resultado de un conjunto de políticas coordinadas y persistentes para alcanzar ese fin. La Argentina está lamentablemente en las antípodas. Hace más de una década padece estanflación (estancamiento productivo y alta inflación, de dos dígitos anuales); la inversión es tan baja que no alcanza para reponer capital y la creación de empleos privados (formales) mantuvo una línea plana que se tornó declinante con la pandemia de Covid.

A medida en que se acercan las elecciones legislativas del 14 de noviembre, se está produciendo –por fuera de la ruidosa campaña– una incipiente transmutación de roles frente a la urgente necesidad de que la Argentina encuentre un rumbo previsible cuando en 2022 aún le queden dos años de mandato al Gobierno.

Para el gobierno de Alberto Fernández, los salarios y jubilaciones les ganarán este año la carrera a la inflación y la vacunación récord contra el Covid permitirá que en septiembre la Argentina deje atrás la pandemia. Así como en el primer caso el relato oficial recurre a la desgastada “ilusión monetaria”, en el segundo crea la “ilusión vacunatoria”. Pero la realidad no es tan simplista.

Hace diez años, cuando no era demasiado conocido públicamente, Axel Kicillof lanzó una frase que dejó atónitos a no pocos asistentes a las clásicas Jornadas Monetarias y Bancarias organizadas por el Banco Central. “Es un invento del neoliberalismo que la emisión monetaria y los aumentos salariales generan inflación” sentenció, en medio de los murmullos en el salón.

Algo es siempre mejor que nada. Con este enfoque pragmático, las compañías petroleras que operan en la Argentina aguardan el envío al Congreso del proyecto de nueva ley de Hidrocarburos, que ya acumula tantos borradores que nadie está demasiado seguro de cuál será el definitivo. Esta duda también se extiende a varios despachos ministeriales que participaron de su elaboración colegiada junto con YPF y el Instituto Patria.

Ya no se trata sólo de relato o “fulbito para la tribuna” de cara a las elecciones legislativas de noviembre. A través de una resolución y un decreto, el gobierno de Alberto Fernández comenzó a desmantelar esta semana las concesiones a operadores privados de dos servicios clave para las exportaciones argentinas, que fueron íconos de la década presidencial de Carlos Menem.

A pocos días del arranque de la segunda mitad del año, el horizonte económico no se extiende más allá de las elecciones legislativas del 14 de noviembre, planteadas de manera casi infantil por el oficialismo como una lucha del bien contra el mal y que la oposición retribuye invirtiendo los términos. “Nosotros vacunamos”, es una frase de la Casa Rosada que define ese tono de campaña en medio de las internas, como si los opositores también pudieran hacerlo.

Cada vez que Cristina Kirchner y/o su séquito militante más cercano producen discursos, tuits, cortinas de humo o proyectos de ley destinados a captar votantes indecisos a cualquier costo en las elecciones legislativas de noviembre, se encienden luces de alarma en el sector privado y con más intensidad entre las empresas o sectores afectados.

Todo está inventado en la Argentina con los controles o congelamientos de precios: siempre fracasaron y trajeron más problemas, salvo en las poquísimas veces que fueron el complemento de un plan antiinflacionario y no un sustituto, como vino ocurriendo en los últimos 15 meses.

 

A fuerza de crisis económicas recurrentes, que sumaron millones de pobres, y de relatos oficiales que tergiversan la realidad, buena parte de la sociedad argentina parece haber naturalizado las cosas que están mal y perdido noción de la magnitud de los problemas que enfrenta el país. Es una verdadera desgracia, ya que conspira contra cualquier intención de corregirlos en el futuro.

Las notorias diferencias ideológicas dentro del Gobierno en torno de la renegociación en este año electoral de la deuda con el Club de París y el FMI, cuya postergación deja a la Argentina sin crédito externo, están abriendo paso a una vía paralela: la reactivación de la asociación estratégica con China sellada en 2004 por el entonces presidente Néstor Kirchner, ampliada en 2014 por Cristina Kirchner y que en los últimos años se caracterizó por marcados altibajos.

Página 1 de 3

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…